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Revista
Hellinger - Hellinger® Sciencia
Diciembre 2009
Navidad y año
nuevo
Cada año de nuevo
Hombre y mujer
La relación de pareja
Atisbos
La venganza
La paz
Hellinger Sciencia
El gran conflicto
La luz
Respuestas a las cartas
Cada año de
nuevo
Repetidamente, cada año
acaba y empieza otro nuevo. Da igual lo que haya pasado
durante el año viejo y da igual lo que traiga el nuevo,
detrás del cambio de año reina una ley cósmica. La
tierra gira en torno a un punto central, el sol, atraída
por él y mantenida en una órbita que, en el plazo de un
año, le permite concluir un ciclo y comenzar otro nuevo.
Esto acontece independientemente de todo lo que haya
ocurrido o pueda ocurrir en la tierra.
A fin de año, nos podemos
integrar conscientemente a este ritmo cósmico. ¿Cómo?
Con serenidad. De todas formas, todo sigue su recorrido
cósmico. Todo lo que nos parece tan cercano e importante
se nos aleja y deja sitio para algo eterno, que
permanece para nosotros igual, siempre en el mismo
movimiento.
Nosotros también, como la
tierra, giramos en torno a un centro, un centro humano,
nuestro centro. Este movimiento es igualmente un
movimiento cósmico. A la diferencia de la tierra girando
en torno al sol, a la que vemos en su magnitud
extenderse por muy encima de nosotros, sobre potente y
en cada aspecto independiente de nosotros, trazando sus
órbitas, experimentamos de manera directa esa
circunvalación alrededor de nuestro centro, al que
percibimos también como infinitamente alejado, que nos
arrastra en una vía y que no nos suelta.
Con cada año que pasa,
algo progresa en el cosmos y dentro de nosotros.
¿Cómo miramos hoy al año
viejo y al nuevo? Con serenidad. Nos sintonizamos con un
movimiento cósmico afuera y adentro. En sintonía con él,
dejamos que el año viejo sea del pasado, así como fue, y
dejamos llegar el año nuevo con todo lo que aporta, sin
lamentar nada retrospectivamente y sin preocuparnos a
priori.
Cada año que pasa,
tomamos consciencia de que nosotros y el mundo
continuamos, unidos a un movimiento eterno al que nos
abandonamos y en el que podemos confiar.
¿Somos de alguna
importancia para ese movimiento eterno? Aparentemente,
sí. De lo contrario, no nos veríamos abarcados por él.
¿Podemos caer fuera de ese movimiento? Aparentemente no.
Porque es un movimiento cósmico, nada puede ser separado
ni excluido de él. Al contrario. Cósmico quiere decir
que todo está con todo ligado, sobre todo con aquella
fuerza que actúa detrás de todo, que todo lo mueve así
como quiere que se mueva.
Cada año, a fin de año,
nosotros también marcamos más adelante nuestras vías, en
lo grande y en lo pequeño. ¿Cómo? Con optimismo.
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otra revistaQ
Hombre y mujer
La relación
de pareja
Jornada abierta sobre la
vida, en Viena, febrero 2009.
Para empezar, quiero
decir algo acerca de los hombres y de las mujeres.
Sophie, mi querida esposa, se ha ocupado del tema de
manera intensiva, mirándolo de cerca.
En las constelaciones,
cuando el hombre y la mujer se encuentran frente a
frente, vemos con frecuencia lo siguiente: el hombre se
dirige hacia la mujer con las manos abiertas, sin
embargo la mujer mantiene las manos cruzadas detrás de
la espalda. No se atreve a mover hacia él, a tocarle, a
entregarse a él. Eso, lo podemos observar a menudo en
este trabajo.
Después de una semana
entera de trabajo de grupo en Sevilla, hemos colocado
una vez más a un hombre en esta situación y a la mujer
de la misma forma, ella habiendo ya anteriormente estado
con las manos cruzadas en la espalda. Sophie pidió que
esta mujer se imaginara detrás de ella innumerables
generaciones de mujeres que hayan tenido que aguantar
mucho, debido al desprecio de los hombres y a su
rechazo.
Esta mujer se las imaginó
detrás de ella, miles de ellas con un destino semejante,
sintiéndose íntimamente unida a ellas. Con el recuerdo
de estas mujeres, después de girarse para mirarles con
amor, se dio la vuelta hacia su hombre. Sentía detrás de
ella el amor de estas mujeres, que a su vez esperaban
que, por fin, fuera armonioso entre hombre y mujer, con
respeto y amor recíproco.
Meditación: el
sufrimiento de muchas mujeres anteriores
Las mujeres aquí
presentes pueden cerrar los ojos e imaginarse lo mismo.
Los hombres también lo pueden hacer. Las mujeres miran a
las mujeres de su familia y a muchas otras mujeres.
Miran a su dolor y a todas ellas con respeto. Les
dicen:” Os veo, veo vuestra grandeza. Soy una de
vosotras”. Les miran a los ojos y ven cómo sus rostros
se iluminan. ¡Al fin, alguien está para verles!
Luego, os giráis, os
apoyáis de espalda sobre ellas, estiráis los brazos
hacia atrás y os dejáis coger de las manos por ellas. Y
ahora, se instala un movimiento hacia delante, lleno de
fuerza y de amor, hacia vuestra pareja.
La doble transferencia
Lo que también juega un
papel es algo que quiero explicar. Se trata de la doble
transferencia.
Me encontraba una vez con
Jirina Prekop en un seminario que ella llevaba. Nos
mostró entonces la adhesión en la pareja.
Había una pareja tendida
por el suelo y se tenían que abrazar. En ese momento, el
rostro de la mujer se transformó por completo. Le dije a
Jirina:”Mira bien esta cara”. Era el rostro de una mujer
anciana. Luego le dije a la mujer que “congelara” esa
expresión del rostro, para poder sentir a quién
pertenecía. Ella contestó que esa expresión era la de su
abuela.
Le pregunté: ¿qué pasó
con la abuela?
La abuela y su marido
poseían un restaurante y aconteció que a veces el abuelo
la arrastraba por el pelo a través de la sala del
restaurante.
¿Os podéis imaginar la
rabia de esta mujer? Pero no lo mostró. Eso es un
problema sin resolver.
Podríamos incluso decir
que actúa como un karma, porque ya no hay solución,
porque ya no hay amor entre ella y su marido. Se habría
resuelto en el caso de que hubiesen vuelto a encontrar
el amor.
Por el hecho de no tener
solución, se desplaza algo de la abuela a la nieta, es
decir que la nieta se hace cargo por la abuela de la
rabia reprimida. Eso es una transferencia de sujeto, de
la abuela a la nieta.
Ahora, la nieta está con
la rabia. ¿Qué hace con esa rabia? Tiene que mostrarla a
alguien, la tiene que fijar en alguien. Para ser exacto,
tiene que dirigirla hacia el hombre. Pero ¿hacia qué
hombre ahora? No al abuelo sino al marido. Esa es la
transferencia de objeto. El marido inocente debe
soportar algo por lo que no tiene la culpa.
La doble transferencia
en las parejas hoy en día
Mientras contemplaba todo
esto durante la meditación con las mujeres, de pronto me
percaté de que esta doble transferencia existe en muchas
parejas de hoy en día.
Muchas confrontaciones
que podemos observar entre hombres y mujeres ganan en
fuerza explosiva debido a que muchas mujeres, por tener
ahora más poder y más oportunidades, se aprovechan con
ello de los hombres. ¿En detrimento de quién? Pues de
ellas también. Reproducen repetidamente el destino de
las mujeres anteriores. Entonces, lo de antes, exento de
amor, persiste sin resolverse ahora, igualmente sin
resolverse para hombres y mujeres, incluyendo a los
hijos.
Meditación: Ver a su
pareja de otro modo
Cerrad otra vez los ojos.
Miramos ahora a nuestra relación de pareja. Los hombres
miran a su mujer y las mujeres a su hombre. Miramos lo
que ocurre en la relación entre ese hombre y esa mujer.
Vemos la frecuencia con la que surgen los conflictos,
por los que ambos se lastiman, de dónde provienen, ya
que no tienen que ver con su situación inmediata.
De repente no se atraen
más. Ni la mujer siente atracción por el hombre ni el
hombre por la mujer. De pronto, la mujer pierde al
hombre de vista y el hombre pierde a la mujer de vista.
Ambos se hacen daño, miramos por qué.
Con el conocimiento del
posible trasfondo de estos conflictos, la mujer llega a
liberarse del destino de muchas mujeres anteriores a
ella, permitiendo que lo que las ha hecho sufrir pueda
más adelante llevar a otras muchas mujeres hacia algo
bueno.
Cuando el hombre ve que
la mujer no le entiende, mira más allá de ella hacia las
numerosas mujeres anteriores, con respeto. Les dice: Soy
distinto. Os respeto y respeto a mi mujer tanto como a
vosotras.
La mujer también mira al
hombre y le dice: Eres distinto. Ahora veo tus ojos, tu
rostro y tu amor.
Entonces, las mujeres
dicen interiormente a sus hombres y los hombres a sus
mujeres:
Me alegro por ti.
Atisbos
La
venganza
La venganza es sedienta
de sangre. Quiere que alguien pague con su muerte por
una injusticia.
¿Quién desea venganza?
Alguien que alguna vez
sufrió una injusticia. Aspira a la venganza para que el
otro sufra como él. Profundo en su alma, está el deseo
de que el otro muera, de una muerte cruel.
¿Qué ocurre con él cuando
la injusticia sufrida es expiada de esta forma, sea a
través de él mismo o de otro que se hace cargo de la
venganza, satisfaciéndola? ¿Qué pasa en su alma? ¿Es
humano aún? ¿Qué pasa dentro de él, cuando se venga con
triunfo y, por encima, se jacta de ello? ¿A quién puede
aún amar humanamente? Tal vez, se junta con otros ávidos
de venganza, realizando cosas con ellos, incluso cuando
tiene poco o nada que ver con ello. ¿Incluso quizás se
alíen entre sí de tal forma que sus actos vengativos
despiertan la venganza de sus víctimas, siendo ellos
mismos luego víctimas de su vindicta?
Con frecuencia, la
necesidad de vengarse se incrementa cuando queremos
vengarnos por personas pertenecientes a nuestro grupo,
más que todo miembros de nuestra propia familia.
Entonces, el impulso de venganza aumenta hacia una
venganza colectiva. Ya no se dirige a un individuo que
consideramos responsable por una injusticia y del que
queremos vengarnos. Ese impulso de venganza se dirige a
otro grupo. Sin discriminación, se extiende a todos los
seguidores de ese grupo, sin más consideración por su
participación o no en la injusticia.
En este caso, el hambre
de venganza toma proporciones sobrehumanas y se
transforma en un incendio. ¿Puede uno solo apagar ese
incendio? ¿No se verá quizá tragado por él? ¿O
probablemente, se apaga el incendio una vez que todo ha
sido quemado, y con ello gente inocente de ambos lados?
La venganza es ciega. Es
ciega frente al futuro, incluyendo el futuro propio y de
la propia familia o grupo.
¿Cómo dar visión a
nuestra necesidad de venganza? Despidiendo nuestro sueño
de compensar, en el sentido de ojo por ojo y diente por
diente. ¿Cuántos más ojos deberán ser desgarrados y
cuántos más dientes arrancados hasta que nos percatemos
de que la vida sólo puede continuar si hay más vida para
todos, más amor para todos?
Para que la vida prosiga,
es preciso reconocer que los muertos han muerto y
permanecen muertos, tanto nuestros muertos como los del
otro grupo. ¿En qué les ayuda nuestra venganza? ¿Acaso
queremos extender nuestra venganza y nuestra necesidad
de aplicarla al reino de los muertos? ¿Acaso les ayuda
en estar mejor muertos, reconciliados o en paz? Quizá,
nos arrogamos de esta forma un poder sobre los muertos,
los nuestros y los otros, más allá de sus vidas.
No hay peor ceguera.
Porque al final, sacrificamos al dios de la venganza, no
sólo muchas otras vidas sino también la nuestra. Tal vez
sea ese el motivo oculto de nuestra necesidad
vindicatoria. La venganza se vuelve un servicio a una
divinidad, una manera de honrar a ese dios. ¿Qué dios es
ese? Es el dios de la justicia. ¿Cómo lo honramos?
Sacrificándole víctimas.
¿Dónde está ese dios?
¿Acaso existe? ¿Acaso puede existir un tal dios? ¿Y si
lo hubiéramos fabricado, para satisfacer nuestra
necesidad de compensación? Ese dios es nuestro dios, lo
hemos hecho nosotros. ¿Puede ser un dios de vida? Es más
bien un dios de los muertos, una divinidad de la muerte.
La pregunta es: ¿Cómo
encontrar el camino hacia la vida, la vida para todos?
Nos apartamos de la
embriaguez de la venganza y buscamos la vida. Nos
volvemos humildes ante la verdadera muerte, la muerte
final, y honramos la vida, cada vida. La tenemos por un
tiempo, hasta nuestra propia muerte, hasta estar muertos
como todos los otros, en paz con ellos. Acordemos la paz
con los muertos ya ahora.
La paz
La paz llega después del
conflicto. Lleva a juntar lo que estaba opuesto. La paz
es el buen desenlace de un conflicto, es una solución.
Con la paz, comienza la esperanza de que un factor
separador haya sido superado, dando a ver un futuro
posible.
La paz mira hacia
delante. Heridas se sanan, muertos se entierran, daños
se reparan y donde hubo destrucción, se vuelve a
construir.
La paz es un bien
valioso, y un bien frágil. ¿Qué la salva para un futuro
estable? Pues, que cada quien de los que estaban en
conflicto opten por metas comunes, implicándoles cada
vez más en una interacción y una interdependencia mutua.
Evidentemente, ambas partes deben reconocer su
dependencia recíproca e igual.
A la vez, cada parte deja
que la otra sea tal y como es. Se permiten ser
distintas. La paz sólo sirve el avance de los que son
distintos así como hombre y mujer, por ser distintos,
pueden tener hijos juntos.
¿Qué se opone a la paz,
en la mayoría de los casos? El sentimiento de
superioridad, como si el uno, o lo uno, fuera mejor que
el otro. Esta superioridad es lo que fomenta los grandes
conflictos.
¿Qué es lo que establece
la paz profundamente? La humildad. Ella nos permite
quedar abajo, entre todos. Sólo abajo, quedamos iguales
entre todos. Con benevolencia, nos mantenemos iguales,
con respeto mutuo y amor, en paz.
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Hellinger Sciencia
El gran
conflicto
Voluntad de
destrucción
Cada conflicto grande
quiere despejar algo en el camino y al fin y al cabo
destruirlo. Detrás de estos conflictos actúa una
voluntad de aniquilación.
¿De qué fuerzas o de qué
miedos se alimenta? Pues, se alimenta esencialmente del
deseo de supervivencia. Ahí donde nuestra vida es
amenazada, reaccionamos o bien con la huida – es decir,
la huida del ser destruido por otro – o bien con la
agresión – es decir, que procuramos destruir al otro o
por lo menos, obligarle a huir. Despejar el camino de la
presencia de algo o de alguien es la forma más externa
de la voluntad de destrucción.
Para ello, no se trata
solamente de matar al otro sino incluso de apropiarse de
él. Eso también sirve la supervivencia. Bien es verdad
que nos espantamos del canibalismo, pero sólo en
apariencia. Porque se dan situaciones actuales en las
que las personas se aseguran su supervivencia a cuesta
de otras. A menudo, la apropiación de lo que hemos
destruido es inevitable para nuestra supervivencia. Por
cierto, nos alimentamos de aquello que la naturaleza nos
brinda, sus frutos por ejemplo, pero en el caso de los
animales, debemos matar primero antes de poder
ingerirlos.
¿Son esos conflictos – y
más que todo los conflictos mortales – inhumanos? Cuando
nos encontramos en una emergencia extrema, no los
podemos evitar.
Puesto que los conflictos
por una parte aseguran la supervivencia pero por otra la
ponen en peligro, los hombres han buscado desde un
principio resolverlos de manera pacífica, gracias a
contratos, a límites claramente demarcados, a la unión
de pequeños grupos bajo un mando común, a las leyes. Los
conflictos letales son así mantenidos dentro de ciertas
fronteras gracias a un orden jurídico, sobre todo
gracias a que unos individuos o gremios tienen la
posibilidad de poner dique a la resolución violenta de
conflictos por control absoluto de un dirigente.
Ese orden es exterior. Se
basa por un lado en la conformidad pero por otro
también - y en gran parte – en el miedo al castigo,
incluso a la pena de muerte o a la exclusión de la
comunidad. Ese orden es, en realidad, impuesto por medio
de intimidación y por lo tanto es a la vez conflicto y
lucha. Sin embargo, está organizado de tal forma que
sirve la supervivencia del grupo y de cada uno de sus
miembros.
El orden jurídico impone
pues, fronteras a la voluntad personal de aniquilación y
protege tanto al individuo como al grupo de su
irrupción. Cuando las fronteras caen, como en la guerra
por ejemplo, o cuando las fuerzas del orden colapsan,
como en una revolución, irrumpe nuevamente la voluntad
destructiva primaria, con horrendas consecuencias.
La transferencia de la
voluntad de destrucción
Dentro de los grupos, en
los que el individuo es protegido del deseo destructivo
del otro y del suyo propio gracias a un orden legal, se
desplaza a veces esa voluntad de destrucción hacia otros
niveles, por ejemplo en las confrontaciones políticas
pero también en las polémicas científicas e ideológicas.
Podemos ver la voluntad
de destrucción obrando en cualquier lugar donde se
abandonó el nivel de las cosas concretas. En vez de la
búsqueda en común de la mejor solución, en vez de una
observación y prueba en común, orientadas hacia lo
específico, los representantes del partido adverso son
insultados con improperio y calumnia. Las agresiones que
aquí se cuelan se diferencian muy poco de la voluntad de
destrucción física y apuntan como ella, en sentimientos
e intención, hacia el exterminio del otro, por lo menos
moralmente, declarándole como enemigo del grupo, con
todos los efectos que esto implica.
¿Puede el individuo
defenderse de ello? No. Está expuesto al conflicto,
incluso sin intervenir en ello. Pero surge el peligro
que, en respuesta a esas agresiones, perciba dentro de
él el mismo deseo destructivo y que se defienda de sus
efectos con dificultad.
La justicia
Estas confrontaciones
sacan su energía no sólo de la voluntad de
supervivencia, sino también de la necesidad común a
todos los humanos de un equilibrio entre el dar y el
tomar, entre la ganancia y la pérdida. Lo conocemos
todavía como necesidad de justicia. Sólo cuando se ha
alcanzado el equilibrio, podemos sentirnos tranquilos.
Por eso, para nosotros, la justicia es un bien máximo.
Sin embargo ¿lo es en
todos los casos? ¿O lo es en un marco limitado, cuando
el equilibrio va para mejor? En efecto, la necesidad de
equilibrio tiene efectos muy diferentes cuando se trata
de equilibrar el daño y la pérdida.
Lo explico con un
ejemplo. Cuando alguien nos ha hecho algún daño,
meditamos una venganza. Es decir que, para equilibrarlo,
queremos también dañarle de alguna forma. Por una parte
nos motiva la necesidad de equilibrio – eso sería aquí
la necesidad de justicia. Por otra parte, se activa en
nosotros la doble voluntad de supervivencia y de
destrucción. Queremos impedir que el otro, una vez más,
nos dañe y nos perjudique. La venganza nos lleva
entonces más allá del equilibrio y de la justicia, y
acabamos causando al otro más sufrimiento y daño que él
a nosotros. A continuación, el otro a su vez reflexiona
en términos de justicia pero también de venganza y así
el conflicto entre nosotros no encuentra fin. La
justicia se transforma aquí en pretexto para la
venganza. En su nombre, el deseo de aniquilación
encuentra nuevamente una grieta en la que colarse.
La consciencia
Un elemento más enardece
el conflicto. Es algo que llamamos “bueno” y que sin
embargo provoca algo malo. Es la buena consciencia. Al
igual que la justicia, la buena consciencia se utiliza
como el caballo tirando del coche. Es decir que, en
cuanto alguien opina que él es mejor que otros y, por lo
tanto, está en su derecho para agredirles, está actuando
bajo la influencia de su consciencia, con buena
consciencia.
¿Se trata realmente de su
consciencia? Es la consciencia de la familia y del
grupo, que hacen su supervivencia posible. Es la
consciencia de su grupo que, en conflictos con otros
grupos, ha asegurado la supervivencia propia gracias a
su voluntad de destrucción. Ya que en la imaginación de
mucha gente, esa consciencia tiene aura de santidad, los
ataques a personas que piensan o que actúan de forma
diferente así como su destrucción, se ve santificada.
Ahí se originan las guerras santas, tanto en los campos
de batalla como dentro de los grupos, en cuanto los
disidentes son vistos como un peligro para la cohesión
del conjunto. Así como en las guerras, todos los medios
son justificados y consagrados por la buena consciencia.
Cualquier llamamiento a la consciencia de los agresores
de esta índole y a su honradez queda sin resonancia y
cae en lo vacío. No porque sean malos sino porque tienen
una buena consciencia y opinan que pelean por una causa
buena.
A la inversa, el que
piensa que puede apelar a la consciencia de ellos, lo
hace desde otra consciencia, su buena consciencia. Sin
embargo, bajo su influencia, corre peligro de utilizar
los mismos medios que aquellos. Por lo tanto, buscar
soluciones a conflictos graves en el ámbito de la
justicia es en vano.
La amenaza de lo nuevo
Todo lo que sacude lo
establecido es vivido por la consciencia como
amenazador, sea la del individuo como la del grupo, si
es que aquí podemos hacer una diferencia entre las dos.
Porque al fin y al cabo, toda consciencia es la de un
grupo. Lo nuevo amenaza la cohesión del grupo y por lo
tanto, su supervivencia en su forma actual. Si un grupo
hiciera sitio para lo nuevo, esto significaría que se
tendría que disolver o volver a organizar por completo.
Por ese motivo, muchas
ideologías políticas se han desmoronado después de un
tiempo, incapaces de resistir a largo plazo a la prueba
de la realidad experimentable, como pasó con la
ideología comunista. Pero esa caída sucedió sólo después
de que muchos de los que, anteriormente, habían
advertido de lo ilusorio de estas ideologías, hubieran
sido ejecutados o empujados a la muerte de alguna forma,
como por ejemplo por las hambrunas consecutivas a esas
ideologías.
Sólo cuando los grupos,
habiéndose construido en base a comprensiones nuevas, se
han hecho suficiente fuertes como para proteger a los
suyos contra la voluntad destructiva de los viejos
grupos, están sus miembros en seguridad. El que
demasiado pronto se atreve, está en peligro. Muchos
herejes y demás desviacionistas traen testimonio de
ello.
Pero, ¿eran malos
aquellos que clavaron a los herejes en la cruz o los
quemaron en la hoguera públicamente? Defendían la
supervivencia de su grupo y la suya propia. Su voluntad
de destrucción servía esa supervivencia y ellos seguían
así su buena consciencia.
El rechazado
interiorizado
Aunque una persona, bajo
la influencia de su buena consciencia, rechace a otra,
sea cual sea el motivo, se encuentra bajo la presión de
otra instancia anímica que le pide dar al rechazado un
sitio en su alma. Esto se muestra por el hecho de que,
de repente, vive en su propia persona algo que ha
rechazado en el otro, como su agresión por ejemplo. Sólo
que ahora el blanco de la agresión se ha desplazado. Esa
no se dirige más hacia las mismas personas que
anteriormente, víctimas de aquel perpetrador, sino
hacia otras, que la persona relaciona con el
perpetrador, sin que tengan algo que ver.
Con eso, le queda
ocultado que se trata de una transferencia, el impulso
siendo el mismo.
Sin embargo, de un modo
extraño y compensatorio, una instancia interna oculta
permite que la consciencia buena y a la vez ciega se
empale en su propio cuchillo y fracase.
En relación con esto,
existe una transferencia más, y es que lo que rechazamos
y renegamos personalmente se ve combatido en otra
persona, tal como Freud lo ha descrito en su tratado
sobre proyecciones.
Una transferencia
suplementaria se muestra cuando los niños concretizan en
su comportamiento lo que uno de los padres rechaza. Lo
vemos a menudo en los extremistas de derechas. A través
de su radicalismo, honran al padre rechazado y
despreciado por la madre. En muchos de los que combaten
a esos mismos extremistas de derechas se puede notar un
comportamiento idéntico. Lo hacen con la misma agresión
y los mismos medios. Pero todos, con buena consciencia.
El campo
Podemos entender mejor
este contexto si lo contemplamos dentro del marco del
campo.
Rupert Sheldrake habla
aquí de un campo mental o de un campo expandido. En
inglés: extended mind. Él observó la existencia de una
comunicación entre los seres vivos, que sólo podemos
comprender aceptando la presencia de un campo mental,
dentro de cuyos límites estos seres permanecen y se
mueven. ¿Cómo se podría explicar de otra manera que un
animal encuentra precisamente la planta que necesita
para el alivio de un mal físico, o que un perro sabe
cuando su amo está de camino para la casa? Similares son
los fenómenos que se dan a ver en las constelaciones
familiares, sólo entendibles gracias a la aceptación de
tales campos comunes, por ejemplo cuando los
representantes perciben en cuerpo y sentimiento, al
estar colocados juntos en el espacio, lo que los
familiares del cliente sienten, sin conocerles.
En este campo, todos
están en resonancia con todos. Nada ni nadie puede
caerse fuera del campo. Incluso el pasado y los muertos
están presentes en él. Por eso es que cualquier intento
de excluir a alguien o de deshacerse de él, está
condenado al fracaso. Al contrario, la persona excluida,
despreciada o eliminada gana poder a través del intento
de deshacerse de ella. Cuanto más se busca esa
exclusión, tanto más potencia tiene su efecto. El campo
se intranquiliza y se desordena hasta que el desbancado
sea reconocido y pueda reintegrar, dentro del campo, el
sitio que le corresponde.
Campo y consciencia
Los diferentes efectos de
la consciencia se nos hacen realmente comprensibles
cuando los consideramos en relación con los campos
mentales. Entonces, vemos que nos movemos en distintos
campos. Por eso es que tenemos en diferentes campos una
consciencia distinta. Por las reacciones de la
consciencia, podemos descifrar cómo el campo actúa, a
quién abarca y a quién o a qué excluye o desaloja.
Bajo la influencia de la
buena consciencia, el campo se polariza. Es decir que
sólo una parte del campo o – aplicado a las relaciones
humanas – sólo una parte de las personas que integran
ese campo, son reconocidas como pertenecientes. En el
lenguaje de la consciencia, los buenos son aquellos que
tienen permiso de pertenecer. Pero “buenos”, para la
consciencia, son únicamente aquellos que excluyen y
rechazan a los que la consciencia rechaza. Sin embargo,
como ningún excluido puede ser obligado a permanecer
fuera sino que adquiere potencia gracias al rechazo,
acaba acorralando a los “buenos”. Esto se muestra en
ellos cuando continuamente se sienten en estado de
defensa contra el “mal” en su propia alma y el “mal” en
su entorno. Se consumen en el combate contra la sombra
de su propia luz, hasta que sus fuerzas se paralicen o
que cedan sitio al “mal” dentro de ellos mismos y se
vicien. Pero sin respetarlo y habitados por un
sentimiento de derrota y mala consciencia.
¿Cuál es pues, el gran
conflicto? Es el conflicto entre la buena y la mala
consciencia. En él se originan los conflictos más
implacables que haya entre grupos o en la propia alma.
La locura
Bajo la influencia de la
buena consciencia y la irresistible necesidad de
pertenencia surge un movimiento de celo ciego, que
provoca por una parte un sentimiento exaltado, el de la
inocencia, de la buena consciencia y de la pertenencia
que, simultáneamente con fanatismo, se dirige en contra
de otros. Lleva a una disposición asesina, ligada a una
voluntad destructiva frente a otros, sin que estos otros
sean vistos como seres humanos. Más bien, son lanzados
como forraje a un ídolo, matados por él, anónimas
víctimas del desbordamiento de la exaltación. De esta
locura, el conflicto masivo y absurdo saca su fuerza.
Obviamente, en estos
conflictos existen matices pero el movimiento de fondo
es el mismo. A través de él se disuelve el ser
individual en el ser colectivo del grupo, inducido con
la misma buena consciencia al sentimiento de
superioridad sobre otros grupos, por lo demás anónimos.
Es también aquel movimiento que lleva al
enardecimiento, en el que la percepción es reducida,
incluso abolida, tomando rasgos de delirio.
Quien se retira de la
masa de los fanáticos, buscando más consciencia, no
sirve más para los grandes conflictos. No se deja más
seducir por ellos. Pero corre peligro de que se vuelvan
en contra de él los que están en el fanatismo, siendo
visto como un traidor y cayendo víctima del conflicto.
¿Por qué? Por no tener ya la buena consciencia de los
demás.
Resumen
Los conflictos
importantes empiezan en el alma, bajo la influencia de
la buena consciencia. A esos conflictos, se sacrifican
con frecuencia la propia vida y la de otros. En ese
aspecto, los conflictos mayores se convierten en algo
sagrado dentro del alma, en algo divino al que se dedica
lo más alto y lo último. Pero solamente al Dios propio,
haciendo de los conflictos importantes asuntos al
servicio de ese Dios. Se inician por él y son
recompensados por él. ¿Cómo? Después de la muerte,
esencialmente. Porque la vida es, en estos casos, el
alimento que se le ofrece gracias a las víctimas, que le
eleva en el grupo y que le asegura el dominio sobre
todos ellos.
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La luz
No vemos la luz. Sólo
vemos lo que alumbra y de donde brilla, por ejemplo un
rostro resplandeciente, una luz de dentro. La
iluminación o una comprensión son también una luz de
dentro.
Alguna que otra luz es
chillona, tan clara que deslumbra. Nos ciega más que nos
hace videntes, oculta el objeto más que lo muestra. Ante
ella, cerramos los ojos.
La luz más dulce relumbra
cuando el día se adentra en la noche, el crepúsculo. El
sol ya se ha puesto y la noche se acerca. Día y noche se
hacen casi uno.
Entonces, en nuestro
interior empieza otra luz a brillar. Esa luz irradia en
las tinieblas. A veces fulgurante y breve como un rayo,
a veces luminosa a pesar de la noche, cuando la luna
refleja la luz del sol, aunque éste ya se haya puesto.
Nada al principio, luego creciente y menguante, hasta
que su luz también se haga oscura, dejando sólo el
parpadeo de las estrellas.
No existen para nosotros
las tinieblas sin que haya en la lejanía aún una luz,
una esperanza. La luz en las tinieblas, por ser tan
infinitamente distante, penetra profundamente en nuestra
alma. Ante ella nos volvemos pequeños y modestos.
Así nos pasa con nuestros
éxitos. A veces nos deslumbran y cerramos los ojos,
sobrecogidos. Después del éxito del día, cuando cae el
sol, lo soltamos poco a poco y nos preparamos para la
oscuridad de la noche.
Sin embargo, la noche
nunca es oscura del todo. En ella brilla un reflejo de
la claridad desaparecida, a veces repentina, por un
instante como un relámpago cercano y su trueno
resonante, a veces como una creciente de luna y al final
aún, las estrellas en la distancia infinita,
inaccesibles transeúntes aparentemente fijas.
De pronto nos sentimos
alzados a otra parte, recogidos y quietos, y con
nosotros cada éxito. Él con nosotros se expande en su
esencia, luz de la luz, sólo un reflejo y sin embargo
plenamente presente.
Respuestas a las cartas
Amor que posee y amor
que suelta
Existe un amor que quiere
y necesita poseer porque con él, se presenta la
cuestión de la sobrevivencia. Ese amor es parte del
desarrollo del ser humano y legítimo. También existe
otro amor que, en un inicio, posee y luego suelta cuando
llega el buen momento. De esta forma, los padres dejan
ir a los hijos, los hijos a sus padres y la pareja a su
pareja, cuando el tiempo está maduro. Y existe otro amor
más que implica desde un principio la renuncia, porque
sólo con ella se vuelve posible.
Alturas y
profundidades
Existe una dedicación que
se precipita, y otra que no quiere intervenir ya, una
dedicación o amor de un más alto plano. No es una mejor
que otra: ambas tienen su lugar y su momento.
La dedicación de un más
alto plano se basa en la benevolencia a partir de una
cierta distancia, dejando ser el otro o lo otro. Por lo
general, no existe esta forma de dedicación sin la
experiencia de la otra, la que es directa y concreta. A
la inversa, a menudo le falta fuerza y aguante a la
dedicación directa sin aquella de más alto plano.
Tu dolor acerca de los
muchos años mal vividos es legítimo. Si lo expresas – no
obstante sin cargar a otros por él – experimentarás tal
vez que alcanza lejos en tu interior y va sanando en lo
más profundo, de modo que podrás saborear tanto más tu
presente.
Un punto importante aún
queda por integrar en ti. Es el tomar a la madre y tu
amor profundo por ella. Aquel que está parado en la
cumbre, no permanece ahí. Baja nuevamente al valle,
escala algunos montes pequeños y acaba con el tiempo
familiarizándose con la altura, la profundidad y lo que
yace entremedio.
El amor fluye
Tanto amor lleva su
gratificación y su valor en sí mismo, al igual que la
fuente lleva su gratificación y su valor en sus ríos,
independientemente de lo que hacen con sus aguas.
Si te expones al dolor de
la separación así como estabas dispuesta a hacer con el
amor, te quedan la ganancia, el valor y la fuerza.
Una sugerencia para el
futuro. El amor es también un juego en la bolsa, donde
el curso de las acciones fluctúa y donde uno debe
arriesgarse si acaso quiere ganar algo. Algún pícaro
observó – por cierto un cura que de acciones no sabía
nada – que las acciones que suben, por lo general siguen
subiendo y las acciones que caen, por lo general siguen
cayendo.
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