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Revista
Hellinger - Hellinger® Sciencia
Diciembre 2007
Encontrar la paz
El
apego de los muertos a los vivos
Casas y lugares cargados
Ayudar a los niños
el nombre propio
¿Qué
se puede decir a los hijos respecto a abortos y muerte en el parto?
Hombre y mujer
La pareja
El futuro
Vivir el momento presente
La generosidad
La verdad
Hellinger Sciencia
Enfermedades y amor
Meditaciones
Amar a los padres desde el espíritu
El
apego de los muertos a los vivos
Participante: He vivido anteriormente en un barrio
donde con bastante frecuencia se han dado suicidios. Mi
suegra se volvió muy depresiva en su casa de aquel
barrio. Después de su muerte, nos mudamos ahí. Una de
mis hijas se volvió depresiva, la otra está inestable.
Hace dos meses nos hemos ido de ahí porque tenía el
sentimiento de que algo estaba mal en aquel lugar.
Hellinger: Conozco un bonito
valle en los Alpes. Tenemos un buen
conocido allí. Él trabaja de quesero en una granja. Un
lugar hermoso. En la mayoría de las casas de aquel
valle, ha habido un suicidio y siempre de la misma
manera. Se cuelgan. Conozco otro valle en Tirol del Sur
donde es parecido. En prácticamente cada hogar hay un
suicidado. Lo he constelado una vez.
Me
alejo ahora un tanto del precipicio. Mi observación a
partir de las constelaciones es la siguiente. Cuando
alguien muere repentinamente, desprevenido, incluso por
suicidio, es a veces porque los muertos atraen a los
vivos hacia la muerte. En aquel valle de Tirol lo he
constelado.
En
el curso se encontraba una mujer de ahí, que corría
peligro de matarse. Para ella configuré
en un círculo a 15 hombres y
mujeres que estaban presentes y que representaron a los
que ya se habían matado. Luego coloqué a la mujer dentro
del círculo. Miró a cada uno diciéndole: por favor.
Después de esto, algunos muertos se retiraron. Ella
también dio unos pasos atrás. Pero uno de los muertos la
siguió, como queriéndole atraer
hacia él. Entonces ella le repitió,
con voz fuerte: por favor. Él pudo finalmente
retirarse.
Bueno, es importante saber que esto existe.
He
observado otra situación análoga. Una madre muerta en el
parto a veces se lleva con ella el hijo a la muerte. Hay
muchos consteladores que trabajan seriamente con esto.
Han observado que muchos de los que han fallecido
repentinamente no saben que están muertos. Se comportan
como si aún estuvieran aquí. Se apegan a los vivos.
Entonces se le dice al representante del muerto en la
constelación: Tú estás muerto. Yo aún vivo. Más tarde
moriré también.
Participante: ¿Una muerte repentina, puede ser
también el caso de un accidente de avión, o sólo se
trata de suicidio?
Hellinger: Sí, también puede ser un accidente, por
ejemplo.
Haré
con vosotros un ejercicio respecto a esto. Cerrad los
ojos. Imaginaos que estáis en una situación donde tal
vez alguien de la propia familia ha
muerto, u otra situación incluso, y percibid el roce de
un muerto que se sujeta de vosotros. Tal
vez hay varios muertos. Mirad pues
más allá de ellos, muy lejos. Aún si ellos se
cuelgan de vosotros, miráis a lo
lejos, por encima de ellos, hacia el
infinito.
Nos
mantenemos en esta actitud, impasibles ante lo que los
muertos quizá esperan de nosotros. Con miras a este
infinito, sentimos entonces cómo el infinito nos atrae,
y nos dejamos llevar. De esta manera, los muertos que se
sujetan de nosotros son igualmente abarcados en aquel
movimiento. Nos siguen en la misma dirección, por el
mismo camino. Después de un rato nos retiramos y los
dejamos ir solos hacia dónde ahora están atraídos.
Casas y
lugares cargados
Participante: En momentos
de intensivo trabajo interior – como ahora - me vienen
imágenes de sucesos de guerra. Mi pregunta es: ¿hasta
qué punto ciertas personas y su historia me influencian
en la vida, si por ejemplo vivo en los lugares donde
estas personas han vivenciado sus historias?
Hellinger: ¿Lo puedes
explicar más concretamente?
Participante: Vivo en una
urbanización que fue construida en los tiempos de la
guerra. Allí residían oficiales del ejército y aquellos
que producían municiones en una fábrica. Yo vivo y
trabajo allí. ¿Hasta qué punto tiene lo acontecido
influencia sobre nosotros los que ahora vivimos y
trabajamos allí? Ya que no tenemos éxito con nuestras
empresas.
Hellinger: Bien me lo
puedo imaginar. He estado en Varsovia, existía allí el
famoso gran ghetto. En su lugar se han edificado
viviendas. Pensé: ¿Cómo puede alguien ir a vivir a estos
pisos? ¡Es impensable! Es cierto, lo que pasó ahí sigue
actuando.
Ahora bien. ¿Cómo se las
arregla uno ahí donde está? Me puedo imaginar que si
vosotros honráis en vuestro interior a aquellos que
seguramente fueron explotados en aquel lugar, puede esto
tener un buen efecto para vosotros. De ahí a saber si
una empresa puede sobrevivir, es otro asunto. No cabe
duda que está cargado.
Participante: Me confirma
lo que percibo.
Otra participante:
¿Existe la posibilidad de neutralizar el lugar si está
“contaminado”? Viven allí muchas más personas a las que
probablemente no les va bien.
Hellinger: Esta
posibilidad no existe. La ilusión de que se podría
remediar a esta situación es realmente una ilusión. No
funciona.
Participante: Yo creía
que era posible.
Hellinger: ¡Demasiado
fácil! Fantasías de niño, fantasías de poder. Hace falta
respetar el lugar.
Participante: ¿Incluso
cuando es negativo?
Hellinger: Uno debe
otorgarle la paz, por así decirlo. Si se dedica el lugar
a la agricultura y, por ejemplo, se llevan allí vacas a
pastar, esto permite que la zona se regenere. Eso son
imágenes de paz. Lo demás es fantasía de poder, no es
legítimo. Hay muchas casas que, por lo que aconteció en
ellas, son peligrosas de habitar.
Participante: En
realidad, en aquel sitio, muchas viviendas deberían ser
vaciadas o destinadas a otro propósito.
Hellinger: Uno puede
transformarlas destinándolas a un uso benevolente. No
necesitamos hablar de esto ahora. Pero se dan casas que
no son habitables. Esto se ve por el hecho de que las
personas fallecen con frecuencia ahí. Tienes que tomarlo
en cuenta. Pensamos a menudo que los muertos se han ido
para siempre. En lugares semejantes, aún se encuentran
presentes. Lo observamos en lugares de accidentes: un
año muere alguien allí y al año siguiente muere otro, en
el mismo sitio. El muerto está allí, claro, y tiene un
efecto. Lo mismo pasa con las casas, los muertos siguen
allí.
Otra participante: Me he
criado en el este de la provincia de Hamburgo. Es una
zona que fue totalmente destruida en la guerra, por los
repetidos bombardeos y donde mucha gente murió. En aquel
entonces mi madre también quedó sepultada después de un
ataque aéreo. ¿Tiene esto el mismo efecto?
Hellinger: Los
acontecimientos de guerra, en sí, no lo tienen en la
misma medida, según mi imagen. Se trata más bien de
lugares donde ha habido mucha injusticia, como el ghetto
de Varsovia. Por eso, no se deberían construir viviendas
en aquellos sitios.
Lo mismo vale para el
campo de concentración de Dachau. Ese lugar
conmemorativo es, para el pueblo de Dachau, una carga,
claramente. Una vez, quise imaginarme lo que podría
ayudar un tal lugar. No me meto en política. Imaginé
que se derrumbaba el monumento conmemorativo, que se
hacía una verde colina sobre él y que se plantaba una
cruz en su cumbre. Entonces, podría el pasado ser
pasado. Seguiría siendo un lugar de recuerdo pero, en
cierta forma, estaría sanado. Lo de la guerra no tiene
este mismo efecto.
Participante: Bastante
pronto, me fui de aquel lugar. No me gusta el ambiente
de allí, incluso cuando voy ahora de vez en cuando por
la región.
Hellinger: Bueno, para ti
no parece ser el buen sitio. Las personas sienten estas
cosas, y lo debemos tomar en serio. Tenemos una
percepción más honda de lo que pensamos, una percepción
directa de lo que es apropiado o no. Lo que te
corresponde es donde estás ahora. Alégrate.
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Ayudar a los niños
El nombre
propio
Participante: durante el ejercicio anterior, me he
sentido muy impactada. Mi madre me acaba de contar que
tengo una hermana melliza que no vivió. Tenía nombre.
Luego me he percatado de que mis dos hermanas menores
llevan el mismo nombre que ella. De repente me doy
cuenta que a causa de esto hay un desorden en mi
familia. La una en lugar de la segunda, la otra en lugar
de la primera.
Hellinger: Cuando un segundo hijo lleva el nombre de
un hermano muerto, este hijo primero está como excluido.
Con consecuencias difíciles. Cada niño debe recibir su
nombre propio. Es importante. Es importante para tus
hermanas que reciban su nombre propio. Tal
vez tienen un segundo nombre que
pueden colocar en primero, de modo que sea claro. El
niño muerto recupera así su lugar en la familia,
guardando su nombre. Lo puedes hablar con tu madre. Y
con tu padre también.
¿Qué
se puede decir a los hijos respecto a
abortos y muerte en el parto?
Participante: ¿Cómo comentarles a los niños, cuando
hubo un aborto? ¿Cómo incluirles cuando nació
muerto un hermano? Tal
vez más aún en caso de aborto. Sólo
sé que solías decir que esto no debe caer a los oídos de
los hijos.
Hellinger: Es lo que pensaba anteriormente. Pero la
experiencia ha demostrado que no se puede ocultar nada
porque el niño ya lo sabe y es necesario incluirle en
esto. La pregunta es: cómo hacerlo de modo apropiado. Te
doy un par de imágenes.
Supongamos que es el
cumpleaños de un hijo. Pones
la mesa y dejas un lugar libre, para el hijo que no
está. Luego dices:”Tuve otro hijo del que he abortado”.
Esto lo dices con toda claridad. Y sigues:”Pero en mi
corazón tiene un lugar ahora, él pertenece a la familia.
Lo podéis mirar como vuestro hermano. Él os mira con
cariño. Vosotros, miradle con cariño, yo lo hago
también”. Entonces está dicho y no se vuelve a comentar.
Sólo se dice esto una vez, de esta manera, sin
afectación. Más bien como un detalle.
Bueno, esto es tan sólo un ejemplo. Quizás
se te ocurre otra cosa, que sea
adecuada para ti. Depende también de la edad de los
niños. Si son adultos, se puede hablar de ello
abiertamente. Con los niños, más bien así como te dije.
Participante: ¿Y con los que murieron al
nacer sería igual?
Hellinger: Sí, diría que sí. Por ejemplo: “Aquí
había dos hijos aún, pero no han vivido”. Y añades:” Así
es la vida. Vida y muerte van estrechamente de la mano”.
P
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Hellinger Sciencia
Enfermedades
y amor
Muchas personas se imaginan que, con su enfermedad o su
muerte, pueden hacerse cargo del dolor o la culpa de
otro miembro de su familia. A veces enferman, se
accidentan o hasta se suicidan por añoranza hacia otros
familiares con los cuales se quieren juntar a través de
la muerte. Las observaciones descritas a continuación
así como los conocimientos relacionados a las
constelaciones familiares permiten comprender estas
ideas perjudiciales y superarlas de manera sanadora.
Los vínculos y sus efectos
En
una familia, todos los miembros están fatalmente
vinculados a todos los demás. El vínculo del destino más
potente es el que conecta a los hijos con sus padres. Es
muy fuerte también entre hermanos y entre el hombre y la
mujer. Un vínculo particular surge con los que han hecho
sitio para otros en la familia, en particular los que
han tenido un destino difícil. Por ejemplo, entre los
hijos de segundas nupcias de un hombre y su primera
esposa, cuando ésta murió en el parto.
Imitaciones
y compensaciones
El
vínculo produce el efecto siguiente: los que han venido
después así como los más débiles quieren retener a los
que han venido antes o los más fuertes, impedirles
partir o, cuando ya han muerto, seguirles. El efecto del
vínculo va aún más lejos cuando los que disfrutan de
alguna ventaja quieren igualarse a los que sufren una
desventaja. Así es cómo los niños sanos quieren
parecerse a sus padres enfermos y cómo los miembros
ulteriores e inocentes de la familia quieren parecerse a
los padres o ancestros culpables. El vínculo incluso
provoca un sentimiento de responsabilidad en los sanos
hacia los enfermos, en los inocentes hacia los
culpables, en los felices hacia los infelices y en los
vivos hacia los muertos.
Así
pues, los que llevan una ventaja sobre otros están
dispuestos a poner en juego y a pagar con su salud, su
inocencia, su vida y su felicidad para la salud, la
inocencia, la vida y la felicidad de otros. Porque
albergan la esperanza de conseguir asegurar o salvar,
gracias a la renuncia a su vida propia y a su felicidad,
la vida y la felicidad de otros en aquel grupo familiar
que les toca por destino. A veces hasta esperan poder
recuperar y resucitar la vida y la felicidad de otros
familiares, aún cuando hace mucho que todo está perdido
y pasado.
En
el grupo familiar y en el clan reina, por los vínculos y el
amor, una irresistible necesidad de compensación entre
las ventajas de los unos y las desventajas de los otros,
entre la inocencia y la felicidad de los unos y la culpa
y la desgracia de los otros, entre la salud de los unos
y la enfermedad de los otros y entre la vida y la
muerte. A causa de esta necesidad, un familiar busca ser
infeliz donde otro lo ha sido antes. Cuando ha habido un
enfermo o un culpable, pues un miembro sano e inocente
se vuelve enfermo o culpable. Y cuando un familiar
querido fallece, otro pariente próximo desea morir
también.
Gracias al vínculo y a la compensación se produce pues,
dentro de los grupos familiares estrechamente ligados
por el destino, un ajuste y una participación a la culpa
y a la enfermedad, al destino y a la muerte del otro.
Se produce también un intento de pagar la
salvación del otro con la propia
desgracia, la salud del otro con la propia enfermedad,
la inocencia del otro con la propia culpa o la
expiación, la vida del otro con la propia muerte.
La enfermedad sigue el alma
Puesto que esta necesidad de imitación
y de compensación ansía, en cierto
modo, la enfermedad y la muerte, se puede decir que la
enfermedad sigue el alma. Por consiguiente, junto
a la atención médica estrictamente
hablando, es preciso realizar una atención a nivel del
alma para alcanzar la sanación, sea por el médico mismo
que pueda encargarse de los dos aspectos, sea por una
persona familiarizada en cura de almas que venga a
apoyar el acto médico. No obstante, mientras el médico
se afana en sanar la enfermedad con tratamientos, el
ayudador de almas se mantiene más bien algo
alejado. Pues se encuentra frente a
fuerzas tremendas que lo dejan asombrado y con las
cuales le parece presuntuoso competir.
Buscando entonces la sintonía con estas fuerzas, se
dedica a flexionar el destino difícil y a hacerse el
aliado de ellas más que su antagonista. Aquí va un
ejemplo.
“Mejor yo que tú”
Durante una sesión de hipnosis en un grupo, una mujer
joven con esclerosis múltiple se vio como niña
arrodillándose frente a la cama de su madre paralizada.
Y se acordó haberse propuesto lo siguiente: “Querida
Mamá, mejor yo que tú”. Fue muy conmovedor para los
participantes ser testigos del amor de una niña hacia
sus padres y de cuanta paz sentía la joven en si misma y
frente a su destino. Pero una participante no
pudo soportar ver este amor dispuesto a asumir la
enfermedad, el dolor y la muerte de la madre. Le comentó
al que dirigía al grupo: “Espero mucho que la puedas
ayudar”.
El
ayudador quedó consternado. ¿Cómo se atrevía alguien a
tratar el amor de la niña como algo malo? ¿No tendría
esto como efecto de enfermar al alma de la niña y
agravar su pena en lugar de calmarla? ¿No surgiría el
riesgo de que la niña esconda aún más su amor a la
madre, que se afiance doblemente a su esperanza y a su
decisión de salvar a la madre con su propio
sufrimiento?
Otro
ejemplo más. Una mujer joven, igualmente enferma de
esclerosis múltiple, configuró, con los participantes
del grupo, a su familia de origen así como el enredo
relacional que actuaba en ella. Estaba la madre y a su
izquierda el padre. Frente a ellos estaba la clienta
cómo la hija mayor. A su izquierda su hermano menor,
muerto a los catorce años de un fallo cardíaco, y a la
izquierda de él, el último hijo.
El
constelador mandó al hermano muerto detrás de la puerta,
lo que en una constelación así significa la muerte. Al
estar él fuera, se iluminó repentinamente el rostro de
la hija mayor. La madre también se sintió notablemente
mejor. El constelador mandó luego al hermano más joven
así como al padre detrás de la puerta, porque había
notado que los dos estaban atraídos ahí. Cuando
estuvieron todos los hombres fuera – lo que significa
que estaban todos muertos - la madre se enderezó
triunfalmente. Se hizo obvio de este modo que ella era a
quien le tocaba morir – cualquier sea el motivo – y que
se encontraba aliviada de que otros estuvieran
dispuestos y deseosos de hacerse cargo de su muerte en
su lugar.
A
continuación, el constelador hizo volver a los hombres y
mandó a la madre afuera. De repente todos se sintieron
descargados de la obligación de compartir el destino de
la madre, y les fue mejor.
El
constelador tuvo la sospecha de que la esclerosis
múltiple de la hija estaba relacionada con la obligación
de morir por la madre. Entonces llamó a la madre de
vuelta, la colocó a la izquierda del padre, y la hija a
la izquierda de la madre.
Le
dijo a la hija de ver a su madre con amor y decirle,
mirándole a los ojos:”Mamá, lo hago por ti”. Al decirlo,
le resplandeció el rostro. El sentido y el objetivo de
su enfermedad fueron claros para todos los que estaban
presentes.
¿Qué
puede hacer aquí un médico o un terapeuta, y de qué se
tiene que cuidar?
El amor que sabe
Hacer aparecer a la luz el amor de un niño es, a menudo,
lo único que un ayudador puede y tiene el derecho de
hacer. Cualquier sea lo que un niño ha asumido por amor,
él se siente en sintonía con su consciencia, valorado y
bueno. Si, con la ayuda de un terapeuta comprensivo, el
amor del niño consigue hacerse tangible, talvez surge
también a la luz que el objetivo de este amor queda sin
satisfacer. Porque es un amor que cree que puede curar a
alguien gracias a su sacrificio, preservarla de la
enfermedad, expiar su culpa y arrebatar su infelicidad.
Y a menudo cree que puede traer desde la muerte hacia la
vida a la persona querida pero fallecida.
Pero
cuando los objetivos infantiles asoman gracias al amor
del niño, talvez permite esto que el niño ya adulto tome
consciencia de que, con su amor y su sacrificio no puede
superar la enfermedad, el destino y la muerte del otro
sino que puede encararlos, sin poder pero con valentía,
asintiendo a ellos tal como son.
Las
metas del amor infantil y los medios para alcanzarlas,
se encuentran defraudados cuando surgen a la luz, por
pertenecer a un concepto mágico del mundo que ya no se
sostiene ante la mirada de un adulto. Sin embargo el
amor se empeña y busca vías que incluso a la luz, quedan
bien. Luego, el amor que hace enfermo busca otra
solución, una solución inteligente, apropiada, y detiene
si aún es posible, lo que enferma. Aquí pueden médicos y
ayudadores indicar direcciones. Pero únicamente si el
amor del niño, reconocido y valorado por ellos, puede
quedar a la vista para luego dedicarse a lo Nuevo y a lo
Más grande.
“Yo en tu lugar”
Es
frecuente reconocer como causa anímica de una
enfermedad grave la decisión del niño frente a una
persona querida: “Mejor que yo desaparezca en tu lugar”.
En
la anorexia, la decisión es muy a menudo: “Querido Papá,
yo me voy antes que tú”.
En
la esclerosis múltiple es, como lo demuestra nuestro
ejemplo anterior: “Querida Mamá, yo me voy antes que
tú”.
Una
dinámica semejante se daba en tiempos anteriores con la
tuberculosis y lo mismo se observa en el suicidio y los
accidentes mortales.
“Aunque te vayas, yo me quedo”
Al
hablar con los enfermos, esta dinámica se hace visible.
¿Cuál es entonces la solución que ayuda y que sana? Como
en toda descripción bien hecha de un problema, la
solución viene ya contenida en la descripción y, a
través de ella, se activa. La solución comienza cuando la
frase que enferma es pronunciada y cuando el paciente,
llevado por la gran fuerza del amor que lo anima,
mirando a los ojos de la persona amada le dice y le
promete:” Mejor me voy yo antes que tú”. Es importante
permitir que repita la frase las veces necesarias hasta
que la persona querida sea percibida como ajena y
separada del yo propio, reconocida como “otra”. De lo
contrario, la simbiosis y la identificación se mantienen
intactas y la decisión sanadora así como la separación
se malogran.
Cuando el contenido amoroso
de la frase trae buen resultado,
es posible trazar una frontera tanto en torno a
la persona amada como alrededor del propio yo,
delimitando así el destino de cada uno. La frase obliga
a ver no tan sólo el amor de uno mismo sino también el
amor de la otra persona. La frase obliga a reconocer que
lo que el yo quiere hacer en lugar de la persona amada
carga a ésta más de lo que le ayuda.
Entonces viene el momento de decir una segunda frase a
la persona amada: “Querido padre, querida madre, querido
hermano, querida hermana – sea quien sea – aunque tú te
vayas, yo me quedo”. A veces, sobre todo cuando la frase
se dirige al padre o a la madre, el paciente añade aún:
“Querido padre, querida madre, mírame con buenos ojos si
me quedo, aunque tú te vayas”.
Un ejemplo más
El
padre de una mujer tenía dos hermanos discapacitados.
Uno era sordo, el otro sicótico. Se sentía atraído por
ellos, deseoso, por fidelidad, de compartir con ellos su
destino y en la incapacidad de soportar su felicidad
propia frente a la desdicha de sus hermanos. Pero su
hija percibió el peligro y saltó en la brecha. Tomando
su lugar al lado de sus hermanos, le dijo en su corazón:
“Querido Papá, mejor voy yo hacia tus hermanos”. Y más:
“Querido Papá, mejor comparto yo su desgracia”. Se
volvió anoréxica.
¿Pero, qué sería la solución para ella?
Debería rogarles a los hermanos, aunque sólo
interiormente: “Mirad
a mi padre con buenos ojos
si él se
queda con nosotros, y
bendecidme si
me quedo con mi padre”.
“Yo te sigo”
Detrás del anhelo a marcharse del padre o de la madre,
alejamiento que el niño se imagina impedir diciendo
“Mejor yo que tú”, encontramos con frecuencia otra frase
por parte de los padres. La dicen en tanto que hijos a
sus padres o a sus hermanos fallecidos temprano o
enfermos crónicos o discapacitados. La frase es: “Te
sigo”, más exactamente: “Te sigo en la enfermedad” o “Te
sigo en la muerte”.
En
otras palabras, en la familia actúa en primer lugar la
frase “Te sigo”. Es una frase de niño. Pero cuando estos
niños se hacen adultos, sus propios hijos les impiden
cumplirla, y dicen a su vez: “Mejor yo que tú”.
“Vivo un poco más”
Cuando la frase “Te sigo” sale a la luz como trasfondo
de una enfermedad grave, de un accidente o de una
tentativa de suicidio, la solución sanadora y ayudadora
sería también aquí que la frase fuera pronunciada por el
niño, con toda la fuerza del amor que lo llena, mirando
a los ojos de la persona querida y prometiéndole:
“Querido padre, querida madre, querido hermano, querida
hermana – sea quien sea – yo te sigo”. Aquí también es
importante dejar que se repita la frase las veces
necesarias hasta que la persona sea contemplada desde
una cierta distancia y, pese al amor, separada del yo
propio, percibida como otra y reconocida. Entonces, el
niño puede realizar que su amor no supera la frontera
entre él mismo y la persona muerta y que debe detenerse
ante este límite. La frase obliga, aquí también, a
reconocer tanto el amor propio como el de la persona
amada, y entender que ella lleva y cumple con su destino
con más facilidad si nadie, y menos su hijo, le sigue.
Luego, el niño puede agregar una segunda frase, dirigida
a la persona fallecida, una frase que le dispensa y le
libera de las consecuencias graves de una obligación:
“Querido padre, querida madre, querido hermano, querida
hermana – sea quien sea – tú estás muerto, yo viviré un
poco más, hasta que me muera yo también”. O bien:
“Cumplo con lo que se me brinda, el tiempo que dure.
Luego me moriré también”.
Cuando el niño ve que uno de sus padres quiere seguir a
algún enfermo o muerto de su familia de origen, tiene
que decir: “Querido padre, querida madre, aún si tú te
vas, yo me quedo”. O bien: “Aún si tú te vas, te honro y
siempre serás mi padre, y siempre serás mi madre”, o
cuando uno de los padres se ha suicidado, “Me inclino
ante tu destino y tu decisión. Siempre serás mi padre,
siempre serás mi madre, y siempre seré tu hijo”.
Esperanza que enferma
Las
dos frases “Mejor yo que tú” y “Te sigo” se dicen y se
llevan a cabo con buena consciencia y con la certeza de
la inocencia. A la vez, se corresponden con mensajes y
ejemplos cristianos como la palabra de Jesús en el
Evangelio de San Juan: “El mayor amor es el de quien
ofrece su vida para sus amigos”, y el requerimiento
dirigido a sus discípulos de seguirle en el camino de la
cruz hasta la muerte.
La
enseñanza cristiana de la salvación por el dolor y la
muerte así como el modelo de los santos y héroes
confirman la creencia y la esperanza del niño en poder
asumir la enfermedad, la desgracia y la muerte de otros,
en su lugar. O de liberar a otros de su enfermedad y
sufrimiento a través de la enfermedad y del sufrimiento
propio, arrancándoles a la muerte con la propia muerte,
pagando así a Dios y al
destino el precio de la vida. O puede el niño incluso
creer que, al no lograr salvar a los queridos muertos en
la Tierra, podrá reencontrarse con ellos más allá de la
vida, perdiéndola como ellos y volviendo a vivir a
través de la muerte.
El amor que sana
En
esas intrincaciones, la sanación y la salvación se
hallan allende el acto únicamente
médico y terapéutico . Exigen una
realización religiosa, una
conversión hacia algo mucho mayor que permita superar el
pensamiento mágico del niño y vaciarlo de su poder.
A veces, el médico o ayudador puede preparar y apoyar
esta realización. Pero ésta no depende de él y no sigue,
como el efecto la causa, una lógica. Cuando se da, exige
lo máximo y se vivencia como gracia.
La enfermedad como expiación
Otra
dinámica que lleva a la enfermedad y al suicidio, al
accidente y a la muerte es el deseo de expiar por una
culpa.
Algunas veces se considera como culpa lo que vino por
vías del destino y que fue imposible cambiar, por
ejemplo la pérdida de un feto o la discapacidad o la
muerte prematura de un niño. Entonces, lo que ayuda es
mirar a los muertos con amor, abrirse al duelo y dejar
en paz lo que ya pasó.
Otra
situación vivida con culpa es cuando a alguien le sucede
una fatalidad, provocando un daño grave a otro y
trayéndole a él alguna ventaja, la salvación o la vida,
como es el caso del niño cuya madre muere al darle a
luz.
Existe también la culpa real y personal que tiene que
ser asumida, por ejemplo cuando alguien abandona a un
hijo o aborta sin que haya urgencia o cuando alguien
exige o provoca despiadadamente algo doloroso a otro.
Muchas veces, la culpa causada por el destino y la culpa
personal son borradas con la expiación, pagando con el
sufrimiento propio los daños ocurridos a otra persona,
“liquidando” la culpa con la expiación y así
reequilibrando la situación.
Estos cumplimientos, por nefastos que sean para todos
los afectados, son incentivados por la enseñanza
religiosa y los ejemplos, por la creencia en la virtud
salvadora del dolor y de la muerte y en la purificación
de los pecados y de la culpa gracias al auto castigo y
al sufrimiento aparente.
La compensación a través de la expiación trae un
sufrimiento doble
La
expiación alimenta nuestra necesidad de equilibrio. Sin
embargo, cuando el equilibrio es buscado a través de la
enfermedad, del accidente o de la muerte, ¿qué es lo que
realmente se alcanza? En realidad, donde sufría uno
sufren ahora dos, donde había un muerto ahora hay dos.
Peor aún: para las víctimas del perpetrador,
la expiación representa un doble perjuicio y una doble
infelicidad, porque a través de su desgracia se sustenta
la desgracia de otro, a raíz de su daño crecen otros
daños y su muerte trae la muerte a otros muchos.
Algo
más para reflexionar. La expiación es fácil. En el
pensamiento mágico y el negociar correspondiente, el
salvamento del otro se obtiene sólo gracias al
sufrimiento propio, como si el propio dolor fuera
suficiente para el rescate del otro. Así es también en
la expiación: sufrir y morir bastan, sin que se tome en
cuenta la relación con el otro ni que se le mire a los
ojos, sin que se sienta dolor por su desgracia ni que se
emprenda nada para él, en buen acuerdo con su
beneplácito y su bendición.
En
la expiación pues, se trata de pagar moneda por moneda.
Aquí también el trato es reemplazado por el sufrimiento,
la vida por la muerte y la culpa por la expiación,
creyendo que sufrir y morir sin actuación y sin
compromiso son suficientes. Al igual que en las frases:
“Mejor yo que tú” y “Te sigo”, cuando son puestas a
ejecución aumentan los estragos, el dolor y la muerte,
pues lo mismo ocurre cuando se lleva a cabo la
expiación.
Un
niño cuya madre muere en el parto, se siente siempre en
deuda frente a ella, por haberle dado la vida al precio
de su muerte. Si entonces el niño expía, dejándose
decaer, quiere decir que al negarse a tomar su vida al
precio de la muerte materna o incluso quitándose la suya
propia, este niño causa a su madre una doble
infelicidad. Significa que el niño no acepta la vida que
ella le brinda y que no honra su amor y su disposición a
darle todo. Su muerte habrá sido inútil y peor, su
muerte habrá traído desgracia suplementaria
en lugar de vida y felicidad. En lugar de un muerto
habrá dos.
Si
queremos ayudar a un niño en esta situación, tenemos que
mantener presentes a la mente su deseo de expiación así
como lo que dice: “Mejor yo que tú” y “Te sigo”. La
solución sanadora se logra sólo cuando tratamos el deseo
pernicioso de expiación integrando las frases “Mejor yo
que tú” y “Te sigo”.
La compensación a través del tomar y del actuar
conciliador
¿Cuál sería la solución adecuada para este niño y su
madre? El niño debería decir: “Querida Mamá, ya que has
pagado un precio tan elevado para mi vida, entonces no
tiene que ser en vano. Haré algo con ella, en tu memoria
y en tu honor”.
Esto
implica que el niño debe actuar en lugar de sufrir,
esforzarse en lugar de renunciar y vivir en lugar de
morir. Entonces se encuentra unido a su madre de un modo
mucho más profundo que cuando la sigue en la desgracia y
la muerte.
En
la medida en que el niño se pierde simbióticamente en la
madre, está vinculado a ella de una manera ciega y
sorda. En cambio si pone sus esfuerzos en los desafíos
de la existencia, tomando su vida como un gran regalo y
transmitiendo a otros, en memoria a su madre y su
muerte, se encuentra unido a ella de otra forma, muy
distinta: se encuentra frente a ella, con amor. Pues, al
aceptar la vida y aprovecharla, mantiene la mirada en su
madre y la lleva en su corazón. Entonces, de madre a
hijo fluyen fuerzas y bendiciones porque él hace, por
amor a ella, algo con su vida.
A
diferencia de la compensación a través de la expiación
que sólo trae daño, estragos y muerte, esto sería una
compensación a través del bien. A diferencia de la
compensación a través del la expiación, que es cómoda y
dañina sin por lo tanto reconciliar, la compensación a
través del bien cuesta mucho. Pero trae bendiciones y
permite que, tanto la madre como el hijo, lleguen a
reconciliarse con sus destinos. En realidad, el bien que
este hijo cumple en su vida y en memoria a su madre, se
realiza gracias a ella. A través de su hijo ella sigue
viva, presente y actuando.
Esta
compensación deriva del conocimiento de que nuestra vida
es única y que al pasar, hace sitio para lo que viene y
que, aún pasada, sigue sustentando el presente.
La expiación como sustituto para la relación
La
expiación nos sirve para evitar confrontarnos a la
relación en sí, tratando la culpa como si fuese un
objeto por el cual pagamos los daños que conlleva, con
algo que nos cuesta. Sin embargo, ¿qué efecto puede
tener una tal reparación si he sido injusto con alguien,
si lo he llevado a la miseria y le he provocado unos
daños en cuerpo y alma que no tienen remedio?
Me
es factible cargarme con una expiación en la que me hago
daño únicamente si pierdo de vista al otro. Pero si
mantengo mi atención en él, debo reconocer que a través
de la expiación busco escapar a lo que es
imprescindible.
Esto
vale incluso cuando se trata de asumir una culpa
personal. Con frecuencia, la madre intenta desagraviar
por un aborto u otra pérdida de un niño, enfermándose
incurablemente o interrumpiendo la relación con su
marido y padre del niño o renunciando a toda relación
futura. La expiación para una culpa personal transcurre
muchas veces sin que nos demos cuenta, en discrepancia
con las negaciones y disculpas de nuestra consciencia.
En
las madres con necesidad de expiar puede que aparezca el
deseo de seguir al niño muerto, así como el niño
necesita seguir a su madre muerta. Si embargo, el niño
muerto por culpa de la madre también dice: “Mejor yo que
tú”. Pero si la madre, por expiar, se enferma y fallece,
entonces la muerte del hijo en lugar de su madre fue en
vano.
La
solución, en caso de culpa personal, es la sustitución
de la expiación por un actuar reconciliador. Esto
acontece cuando miro a los ojos a la persona a quien he
hecho daño, a quien he exigido o causado algo difícil.
Por ejemplo, la madre de un niño abortado o negado o
abandonado le mira frente a ella y le dice: “Lo siento.
Te doy ahora un lugar en mi corazón. Y haré mejor, lo
mejor que pueda”. Y “Participarás en lo bueno que
realizaré en tu memoria”. Entonces la culpa no fue
en balde sino que lo bueno
que la madre lleva a cabo se cumple con el recuerdo del
niño presente en ella y, por
lo tanto, con el niño y a través de él. Así permanece
él un tiempo más unido a su madre y a su actuar.
La culpa pasa
Es
importante valorar lo siguiente. La culpa pasa, y debe
poder pasar. La culpa es transitoria en la Tierra y,
como todo lo demás, después de un tiempo desaparece.
La enfermedad como expiación en lugar de otro
La
culpa y la expiación son, en la familia y la estirpe,
frecuentemente asumidas por otros miembros. Un niño o
una pareja dice entonces: “Mejor yo que tú” con relación
a la culpa y la expiación. Lo toman de otros cuando
éstos se niegan a asumir su propia culpa y sus
consecuencias.
Una
madre contó que había rehusado hacerse cargo de su madre
en la vejez, entregándola a un asilo de ancianos. En la
misma semana comenzó una de sus hijas una anorexia, se
vistió de negro y fue dos veces a la semana a cuidar a
gente mayor. Pero nadie en aquel momento percibió el
vínculo con lo anterior, tampoco la
hija.
La enfermedad como efecto de negarse a tomar a
los padres
Una
actitud que lleva a enfermedades graves es la denegación
de tomar a sus padres con amor y a honrarlos como
padres. Algunos enfermos de cáncer prefieren morir que
inclinarse ante su madre o su padre.
Honrar a los padres
La
honra a los padres incluye tomarlos y amarlos tal como
son y la honra a la vida incluye tomarla y amarla tal
como es, con un principio y un fin, con la salud y la
enfermedad, con la inocencia y la culpa. Esto es la
verdadera realización religiosa que antiguamente se
llamaba devoción y adoración. Lo vivenciamos como máximo
desprendimiento que todo lo toma y todo lo da – con
amor.
P
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Hombre y mujer
La pareja
Hellinger: ¿Qué forma
parte de la relación de pareja? Primero, el amor sexual,
el dar y el tomar sexual. Eso para empezar. Es el
fundamento para todo. Hay relaciones que se limitan a
esto. Obviamente no pueden durar, son más bien como un
vuelo de mariposa.
Luego hay el amor del corazón. Por ejemplo, la seguridad
compartida: “Me quedo contigo y estoy presente para ti”.
Por supuesto el amor del corazón profundiza mucho el
amor sexual, cuando éste es sostenido por esta seguridad
permanente:”estoy aquí para ti y te quiero así”.
Luego viene la vida en común, el vivir junto y manejar
lo cotidiano. Una relación amorosa sin vida en común es
relativamente fácil. La prueba es el vivir junto. Esto
es la prueba de verdad.
A
una mujer: En una edad
con muchas experiencias, lo primero y lo segundo son
suficientes, a veces sólo lo primero. Esta es la
diferencia. Tu relación actual no es la misma que la
anterior. Porque la vida compartida con tu primer marido
perdura a través de vuestros hijos o nietos. ¿Estáis
comprometidos en ello?
La mujer: Sí, estoy
comprometida en ello.
Hellinger: Pues, allí
está la vida en común. Y en ella, tu nueva pareja no
puede participar. Tiene que quedar fuera. En este
sentido, tampoco es imprescindible que vayas a vivir con
él.
Hellinger, al grupo:
Hago con vosotros un ejercicio. Cerrad los ojos.
Mirad a las parejas anteriores que tuvisteis. Sobre
todo, a las que fueron significativas, pero también a
las otras si queréis. Mirad a cado una de ellas con
agradecimiento y amor: “Has sido importante para mí. Me
has dado algo importante. Lo conservo y me lo llevo a mi
vida. Y ahora te dejo en paz”.
Mirad luego a vuestra pareja actual y a sus antiguas
parejas. Las miráis con respeto y les decís: “Tú le has
dado algo importante, que ahora me viene bien. Esto
viene de ti. Lo respeto y te respeto. Tomo ahora a mi
pareja junto con lo que le has o le habéis dado”.
A
una mujer: ¿Cómo te
sientes cuando digo esto?
La mujer: Siento mucha
paz.
Hellinger: Todo
se enriquece a través de aquello.
Las relaciones no son tan exclusivas como a veces le
gusta a uno pensarlo.
P
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Vivir el momento presente
Participante: ¿Están el camino de vida y su final
predestinados?
Hellinger: Para algunas personas, sí. ¡Espera! Ni
siquiera has oído lo que te dije. ¿Qué he dicho?
Participante: Para algunas personas, sí.
Hellinger: Cuando alguien sigue un guión de vida, se
imagina que con ello alcanza cierto límite. He observado
como algunas personas se sienten vinculadas a Jesús.
Siguen un guión de Cristo y piensan que morirán a los 33
años. Pero las que hasta ahora he podido conocer, y que
tenían semejante guión de vida, han sobrevivido a los 33
años. Otras han imaginado que se morirían a los
cuarenta, y también han sobrevivido.
Participante: Tal vez sólo
las que conoces han sobrevivido. Has dicho que las que
tú conoces han sobrevivido.
Hellinger: He trabajado con aquellas personas sobre el
guión de su vida. A veces, después de este trabajo, se
encontraban libres. Otras, con las cuales no he
trabajado, también han sobrevivido.
Ahora os llevo a otro nivel y os acompaño en un
ejercicio. Cerrad los ojos.
El instante presente
Toda
vida se realiza en el presente. Ahora, en este instante,
sólo ahora. Cuando imagino el futuro, pierdo mi vida en
este instante presente. La vida
es completa sólo ahora. En cada
momento, es entera. Y cuando miro atrás hacia mi pasado,
también pierdo el presente.
Imaginemos ahora: ¿Cuántos momentos del día pasamos en
el pasado o en el futuro? ¿Cuánta vida está a nuestra
disposición cuando perdemos el instante presente?
¿Cuánto vacío se aloja en nosotros, comparado con la
plenitud?
El
que se mantiene en el presente no tiene preocupaciones,
ya que cada preocupación está enraizada en el futuro. El
presente es sin angustia porque la angustia también
tiene sus raíces en el futuro. El presente es sin
lamentos. Todos los lamentos surgen del pasado. La
plenitud es: vivir de instante a instante.
Todo
amor es hijo del instante presente. No puede estar en el
futuro y tampoco en el pasado. El amor es ahora. La
felicidad también. La felicidad soñada es del futuro y
con el sueño nos perdemos el presente. Algunos proyectos
sólo viven del futuro. Pero, quizá, tropezamos contra la
próxima piedra y nos caemos, ahora, en el camino.
El
presente es la más alta disciplina.
La
generosidad
La
generosidad desborda. Da más de lo que se espera de
ella, aunque sin expectativas de algo a cambio. Porque
la generosidad es dedicación, pura dedicación.
Al
ser generosos, miramos por encima de muchas cosas. ¿Por
qué ser mezquino aquí? Lo mezquino se encuentra
acorralado en el trasfondo gracias a nuestra
generosidad, talvez incluso humillado. Sin embargo, el
ser generoso no se interesa por eso. Mantiene cierta
distancia y queda recogido.
La
persona generosa ha dejado mucho atrás, más que todo,
las grandes reivindicaciones. Se acomoda con las
circunstancias y las limitaciones que éstas le imponen,
sin más ni más. Está dedicada
a otra cosa.
Lo
que más generoso es con nosotros, es el espíritu.
Experimentamos su dedicación hacia todos
nosotros como generosidad. El
espíritu no saca cuentas. Su movimiento es continuo y
dirigido hacia delante, yendo del uno al
siguiente, alcanzando lejos y con
amplitud. Mantiene en su mirada lo grande y lo esencial.
Así nos pasa a nosotros también cuando su movimiento nos
abarca, hasta que nos encontremos en sintonía con él.
La
persona generosa permite que el pasado sea pasado, sin
permanecer con ello. La grandeza mira hacia delante,
valientemente hacia delante, porque todo lo grande se
encuentra delante.
La
generosidad viene del conocimiento que sólo lo grande
merece la pena. En este caso, el amor grande. A la
generosidad se junta pues la nobleza de corazón. El
corazón noble deja pasar el pasado, amando con
generosidad hacia el futuro.
La
persona generosa está recogida, centrada frente a lo
mucho y a lo amplio. Por estar en todo momento insertada
en este movimiento, se encuentra llevada por él hacia
delante y hacia muy lejos, armoniosamente.
El
corazón de la persona generosa late con tranquilidad,
con tranquila nobleza.
¿Qué verdad es esta? Es una verdad al servicio de la
vida. Por estar en este servicio, es verdad.
¿De qué utilidad sería otra verdad? Verdaderos son
primeramente los hechos, por ejemplo, el hecho de que
tenemos una madre y un padre.
Verdadero es el hecho que sólo gracias a ellos estamos
vivos y que sin ellos no estaríamos vivos.
Verdadero es el hecho de que sólo ellos son los padres
que nos han transmitido la vida. ¿Puede otra verdad
tener un impacto mayor en nosotros?
La
verdad
La
verdad actúa. Se evidencia como verdadera por sus
efectos.
Una
verdad más es que moriremos, que nuestro tiempo de vida
incluye un límite. Esta verdad tiene un impacto también.
¿Cuán diferentemente vivimos si mantenemos esta verdad
presente?
¿Cuántas preocupaciones menos tenemos acerca de lo que
será después de nuestra muerte? O al revés, ¿cuántas
preocupaciones más? Pero aquí, muy distintas.
Una
verdad suplementaria es que
tenemos una consciencia espiritual, una consciencia que
vivenciamos como independiente de nuestro cuerpo. ¿Qué
impacto tiene esta verdad cuando la tomamos en serio?
¿En qué medida se acerca esta consciencia espiritual al
frente de nuestro pensamiento, en nuestro día a día?
Llevándonos por ejemplo, si nos abandonamos a ella, a
vivir experiencias que nos permiten percibir nuestro
vinculo con una realidad más grande, que existe
independientemente de nuestro cuerpo físico, de su
comienzo y de su fin.
Estas verdades están a nuestra disposición, incluso nos
están ofrecidas. Así pues, nuestros padres nos son
brindados como una verdad. Esta verdad actúa en nosotros
de manera particularmente dichosa, si la podemos
reconocer como tal. Sólo así aprovechamos sus efectos y
su completa expansión.
La
verdad de la muerte es otra verdad brindada. La muerte
es la promesa de un nacer nuevo y futuro en el ámbito
del espíritu. Por lo tanto, podemos vivir nuestra vida
en este mundo como siendo la matriz por la cual, gracias
a la muerte, pasaremos a otro mundo infinito, a otra
manera de ser. Aunque ya, nuestras experiencias
presentes con el mundo del espíritu nos hacen presentir
a éste otro por venir, que tiene un inicio desde donde
podemos progresar hacia una plenitud que aún nos queda
por alcanzar.
Sabiéndonos ya aquí, en nuestro ser físico, relacionados
con el reino del espíritu, vamos no tan sólo al
encuentro de una sazón física sino también de una
culminación del espíritu. Desde ya nos movemos en su
ámbito, cuando por ejemplo, nos sentimos atraídos hacia
él, y cuando, paso a paso, nos sigue guiando.
¿Conocemos acaso esta verdad? ¿La podemos concebir? La
vivimos como cualquier otra verdad esencial, simplemente
por estar presentes. ¿Acaso existe algo más grandioso
que su simple presencia, su real presencia?
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Meditaciones
Amar a los
padres desde el espíritu
Haré
con vosotros algunas meditaciones para entrenarnos a una
visión desde el espíritu. Os propongo que
miremos a nuestros padres desde
esta perspectiva. Es algo
muy distinto de lo que, quizás, acostumbramos hacer.
Empecemos entonces.
Podéis cerrar los ojos si lo deseáis.
Os
propongo que miremos a nuestra madre, así como es,
exactamente como es. Sólo de esta forma, es nuestra
madre. ¿Pero, es realmente “nuestra” madre? ¿Tengo acaso
el derecho de decir “mi madre”, como si fuera mi
propiedad? ¿O acaso ella me es regalada por otra
fuerza, que la ha tomado a su
servicio, tal como es ella? Así es como fue escogida
para ser mi madre. Sólo así, tal como es, puede ser ella
realmente mi madre y, sólo
así, puedo llegar a ser como
el espíritu lo desea. Su destino y mi destino están
inseparablemente unidos.
Mientras la miro tal como es, miro también más allá de
ella hacia algo más grande. Miro más allá, hacia sus
padres, los que le fueron destinados, así como fueron,
exactamente así. Nadie pudo ser distinto de lo que fue
porque el espíritu, conforme con su movimiento, ha
concebido y guiado a cada cual tal como fue. Detrás de
sus padres están sus padres y un sin fin de
generaciones. Todos ellos han sido movidos por el
espíritu, todos tuvieron un destino surgido de un
movimiento de este espíritu, todos fueron tomados a su
servicio, desde el principio hasta mí. Estoy vinculado a
todos ellos, por el espíritu
y su movimiento.
Por
encima de todos ellos miro
hacia muy lejos, hacia la infinitud que lo mueve todo
así como es, y que lo acepta todo así como es y que me
acepta tal como soy, con mi madre tal como es.
Entonces, abro grande mi corazón. Miro a mi madre y la
tomo en mí, como un regalo de este espíritu eterno, la
tomo así como es y le digo “Gracias”. Mirando a todas
las generaciones detrás de ella, digo también “Gracias”.
Miro aún más allá al infinito, recogido y
entregado,
frente a lo que nos queda ocultado. Y digo: “Sí, me
entrego a ti con todos los que están conmigo. Juntos,
estamos a tu servicio. Gracias”.
Permanezco en este vínculo
con amor, con respeto para todos, con la consciencia de
ocupar el último lugar. Y desde este lugar, miro hacia
delante. Siento a mis antepasados detrás de mí, y a esta
fuerza detrás de todos
nosotros. Doy más lejos lo que me ha sido confiado y
brindado. Lo doy más lejos con respeto y con amor, en
armonía con todos los que estaban antes que yo, en
armonía con el movimiento de este espíritu.
De
la misma manera, miro a mi padre tal como es, con el
destino que tuvo, con todo lo que hizo. Le miro y le veo
tal como era y tal como es ahora. Así me corresponde,
para mi destino. Gracias a él, pude crecer. Soy como soy
porque él es como es. Miro también por encima de él,
hacia sus padres. Ellos fueron como pudieron ser,
solamente así. Y porque eran así, eran los correctos
para mi padre. Más allá de ellos miro a sus destinos, a
sus padres y al sin fin de generaciones. Todos estaban
al servicio de este espíritu, así como eran,
precisamente así.
Me
tocan a mí, tal como son. Me coloco en el linaje con
ellos, abajo, en el último lugar. Y sé que doy más lejos
lo que me ha venido de ellos. Tomo mi lugar en una
cadena ininterrumpida de generaciones, sabiéndome movido
igual que ellos, por algo infinito.
Miro
a mi padre y abro mi corazón. Lo tomo en mí tal como es,
tal como me es regalado, el
correcto para mí.
Cuando miramos a nuestros padres de esta forma, con un
amor del espíritu, con un amor más allá del sentimiento,
armonizado con un movimiento del espíritu, vemos también
lo que nos han dado con tanto cariño paternal durante
tantos años. ¡Es increíble lo que nuestros padres nos
han dado, de acuerdo con este movimiento! Lo aceptamos
todo tal como fue, sin más ni más, incluso las supuestas
dificultades, el dolor y los desafíos. La forma en que
se comportaron fue diseñada así por este espíritu.
Ellos fueron movidos así por él, para nosotros.
¿De
qué sirve entonces lo demás, nuestro deseo de serles,
talvez, superiores, de hacerles reproches y presentarles
quejas?
¿Qué
hacemos pues, frente a este espíritu? ¿Qué nos pasa
cuando nos atrevemos a desearlos de otra forma de lo que
fueron? ¿Estamos todavía en el amor hacia ellos, tal
como son? ¿En el amor hacia sus padres, así como eran?
¿En el amor hacia su destino tal como fue?
Preguntémonos si aún estamos en el amor hacia todos los
que estuvieron antes que ellos y cuya vida, con sus
experiencias y sus sufrimientos nos benefician en un
movimiento común, que nos abarca a todos por
igual y
donde todos se encuentran aún presentes.
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