Brigitte Champetier de Ribes / Biografía de Bert Hellinger

Estar presente en el confinamiento

Brigitte Champetier de Ribes, mayo 2020,
durante el confinamiento en casa.

Índice

La irrupción de la pandemia

La solución buena siempre es colectiva
El vacío que nos llena

En casa, la prueba del hogar

En casa: el retorno del pasado

La casa cama
Retorno a la fase oral y anal
Invasión de las emociones difíciles
El camino obligado

El golpe de la vida

Frente a un duelo impensable
Encerrados en soledad

El campo sabe

Nos estaba preparando
¿Qué hacer?
Las dificultades y el vacío creador

Servir con una nueva mirada

Ver el dolor de hoy
Nuevas tomas de conciencia
Al servicio de algo nuevo


 

ESTAR PRESENTE EN EL CONFINAMIENTO 

La irrupción de la pandemia

Nuestra vida de repente se ha suspendido, unos trabajando para todos, otros encerrados en casa, teletrabajando o sin trabajar, la vida social congelada, la ciudad vacía, el mundo paralizado.

Treinta, cuarenta días o más sin movilidad y sin libertad. Semanas de repliegue sobre los más cercanos, de soledad, impotencia e indefensión.

En ese clima general de confusión e incertidumbre absoluta, cada uno hemos mantenido el timón como lo mejor que hemos sabido hacerlo. Las familias han disfrutado de estar juntos, han sido días de profundización en las relaciones, de convivencia sorprendente. Unos días de descanso necesario. Un retiro regalado.

Y aun así, hemos pasado momentos muy duros que nos hacían dudar de nosotros mismos  y  de nuestra conexión con el servicio mayor que nos está pidiendo la vida ahora.

Han sido suficientes semanas como para perder nuestros puntos de referencia. Desde el refugio de nuestras casas estamos observando la puesta entre paréntesis de nuestra sociedad anterior, de hace apenas dos meses.

Esperando que tras el confinamiento todo vuelva a ser como antes.

Pero la vida no da marcha atrás, lo vivido es irreversible. Con el tiempo nos daremos cuenta de ello.

Los cambios profundos tardan en manifestarse pero nada los detiene.

Estamos ahora de lleno en la bajada a la oscuridad de una situación totalmente imprevisible. Estamos en el inicio del caos.

Nunca como hoy se nos había hecho tan palpable la incertidumbre radical de la vida.

Nos toca entregarnos con los ojos y el corazón  abiertos, para permitir el nacimiento de una nueva etapa de nuestro mundo.

La solución buena siempre es colectiva

No hay solución individual. Cada buena solución para uno lo es porque es buena para todas sus comunidades de destino.

Lo colectivo empezó con una persona que se sumó a otra y se sanará gracias a la actitud individual de cada uno.

Lo individual está al servicio de lo colectivo, y el destino colectivo vive saltos evolutivos según los pensamientos, emociones y actos de cada individuo.

El vacío que nos llena

Somos energía, las subpartícula de las que estamos hechos cuentan con más vacío que materia. El vacío creador. Vacío atravesado por la conciencia amorosa que lo piensa todo, y al pensarlo lo crea.
Su mirada permanente de amor lo transforma en lo que crea.
Lo mueve todo con el mismo amor.
Todo orientado hacia más amor, creando más amor.
El amor habita el vacío que nos llena.
Al abrirnos a nuestras células encontramos el amor y la alegría de vivir. Encontramos la presencia del vacío y su fuerza.

 

En casa, la prueba del hogar

Todos encerrados en nuestras casas, ¿qué significa para nuestros inconscientes estar solamente en casa? ¿Qué cambios va a permitir a nivel colectivo?

La casa representa para unos el lugar donde relajarse de las obligaciones sociales y laborales y para otros todo lo contrario, es donde atender al mantenimiento del hogar y de la familia, comprar, limpiar, lavar, planchar, etc.

La casa simboliza el centro de nuestra vida, nuestro hogar a nuestra imagen, desde donde nos expansionamos hacia fuera y hacia los demás.

La casa representa protección, seguridad. Es una gran madre y para los que no han tomado su autonomía, la casa actual será siempre el recuerdo desdibujado del hogar de su infancia.

En casa: el retorno del pasado

La casa cama

En la cultura latina, estar en casa supone estar en pijama, es decir en ropa de cama… nos vestimos sólo para ir a la calle, ¿para qué?, ¿para quién?

¿Da fuerza y alegría a tu pareja o a tus hijos verte en ropa de cama durante el día? ¿Te da energía? ¿Te levanta el ánimo?

Retorno a la fase oral y anal

En nuestra sociedad desarrollada, el confinamiento en casa ha hecho resurgir hábitos olvidados: millones de familias, en una primera fase, han girado alrededor de la cocina; harina y levadura han sido arrasadas en los supermercados. Unas semanas después, los kilos pidiendo una tregua a los bizcochos, se instaura una nueva disciplina: ordenar los armarios. Medio planeta ordenando armarios, ¡extraordinario! “Como es afuera es adentro”, nos hemos preparado colectivamente para poner orden en nuestras vidas, para empezar a ser congruentes, y todos a la par.

Invasión de las emociones difíciles

La casa es la metáfora de la madre, nos da cobijo, nos conecta con las emociones, con la ternura, las carencias, lo entrañable, la soledad, lo estético, lo oscuro, lo invisible, lo sagrado. Simultáneamente, nos quita fuerza pues nuestra energía se desarrolla en el trabajo, fuera de casa. Energía que crece en la necesidad de cumplir con una función, en las responsabilidades como miembro de lo colectivo, en los proyectos al servicio de los demás.  

Seguir en casa mucho tiempo, sin otra alternativa ni contacto externo, nos arrebata, por momentos, nuestros recursos adultos y, de repente, nos invaden las angustias no resueltas de ese antiguo niño de nuestra lejana infancia y los conflictos no superados de los últimos años. Los traumas pasados vuelven, la historia familiar se hace presente.

Al sentirnos de nuevo presa  de emociones “negativas”, tomamos conciencia también de la presencia de inmensos campos mórficos de desolación y sufrimiento. Percibimos la dureza de la vida de millones de personas. Gracias a estos campos estamos en conexión con todos ellos.

Para muchos, después de días admirables de autodisciplina, meditación, gimnasia, música, cultura, repentinamente nos asaltan aflicciones y tormentos que creíamos olvidados. Y nos encontramos vulnerables, hipersensibles e inermes.

El camino obligado

Ese paso, en la situación actual, es absolutamente necesario. De él nacerá nuestra capacidad para resurgir diferentes. Si hemos conseguido pasar todos estas semanas sin bajada a los infiernos, nos podremos felicitar de nuestra autodisciplina o de nuestra suerte, pero no podremos participar en el renacer de la humanidad.

Hemos necesitado caer en el pozo, perder pie,  soltar las seguridades anteriores para abrirnos a otra etapa. Preparándonos para algo nuevo.

Humildemente, desde nuestra oscuridad y vulnerabilidad, nos entregamos a ese aquí ahora desconcertante por irreconocible.

Agradecemos todo lo anterior, que nos permite ser lo que somos hoy, al servicio. Al servicio de la liberación del dolor del pasado, al servicio de un salto en la evolución de los seres humanos.

El golpe de la vida

El shock para muchos ha sido la desaparición brutal de su seguridad económica que permitía asegurar el futuro familiar y el de los colaboradores. Muchos han perdido su trabajo, otros temen por su empresa.

Varios han perdido a un familiar, repentinamente, sin poder acompañar sus últimos días, con un inmenso sentimiento de culpa por no haber estado presente cuando más los necesitaban.

Muchos se inquietan por su salud y su vida.

Frente a un duelo impensable

El mundo ha cambiado, la seguridad que habíamos logrado ha saltado por los aires.

Como frente a toda muerte, la primera reacción es negar la existencia de ese cambio. La siguiente es sentirse presos del miedo, de la parálisis o de la angustia, o buscar culpables, enfadarse con la vida, con todo y con todos…

El dolor, el miedo, la angustia nos inunda. El pasado ha desaparecido. Estamos frente a una despedida descomunal impuesta por un drama mundial. Desgarro e inmensa soledad. Abandonado de Dios y de la vida misma.

Nos sentimos desvalidos, tomados a traición, sin recursos. Las heridas antiguas han vuelto a surgir con desesperación.

El pasado ancestral se suma a nuestro pavor.  A la vez, somos víctimas de los campos de resonancia de angustia, alimentados por el espanto y la incomprensión de media humanidad que se ve con riesgo de ser engullida en la ruina o en la muerte física o social.

La angustia y la desesperación nos quitan fuerza y visión. Sin embargo son pasos necesarios para la despedida de las seguridades que ya no existen.

La negación da paso a la ira. El enfado, la crítica, la búsqueda de culpables, nos muestran que nuestra energía interna ha vuelto a crecer. Ya no somos víctimas impotentes, desesperadas, desoladas. Tenemos energía para empezar a actuar, sólo que con esta amargura nuestra energía es totalmente improductiva. Nos impide enfocarnos en nuestro presente y en la acción pertinente.

Cuando ya estamos decididos a actuar, a asentir, a modificar nuestra vida, nuestro adulto interno puede tomar el mando. Decididos a encarar el nuevo presente, entregándonos a la acción.

Seguimos con todas nuestras responsabilidades. Estamos determinados a asumirlas, cuales sean las nuevas condiciones.

El miedo o el enfado cósmico ceden el paso al adulto para quien no existen los problemas, sólo nuevas maneras de actuar. Experimentamos entonces que somos guiados.

El vacío creador nos orienta si le dejamos espacio en nuestra vida.

Encerrados en soledad

Las condiciones en las que estamos viviendo la cuarentena recuerdan a nuestro inconsciente aquellos mismos momentos en los que, de pequeños, vivimos las grandes heridas de nuestras vidas.

Un hecho se vuelve trauma por ser vivido en soledad, no compartido, por haber ocurrido de un modo inconcebible, sin aviso previo y la persona no estaba preparada para vivirlo.

Encerrados solos en casa, las condiciones del antiguo trauma subrepticiamente han vuelto y su regreso llama a recuerdos que nos hunden.

Pensábamos haber superado aquella angustia, estar ya en un camino de crecimiento suficiente para no volver a sufrirla.  Nos hemos organizado con disciplina y alegría profunda, para poder ofrecer al mundo nuestra mayor energía, nuestra sincera purificación.

Y sin embargo estamos de nuevo sumergidos en la angustia, la impotencia y el silencio.

Una gran prueba, una larga purificación: la soledad y el silencio como compañeros obligados.

Nuestro guía nos acompaña en la búsqueda de nuevos recursos, pero hay momentos en los que nuestra pobre humanidad no resiste tanto aislamiento.

La fuerza de otros, visibles e invisibles, nos volverá a levantar. Estamos todos conectados.

Lentamente, volveremos a la conexión con nuestra misión.

Humildes y mucho más grandes, más compasivos y comprensivos, muy preparados para ayudar.

El campo sabe

Nos estaba preparando

Observamos nuestro pasado. Nada nos hacía presagiar esta catástrofe. Sin embargo, nos damos cuenta que fuimos acumulando fuerzas, saber hacer y comprensiones que ahora resultan imprescindibles. El campo sabe. El campo sabía. Nos preparaba.

¿Qué hacer?

Sabemos que todo va hacia algo mejor para todos. Aunque puede que no esté a nuestra escala, que sea otra generación la que vea los frutos de este gran descalabro mundial.

No se trata de borrar el pasado y empezar de cero. Si no que nos abrimos a todos nuestros recursos para adaptarlos a las nuevas circunstancias.

Para unos, las condiciones actuales sólo representan un nuevo acicate, una ampliación del radio de acción, adaptándose a nuevas maneras de actuar y trabajar.

Par otros, la vida les está pidiendo empezar de nuevo. Mirar las nuevas necesidades, darse cuenta de lo que pueden ofrecer, soltando los hábitos y arriesgándose  a incluir algo nuevo.

Para algunos más, se trata de dejarnos fluir con lo nuevo. No se trata de tomar nuevas decisiones, con la angustia de saber cuál será la decisión más oportuna, sino de rendirnos a lo que hay, acatar las nuevas condiciones y actuar con el presente. De esta rendición activa, nacerán necesariamente las acciones adecuadas al servicio de la emergencia de un nuevo orden.

Las dificultades y el vacío creador

Las respuestas de rechazo, rebeldía, crítica, juicio y queja disfrazan el no asumir una nueva actuación. Estas reacciones alimentan el aspecto negativo y dramático de la nueva situación.

Las dificultades forman parte del lenguaje del vacío creador.

Nos muestran una nueva dirección.

Nos incitan a soltar y adaptarnos a algo nuevo,  a tomar nuevas responsabilidades, a soltar metas o expectativas anteriores. Abriéndonos al campo de todos los posibles.

Las constelaciones y la cuántica nos lo muestran, repetir el pasado es ir al fracaso.

Por el contrario, nuestro guía, al servicio de nuestro holograma, nos incita a atrevernos a soltar el control de nuestro futuro, aceptar que todo es necesario, que cada uno hace lo que sabe hacer y cada uno está donde tiene que estar. Todos cumpliendo con el mismo servicio.

Servir con una nueva mirada

No sabemos en qué momento de la curva estamos, ¿hemos tocado fondo? No nos incumbe hacer predicciones, lo único que nos pide la vida y nuestro holograma es que nos entreguemos al presente.

Incondicionalmente.

Vemos lo que nuestros ancestros sufrieron protegiendo la vida de sus familias y lo que nos piden ahora: que sus sacrificios no hayan sido en balde. La vida nos ofrece la manera de sanar su herencia realizando “eso” por lo que dieron sus vidas: vivir la vida que nos transmitieron, con gratitud y amor.

Ver el dolor de hoy

Estar presente, en el aquí y ahora, es tomar conciencia del dolor de hoy.

Es, sobre todo, ver a los muertos, a sus familiares desgarrados y llenos de culpa.

Y también, es darnos cuenta de que para la mayoría de la población mundial, este encierro en lugares insalubres supone un suplicio más a su vida subyugada: poblaciones hacinadas por la pobreza, campos de millones de migrantes, con la pérdida del derecho al trabajo o a la mendicidad, sin reservas de alimento, con las necesidades elementales cercenadas, con tensiones que se liberan desahogándose con chivos expiatorios, en general mujeres y niños de ambos sexos.

Ver con dolor. Rendirse. Honrar sus destinos y agradecerles ser quienes son.

Siento el dolor y lloro por dentro, por amor a todos ellos.

A la vez estoy presente en mí y siento mis células, su vida incesante, su antena orientada hacia más vida y la presencia de todos mis antepasados en cada una de ellas. Cada una de mis células me sonríe.

Les sonrío.

Me permiten recogerme sobre los fallecidos del momento presente.

Nuevas tomas de conciencia

Empezamos a tomar conciencia de la dimensión del cambio mundial que se está avecinando. Ahora, para la mayoría se trata de olvidar nuestra planificación y encarar algo diferente, para nuevas reglas y nuevas necesidades de los que nos rodean.

Estamos viviendo en nuestras carnes el nacimiento de nuevas tomas de conciencia. Una de ellas es la necesidad de trabajar, otra es la necesidad de libertad adulta.

Al servicio de algo nuevo

Toda la humanidad está entrando en caos. Formamos parte. Las actitudes individuales son las que transforman el destino colectivo, creando congruencia y resonancia con los que vibran en las mismas frecuencias.

Hoy la Covid19 nos pide esta actitud transformadora. Las constelaciones de la pandemia lo muestran una y otra vez: el Coronavirus nos insta a que soltemos a los muertos del pasado, que atravesemos el dolor desde el adulto, que dejemos de imitar a otros, que vivamos el presente, nuestro presente, al servicio.

Volvemos a nuestro centro. Todo es necesario como es. Me rindo a mi destino. A lo que me toca. En mi centro, en el vacío de mis células, en el silencio de mi cuerpo, me reencuentro conmigo mismo, con otra dimensión inefable, con la totalidad. Como todos, hoy tomados todos a la vez, al servicio del destino colectivo, me entrego al servicio de un nuevo salto cuántico en la evolución de la humanidad.

Sólo nos podemos rendir ante la grandeza de este momento de nuestra vida y de la misión que a cada uno le está tocando vivir en ese movimiento planetario.

Brigitte Champetier de Ribes
Mayo 2020,  durante el confinamiento en casa