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Revista Hellinger

 

 

 

 

 

 

 

Revista Hellinger - Hellinger® Sciencia

 

 

Diciembre 2007

 

Encontrar la paz

                 El apego de los muertos a los vivos 

                 Casas y lugares cargados

 

Ayudar a los niños

                 el nombre propio

                ¿Qué se puede decir a los hijos respecto a abortos y muerte en el parto?

 

Hombre y mujer

                 La pareja

 

El futuro

                Vivir el momento presente

                 La generosidad

                 La verdad

 

        Hellinger Sciencia

                 Enfermedades y amor

 

Meditaciones

                 Amar a los padres desde el espíritu

 

 

El apego de los muertos a los vivos

 

 

Participante: He vivido anteriormente en un barrio donde con bastante frecuencia se han dado suicidios. Mi suegra se volvió muy depresiva en su casa de aquel barrio. Después de su muerte, nos mudamos ahí. Una de mis hijas se volvió depresiva, la otra está inestable. Hace dos meses nos hemos ido de ahí porque tenía el sentimiento de que algo estaba mal en aquel lugar.

 

Hellinger: Conozco un bonito valle en los Alpes. Tenemos un buen conocido allí. Él trabaja de quesero en una granja. Un lugar hermoso. En la mayoría de las casas de aquel valle, ha habido un suicidio y siempre de la misma manera. Se cuelgan. Conozco otro valle en Tirol del Sur donde es parecido. En prácticamente cada hogar hay un suicidado. Lo he constelado una vez.

Me alejo ahora un tanto del precipicio. Mi observación a partir de las constelaciones es la siguiente. Cuando alguien muere repentinamente, desprevenido, incluso por suicidio, es a veces porque los muertos atraen a los vivos hacia la muerte. En aquel valle de Tirol lo he constelado.

En el curso se encontraba una mujer de ahí, que corría peligro de matarse. Para ella configuré en un círculo a 15 hombres y mujeres que estaban presentes y que representaron a los que ya se habían matado. Luego coloqué a la mujer dentro del círculo. Miró a cada uno diciéndole: por favor. Después de esto, algunos muertos se retiraron. Ella también dio unos pasos atrás. Pero uno de los muertos la siguió, como queriéndole atraer hacia él. Entonces ella le repitió, con voz fuerte: por favor. Él pudo finalmente  retirarse.

Bueno, es importante saber que esto existe.

 

He observado otra situación análoga. Una madre muerta en el parto a veces se lleva con ella el hijo a la muerte. Hay muchos consteladores que trabajan seriamente con esto. Han observado que muchos de los que han fallecido repentinamente no saben que están muertos. Se comportan como si aún estuvieran aquí. Se apegan a los vivos. Entonces se le dice al representante del muerto en la constelación: Tú estás muerto. Yo aún vivo. Más tarde moriré también.

 

Participante: ¿Una muerte repentina,  puede ser también el caso de un accidente de avión, o sólo se trata de suicidio?

 

Hellinger: Sí, también puede ser un accidente, por ejemplo.

 

Haré con vosotros un ejercicio respecto a esto. Cerrad los ojos. Imaginaos que estáis en una situación donde tal vez alguien de la propia familia ha muerto, u otra situación incluso, y percibid el roce de un muerto que se sujeta de vosotros. Tal vez hay varios muertos. Mirad pues más allá de ellos, muy lejos. Aún si ellos se cuelgan de vosotros, miráis a lo lejos, por encima de ellos, hacia el infinito.

Nos mantenemos en esta actitud, impasibles ante lo que los muertos quizá esperan de nosotros. Con miras a este infinito, sentimos entonces cómo el infinito nos atrae, y nos dejamos llevar. De esta manera, los muertos que se sujetan de nosotros son igualmente abarcados en aquel movimiento. Nos siguen en la misma dirección, por el mismo camino. Después de un rato nos retiramos y los dejamos ir solos hacia dónde ahora están atraídos.

 

 

 

Casas y lugares cargados

  

Participante: En momentos de intensivo trabajo interior – como ahora -  me vienen imágenes de sucesos de guerra. Mi pregunta es: ¿hasta qué punto ciertas personas y su historia me influencian en la vida, si por ejemplo vivo en los lugares donde estas personas han vivenciado sus historias?

 

Hellinger: ¿Lo puedes explicar más concretamente?

 

Participante: Vivo en una urbanización que fue construida en los tiempos de la guerra. Allí residían oficiales del ejército y aquellos que producían municiones en una fábrica. Yo vivo y trabajo allí. ¿Hasta qué punto tiene lo acontecido influencia sobre nosotros los que ahora vivimos y trabajamos allí? Ya que no tenemos éxito con nuestras empresas.

 

Hellinger: Bien me lo puedo imaginar. He estado en Varsovia, existía allí el famoso gran ghetto. En su lugar se han edificado viviendas. Pensé: ¿Cómo puede alguien ir a vivir a estos pisos? ¡Es impensable! Es cierto, lo que pasó ahí sigue actuando.

 

Ahora bien. ¿Cómo se las arregla uno ahí donde está? Me puedo imaginar que si vosotros honráis en vuestro interior a aquellos que seguramente fueron explotados en aquel lugar, puede esto tener un buen efecto para vosotros. De ahí a saber si una empresa puede sobrevivir, es otro asunto. No cabe duda que está cargado.

 

Participante: Me confirma lo que percibo.

 

Otra participante: ¿Existe la posibilidad de neutralizar el lugar si está “contaminado”? Viven allí muchas más personas a las que probablemente no les va bien.

 

Hellinger: Esta posibilidad no existe. La ilusión de que se podría remediar a esta situación es realmente una ilusión. No funciona.

 

Participante: Yo creía que era posible.

 

Hellinger: ¡Demasiado fácil! Fantasías de niño, fantasías de poder. Hace falta respetar el lugar.

 

Participante: ¿Incluso cuando es negativo?

 

Hellinger: Uno debe otorgarle la paz, por así decirlo. Si se dedica el lugar a la agricultura y, por ejemplo, se llevan allí vacas a pastar, esto permite que la zona se regenere. Eso son imágenes de paz. Lo demás es fantasía de poder, no es legítimo. Hay muchas casas que, por lo que aconteció en ellas, son peligrosas de habitar.

 

Participante: En realidad, en aquel sitio, muchas viviendas deberían ser vaciadas o destinadas a otro propósito.

 

Hellinger: Uno puede transformarlas destinándolas a un uso benevolente. No necesitamos hablar de esto ahora.  Pero se dan casas que no son habitables. Esto se ve por el hecho de que las personas fallecen con frecuencia ahí. Tienes que tomarlo en cuenta. Pensamos a menudo que los muertos se han ido para siempre. En lugares semejantes, aún se encuentran presentes. Lo observamos en lugares de accidentes: un año muere alguien allí y al año siguiente muere otro, en el mismo sitio. El muerto está allí, claro, y tiene un efecto. Lo mismo pasa con las casas, los muertos siguen allí.

 

Otra participante: Me he criado en el este de la provincia de Hamburgo. Es una zona que fue totalmente destruida en la guerra, por los repetidos bombardeos y donde mucha gente murió. En aquel entonces mi madre también quedó sepultada después de un ataque aéreo. ¿Tiene esto el mismo efecto?

 

Hellinger: Los acontecimientos de guerra, en sí, no lo tienen en la misma medida, según mi imagen. Se trata más bien de lugares donde ha habido mucha injusticia, como el ghetto de Varsovia. Por eso, no se deberían construir viviendas en aquellos sitios.

Lo mismo vale para el campo de concentración de Dachau. Ese lugar conmemorativo es, para el pueblo de Dachau, una carga, claramente. Una vez, quise imaginarme lo que podría ayudar un tal lugar.  No me meto en política. Imaginé que se derrumbaba el monumento conmemorativo, que se hacía una verde colina sobre él y que se plantaba una cruz en su cumbre. Entonces, podría el pasado ser pasado. Seguiría siendo un lugar de recuerdo pero, en cierta forma, estaría sanado. Lo de la guerra no tiene este mismo efecto.

 

Participante: Bastante pronto, me fui de aquel lugar. No me gusta el ambiente de allí, incluso cuando voy ahora de vez en cuando por la región.
 

Hellinger: Bueno, para ti no parece ser el buen sitio. Las personas sienten estas cosas, y lo debemos tomar en serio. Tenemos una percepción más honda de lo que pensamos, una percepción directa de lo que es apropiado o no. Lo que te corresponde es donde estás ahora. Alégrate.

 

 

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Ayudar a los niños

 

El nombre propio

 

Participante: durante el ejercicio anterior, me he sentido muy impactada. Mi madre me acaba de contar que tengo una hermana melliza que no vivió. Tenía nombre. Luego me he percatado de que mis dos hermanas menores llevan el mismo nombre que ella. De repente me doy cuenta que a causa de esto hay un desorden en mi familia. La una en lugar de la segunda, la otra en lugar de la primera.

 

Hellinger: Cuando un segundo hijo lleva el nombre de un hermano muerto, este hijo primero está como excluido. Con consecuencias difíciles. Cada niño debe recibir su nombre propio. Es importante. Es importante para tus hermanas que reciban su nombre propio. Tal vez tienen un segundo nombre que pueden colocar en primero, de modo que sea claro. El niño muerto recupera así su lugar en la familia, guardando su nombre. Lo puedes hablar con tu madre. Y con tu padre también.

 

 

¿Qué se puede decir a los hijos respecto a abortos y muerte en el parto?

 

Participante: ¿Cómo comentarles a los niños, cuando hubo un aborto? ¿Cómo incluirles cuando nació muerto un hermano? Tal vez más aún en caso de aborto. Sólo sé que solías decir que esto no debe caer a los oídos de los hijos.

 

Hellinger: Es lo que pensaba anteriormente. Pero la experiencia ha demostrado que no se puede ocultar nada porque el niño ya lo sabe y es necesario incluirle en esto. La pregunta es: cómo hacerlo de modo apropiado. Te doy un par de imágenes.

 

Supongamos que es el cumpleaños de un hijo. Pones la mesa y dejas un lugar libre, para el hijo que no está. Luego dices:”Tuve otro hijo del que he abortado”. Esto lo dices con toda claridad. Y sigues:”Pero en mi corazón tiene un lugar ahora, él pertenece a la familia. Lo podéis mirar como vuestro hermano. Él os mira con cariño. Vosotros, miradle con cariño, yo lo hago también”. Entonces está dicho y no se vuelve a comentar. Sólo se dice esto una vez, de esta manera, sin afectación. Más bien como un detalle.

 

Bueno, esto es tan sólo un ejemplo. Quizás se te ocurre otra cosa, que sea adecuada para ti. Depende también de la edad de los niños. Si son adultos, se puede hablar de ello abiertamente. Con los niños, más bien así como te dije.

 

Participante: ¿Y con los que murieron al nacer sería igual?

 

Hellinger: Sí, diría que sí. Por ejemplo: “Aquí había dos hijos aún, pero no han vivido”. Y añades:” Así es la vida. Vida y muerte van estrechamente de la mano”.

 

 

 

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Hellinger Sciencia

 

 Enfermedades y amor

           

 

Muchas personas se imaginan que, con su enfermedad o su muerte, pueden hacerse cargo del dolor o la culpa de otro miembro de su familia. A veces enferman, se accidentan o hasta se suicidan por añoranza hacia otros familiares con los cuales se quieren juntar a través de la muerte. Las observaciones descritas a continuación así como los conocimientos relacionados a las constelaciones familiares permiten comprender estas ideas perjudiciales y superarlas de manera sanadora.

 

Los vínculos y sus efectos

 

En una familia, todos los miembros están fatalmente vinculados a todos los demás. El vínculo del destino más potente es el que conecta a los hijos con sus padres. Es muy fuerte también entre hermanos y entre el hombre y la mujer. Un vínculo particular surge con los que han hecho sitio para otros en la familia, en particular los que han tenido un destino difícil. Por ejemplo, entre los hijos de segundas nupcias de un hombre y su  primera esposa, cuando ésta murió en el parto.

 

Imitaciones y compensaciones

 

El vínculo produce el efecto siguiente: los que han venido después así como los más débiles quieren retener a los que han venido antes o los más fuertes, impedirles partir o, cuando ya han muerto, seguirles. El efecto del vínculo va aún más lejos cuando los que disfrutan de alguna ventaja quieren igualarse a los que sufren una desventaja. Así es cómo los niños sanos quieren parecerse a sus padres enfermos y cómo los miembros ulteriores e inocentes de la familia quieren parecerse a los padres o ancestros culpables. El vínculo incluso provoca un sentimiento de responsabilidad en los sanos hacia los enfermos, en los inocentes hacia los culpables, en los felices hacia los infelices y en los vivos hacia los muertos.

 

Así pues, los que llevan una ventaja sobre otros están dispuestos a poner en juego y a pagar con su salud, su inocencia, su vida y su felicidad para la salud, la inocencia, la vida y la felicidad  de otros. Porque albergan la esperanza de conseguir asegurar o salvar, gracias a la renuncia a su vida propia y a su felicidad, la vida y la felicidad de otros en aquel grupo familiar que les toca por destino. A veces hasta esperan poder recuperar y resucitar la vida y la felicidad de otros familiares, aún cuando hace mucho que todo está perdido y pasado.

 

En el grupo familiar y en el clan reina, por los vínculos y el amor, una irresistible necesidad de compensación entre las ventajas de los unos y las desventajas de los otros, entre la inocencia y la felicidad de los unos y la culpa y la desgracia de los otros, entre la salud de los unos y la enfermedad de los otros y entre la vida y la muerte. A causa de esta necesidad, un familiar busca ser infeliz donde otro lo ha sido antes. Cuando ha habido un enfermo o un culpable, pues un miembro sano e inocente se vuelve enfermo o culpable. Y cuando un familiar querido fallece, otro pariente próximo desea morir también.

 

Gracias al vínculo y a la compensación se produce pues, dentro de los grupos familiares estrechamente ligados por el destino, un ajuste y una participación a la culpa y a la enfermedad, al destino y a la muerte  del otro. Se produce también un intento de pagar la salvación del otro con la propia desgracia, la salud del otro con la propia enfermedad, la inocencia del otro con la propia culpa o la expiación, la vida del otro con la propia muerte.

 

La enfermedad sigue el alma

 

Puesto que esta necesidad de imitación y de compensación ansía, en cierto modo, la enfermedad y la muerte, se puede decir que la enfermedad sigue el alma. Por consiguiente, junto a la atención médica estrictamente hablando, es preciso realizar una atención a nivel del alma para alcanzar la sanación, sea por el médico mismo que pueda encargarse de los dos aspectos, sea por una  persona familiarizada en cura de almas que venga a apoyar el acto médico. No obstante, mientras el médico se afana en sanar la enfermedad con tratamientos, el ayudador de almas se mantiene más bien algo alejado. Pues se encuentra frente a fuerzas tremendas que lo dejan asombrado y con las cuales le parece presuntuoso competir.

 

Buscando entonces la sintonía con estas fuerzas, se dedica a flexionar el destino difícil y a hacerse el aliado de ellas más que su antagonista. Aquí va un ejemplo.

 

 

“Mejor yo que tú”

 

Durante una sesión de hipnosis en un grupo, una mujer joven con esclerosis múltiple se vio como niña arrodillándose frente a la cama de su madre paralizada. Y se acordó haberse propuesto lo siguiente: “Querida Mamá, mejor yo que tú”. Fue muy conmovedor para los participantes ser testigos del amor de una niña hacia sus padres y de cuanta paz sentía la joven en si misma y frente a  su destino. Pero una participante no pudo soportar ver este amor dispuesto a asumir la enfermedad, el dolor y la muerte de la madre. Le comentó al que dirigía al grupo: “Espero mucho que la puedas ayudar”.

 

El ayudador quedó consternado. ¿Cómo se atrevía alguien a tratar el amor de la niña como algo malo? ¿No tendría esto como efecto de enfermar al alma de la niña y agravar su pena en lugar de calmarla? ¿No surgiría el riesgo de que la niña esconda aún más su amor a la madre, que se afiance doblemente a su esperanza y a su decisión de salvar a la madre con  su propio sufrimiento?

Otro ejemplo más. Una mujer joven, igualmente enferma de esclerosis múltiple, configuró, con los participantes del grupo, a su familia de origen así como el enredo relacional que actuaba en ella. Estaba la madre y a su izquierda el padre. Frente a ellos estaba la clienta cómo la hija mayor. A su izquierda su hermano menor, muerto a los catorce años de un fallo cardíaco, y a la izquierda de él, el último hijo.

 

El constelador mandó al hermano muerto detrás de la puerta, lo que en una constelación así significa la muerte. Al estar él fuera, se iluminó repentinamente el rostro de la hija mayor. La madre también se sintió notablemente mejor. El constelador mandó luego al hermano más joven así como al padre detrás de la puerta, porque había notado que los dos estaban atraídos ahí. Cuando estuvieron todos los hombres fuera – lo que significa que estaban todos muertos -  la madre se enderezó triunfalmente. Se hizo obvio de este modo que ella era a quien le tocaba morir – cualquier sea el motivo – y que se encontraba aliviada de que otros estuvieran dispuestos y deseosos de hacerse cargo de su muerte en su lugar.

 

A continuación, el constelador hizo volver a los hombres y mandó a la madre afuera. De repente todos se sintieron descargados de la obligación de compartir el destino de la madre, y les fue mejor.

El constelador tuvo la sospecha de que la esclerosis múltiple de la hija estaba relacionada con la obligación de morir por la madre. Entonces llamó a la madre de vuelta, la colocó a la izquierda del padre, y la hija a la izquierda de la madre.

 

Le dijo a la hija de ver a su madre con amor y decirle, mirándole a los ojos:”Mamá, lo hago por ti”. Al decirlo, le resplandeció el rostro. El sentido y el objetivo de su enfermedad fueron claros para todos los que estaban presentes.  

 

¿Qué puede hacer aquí un médico o un terapeuta, y de qué se tiene que cuidar?

 

El amor que sabe

 

Hacer aparecer a la luz el amor de un niño es, a menudo, lo único que un ayudador puede y tiene el derecho de hacer. Cualquier sea lo que un niño ha asumido por amor, él se siente en sintonía con su consciencia, valorado y bueno. Si, con la ayuda de un terapeuta comprensivo, el amor del niño consigue hacerse tangible, talvez surge también a la luz que el objetivo de este amor queda sin satisfacer. Porque es un amor que cree que puede curar a alguien gracias a su sacrificio, preservarla de la enfermedad, expiar su culpa  y arrebatar su infelicidad. Y a menudo cree que puede traer desde la muerte hacia la vida a la persona querida pero fallecida.

 

Pero cuando los objetivos infantiles asoman gracias al amor del niño, talvez permite esto que el niño ya adulto tome consciencia de que, con su amor y su sacrificio no puede superar la enfermedad, el destino y la muerte del otro sino que puede encararlos, sin poder pero con valentía, asintiendo a ellos tal como son.

 

Las metas del amor infantil y los medios para alcanzarlas,  se encuentran defraudados cuando surgen a la luz, por pertenecer a un concepto mágico del mundo que ya no se sostiene ante la mirada de un adulto. Sin embargo el amor se empeña y busca vías que incluso a la luz, quedan bien. Luego, el amor que hace enfermo busca otra solución, una solución inteligente, apropiada, y detiene si aún es posible, lo que enferma. Aquí pueden médicos y ayudadores indicar direcciones. Pero únicamente si el amor del niño, reconocido y valorado por ellos, puede quedar a la vista para luego dedicarse a lo Nuevo y a lo Más grande.

 

“Yo en tu lugar”

 

Es frecuente reconocer como causa anímica  de una enfermedad grave la decisión del niño frente a una persona querida: “Mejor que yo desaparezca en tu lugar”.

 

En la anorexia, la decisión es muy a menudo: “Querido Papá, yo me voy antes que tú”.

 

En la esclerosis múltiple es, como lo demuestra nuestro ejemplo anterior: “Querida Mamá, yo me voy antes que tú”.

 

Una dinámica semejante se daba en tiempos anteriores con la tuberculosis y lo mismo se observa en el suicidio y los accidentes mortales.

 

“Aunque te vayas, yo me quedo”

 

Al hablar con los enfermos, esta dinámica se hace visible. ¿Cuál es entonces la solución que ayuda y que sana? Como en toda descripción bien hecha de un problema, la solución viene ya contenida en la descripción y, a través de ella, se activa. La solución comienza cuando la frase que enferma es pronunciada y cuando el paciente, llevado por la gran fuerza del amor que lo anima, mirando a los ojos de la persona amada le dice y le promete:” Mejor me voy yo antes que tú”. Es importante permitir que repita la frase las veces necesarias hasta que la persona querida sea percibida como ajena y separada del yo propio, reconocida como “otra”. De lo contrario, la simbiosis y la identificación se mantienen intactas y la decisión sanadora así como la separación se malogran.

 

Cuando el contenido amoroso de la frase trae buen resultado, es posible trazar una frontera tanto en torno a la persona amada como alrededor del propio yo, delimitando así el destino  de cada uno. La frase obliga a ver no tan sólo el amor de uno mismo sino también el amor de la otra persona. La frase obliga a reconocer que lo que el yo quiere hacer en lugar de la persona amada carga a ésta más de lo que le ayuda.

 

Entonces viene el momento de decir una segunda frase a la persona amada: “Querido padre, querida madre, querido hermano, querida hermana – sea quien sea – aunque tú te vayas, yo me quedo”. A veces, sobre todo cuando la frase se dirige al padre o a la madre, el paciente añade aún: “Querido padre, querida madre, mírame con buenos ojos si me quedo, aunque tú te vayas”.

 

Un ejemplo más

 

El padre de una mujer tenía dos hermanos discapacitados. Uno era sordo, el otro sicótico. Se sentía atraído por ellos, deseoso, por fidelidad, de compartir con ellos su destino y en la incapacidad de soportar su felicidad propia frente a la desdicha de sus hermanos. Pero su hija percibió el peligro y saltó en la brecha. Tomando su lugar al lado de sus hermanos, le dijo en su corazón: “Querido Papá, mejor voy yo hacia tus hermanos”. Y más: “Querido Papá, mejor comparto yo su desgracia”. Se volvió anoréxica.

 

¿Pero, qué sería la solución para ella? Debería rogarles a los hermanos, aunque sólo interiormente: “Mirad a mi padre con buenos ojos si él se queda con nosotros, y bendecidme si me quedo con mi padre”.

 

“Yo te sigo”

 

Detrás del anhelo a marcharse del padre o de la madre, alejamiento que el niño se imagina impedir diciendo “Mejor yo que tú”, encontramos con frecuencia otra frase por parte de los padres. La dicen en tanto que hijos a sus padres o a sus hermanos fallecidos temprano o enfermos crónicos o discapacitados. La frase es: “Te sigo”, más exactamente: “Te sigo en la enfermedad” o “Te sigo en la muerte”.

 

En otras palabras, en la familia actúa en primer lugar la frase “Te sigo”. Es una frase de niño. Pero cuando estos niños se hacen adultos, sus propios hijos les impiden cumplirla, y dicen a su vez: “Mejor yo que tú”.

 

“Vivo un poco más”

 

Cuando la frase “Te sigo” sale a la luz como trasfondo de una enfermedad grave, de un accidente o de una tentativa de suicidio, la solución sanadora y ayudadora sería también aquí que la frase fuera pronunciada por el niño, con toda la fuerza del amor que lo llena, mirando a los ojos de la persona querida y prometiéndole: “Querido padre, querida madre, querido hermano, querida hermana – sea quien sea – yo te sigo”. Aquí también es importante dejar que se repita la frase las veces necesarias hasta que la persona sea contemplada desde una cierta distancia y, pese al amor, separada del yo propio, percibida como otra y reconocida. Entonces, el niño puede realizar que su amor no supera la frontera entre él mismo y la persona muerta y que debe detenerse ante este límite. La frase obliga, aquí también, a reconocer tanto el amor propio como el de la persona amada, y entender que ella lleva y cumple con su destino con más facilidad si nadie, y menos su hijo, le sigue.

 

Luego, el niño puede agregar una segunda frase, dirigida a la persona fallecida, una frase que le dispensa y le libera de las consecuencias graves de una obligación: “Querido padre, querida madre, querido hermano, querida hermana – sea quien sea – tú estás muerto, yo viviré un poco más, hasta que me muera yo también”. O bien: “Cumplo con lo que se me brinda, el tiempo que dure. Luego me moriré también”.

 

Cuando el niño ve que uno de sus padres quiere seguir a algún enfermo o muerto de su familia de origen, tiene que decir: “Querido padre, querida madre, aún si tú te vas, yo me quedo”. O bien: “Aún si tú te vas, te honro y siempre serás mi padre, y siempre serás mi madre”, o cuando uno de los padres se ha suicidado, “Me inclino ante tu destino y tu decisión. Siempre serás mi padre, siempre serás mi madre, y siempre seré tu hijo”.

 

Esperanza que enferma

 

Las dos frases “Mejor yo que tú” y “Te sigo” se dicen y se llevan a cabo con buena consciencia y con la certeza de la inocencia. A la vez, se corresponden con mensajes y ejemplos cristianos como la palabra de Jesús en el Evangelio de San Juan: “El mayor amor es el de quien ofrece su vida para sus amigos”, y el requerimiento dirigido a sus discípulos de seguirle en el camino de la cruz hasta la muerte.

 

La enseñanza cristiana de la salvación por el dolor y la muerte así como el modelo de los santos y héroes confirman la creencia y la esperanza del niño en poder asumir la enfermedad, la desgracia y la muerte de otros, en su lugar. O de liberar a otros de su enfermedad y sufrimiento a través de la enfermedad y del sufrimiento propio, arrancándoles a la muerte con la propia muerte, pagando así a Dios y al destino el precio de la vida. O puede el niño incluso creer que, al no lograr salvar a los queridos muertos en la Tierra, podrá reencontrarse con ellos más allá de la vida, perdiéndola como ellos y volviendo a vivir a través de la muerte.

 

El amor que sana

 

En esas intrincaciones, la sanación y la salvación se hallan allende el acto únicamente médico y terapéutico . Exigen una realización religiosa, una conversión hacia algo mucho mayor que permita superar el pensamiento mágico del niño y vaciarlo de su poder. A veces, el médico o ayudador puede preparar y apoyar esta realización. Pero ésta no depende de él y no sigue, como el efecto la causa, una lógica. Cuando se da, exige lo máximo y se vivencia como gracia.

 

La enfermedad como expiación

 

Otra dinámica que lleva a la enfermedad y al suicidio, al accidente y a la muerte es el deseo de expiar por una culpa.

 

Algunas veces se considera como culpa lo que vino por vías del destino y que fue imposible cambiar, por ejemplo la pérdida de un feto o la discapacidad o la muerte prematura de un niño. Entonces, lo que ayuda es mirar a los muertos con amor, abrirse al duelo y dejar en paz lo que ya pasó.

 

Otra situación vivida con culpa es cuando a alguien le sucede una fatalidad, provocando un daño grave a otro y trayéndole a él alguna ventaja, la salvación o la vida, como es el caso del niño cuya madre muere al darle a luz.

 

Existe también la culpa real y personal que tiene que ser asumida, por ejemplo cuando alguien abandona a un hijo o aborta sin que haya urgencia o cuando alguien exige o provoca despiadadamente algo doloroso a otro.

 

Muchas veces, la culpa causada por el destino y la culpa personal son borradas con la expiación, pagando con el sufrimiento propio los daños ocurridos a otra persona, “liquidando” la culpa con la expiación y así reequilibrando la situación.

 

Estos cumplimientos, por nefastos que sean para todos los afectados, son incentivados por la enseñanza religiosa y los ejemplos, por la creencia en la virtud salvadora del dolor y de la muerte y en la purificación de los pecados y de la culpa gracias al auto castigo y al sufrimiento aparente.

 

La compensación a través de la expiación trae un sufrimiento doble

 

La expiación alimenta nuestra necesidad de equilibrio. Sin embargo, cuando el equilibrio es buscado a través de la enfermedad, del accidente o de la muerte, ¿qué es lo que realmente se alcanza? En realidad, donde sufría uno sufren ahora dos, donde había un muerto ahora hay dos. Peor aún: para las víctimas del perpetrador, la expiación representa un doble perjuicio y una doble infelicidad, porque a través de su desgracia se sustenta la desgracia de otro, a raíz de su daño crecen otros daños y su muerte trae la muerte a otros muchos.

 

Algo más para reflexionar. La expiación es fácil. En el pensamiento mágico y el negociar correspondiente, el salvamento del otro se obtiene sólo gracias al sufrimiento propio, como si el propio dolor fuera suficiente para el rescate del otro. Así es también en la expiación: sufrir y morir bastan, sin que se tome en cuenta la relación con el otro ni que se le mire a los ojos, sin que se sienta dolor por su desgracia ni que se emprenda nada para él, en buen acuerdo con su beneplácito y su bendición.

 

En la expiación pues, se trata de pagar moneda por moneda. Aquí también el trato es reemplazado por el sufrimiento, la vida por la muerte y la culpa por la expiación, creyendo que sufrir y morir sin actuación y sin compromiso son suficientes. Al igual que en las frases: “Mejor yo que tú” y “Te sigo”, cuando son puestas a ejecución aumentan los estragos, el dolor y la muerte, pues lo mismo ocurre cuando se lleva a cabo la expiación.

 

Un niño cuya madre muere en el parto, se siente siempre en deuda frente a ella, por haberle dado la vida al precio de su muerte. Si entonces el niño expía, dejándose decaer, quiere decir que al negarse a tomar su vida al precio de la muerte materna o incluso quitándose la suya propia, este niño causa a su madre una doble infelicidad. Significa que el niño no acepta la vida que ella le brinda y que no honra su amor y su disposición a darle todo. Su muerte habrá sido inútil y peor, su muerte habrá traído desgracia suplementaria en lugar de vida y felicidad. En lugar de un muerto habrá dos.

Si queremos ayudar a un niño en esta situación, tenemos que mantener presentes a la mente su deseo de expiación así como lo que dice: “Mejor yo que tú” y “Te sigo”. La solución sanadora se logra sólo cuando tratamos el deseo pernicioso de expiación integrando las frases “Mejor yo que tú” y “Te sigo”.

 

 

La compensación a través del tomar y del actuar conciliador

 

¿Cuál sería la solución adecuada para este niño y su madre? El niño debería decir: “Querida Mamá, ya que has pagado un precio tan elevado para mi vida, entonces no tiene que ser en vano. Haré algo con ella, en tu memoria y en tu honor”.

 

Esto implica que el niño debe actuar en lugar de sufrir, esforzarse en lugar de renunciar y vivir en lugar de morir. Entonces se encuentra unido a su madre de un modo mucho más profundo que cuando la sigue en la desgracia y la muerte.

 

En la medida en que el niño se pierde simbióticamente en la madre, está vinculado a ella de una manera ciega y sorda. En cambio si pone sus esfuerzos en los desafíos de la existencia, tomando su vida como un gran regalo y transmitiendo a otros, en memoria a su madre y su muerte, se encuentra unido a ella de otra forma, muy distinta: se encuentra frente a ella, con amor. Pues, al aceptar la vida y aprovecharla, mantiene la mirada en su madre y la lleva en su corazón. Entonces, de madre a hijo fluyen fuerzas y bendiciones porque él hace, por amor a ella, algo con su vida.

 

A diferencia de la compensación a través de la expiación que sólo trae daño, estragos y muerte, esto sería una compensación a través del bien. A diferencia de la compensación a través del la expiación, que es cómoda y dañina sin por lo tanto reconciliar, la compensación a través del bien cuesta mucho. Pero trae bendiciones y permite que, tanto la madre como el hijo, lleguen a reconciliarse con sus destinos. En realidad, el bien que este hijo cumple en su vida y en memoria a su madre, se realiza gracias a ella. A través de su hijo ella sigue viva,  presente y actuando.

 

Esta compensación deriva del conocimiento de que nuestra vida es única y que al pasar, hace sitio para lo que viene y que, aún pasada, sigue sustentando el presente.

 

 

La expiación como sustituto para la relación

 

La expiación nos sirve para evitar confrontarnos a la relación en sí, tratando la culpa como si fuese un objeto por el cual pagamos los daños que conlleva, con algo que nos cuesta. Sin embargo, ¿qué efecto puede tener una tal reparación si he sido injusto con alguien, si lo he llevado a la miseria y le he provocado unos daños en cuerpo y alma que no tienen remedio?

 

Me es factible cargarme con una expiación en la que me hago daño únicamente si pierdo de vista al otro. Pero si mantengo mi atención en él, debo reconocer que a través de la expiación busco escapar a lo que es imprescindible.

 

Esto vale incluso cuando se trata de asumir una culpa personal. Con frecuencia, la madre intenta desagraviar por un aborto u otra pérdida de un niño, enfermándose incurablemente o interrumpiendo la relación con su marido y padre del niño o renunciando a toda relación futura. La expiación para una culpa personal transcurre muchas veces sin que nos demos cuenta, en discrepancia con las negaciones y disculpas de nuestra consciencia.

 

En las madres con necesidad de expiar puede que aparezca el deseo de seguir al niño muerto, así como el niño necesita seguir a su madre muerta. Si embargo, el niño muerto por culpa de la madre también dice: “Mejor yo que tú”. Pero si la madre, por expiar, se enferma y fallece, entonces la muerte del hijo en lugar de su madre fue en vano.

 

La solución, en caso de culpa personal, es la sustitución de la expiación por un actuar reconciliador. Esto acontece cuando miro a los ojos a la persona a quien he hecho daño, a quien he exigido o causado algo difícil. Por ejemplo, la madre de un niño abortado o negado o abandonado le mira frente a ella y le dice: “Lo siento. Te doy ahora un lugar en mi corazón. Y haré mejor, lo mejor que pueda”.  Y “Participarás en lo bueno que realizaré en tu memoria”. Entonces la culpa no fue en balde sino que lo bueno que la madre lleva a cabo se cumple con el recuerdo del niño presente en ella y, por lo tanto, con el niño y a través de él. Así  permanece él un tiempo más unido a su madre y a su actuar.

 

La culpa pasa

 

Es importante valorar lo siguiente. La culpa pasa, y debe poder pasar. La culpa es transitoria en la Tierra y, como todo lo demás, después de un tiempo desaparece.

 

La enfermedad como expiación en lugar de otro

 

La culpa y la expiación son, en la familia y la estirpe, frecuentemente asumidas por otros miembros. Un niño o una pareja dice entonces: “Mejor yo que tú” con relación a la culpa y la expiación. Lo toman de otros cuando éstos se niegan a asumir su propia culpa y sus consecuencias.

 

Una madre contó que había rehusado hacerse cargo de su madre en la vejez, entregándola a un asilo de ancianos. En la misma semana comenzó una de sus hijas una anorexia, se vistió de negro y fue dos veces a la semana a cuidar a gente mayor. Pero nadie en aquel momento percibió el vínculo con lo anterior, tampoco la hija.

 

La enfermedad como efecto de negarse a tomar a los padres

 

Una actitud que lleva a enfermedades graves es la denegación de tomar a sus padres con amor y a honrarlos como padres. Algunos enfermos de cáncer prefieren morir que inclinarse ante su madre o su padre.

 

Honrar a los padres

 

La honra a los padres incluye tomarlos y amarlos tal como son y la honra a la vida incluye tomarla y amarla tal como es, con un principio y un fin, con la salud y la enfermedad, con la inocencia y la culpa. Esto es la verdadera realización religiosa que antiguamente se llamaba devoción y adoración. Lo vivenciamos como máximo desprendimiento que todo lo toma y todo lo da – con amor.

 

 

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Hombre y mujer

 

La pareja

 

Hellinger: ¿Qué forma parte de la relación de pareja? Primero, el amor sexual, el dar y el tomar sexual. Eso para empezar. Es el fundamento para todo. Hay relaciones que se limitan a esto. Obviamente no pueden durar, son más bien como un vuelo de mariposa.

 

Luego hay el amor del corazón. Por ejemplo, la seguridad compartida: “Me quedo contigo y estoy presente para ti”. Por supuesto el amor del corazón profundiza mucho el amor sexual, cuando éste es sostenido por esta seguridad permanente:”estoy aquí para ti y te quiero así”.

 

Luego viene la vida en común, el vivir junto y  manejar lo cotidiano. Una relación amorosa sin vida en común es relativamente fácil. La prueba es el vivir junto. Esto es la prueba de verdad.

 

A una mujer: En una edad con muchas experiencias, lo primero y lo segundo son suficientes, a veces sólo lo primero. Esta es la diferencia. Tu relación actual no es la misma que la anterior. Porque la vida compartida con tu primer marido perdura a través de vuestros hijos o nietos. ¿Estáis comprometidos en ello?

 

La mujer: Sí, estoy comprometida en ello.

 

Hellinger: Pues, allí está la vida en común. Y en ella, tu nueva pareja no puede participar. Tiene que quedar fuera. En este sentido, tampoco es imprescindible que vayas a vivir con él.

 

Hellinger, al grupo: Hago con vosotros un ejercicio. Cerrad los ojos.

Mirad a las parejas anteriores que tuvisteis. Sobre todo, a las que fueron significativas, pero también a las otras si queréis. Mirad a cado una de ellas con agradecimiento y amor: “Has sido importante para mí. Me has dado algo importante. Lo conservo y me lo llevo a mi vida. Y ahora te dejo en paz”.

Mirad luego a vuestra pareja actual y a sus antiguas parejas. Las miráis con respeto y les decís: “Tú le has dado algo importante, que ahora me viene bien. Esto viene de ti. Lo respeto y te respeto. Tomo ahora a mi pareja junto con lo que le has o le habéis dado”.

 

A una mujer: ¿Cómo te sientes cuando digo esto?

 

La mujer: Siento mucha paz.

 

Hellinger: Todo se enriquece a través de aquello. Las relaciones no son tan exclusivas como  a veces le gusta a uno pensarlo.

 

 

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Vivir el momento presente

 

Participante: ¿Están el camino de vida y su final predestinados?

 

Hellinger: Para algunas personas, sí. ¡Espera! Ni siquiera has oído lo que te dije. ¿Qué he dicho?

 

Participante: Para algunas personas, sí.

 

Hellinger: Cuando alguien sigue un guión de vida, se imagina que con ello alcanza cierto límite. He observado como algunas personas se sienten vinculadas a Jesús. Siguen un guión de Cristo y piensan que morirán a los 33 años. Pero las que hasta ahora he podido conocer, y que tenían semejante guión de vida, han sobrevivido a los 33 años. Otras han imaginado que se morirían a los cuarenta, y también han sobrevivido.

 

Participante: Tal vez sólo las que conoces han sobrevivido. Has dicho que las que tú conoces han sobrevivido.

 

Hellinger: He trabajado con aquellas personas sobre el guión de su vida. A veces, después de este trabajo, se encontraban libres. Otras, con las cuales no he trabajado, también han sobrevivido.

Ahora os llevo a otro nivel y os acompaño en un ejercicio. Cerrad los ojos.

 

El instante presente

 

Toda vida se realiza en el presente. Ahora, en este instante, sólo ahora. Cuando imagino el futuro, pierdo mi vida en este instante presente. La vida es completa sólo ahora. En cada momento, es entera. Y cuando miro atrás hacia mi pasado, también pierdo el presente.

Imaginemos ahora: ¿Cuántos momentos del día pasamos en el pasado o en el futuro? ¿Cuánta vida está a nuestra disposición cuando perdemos el instante presente? ¿Cuánto vacío se aloja en nosotros, comparado con la plenitud?

 

El que se mantiene en el presente no tiene preocupaciones, ya que cada preocupación está enraizada en el futuro. El presente es sin angustia porque la angustia también tiene sus raíces en el futuro. El presente es sin lamentos. Todos los lamentos surgen del pasado. La plenitud es: vivir de instante a instante.

 

Todo amor es hijo del instante presente. No puede estar en el futuro y tampoco en el pasado. El amor es ahora. La felicidad también. La felicidad soñada es del futuro y con el sueño nos perdemos el presente. Algunos proyectos sólo viven del futuro. Pero, quizá, tropezamos contra la próxima piedra y nos caemos, ahora, en el camino.

El presente es la más alta disciplina.

 

 

La generosidad

 

La generosidad desborda. Da más de lo que se espera de ella, aunque sin expectativas de algo a cambio. Porque la generosidad es dedicación, pura dedicación.

Al ser generosos, miramos por encima de muchas cosas. ¿Por qué ser mezquino aquí? Lo mezquino se encuentra acorralado en el trasfondo gracias a nuestra generosidad, talvez incluso humillado. Sin embargo, el ser generoso no se interesa por eso. Mantiene cierta distancia y queda recogido.

 

La persona generosa ha dejado mucho atrás, más que todo, las grandes reivindicaciones. Se acomoda con las circunstancias y las limitaciones que éstas le imponen, sin más ni más. Está dedicada a otra cosa.

 

Lo que más generoso es con nosotros, es el espíritu. Experimentamos su dedicación hacia todos nosotros como generosidad. El espíritu no saca cuentas. Su movimiento es continuo y dirigido hacia delante, yendo del uno al siguiente, alcanzando lejos y con amplitud. Mantiene en su mirada lo grande y lo esencial. Así nos pasa a nosotros también cuando su movimiento nos abarca, hasta que nos encontremos en sintonía con él.

 

La persona generosa permite que el pasado sea pasado, sin permanecer con ello. La grandeza mira hacia delante, valientemente hacia delante, porque todo lo grande se encuentra delante.

 

La generosidad viene del conocimiento que sólo lo grande merece la pena. En este caso, el amor grande. A la generosidad se junta pues la nobleza de corazón. El corazón noble deja pasar el pasado, amando con generosidad hacia el futuro.

 

La persona generosa está recogida, centrada frente a lo mucho y a lo amplio. Por estar en todo momento insertada en este movimiento, se encuentra llevada por él hacia delante y hacia muy lejos, armoniosamente.

 

El corazón de la persona generosa late con tranquilidad, con tranquila nobleza.

 

¿Qué verdad es esta? Es una verdad al servicio de la vida. Por estar en este servicio, es verdad.

¿De qué utilidad sería otra verdad? Verdaderos son primeramente los hechos, por ejemplo, el hecho de que tenemos una madre y un padre.

Verdadero es el hecho que sólo gracias a ellos estamos vivos y que sin ellos no estaríamos vivos.

Verdadero es el hecho de que sólo ellos son los padres que nos han transmitido la vida. ¿Puede otra verdad tener un impacto mayor en nosotros?

 

 

La verdad

 

La verdad actúa. Se evidencia como verdadera por sus efectos.

Una verdad más es que moriremos, que nuestro tiempo de vida incluye un límite. Esta verdad tiene un impacto también. ¿Cuán diferentemente vivimos si mantenemos esta verdad presente?

¿Cuántas preocupaciones menos tenemos acerca de lo que será después de nuestra muerte? O al revés, ¿cuántas preocupaciones más? Pero aquí, muy distintas.

 

Una verdad suplementaria es que tenemos una consciencia espiritual, una consciencia que vivenciamos como independiente de nuestro cuerpo. ¿Qué impacto tiene esta verdad cuando la tomamos en serio? ¿En qué medida se acerca esta consciencia espiritual al frente de nuestro pensamiento, en nuestro día a día? Llevándonos por ejemplo, si nos abandonamos a ella, a vivir experiencias que nos permiten percibir nuestro vinculo con una realidad más grande, que existe independientemente de nuestro cuerpo físico, de su comienzo y de su fin.

 

Estas verdades están a nuestra disposición, incluso nos están ofrecidas. Así pues, nuestros padres nos son brindados como una verdad. Esta verdad actúa en nosotros de manera particularmente dichosa, si la podemos reconocer como tal. Sólo así aprovechamos sus efectos y su completa expansión.

 

La verdad de la muerte es otra verdad brindada. La muerte es la promesa de un nacer nuevo y futuro en el ámbito del espíritu. Por lo tanto, podemos vivir nuestra vida en este mundo como siendo la matriz por la cual, gracias a la muerte, pasaremos a otro mundo infinito, a otra manera de ser. Aunque ya, nuestras experiencias presentes con el mundo del espíritu nos hacen presentir a éste otro por venir, que tiene un inicio desde donde podemos progresar hacia una plenitud que aún nos queda por alcanzar.

 

Sabiéndonos ya aquí, en nuestro ser físico, relacionados con el reino del espíritu, vamos no tan sólo al encuentro de una sazón física sino también de una culminación del espíritu. Desde ya nos movemos en su ámbito, cuando por ejemplo, nos sentimos atraídos hacia él, y cuando, paso a paso, nos sigue guiando.

 

¿Conocemos acaso esta verdad? ¿La podemos concebir? La vivimos como cualquier otra verdad esencial, simplemente por estar presentes. ¿Acaso existe algo más grandioso que su simple presencia, su real presencia?

 

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Meditaciones

Amar a los padres desde el espíritu

 

Haré con vosotros algunas meditaciones para entrenarnos a una visión desde el espíritu. Os propongo que miremos a nuestros padres desde esta perspectiva. Es algo muy distinto de lo que, quizás, acostumbramos hacer. Empecemos entonces.

 

Podéis cerrar los ojos si lo deseáis.

 

Os propongo que miremos a nuestra madre, así como es, exactamente como es. Sólo de esta forma, es nuestra madre. ¿Pero, es realmente “nuestra” madre? ¿Tengo acaso el derecho de decir “mi madre”, como si fuera mi propiedad? ¿O acaso ella me es regalada por otra fuerza, que la ha tomado a su servicio, tal como es ella? Así es como fue escogida para ser mi madre. Sólo así, tal como es, puede ser ella realmente mi madre y, sólo así, puedo llegar a ser como el espíritu lo desea. Su destino y mi destino están inseparablemente unidos.

 

Mientras la miro tal como es, miro también más allá de ella hacia algo más grande. Miro más allá, hacia sus padres, los que le fueron destinados, así como fueron, exactamente así. Nadie pudo ser distinto de lo que fue porque el espíritu, conforme con su movimiento, ha concebido y guiado a cada cual tal como fue. Detrás de sus padres están sus padres y un sin fin de generaciones. Todos ellos han sido movidos por el espíritu, todos tuvieron un destino surgido de un movimiento de este espíritu, todos fueron tomados a su servicio, desde el principio hasta mí. Estoy vinculado a todos ellos, por el espíritu y su movimiento.

 

Por encima de todos ellos miro hacia muy lejos, hacia la infinitud que lo mueve todo así como es, y que lo acepta todo así como es y que me acepta tal como soy, con mi madre tal como es.

 

Entonces, abro grande mi corazón. Miro a mi madre y la tomo en mí, como un regalo de este espíritu eterno, la tomo así como es y le digo “Gracias”. Mirando a todas las generaciones detrás de ella, digo también “Gracias”. Miro aún más allá al infinito, recogido y entregado, frente a lo que nos queda ocultado. Y digo: “Sí, me entrego a ti con todos los que están conmigo. Juntos, estamos a tu servicio. Gracias”.

 

Permanezco en este vínculo con amor, con respeto para todos, con la consciencia de ocupar el último lugar. Y desde este lugar, miro hacia delante. Siento a mis antepasados detrás de mí, y a esta fuerza detrás de todos nosotros. Doy más lejos lo que me ha sido confiado y brindado. Lo doy más lejos con respeto y con amor, en armonía con todos los que estaban antes que yo, en armonía con el movimiento de este espíritu.

 

De la misma manera, miro a mi padre tal como es, con el destino que tuvo, con todo lo que hizo. Le miro y le veo tal como era y tal como es ahora. Así me corresponde, para mi destino. Gracias a él, pude crecer. Soy como soy porque él es como es. Miro también por encima de él, hacia sus padres. Ellos fueron como pudieron ser, solamente así. Y porque eran así, eran los correctos para mi padre. Más allá de ellos miro a sus destinos, a sus padres y al sin fin de generaciones. Todos estaban al servicio de este espíritu, así como eran, precisamente así.

 

Me tocan a mí, tal como son. Me coloco en el linaje con ellos, abajo, en el último lugar. Y sé que doy más lejos lo que me ha venido de ellos. Tomo mi lugar en una cadena ininterrumpida de generaciones, sabiéndome movido igual que ellos, por algo infinito.

 

Miro a mi padre y abro mi corazón. Lo tomo en mí tal como es, tal como me es regalado, el correcto para mí.

 

Cuando miramos a nuestros padres de esta forma, con un amor del espíritu, con un amor más allá del sentimiento, armonizado con un movimiento del espíritu, vemos también lo que nos han dado con tanto cariño paternal durante tantos años.  ¡Es increíble lo que nuestros padres nos han dado, de acuerdo con este movimiento! Lo aceptamos todo tal como fue, sin más ni más, incluso las supuestas dificultades, el dolor y los desafíos. La forma en que se comportaron  fue diseñada así por este espíritu. Ellos fueron movidos así por él, para nosotros.

 

¿De qué sirve entonces lo demás, nuestro deseo de serles, talvez, superiores, de hacerles reproches y presentarles quejas?

 

¿Qué hacemos pues, frente a este espíritu? ¿Qué nos pasa cuando nos atrevemos a desearlos de otra forma de lo que fueron? ¿Estamos todavía en el amor hacia ellos, tal como son? ¿En el amor hacia sus padres, así como eran? ¿En el amor hacia su destino tal como fue?

 

Preguntémonos si aún estamos en el amor hacia todos los que estuvieron antes que ellos y cuya vida, con sus experiencias y sus sufrimientos nos benefician en un movimiento común, que nos abarca a todos por igual y donde todos se encuentran aún presentes.

 

 

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