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Revista
Independiente Hellinger
Diciembre 2006
Lo
que ayuda
La frase revelada
Los secretos
Asentir al destino
Esquizofrenia
Hombre y Mujer
La certeza
Temas de actualidad
La energía es algo más
Dimensiones del amor
Las bases:
pertenecer
El amor... ¿que es esto?
Frases para meditar
Pensamientos acerca del amor
Lo que ayuda
La
frase revelada
Relato de Günter Schricker
Mónica, 28 años, atendió una sesión individual. Es una
mujer exitosa en su profesión y las cosas les van bien
en la vida. Pero después de
que su novio le hiciera una propuesta de matrimonio,
surgió nuevamente un aspecto difícil de su existencia:
“No conozco a mi padre. Él tuvo unos diez a doce hijos
con cinco-seis mujeres y fue condenado como estafador de
bodas”.
Le
ruego que no hable más,
mirándola atentamente y por encima de ella, más allá.
Esperamos un momento en silencio. Entonces, me oigo
decir la frase: “Tu padre ha servido la vida”. Por
supuesto, ella intenta argumentar con “…pero, pero…” sin
embargo la interrumpo: “Cuando te veo sentada frente a
mí, no puedo decir más que esto: tu padre ha servido la
vida. No me convencerás de lo contrario”.
Sigue un silencio tranquilo. “¿tal vez le tendría que
buscar aún una vez?” me pregunta con mirada
interrogadora. “¿Por qué no?” le contesto, “si quieres
conocer a tu padre, le tienes que buscar”. “Conozco su
nombre y sé que vive en la región de la Ruhr” dice
reflexivamente. Luego se despide de mí, indecisa y
pensativa pero serena y con un brillo en los ojos.
Bien
sé que una frase así puede
ser interpretada de varias maneras. El que está
dispuesto a la crítica podría atribuir
falsamente al terapeuta la
afirmación que un estafador de bodas es uno “que sirve
la vida”. Nunca he pretendido esto. La frase está
claramente destinada a Mónica
y a su padre. Me fue revelada en la intensidad de un
encuentro en mi consultorio. Habitualmente olvido estas
frases de inmediato. Una vez dichas, empiezan a actuar
-cuando todo va bien- en el corazón de la clienta y
quizá también en el de su padre.
Al
cabo de un año y poco, me llegó una carta junto con una
participación de enlace:
“Su
increíble frase acerca de mi padre no me ha soltado más.
Muy progresivamente sentí cómo fue perdiendo terreno la
identificación con mis “orígenes infelices”. Sé ahora
que la frase es apropiada, desde que pude localizar y
encontrar, tras una difícil búsqueda, a mi padre.
Después de unos saludos formales le dije simplemente
“Papá” y de pronto, le subieron las lágrimas a los ojos.
Me cogió de la mano:” Mónica,
mi hija”.
Nunca olvidaré este instante.
Los secretos
Quiero decir algo en general acerca de los secretos.
Existe en la psicoterapia la tendencia investigadora.
Algunas personas escarban y quieren traer a la luz los
secretos. Piensan, al hacerlo, que se puede solucionar
algo. Hay padres que indagan en lo de los hijos, para
sacar a la luz un secreto. Cuando lo consiguen, el amor
se hace trizas. Y hay parejas que quieren conocer a toda
costa los secretos del otro. Cuando el otro los dice, se
acaba la relación.
En
la psicoterapia, cuando el secreto se desvela se termina
la psicoterapia, con los niños cuando el secreto se
desvela se acaba el amor, con las parejas cuando el
secreto se desvela se termina el amor. Es parte del amor
el respeto ante los secretos de la otra persona. Al ser
esta actitud recíproca, cuando ambas partes están
seguras de que así es, está todo bien.
Hay
niños también que quieren investigar en los secretos de
sus padres. “¿Qué habéis hecho durante el tercer Reich?”
por ejemplo. Entonces ya se acabó. La mera investigación
ya termina con el vínculo con
los padres.
Quiero añadir algo con respecto a los secretos. Acabo de
hablar de los secretos personales. Pero existen también
los secretos de familia, que tienen que llegar a
conocerse. Lo observamos aquí, en nuestro trabajo. Si no
fuera el caso, lo hemos visto ya, los clientes se encontrarían
perdidos. Los secretos que se deben conocer son los
niños, los niños abandonados por ejemplo. Esto tiene un
efecto muy malo en la familia, hasta que se sabe. En el
tercer Reich hubo niños que fueron entregados para la
eutanasia y luego eliminados. Esto tiene efectos sobre
muchas generaciones. Es imprescindible conocer esto,
tales eventos deben llegar al conocimiento. Asimismo los
eventos que pertenecen a la vida pública deben darse a
conocer y ciertos crímenes
igualmente. Las víctimas a las que uno no mira deben
salir a la luz.
Uno
se da cuenta por los efectos si algo debe exponerse o
no. Debe exponerse si alguien está identificado con un
excluido. Aquí es evidente que tiene que salir a la luz,
de lo contrario no se le puede ayudar.
Para
resumir, es importante diferenciar qué tipo de
secreto es.
Asentir
al destino
Muchos de los que constelan familias tienen el deseo
secreto de liberar a alguien de una intrincación. ¿Cómo
le va al cliente después, mejor o peor? ¿Tiene más o
menos fuerza? El joven que dijo aquí:” por ti lo hago
todo, al precio de mi propia vida” tenía una fuerza
tremenda. Al asentir a su propio destino y a su
intrincación tenía fuerza.
El
destino que contemplamos y al que asentimos se deja a
veces ablandar. Eso es algo curioso. ¿Habéis ya hecho
esta experiencia? De repente algo se da la vuelta, pero
solamente en la aceptación. Si nos queremos deshacer de
ello, se nos opone.
Esto
vale también cuando queremos ayudar a alguien. Al
asentir al destino tal y como es, él se pone de nuestro
lado. Nos colocamos entonces detrás de él y dejamos que
actúe.
Finalmente nos tranquilizamos frente a todo y
conseguimos dejar que las cosas se encaminen a su
manera. De pronto se encaja algo, sólo porque lo dejamos
libre. El que se yergue en contra del flujo de vida, es
desgarrado.
Esquizofrenia
Rev.
Hellinger diciembre 2006
En
“ayuda”
En
la esquizofrenia, la familia
es esquizofrénica. Un miembro se hace cargo por los
demás de la dinámica esquizofrénica de toda la familia.
Por esa razón miramos con amor al que lo hace. Pero no
sirve ayudarle. Hay que ayudar a
todo el sistema.
Todos se encuentran presos de
la misma dinámica. Porque detrás de una esquizofrenia y
frecuentemente detrás del autismo, encontramos muy a
menudo, si no siempre, que alguien en la familia fue
asesinado por otro de la
misma familia. Dentro de la familia están un asesino y
una víctima, a veces muchas generaciones atrás. Ambos,
el asesino y la víctima, se encuentran excluidos. Su
presencia asusta, pero necesitan ser representados por
alguien. Todos los excluidos son representados por
alguien. Entonces una persona representa a ambos, al
asesino y a la víctima. Y se vuelve esquizofrénica.
Cuando no se hace cargo uno, pues lo hará el siguiente.
Alguien tiene que hacerse cargo.
Hombre y mujer
La certeza
¿Lo sabré con toda seguridad?”
Esta es la pregunta que el enamorado plantea a su pareja, aunque a
veces ni lo puede asegurar de él mismo en relación a sus
sentimientos hacia el otro.
Tener certezas nos es una
necesidad profunda. Sin certeza tememos perdernos. De ahí que un
niño precisa de certeza con respecto a sus padres. Sin ella, le cabe
difícil sentirse seguro. Si bien en una pareja existe esta necesidad
de certeza, es principalmente porque ha faltado en la infancia. Sin
embargo, exigir de la pareja la certeza de seguridad como la del
niño frente a sus padres es para la pareja imposible ya que ello
supone que el uno espera del otro algo que los encadena en vez de
unirlos.
¿Qué puedo hacer entonces con mi
necesidad de certeza?
Es suficiente que los dos en la
pareja experimenten certeza en el momento del amor, en el instante
presente del amor. Con lo cual esta necesidad de certeza no
conseguirá intrometerse en ello, su característica siendo que se
arraiga en el futuro. En el presente del amor, me siento seguro del
asentimiento del otro y del mío propio. En cuanto se inmiscuye la
necesidad de certeza en el amor presente, el amor sufre y con él la
certeza también. En la unión del hombre y de la mujer, la única
certeza que importa es la del amor en el momento presente. ¿Podemos
también estar seguros de Dios? En el presente, sí.
Temas de actualidad
La energía es algo más
Por
Horst Benesch
Conocimientos de un nuevo paradigma terapéutico.
Con
la EFT- digitopuntura con
golpecitos (Emotional Freedom Techniques TM) -
nuestra visión materialista del mundo se ve desafiada:
¿Será posible que el mero hecho de golpear
algunos puntos del cuerpo con los
dedos en combinación con mensajes mentales pueda aliviar
y hasta solucionar muchos problemas físicos y anímicos
así como emocionales de toda índole – y esto en el plazo
de pocos minutos?
¡En
efecto, así es!
Todo
el que hace uso de estas técnicas energéticas
experimenta muy pronto lo siguiente, en el
plano
energético:
1-
el cambio se hace más fácil:
para cualquier problema existe una causa original – un
disturbio del sistema energético del cuerpo, un bloqueo
en el fluir de la energía -, que con un solo método
puede ser enfrentado. Los resultados positivos se hacen
sentir casi siempre de inmediato. Incluso “enfermedades”
de muchos años y cuadros de síntomas contra los cuales
se topan la medicina convencional y las terapias,
responden a los “golpecitos” de manera positiva. Lo que
se suelta es la enfermedad enquistada,
lo que queda es el movimiento, la salud.
2-
lo impensable se hace posible:
con “golpear mentalmente”
(me imagino solamente que doy golpecitos en los puntos)
o con un “golpear de
sustitución” (percuto sobre mis
puntos para el problema de otra persona- incluso alejada
en el espacio), contactamos a flor de piel con otros
“espectros de realidad”, como el efecto de la energía
sobre los procesos vitales en nosotros y en los demás,
el efecto de la energía dirigida a lo lejos, a veces a
grandes distancias, la experiencia de la interconexión
en el “océano energético” que lo penetra todo y lo
relaciona todo como en una red. Lo que se suelta es la
limitación de la separación; lo que queda es la
infinidad de los posibles en la conexión.
3-
descubrir su potencial sanador
y provocar “pequeños milagros” es posible para cada
individuo. Lo que se suelta es la creencia en nuestra
impotencia; lo que queda es la experiencia de la
posibilidad.
4-
que a
fin de cuentas, todo es
energía e información:
cuando dejamos atrás la limitadora y separativa
concepción materialista, nos aproximamos a nuestra
verdadera naturaleza – un ser energético
multidimensional, animado por una información de calidad
espiritual, hundido en un potencial infinito. La EFT-
acupresura a golpecitos sirve como indicador de gran
valor en este camino de conocimiento. Lo que se suelta
es la materia (así como la percibimos); lo que queda es
más.
Dimensiones del amor
Conferencia en BsAs el 7.7.2006 después de un concierto
con
ocasión del 80.aniversario de cumpleaños de B.
Hellinger.
Estoy conmovido. ¡Qué sorpresa! Me habéis dado una gran
alegría y os agradezco de todo corazón. Un
agradecimiento también a los músicos, que han tocado
de
maravilla.
Esto
era para celebrar mi 80 aniversario. ¿A quién recuerdo
en particular, en mi día de cumpleaños? A mi madre y a
mi padre, desde luego. Me he imaginado que escuchaban y
se alegraban conmigo.
Sí y es así como empieza el amor,
con los padres.
El amor entre hombre y mujer
Cuando se habla de las dimensiones del amor, de hecho
¿de qué se trata?
El amor se extiende desde lo cercano
hacia una amplitud infinita.
Abarca más y más y absorbe
cada vez más.
El
amor es una experiencia divina. ¿Dónde se revela Dios lo
más claramente? ¿Dónde se da a ver de la manera más
hermosa? En el amor. Primero, en el amor dentro de la
pareja. Olvidamos a veces que nuestra más hermosa
experiencia de Dios es el amor entre un hombre y una
mujer. Porque este amor es la revelación de un amor
creador que opera detrás de todo lo que es. ¿Dónde actúa
este amor más generosamente que en la transmisión de la
vida y en el amor que la guía?
En
Buenos Aires salgo a veces a dar una vuelta con un
amigo. Una vez, delante de nosotros iba una madre con
dos niños en brazos. Le comenté a mi amigo: ahí anda
otra hermosa revelación de Dios. Me alegro por esta
maravilla y por el amor que ante nosotros se manifiesta.
En
el primer curso que ofrecí aquí, hablé del amor del
espíritu y de su movimiento. Pasa a veces que estamos
tentados de considerar el amor del espíritu y lo
espiritual en oposición al amor entre hombre y mujer y
al amor de los padres hacia sus hijos.
Observemos a una madre, tal vez desde fuera para
empezar, es decir,
no a nuestra madre sino a las madres
que tal vez cruzamos al pasear. Lo hago a menudo y
siempre con asombro. ¿Qué fluye de la madre al hijo,
continuamente? La madre está siempre entregada a su
hijo. ¿Existe acaso una mayor intimidad, una mayor
disponibilidad de todas las fuerzas y todos los
pensamientos a disposición? Aquí se hace evidente la
presencia del espíritu en su mayor refulgencia. Cuando
hablo ahora de las dimensiones del amor, pues todas
están relacionadas entre si y ninguna es superior a
otra. ¿O sí?
El
primer amor, entre hombre y mujer y de padres a hijos,
es el más grande. Y más espiritual. Nos exige el máximo.
Nos brinda la más profunda felicidad, la más densa
experiencia de vida y a la vez nos pide lo último.
El amor entre generaciones
Me
trasladaré ahora a otro nivel y de ahí al primero
nuevamente.
El primer amor, entre hombre y mujer y entre
padres e hijos se vive en la piel, de cuerpo a cuerpo.
En este sentido, es el amor más íntimo.
Pero
una pareja no puede permanecer en contacto estrecho. No
hay pareja que lo aguante. Después de un tiempo cada uno
siente la necesidad de tomar distancia. Entonces ambos
miran hacia algo mayor, más allá por encima del otro.
Por ejemplo, a sus padres y a sus antepasados y a todo
lo que ocurrió en su familia. Ven detrás del otro a
muchos que le bendicen, en los cuales puede apoyarse y
encontrar seguridad. Vinculado a ellos, su amor se hace
más fuerte y más profundo, se vuelve capaz para más y
dispuesto a más. El otro también mira por encima de su
pareja y más allá. Ve lo mismo. Y de repente cada uno
mira al otro con ojos nuevos y se ve unido al otro por
algo mayor.
Luego se apartan un poco. Algo ha cambiado. Se saben
llevados por aquello que les sobrepasa. Al abrazarse
nuevamente, están abrazados también por aquello.
Entonces la relación de pareja se vuelve para ellos más
que una simple relación entre este hombre y esta mujer.
En su relación se juntan dos familias grandes con sus
destinos grandes.
Aquí
percibimos la diferencia. En un principio, estamos
solos. Luego se paran tras nosotros los padres y sus
padres. Tres generaciones. Y no obstante,
¡cuán poco es lo que entendemos del Conjunto!
Pues
bien, imaginemos que detrás de ellos están muchas más
generaciones, todas al servicio de la vida. Todas han
contribuido de alguna forma en lo que nos toca ahora y
que nos beneficia. Esto nos hace pequeños. Al cabo de
todas estas generaciones no somos más que un eslabón en
una interminable cadena que se extiende al infinito,
tanto en el pasado como hacia el futuro.
Sentimos lo que esto mueve en nosotros. Nos da un sitio
entre muchas otras generaciones. Por tanto, gran parte
de lo que nos preocupa o nos angustia se vuelve pequeño.
A lo largo de esta infinita sucesión de vidas, lo
nuestro es importante pero no deja de ser más que un
sólo elemento entre muchos otros.
Al
contemplar luego a nuestra pareja y descubrir en ella
algo que nos cae mal y que tal vez a él también le pesa,
nos preguntamos: ¿Es tan importante? ¿O conseguimos
simplemente decir “sí” al otro, tal como es, exactamente
como es? ¿Y conseguimos decir “sí” a su familia, tal
como es? Si lo conseguimos, muy pronto nos sentimos
apaciguados.
¿Qué
acabo de hacer? Nos he llevado a una dimensión mayor, a
una extensa dimensión del amor.
Lo principal
¿Qué
es lo que se opone con frecuencia a nuestro amor?
Os
daré algo para reflexionar, algo que nos permitirá
entrar en razón.
¿Qué es más importante: tener padres o
qué padres tenemos? ¿Tener hijos o qué hijos tenemos? Y
también, ¿tener pareja o qué pareja tenemos? ¿Qué es más
importante: que pertenezcamos a una familia o bien a qué
familia pertenecemos, a qué país pertenecemos, a qué
religión pertenecemos?
Pues bien, lo principal es
pertenecer. Es lo que importa.
Estas reflexiones nos facilitan todo. Nos desprendemos
de las ilusiones que tenemos acerca de lo que tendría
que ser y como tendría que ser. Lo principal es que sea.
El amor maduro
A
veces observo a los enamorados por la calle y pienso:
¿Qué es lo que hay entre los dos? Muchos pensarán:
vamos, se acuestan juntos, claro. Por supuesto que lo
hacen, es de esperar. ¿Pero eso es todo? ¿Busca el
hombre a la mujer para acostarse con ella? ¿Es esto
suficiente? ¿Necesita el hombre a la mujer para juntarse
con ella de esta forma y al revés, ella con él? ¿Es
suficiente esto para comprender lo que pasa entre un
hombre y una mujer? Me gustaría ampliar este
encuadre.
Un
hombre es incompleto y en todos los aspectos. Y la mujer
es incompleta, en todos los aspectos. Cuando un hombre
encuentra a una mujer, se vuelve entero. Y cuando una
mujer encuentra a un hombre, se vuelve entera. Se trata
pues de un estado de totalidad para el cual el hombre
necesita a la mujer y la mujer al hombre y eso mucho más
allá de la relación sexual, aunque ésta sea importante y
hermosa para la relación.
El
hombre precisa estar con una mujer y la mujer con un
hombre. Quieren estar juntos porque se necesitan
mutuamente para ser completos.
Al
mirar con este enfoque a los enamorados, vemos más
lejos, vemos algo grande. Recordamos a nuestra propia
pareja, o a nuestras parejas si hubo varias. Vemos lo
enriquecedor que fueron y como hemos llegado a la
madurez gracias a ellas. Podemos incluso llevar a
nuestra pareja actual la experiencia adquirida. Y la
miramos desde el punto de vista de esta madurez, de
esta totalidad.
Historias de totalidad
En
la mitología griega existe la historia de un dios que
cortó en dos el Hombre primordial. Una mitad se hizo
hombre y la otra mitad se hizo mujer. Les toca a cada
mitad volver a encontrarse para completarse. Esta
historia demuestra hasta que punto una parte busca la
otra y la necesita para llegar a ser completa.
Os
ofrezco otra historia más. En la Biblia está escrito:
Dios creó el Hombre en su imagen, Dios lo creó hombre y
mujer. ¿Es eso una imagen o son dos imágenes? ¿Tiene
Dios sólo un rostro o acaso tiene dos? ¿Él crea el
hombre según un rostro y la mujer según el otro? ¿O es
una sola imagen en la cual ellos dos vuelven a juntarse
como una unidad?
Lo
que acabo de decir no es muy lógico. Son los movimientos
interiores que producen estas imágenes, de modo que
logremos, con su ayuda, considerar las relaciones entre
hombre y mujer en su grandeza y que, al observarlas,
podamos percibir de otra forma el amor interior en la
pareja: más grande, más allá del yo y del tú- la
actualización de un evento cósmico.
P
vuelta al índice
otra revistaQ
Las
bases: pertenecer
El amor... ¿que es
esto?
El amor nos mantiene en vida. Sin
amor, no existiríamos. Sin el cuidado amoroso de muchas
personas, nos hundiríamos en los abismos en poco tiempo.
Asimismo, igual que nosotros vivimos gracias al amor de
otros, otros viven gracias a nuestro amor.
Amor significa también pertenecer.
Sin pertenecer, tal un individuo aislado, sobrevivimos
sólo por poco tiempo. Sin embargo, únicamente los que
están comprometidos con amor con los demás se sienten
compartir una pertenencia.
La
pertenencia
La
pertenencia más profunda, más significativa es la que
nos une a nuestra familia. Nacemos de ella, es nuestro
cobijo. De ella recibimos lo que precisamos para la
supervivencia. Y en ella volcamos lo que otros necesitan
para sobrevivir. Para nosotros la pertenencia representa
nuestro grupo vital, en su sentido pleno. De ella
recibimos la vida y con ella nos hacemos aptos para la
vida.
Si acaso
nuestra familia de origen no pudo asegurarnos esa
seguridad después de habernos transmitido la vida, pues
otra familia, en sentido amplio, lo hace por ella.
Al
independizarnos, más tarde, de nuestra familia, buscamos
la pertenencia en una nueva familia, una familia que
originamos con nuestra pareja u otro grupo equivalente.
Cual sea el
objetivo de esa nueva asociación, lo fundamental, en
todos los grupos, es para sus miembros la pertenencia,
que ofrece seguridad. Una relación que no puede
salvaguardar esta seguridad, fracasa. Los individuos
buscarán entonces en otra relación una nueva
pertenencia. Es lo primordial.
No obstante,
la seguridad de la pertenencia se da sólo ahí donde los
miembros estén unidos con amor, con un dar y un tomar de
amor. Sólo ahí hallan el sentimiento de pertenencia tan
esencial para la supervivencia.
La
felicidad
Como es
obvio, lo que sirve y mantiene la vida está unido a un
sentimiento de felicidad, en cierto modo como
retribución para el servicio hacia la vida.
Por lo
tanto, la pertenencia, el amor y la felicidad están
ligados. Sin la seguridad de la pertenencia y sin amor
no hay felicidad. Cuando experimentamos esta pertenencia
con amor y felicidad, sentimos nuestra vida cumplida,
plena. Esto representa el mayor bien.
Otros
grupos
Pero
percibimos esta pertenencia, este amor y esta felicidad
solamente dentro de un grupo relativamente pequeño y
limitado.
Frente a
otros grupos manifestamos rechazo. A menudo sospechamos
en ellos un peligro.
Al otro
grupo le pasa quizás lo mismo frente a nosotros.
Entonces, para suprimir el peligro, los grupos luchan
entre sí. Se defienden, queriendo aprisionar a los otros
o incluso destruirlos.
Si acaso un
grupo somete a otro y lo anexa, los miembros del otro
grupo ya le pertenecen.
Tienen que
servirle a cambio de algo, por ejemplo una cierta
protección frente a enemigos de afuera y como
recompensa la posibilidad de sobrevivir con ese grupo.
Pero desde luego, sin amor y sin felicidad. Al cabo de
algún tiempo, el grupo anexionado se vuelve una carga
para el dominante, incluso una amenaza que, en lugar de
servirla, pone en peligro la seguridad hacia afuera. El
desmembramiento de este grupo en muchos otros pequeños
esta trazado.
El crecer
común
En cambio,
si ambos grupos llegan a un intercambio más estrecho del
dar y tomar, hasta vivenciar una necesidad y un
alentamiento mutuos, acaban constituyendo una comunidad
mayor sin por lo tanto tener que renunciar a ni perder
sus particularidades.
El
sentimiento de pertenencia se vivirá entonces de
diferentes maneras. Será más intenso en el grupo de
origen y más diluido en el grupo ampliado. Unos ejemplos
que vienen al caso son las provincias federales de
Alemania y los estados dentro de los EEUU. Al igual,
dentro de una organización grande, los empleados se
sienten más solidarios de su sección que de la
organización en su conjunto.
Ahora,
tratándose de la supervivencia de la organización y
consecuentemente de la de diferentes secciones y sus
empleados, el vínculo con la organización en su conjunto
tiene precedencia sobre el vínculo con las secciones
separadas.
Por supuesto
existen también rivalidades entre los subgrupos, aunque
esto, más que dañarlo, sirve al todo, a no ser que
un subgrupo quiera dominar a otro. Esto lleva a que la
buena disposición para el trabajo en común sufra, para
desgracia de todos.
La
benevolencia
Los posibles
caminos descritos aquí para asegurarnos la pertenencia
dependen en gran medida de nosotros, siempre que
conozcamos estas causalidades. Y suponiendo también que
nos familiaricemos con una actitud de benevolencia
frente a los que, en sus necesidades y sus miedos, se
diferencian de nosotros. La actitud de benevolencia
lleva a que ambos grupos se perciban de otro modo y
sinceramente, realicen la similitud de sus necesidades y
miedos. En vez de luchar entre sí con la meta de
asegurarse sus propias necesidades y destruir sus
propios miedos, estarían entonces dispuestos a colaborar
el uno con el otro para encontrar juntos la respuesta a
sus necesidades y la reducción de sus angustias. Ambos
grupos saldrían ganando. Se harían más fuertes y más
abiertos hacia afuera, con la posibilidad quizá, de
ganarse el acercamiento y la colaboración de más grupos
para el esfuerzo común de servir la vida de sus
miembros.
¿Qué
significa aquí la benevolencia?
Pues, que
deseo el bien para el otro y el grupo, a todos los
respectos. Significa que renuncio a mis objeciones en
cuanto a ellos. Renuncio a mis miedos frente a ellos.
Les deseo el bien, así como son. Les deseo el bien en lo
que hacen. Les deseo el bien en su especificidad y
también en lo que, por su origen particular y sus
vínculos específicos, les falta.
Esta
benevolencia es una actitud interior, sin que por lo
tanto tengamos que actuar. Gracias a esta benevolencia
el otro puede ser y permanecer como es. No precisa de
modo alguno sentirse amenazado o perjudicado. Puede
sentirse bien ante nuestra benevolencia, así como es.
Porque la benevolencia tiene efectos, simplemente por
estar presente.
El campo
del espíritu
¿Cómo llega
la benevolencia?
Pues, está
presente en un campo común del espíritu que nos une así
como nuestro grupo, a los otros y a sus grupos. Porque
en cualquier forma que estemos vinculados a otros y
en cualquier forma que esté nuestro grupo vinculado a
otros grupos, nos movemos todos en un campo común del
espíritu en el cual nadie ni nada existe sin el otro o
sin lo otro. Y gracias a nuestra benevolencia algo puede
cambiar en aquel campo, algo se pone en movimiento, algo
nos impulsa hacia el otro cuando antes creaba distancia
frente al otro. Y esto ocurre sin que nadie emprenda
nada desde fuera.
El
movimiento que lleva a unir lo que estaba opuesto es un
movimiento del espíritu. Es también un movimiento de
creación, que da paso a lo nuevo. Por tanto, nuestra
benevolencia está en sintonía con este movimiento del
espíritu. Sí, es algo espiritual. Es andar a la par con
el espíritu y su movimiento.
La otra
pertenencia
Al principio
quizás, nos cueste esta benevolencia. Porque a raíz de
ella nos alejamos un tanto del grupo que nos ha otorgado
hasta ahora la seguridad y el derecho a pertenecer. La
estrecha vinculación con el grupo o ciertas personas en
particular se va aflojando ya que la benevolencia abre
dentro de ella un ámbito para las personas y los grupos
que nos eran ajenos. Percibimos entonces un nuevo
vínculo con ellos y les ofrecemos una morada en nuestro
corazón. Más que todo, en el plan del espíritu, sin
necesariamente actuar. Les brindamos esta pertenencia
meramente a través de nuestra benevolencia, sin con esto
renunciar a dedicarla a nuestro grupo o a las personas a
nuestro lado.
Esta
benevolencia hacia otros incrementa nuestro amor y
nuestra felicidad aunque de modo espiritual, abarcando a
todo. Tal vez no de la manera íntima en que lo vivimos
en nuestros vínculos próximos, pero sí más amplio y más
hondo ya que con esta benevolencia penetramos en un
espacio incomparable, un espacio del espíritu.
La consciencia
Los lazos con nuestra
familia y los grupos esenciales a nuestra supervivencia
son condiciones sine qua non para nutrir nuestro
sentimiento de pertenencia y nuestra experiencia
primordial respecto al amor y a la felicidad, pero estos
mismos lazos se interponen al amor de más amplio alcance
así como a la felicidad profunda. Porque, así como nos
atan, pues nos separan también. Nos separan de otros
grupos. Nos inducen un sentimiento de superioridad hacia
ellos y por tanto, al miedo de que nos limiten o nos
amenacen así como refuten nuestros valores. Tememos
entonces, quizá, que pongan a prueba nuestro orden
vigente y nos apremien a una nueva orientación.
La fuerza interior que se
opone al reconocimiento de otros grupos como iguales en
valor intrínseco al nuestro, es nuestra consciencia. En
la misma medida en que esta consciencia nos ata a
nuestra familia y a nuestro grupo, así pues nos aparta
de los demás con idéntica implacabilidad. Por lo tanto,
esta consciencia obstruye el camino de aquel movimiento
del espíritu que todo lo pone en movimiento y lo
mantiene así, moviendo, con una dedicación ecuánime
hacia todo lo que decide.
Nuestra adhesión a este
movimiento del espíritu sobrepasa los límites de nuestra
consciencia, la espiritualiza y la lleva consigo en este
amor para todos.
Las fuerzas de
oposición
Se plantea la pregunta:
¿dónde queda el amor en los conflictos grandes? ¿Dónde
queda el amor en las guerras crueles, en las matanzas y
los incendios, en los genocidios y las catástrofes
devastadoras de toda índole? ¿Dónde se esconde dentro de
los que planean y lideran estas cruzadas? ¿Dónde está en
las luchas de conquista y en las acciones que humillan y
esclavizan a muchos, precipitándoles en una
indescriptible miseria? ¿Y dónde queda el amor en el
sufrimiento de muchos niños abandonados, abusados y
entregados?
¿Actúa aquí el mismo
movimiento del espíritu? ¿Acaso está presente detrás de
estas crueldades? Y los que las ocasionan y las
desarrollan, ¿acaso están al servicio de este mismo
movimiento que todo lo mueve y lo mantiene así,
moviendo? ¿O existe una contra-fuerza, obrando en contra
del espíritu, reteniendo sus efectos o estorbándolos?
¿Resulta este espíritu impotente frente a estas fuerzas?
¿Cómo haremos para
sintonizar con este movimiento del espíritu, dedicado a
todo tal como es, si empujamos a un lado este otro
aspecto de su impulso creativo o lo ignoramos, sin
tenerle tampoco recelo?
Que este otro lado del
movimiento creador se origine en fuerzas opuestas es
difícil de imaginar ya que entonces serían ellas las
verdaderas fuerzas creadoras. Nos queda entregarnos
interiormente a la totalidad de este movimiento del
espíritu, que apunta y lleva mucho más allá de nuestro
bienestar.
Aunque en ningún momento
nos desertará, sea cual sea nuestro destino.
El amor eterno
Reflexionemos aún sobre
lo siguiente. Algo nos parece difícil y asustador
únicamente en el presente y en esta vida. Asustador sólo
puede ser si consideramos esta vida como el único tiempo
que nos es impartido y si al acabarse, nos quedamos sin
vínculos hacia los que nos han precedido y los que nos
seguirán en el río de la vida. Asustador nos parece si
el movimiento del espíritu nos abraza sólo en este
trecho de vida personal, como si no lo hubiera hecho ya
antes de esta vida y no lo hará después de esta vida.
Este movimiento se puede imaginar sólo en términos de
eternidad, sin principio y obviamente sin fin. Dentro de
este movimiento ya estábamos, estamos ahora y estaremos
más adelante.
¿Qué cambia entonces para
nosotros y nuestro amor? Estamos con él presentes,
totalmente presentes ya que lo estábamos antes y lo
estaremos para siempre. En él no corremos riesgo de
perdernos, sea lo que sea. ¿Y cómo quedamos en él?
Tranquilos.
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Frases para meditar
Pensamientos acerca
del amor
Cuando nos dejamos guiar de un
instante hacia el próximo, asintiendo a los demás así
como a nuestra situación propia, tal y como es, nos
recogemos tanto hacia nuestro interior como hacia
afuera: confiados, confortados, llevados por nuestro
centro.
¿Qué experimentamos entonces? Ahí
afuera algo se transforma por si sólo, espontáneamente,
sin que tengamos que intervenir. Si acaso debemos
actuar, nuestro acto tiene una fuerza particular. ¿Por
qué? Porque llevamos otro amor adentro.
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Al estar dispuestos para recibir,
nos preparamos para dar. Como recibidores nos volvemos
amables y amados. Sólo como recibidores estamos aquí
bien presentes, amorosamente presentes. Sólo como
recibidores amamos y somos amados. ¿Por quién, más que
todo? Por los de los cuales aceptamos recibir todo.
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¿Cuanto tiempo de nuestra vida
vivimos ahí donde no vivimos y cuanto tiempo amamos ahí
donde no amamos? ¿Cuándo pues estamos realmente aquí,
presentes con amor? Sólo en el presente.
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¿Cómo protegernos de las
preocupaciones que otros tienen acerca de la religión y
de nuestra santidad o falta de santidad? Pues,
queriéndoles a pesar de sus preocupaciones y del hecho
que nos las comunican. Los queremos independientemente
de ellas y gracias a este amor nos libramos de ellas.
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Estando en armonía con el espíritu,
nos damos cuenta que él actúa de muchas maneras.
Reconocemos y asentimos a que la vida tiene mucho en
reserva, puesto a nuestra disposición y brindado. Al
reconocerlo en nuestra vida y en la de otros, se nos
facilita el pasaje por vicisitudes
serias.
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El amor es tolerante. No vuelve a
considerar lo que otro nos ha hecho. En este sentido, la
tolerancia se vive como bienhechora, más que todo porque
no formula ninguna reivindicación. Lo acontecido tiene
permiso para pertenecer al pasado, para siempre al
pasado.
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El amor del espíritu, el amor
espiritual alcanza desde un punto central hasta el
límite extremo y gracias a esto es recogido y amplio a
la vez. Este movimiento hacia la distancia tiene un
sabor a ligereza, como cuando estiramos los brazos para
inspirar más hondo. En esta amplitud nos sentimos
particularmente atentos, con liviandad y alegría,
dedicados a todo y a todos tal como son, igual que un
sol de primavera. Brilla, sin acercarse demasiado a
nadie.
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Nuestro corazón busca el espíritu.
En cuanto late al unísono con él, nuestro corazón
encuentra su centro y su ser. Con la unión del espíritu
y del corazón en nuestro interior, encontramos la paz y
la fuerza para el amor grande, que todo lo ama y lo
sostiene, tal como es. Es el amor del corazón y del
espíritu en uno.
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En el estado de amor nos quedamos
abajo, ahí donde todos son iguales. Sólo abajo y con
todas las demás personas. Amor quiere decir abajo.
Abajo quiere decir con todos, en el amor, iguales ante
Dios, amados por él de igual manera y junto con él,
amando a todos los otros.
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Estamos en busca de la verdad que
mejor sirve la vida y la felicidad: nuestra vida y
nuestra felicidad así como las de un máximo de
personas. Cuanto más cerca se aproxima una verdad a este
propósito, tanto más se revela ser una verdad colectiva,
una buena verdad.
¿Cómo encontrar esta verdad y
acercarnos a ella? Pues, en sintonía con el movimiento
del espíritu, en acuerdo con su movimiento de dedicación
a todo tal y como es. Así encontramos aquella verdad que
da luz a lo más completo que hay. Esta verdad es amor en
movimiento.
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Con lucidez miramos a lo que es
pasado, para siempre pasado. Con lucidez vemos lo que el
futuro contiene y ofrece. Con lucidez reconocemos que
estamos vivos, ahora. Con lucidez nos alegramos por
nuestra vida. Con lucidez la tomamos tal y como es.
Con lucidez miramos a los otros tal
como son y los amamos tal como son. Pues, lúcido es el
amor.
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El amor puro es amor inteligente.
Es conocimiento. ¿Cómo accedemos a este conocimiento y
amor? ¿Qué reúne este conocer con el amor? El asombro.
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Nos recogemos frente a algo, a
cierta distancia. Con esta reserva nos mantenemos puros.
Y permitimos que lo que tenemos delante se mantenga
virgen de nosotros. Así, estamos ambos unidos de una
manera despejada, de una manera espiritual.
¿Estamos solos entonces? Al
contrario, gracias a la distancia, nuestra unión es
profunda, con todo, aunque en un plan del espíritu.
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Todo lo que existe nos frena. Ya
por existir y ocupar un lugar al lado nuestro. Esto nos
exige. Y lo necesitamos. Frenados por lo que existe,
tomamos nuevamente consciencia de ello cuando lo
perdemos de vista y no queremos verlo.
Frenados, llegamos a acercarnos a
otros en el amor- hasta llegar a Dios.
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Sin errores quedamos limitados. Sin
errores quedamos pobres. Sin errores nos falta el amor
que nos acerca al que sí, comete errores. Sin errores,
no nos puede amar el otro – ni siquiera Dios.
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