Revista Independiente Hellinger

 

 

Septiembre 2005

 

 

Editorial

           Por primera vez hablo de mi

 

Sabiduría del caminante

            La reverencia

            La palabra

        

Hombre y Mujer

           Cómo amor y vida logran juntos el éxito

           El amor a segunda vista

           Amor y orden

 

Temas de actualidad

            Formación en Constelaciones Familiares

       

     

 

 

 

Últimamente, mucha gente habla de mi, a menudo sin conocerme o sin conocer mi trabajo. Por ese motivo hoy…

 

Por primera vez hablo de mi

 

1ª parte

 

Empiezo por mi pasado. Viví el nacional socialismo del principio hasta el fin. Soy pues uno de de los pocos testigos de aquella época que sigan vivos. Se de qué hablo.

 

Tengo un recuerdo muy preciso de la noche en que mi padre, volviendo del trabajo, decía a mi madre: “Hitler es Canciller del Reich”. Estaba muy abatido. No sabía qué consecuencias tendría para nosotros.

 

Poco después empezamos a enterarnos. Vivíamos en Colonia y un domingo mis padres, mi hermano y yo quisimos ir a dar una vuelta a las afueras, en el Bergisches Land.

 

Solíamos asistir a misa de 7h., después de salir de la iglesia esperábamos el tranvía. Un día, un miembro de la SA se acercó a mi padre, mientras estábamos esperando el tranvía, y le dijo algo desagradable. Mi padre entonces le dijo algo parecido. En ese momento el SA se puso a chillar a mi padre y hizo ademán de detenerle. En el mismo momento el tranvía llegaba y nos subimos a todo correr…

 

El conductor cerró inmediatamente la puerta y arrancó. Pero el SA nos siguió, con su bici, gritando. El conductor no se detuvo en las paradas siguientes sino que siguió hasta conseguir despistarle. Los pasajeros aplaudieron. Todavía era posible hacer algo parecido en Colonia. Más tarde ya no lo fue. Entonces yo tenía 7 años.

 

A partir de los 10 años estuve en un internado católico en LohrenMain, mientras me escolarizaba en un instituto público de la ciudad.

 

Un pequeño acontecimiento puede ilustrar qué ambiente reinaba en el internado. Poco después de la reunificación de Austria con la Alemania Nazi se celebraron unas elecciones. Estaba claro que un buen número de los Padres del internado y de las monjas que se ocupaban de la cocina habían votado que “NO” a la reunificación. Pero no eran elecciones con escrutinio secreto, y las papeletas de voto fueron interceptadas.

 

La misma noche, los SA hicieron un gran desfile con antorchas, y un grupo se dirigió hacia el internado. Pintaron en las paredes del mismo: “Aquí viven traidores” así como “Hemos votado que NO”.

 

Posteriormente rompieron unos dos cientos cristales del internado tirándoles piedras. Los adoquines que lanzaban alcanzaron de lleno las ventanas de nuestros dormitorios. A la mañana siguiente, dos de los Padres fueron detenidos y los alumnos tuvimos que volver a casa.

 

En 1941 cerraron el internado. Mientras tanto mis padres se habían mudado a Kassel y volví con ellos. Iba al instituto de Kassel. Me uní a un pequeño grupo del movimiento de la juventud católica, prohibido desde hacía varios años.

Estaba claro que la Gestapo nos observaba.

 

Al terminar el penúltimo curso de bachillerato toda la clase fue reclutada, primero para el Servicio Social, luego para la Wehrmacht .

 

En los principios de mi Servicio Social, uno de los cabos se dirigió hacia mi para entablar contacto.

Pertenecía a la GESTAPO, yo no lo sabía entonces. A toda costa me quería hablar de Nietzsche y Hegel. Con mis 17 años no sabía gran cosa sobre el tema.

 

Pero sí sabia algo. En un momento dado, me dijo: “Hegel había concebido el Estado tal y como lo tenemos hoy en día.” Le contesté: “Por lo que yo se, Hegel odiaba el Estado”. Y repentinamente, me lanzó: “vosotros sois los que odias al Estado”. En aquel momento fue claro para mi que estaba ante un interrogatorio de la Gestapo.

 

Un año más tarde  mientras tanto la Wehrmacht me había reclutado y mandado a luchar a Francia – el instituto nos envío los títulos de bachillerato aunque nos faltara un curso. Nos regalaban un curso ya que estábamos en el ejercito.

 

Pero exigieron un certificado de buena conducta por parte de los responsables del Servicio Social.

En mi certificado, ponían: es un enemigo potencial del pueblo. Y se negaron a darme el título de bachillerato. No imagináis lo que significaba ser declarado enemigo del pueblo. Significaba: lo podemos eliminar.

 

(La actitud que ciertas personas manifiestan actualmente hacia mi a veces me recuerda y de un modo muy desagradable aquellas situaciones difíciles.)

 

Cuando mi madre lo supo, se fue a ver al director del Instituto y le dijo: Mi hijo está en el ejercito , arriesgando su vida y ¿Vd. le niega el título de bachillerato?

El director se avergonzó y le dio el título. Mi madre luchaba como una leona para mi.

 

Estaba pues en la Wehrmacht y luchábamos en el frente del oeste.

Muchos de mis compañeros murieron en combate o fueron heridos graves. Me salve varias veces de la muerte, por ejemplo cuando teníamos que cruzar un campo de minas por ser la única salida posible.

 

Más tarde fui apresado por los americanos, cerca de Aachen, y nos internaron en un campo de prisioneros en Charleroi, Bélgica. Éramos 1600 presos, trabajábamos 10 horas diarias en un gran campamento de avituallamiento del ejército americano. Pero a consecuencia de un decreto del General Eisenhower, para castigarnos por ser alemanes sólo nos dieron la mitad de las calorías necesarias para el trabajo que teníamos que hacer.

 

Algunos de nosotros se atrevieron a hacer intentos de fuga. Los cogieron y fusilaron en el acto.

Un año más tarde yo también probé escapar y lo conseguí. Recobré la libertad unos meses antes de mis veinte años, mientras que mi hermano murió en la guerra. Estaba fuera de peligro, ya que Alemania había perdido la guerra. De no ser así, yo no habría tenido ninguna seguridad.

 

Sin embargo, las secuelas de los sufrimientos físicos siguen presentes hasta hoy.

 

¿Cuántos de los que me atacan hoy vivieron algo comparable: enfrentarse, al precio de su vida, a un régimen totalitario?

 

 

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Sabiduría del caminante

 

La reverencia

 

En las constelaciones familiares la reverencia juega un papel importante. Ella cambia algo en el alma.

 

Podemos percibirlo cuando por ejemplo nos imaginamos inclinando levemente la cabeza. ¿Qué movimiento nace entonces en el alma? Surge algo de la profundidad, sube a la cabeza y de allí fluye hacia la otra persona. Es un movimiento de suma atención, de deferencia. En él nos relacionamos con alguien. Parece como si, a través de la reverencia, nos hiciéramos pequeños. Pero, por lo contrario, nos une a otro al mismo nivel de humanidad.

 

 La reverencia profunda en cambio tiene un efecto completamente distinto. En ella me siento ser pequeño ante alguien. Le miro con consideración y le digo: “Tu eres el grande y yo el pequeño”. En esta reverencia nos abrimos a lo que es grande, o a aquel, a aquella que nos brinda algo grande.

Esta reverencia se actúa frente a nuestros padres. Frente a nuestros antepasados. Frente al misterio de la vida. En esta actitud del cuerpo podemos ensanchar nuestro corazón para abarcar lo que nos es ofrecido.

 

Luego nos enderezamos, nos damos la vuelta y ofrecemos más lejos lo que hemos recibido. Después de haber sido pequeños al recibir, nos hacemos grandes al dar. Pues la reverencia es un requisito a cambio de poder dar más lejos lo grande, no lo nuestro sino lo que de otros hemos aceptado. (o tomado)

 

Así es como nos situamos en el caudal de la vida. ¿Qué significa “el caudal de la vida”? Recibir y dar más lejos. En este acto somos todos los humanos iguales.

 

 Existe aún la prosternación, cuando nos arrodillamos y nos inclinamos hasta tocar el suelo con la frente, los brazos estirados hacia adelante y las palmas mirando al cielo. Es una prolongación de la reverencia profunda. La efectuamos cuando llevamos una culpa con respecto a alguien. Ella es como un ruego profundo: “Por favor, no dejes de verme”. A menudo la debemos a nuestros padres, cuando hemos sido injustos con ellos. Igual que el hijo pródigo, inclinándose ante su padre, le dice:” No merezco más que me llames tu hijo. Por favor considérame como uno entre tus escuderos”.

 

¿Cuál es el efecto de este gesto de honra sincera y de este ruego surgido de lo hondo del corazón? El padre se inclina, toma a su hijo y lo atrae hacia él, elevándolo.

 

 Esto sería también el movimiento de un perpetrador hacia su víctima. Ello lleva a la reconciliación. Aquí, reconciliación quiere decir:” Lo dejamos con el pasado”. Este movimiento llega a cabo principalmente - así lo veo yo - ante el reino de los muertos, cuando víctimas y perpetradores fallecidos yacen por fin juntos. Entonces hay paz.

 

 Aún existe una extensión de esta reverencia, cuando nos tumbamos boca abajo, estirando los brazos hacia delante. Esta es la mayor reverencia de todas. La actuamos a veces ante personas que han sufrido una injusticia nuestra, tratándose de algo muy grave.

 

La actuamos también ante Dios o ante el misterio que con esta palabra nombramos, sin conocerlo. Ante este misterio se da  asimismo otro movimiento: nos inclinamos profundamente extendiendo los brazos a los lados. Esta reverencia es amplia. Deja de ser personal. Está al unisón con muchos otros. En ella nos abandonamos, nos vemos integrados (incluidos) en la comunidad de los humanos – y llevados más allá de ella.

 

 

La palabra

 

Originalmente la palabra se habla. La palabra se pronuncia. Con ella se comunica algo, se nombra y se describe algo. La palabra sirve el intercambio, sirve el dar y el tomar. Revela al otro lo que le era velado. Le permite participar en algo personal y fomenta lazos y confianza. Y sin embargo no se trata sólo de lo que se dice sino también del cómo se dice, el tono, la expresión, la mirada, el ademán. Gracias a todo ello la palabra no sólo se escucha sino que también se contempla en el otro.

 

Ciertas palabras tienen peso. En ellas adquiere volumen un evento, un acontecer, una realidad extendida al compás del tiempo. Por ejemplo en la palabra “madre” o “padre” o “hijo”. La palabra con peso provoca un movimiento en el alma, la conmueve, desencadena un impulso, como el llamado “¡socorro!” o simplemente “por favor” o “gracias”. También las palabras “vida” o “muerte”, “adiós” u “hogar” nos emocionan y ponen algo en movimiento.

 

Algunas palabras nos impactan y, en función de la manera cómo son dichas, nos transportan en el concepto que describen. Como por ejemplo la palabra “hálito”. Con la palabra “árbol” percibimos un movimiento interior involuntario que la mano reproduce al imitar la redondez de su corona.

 

En la palabra hablada vibra algo que le falta a la palabra leída. De ahí que la palabra hablada necesita tiempo, y sólo así llega a desarrollar su efecto. En la lectura puede uno apresurarse e incluso sobrevolar el texto, pescando talvez sólo la información pero no el sentido pleno. Para comprender la palabra leída, es  imprescindible articularla en voz alta y concederle el tiempo de una palabra hablada. Percibimos intensamente este matiz cuando leemos un poema.

 

A menudo es preciso, al decir algo consistente, darle tiempo al otro de sentirlo resonar en él hasta que interiormente lo haya podido repetir. Sólo así llega a tocar su alma, a ser saboreado y a  desplegar su  valor. Hablar de esta manera nos es posible cuando la palabra ha cumplido ya en nosotros su obra, cuando al pronunciarla revela ser un eco de lo que ya en nosotros mismos ha resonado.

Hablando por sí solas, tales palabras son poco numerosas, sin afectación, directas, generosas y un regalo para los otros.

 

 

 

 

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 Hombre y Mujer

 

 Cómo amor y vida logran juntos el éxito

                                   

 

 

 

 

La constelación La Constelación familiar no sólo trae a la luz lo que hasta ahora había permanecido oculto, sino que indica también unas vías de solución. Lo determinante en ella es su capacidad para apuntar hacia el desenlace de una intrincación y para llevar por aquel camino a las personas involucradas.

 

Del mismo modo que el amor a primera vista no puede durar si no se transforma en amor a segunda vista, pues la solución ofrecida por una constelación a una intrincación sólo es lograda si las personas se conectan con algo mayor. Es decir, cuando de manera consciente abandonan tras sí lo anterior para abrirse a lo nuevo, a pesar de la angustia que esto les pueda despertar. Conocimiento y percepción son aquí de poca ayuda. Se precisa además una cierta fuerza.

 

La fuente de esta fuerza es, por una parte el lazo con los padres y los antepasados, y por otra una adhesión a este algo mayor. En la medida en que adherimos a aquello que nos sobrepasa, encontramos la armonía con lo que nos guía. Talvez ello nos lleve más allá de una intrincación y nos libere en vistas de un amor feliz y pleno. Sin embargo, a veces acontece que no. Si somos testigos en nosotros o en el otro de una imposibilidad de traspasar una frontera, o sea cuando nosotros mismos o nuestra pareja no conseguimos soltarnos de una intrincación, debemos aceptarlo sin voluntad de cambiar o mover nada.

 

En una pareja esto se vive como una muerte. Ante esta muerte nos podemos situar con amor cuando nos decimos mutuamente “me quiero y te quiero con todo lo que nos guía a ti y a mí”.

 

 

 

El amor a segunda vista

 

Cuando un hombre encuentra a una mujer hacia la cual se siente particularmente atraído y cuando esta mujer encuentra a este hombre hacia el cual se siente igualmente atraída, fluye y los atraviesa un nuevo sentimiento de sorprendente felicidad y un anhelo que toman plena posesión de sus dos seres. Ellos perciben esta felicidad y este anhelo como amor. Cuando entonces el hombre le dice a la mujer: “te amo” y la mujer le contesta “te amo”, se unen y forman pareja.

 

Sin embargo ¿es este amor que sienten y que se confiesan mutuamente suficiente fuerte como para mantenerles juntos a largo plazo? ¿Aún cuando, al cabo de un tiempo, talvez se demuestre que los caminos distintos que andaban inicialmente sólo por un tiempo los han reunido en un plan íntimo? O talvez estos caminos de vida los asocia por mucho tiempo, sobre todo si además de ser pareja se convierten en padres. Pero si más tarde estas mismas sendas le llevan a cada uno por otros parajes, ¿se mantendrá el lazo? ¿Qué saben ambos del otro en la euforia del primer amor? ¿Qué saben de la oscuridad de sus orígenes, de su destino particular y de sus vocaciones individuales? La cuestión se plantea, ¿a la hora de brotar a la luz lo oculto, qué puede ayudar su amor a mantenerse firme y superar esta realidad?

 

Nuestra percepción es que, al confesar “te amo”, se debe añadir algo que prepara la pareja para la amplitud de esta experiencia y que la guía hacia lo abierto y lo profundo donde este primer amor puede llegar a madurar. Una frase que incluye esta amplitud y predispone a ambos a vivirla sería: “Te amo y amo aquello que nos guía tú y yo”.

¿Qué acontece cuando el hombre y la mujer se ofrecen mutuamente esta frase: “te amo y amo aquello que nos guía tú y yo”? Pues de repente no dirigen más la mirada hacia ellos mismos y sus anhelos sino hacia algo mayor que los  sobrepasa.

Mismo si aún no pueden tomar consciencia del significado e implicaciones de esta frase, ni del destino común o individual que más tarde les toque, es una frase que prepara y hace posible la transmutación del amor a primera vista en un amor a segunda vista.

 

 

Amor y orden

 

 Del amor o del orden ¿cuál es el más valioso, el más importante? ¿Cuál viene primero? Muchos creen que si aman lo suficiente, todo encontrará su lugar. Muchos padres por ejemplo piensan que si aman a sus hijos lo suficiente, pues se desarrollaran como se lo imaginan. Sin embargo, a menudo se quedan decepcionados a pesar de su amor. Aparentemente el amor sólo no es suficiente.

 

El amor tiene que integrarse a un orden. El orden precede el amor. Esto es lo que vemos en la naturaleza: un árbol crece según un orden contenido en él. No es posible cambiarlo. Sólo dentro de este orden puede crecer el árbol. Ocurre lo mismo con el amor y las relaciones humanas: sólo dentro de un orden puede el amor florecer. Este orden es una precondición, un prerrequisito al amor. En cuanto conocemos algo de los órdenes del amor, nuestras relaciones y nuestro amor tienen mayor posibilidad de expandirse plenamente.

 

El primer orden del amor en una pareja pide que el hombre y la mujer, aunque sean distintos, se consideren iguales. Cuando reconocen esto, su amor tiene más probabilidades de ser logrado.

 

El segundo orden consiste en el equilibrio entre dar y tomar. Cuando uno de los dos tiene que dar más, se altera la relación. Ella precisa de este equilibrio. Cuando el requisito de esta armonización entre dar y tomar se junta al amor, el uno en la pareja, al recibir del otro le devuelve un poco más que lo equivalente. Así es como crece el intercambio entre ellos y, conjuntamente, la felicidad para los dos.

Esta necesidad de equivalencia vale también para lo negativo. Cuando uno en la pareja le hace daño al otro, surge en el otro la necesidad de dañarle también. Se siente herido. De ahí nace su creencia de tener derecho a herirle a su vez. Esta necesidad es irresistible.

 

Muchos de los que han sufrido una injusticia se sienten el derecho de provocar lo mismo. A la necesidad de compensación se agrega algo más: la impresión que el haber sufrido una herida me da derechos especiales. Entonces uno se autoriza no sólo a devolver el daño sino a incrementarlo. Aquel que lo recibe, de la misma forma lo devolverá con algo más. Así es como crece en una relación el intercambio de daño. En una tal relación, en vez de la felicidad aumenta la infelicidad. Podemos reconocer la calidad de una relación en que el intercambio del dar y tomar se ubica en lo negativo o en lo positivo.

 

La pregunta es ¿Cuál sería aquí la solución? La solución sería pasar del intercambio en lo negativo al intercambio en lo positivo nuevamente. ¿Pero cómo puede esto lograrse? Hay un secreto: uno se venga del otro con amor. Quiere decir que uno le hace daño- pero un poco menos de lo que ha recibido. Entonces se detiene el intercambio en lo negativo y puede empezar otra vez un dar y un tomar en lo bueno.

Esto es una componente importante de los órdenes del amor. Si se conoce y luego se hace uso de ello, pueden cambiar para bien muchas cosas en las familias.

Un orden más del amor requiere atención, ya que su olvido conlleva efectos de profundo alcance.

 

Una mujer que se ve superior a su madre no puede estimar a los hombres. Tampoco les puede entender ni les necesita en el fondo. Generalmente, cuando se siente superior a su madre, esto quiere decir: soy la mejor mujer para mi padre. Tiene a su hombre y no precisa de ningún otro. ¿Cómo llega una niña a ser mujer para luego estimar a un hombre y tomarlo? Pues cuando se coloca al lado de su madre, como la más pequeña.

 

Evidentemente, esto vale también para los hombres: un hombre que no estima a su padre y piensa que él es mejor para su madre, no puede estimar a la mujer. Él ya tiene la suya y no precisa de otra. ¿Cómo llega un varón a ser hombre, a estimar a una mujer y a tomarla? Pues colocándose al lado de su padre, como el más pequeño. Así es como el hombre aprende con su padre a tener consideración hacia la mujer y la mujer aprende con su madre a tenerle consideración al hombre.

 

¿Qué pasa cuando un hombre, hijo de su madre se casa con una mujer, hija de su padre? El hijo de la madre no es disponible para su mujer y la hija de su padre tampoco lo es para su marido. Se dan poca estima mutua. Por esto se tiene que conseguir primero el orden en sus familias de origen, hasta que el hombre pueda tomar a su padre y la mujer a su madre.

 

 

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Temas de actualidad

 

Formación en Constelaciones Familiares

 

 

Quisiera decir algo acerca de la formación que mi esposa Sophie y yo ofrecemos.

 

Con relación a esta formación, mantenemos siempre una visión que abarca el campo en toda su amplitud. Muchos de ustedes intuyen o hasta saben con certeza que uno no puede aprender ninguna técnica al respecto. Ciertamente, uno puede observar lo que acontece en una constelación, pero no existen dos iguales. Por lo tanto no se puede ofrecer una formación de la cual uno podría decir: “Me están enseñando a constelar familias”.

 

No es apropiado enfocar la formación así si tenemos en cuenta lo que ahí pasa y lo que buscamos obtener en concreto. Esto demuestra la importancia de entrenarse a la práctica y establecerse en una actitud interior de empatía y de reserva combinadas. Aquí se trata esencialmente de madurez personal. Es decir: de la percepción de cómo un campo surge y crea efectos en nosotros y en los demás. Así, crecemos progresivamente junto a estos campos.

 

Aprendemos, a través de este trabajo, a ver con lucidez y a tomar consciencia de las dinámicas que se desarrollan en la totalidad del alma, de los órdenes que llevan a la felicidad y de los desórdenes que se oponen a ella. Aquí no se trata tanto de los desórdenes personales, como por ejemplo el ser malo, sino de nuestras ataduras con respecto al gran ámbito de los destinos. La cuestión es: ¿cómo se logra, en un campo dado, reestablecer el orden de base?

 

El que participa a esta formación y formación avanzada aprende por supuesto a facilitar constelaciones y más tarde a ofrecerlas. Pero cuando llega al curso en cuestión, lleva consigo unas ideas preconcebidas. Después de asistir a algunas sesiones, cada participante debe organizarse y practicar en pequeños grupos con el fin de juntar experiencia con el grupo y con el enfoque enseñado.

 

Esta formación no puede limitarse a una experiencia personal sino que tiene que llevar al practicante simultáneamente y de inmediato al campo de la ayuda terapéutica. La hemos estructurado de manera que se reparta en siete unidades, con tres cursos al año. Mi esposa y yo nos repartimos la tarea. Nos completamos ya que, al terminar un curso ella o yo, nos consultamos extensamente e intercambiamos lo ocurrido. Yo aprendo de lo que ella experimenta y ella aprende de lo que yo experimento.

 

Juntos, crecemos con esta obra y en este intercambio. Visto así, la formación y formación avanzada son en todos los sentidos un trabajo de equipo.

 

 

 

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