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Hombre y mujer
En acuerdo
con nuestros limites
Cuando encontramos a alguien en situación difícil, le
deseamos una buena solución a su problema. Deseamos
ayudarle. Pero ¿lo podemos y tenemos permiso para ello?
A veces, percibimos que no lo podemos y que no lo
debemos hacer. Algo en nosotros nos lo prohibe.
Entonces, tenemos que reconocer que hemos alcanzado un
límite.
Esto
ocurre también en muchas relaciones de pareja. Uno de
los dos está preso por algo y el otro no sabe porque.
Muy a menudo, le viene esto de su familia de origen.
Pero puede también ser otra cosa que lo tiene preso,
como por ejemplo, un aborto que le atrae fuera de la
relación, incluso hacia la muerte, por lo menos en la
imaginación y con respecto a la añoranza.
La
pareja desea ayudarle pero siente que no lo consigue.
Quedar parado, sin hacer nada, es muy difícil. La pareja
debe aceptar el que sus fuerzas no sean
suficientes o que su comprensión no alcance
para ayudar al otro.
La
actitud interior apropiada es por lo tanto: “Asiento a
todo, tal como es, con todas las consecuencias para el
otro y para mí, ambos.” En ese momento, me sintonizo con
algo mayor. Puedo empezar a esperar. Tal vez ocurre algo
que soluciona y sana lo que hay, después de un tiempo.
Tal vez no pasa nada y a consecuencia, viene la
separación. Con ella, cada uno sigue su propio destino,
de la manera que lo decide.
Algunos pretenden que está mal, que se habría podido
encontrar una solución mejor. Entendemos que tengan esas
esperanzas. Pero ¿tenemos derecho de pretender esto?
¿Tenemos derecho de imaginarnos cosas?
La fuerza primordial
Rilke ha tenido unas comprensiones profundas con
respecto a ese tema, una de ellas surgiendo cuando era
muy joven. En su Libro de horas, escribió en un
corto poema:”Toda vida es un regalo”. Toda vida
es un regalo, mi vida, la de mi pareja, la de mis
padres, la de mis hijos, toda vida en la naturaleza es
un regalo. ¿Qué significa eso?
Como
trasfondo a nuestra vida está una fuerza primordial, un
origen, una fuente madre de toda vida, que actúa en cada
existencia por igual y que también sufre. Cuando la
pareja sufre pues, sufre en ella
esta fuerza mayor.
Podríamos incluso decir a primera vista: Dios sufre en
ella. En toda criatura dolida, sufre Dios.
Y al
revés también. Cuando una persona provoca la
destrucción, sea un asesino o un soldado en la guerra o
una banda criminal o lo que sea, ¿quién actúa en
realidad? ¿lo hacen ellos o lo hace Dios a través de
ellos? Nos resistimos a esa idea. Pero ¿lo podemos?
¿Existe otra reflexión que se aproxime más a esta
realidad y le corresponda mejor? Y ¿qué efecto tiene
sobre nosotros asentir a la reflexión de que, en todos
nosotros por igual, Dios sufre y actúa? El juego de
creación y destrucción, de enfermedad y convalecencia,
de retroceso y avance, el juego maravilloso de los
opuestos que se realiza en todo es un movimiento divino.
La misma fuerza actúa en ambos. La alternancia
de destrucción y de creación, de
vida y de muerte, de dolor y alegría es un juego divino,
el juego que saca adelante el mundo.
Todo
lo creado surge de aquel conflicto, en el que coexisten
la victoria y la derrota. Con ello, el mundo da pasos
hacia adelante.
La serenidad
Cuando evocamos estas consideraciones, tenemos que
prescindir por completo de la idea que, como individuo,
somos importantes, que nuestro dolor es importante, que
nuestra tristeza o nuestra felicidad son importantes,
que nuestro éxito, nuestra vida o nuestra muerte son
importantes. (…)
Y de
pronto nos sentimos increíblemente serenos. Miramos
todo, tal como es y asentimos a ello. Mientras nos
volvemos serenos, sintonizamos con ese movimiento, tal
como es. Entonces, algo vasto se realiza en nosotros,
que no tiene que ver con lo habitual, sino con la
grandeza: la armonía con el todo, tal como es. En esta
armonía, podemos encontrarnos con otra persona tal como
es ella, exactamente tal como es. Porque únicamente tal
como es, actúa lo divino en ella. Sólo tal como es, no
de otra forma. Asentir a ella, a su dolor y a su
alegría, a su vida y a su muerte nos permite estar en
sintonía con el movimiento amplio y podemos apartar la
mirada de nosotros mismos. ¿Qué tiene que ver aún el
“yo” en este contexto? Entonces, algo infinito nos alza
y nos lleva.
El paraíso
Otra
comprensión más: la felicidad espera fuera del paraíso.
El crecimiento sólo existe fuera del paraíso. La
creación comienza una vez que hemos sido expulsados del
paraíso. El amor grande nace cuando se acaba el amor del
paraíso.
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otra revista
Crecer en
la relación de pareja
El crecimiento es
siempre un abrirse. La persona que crece toma algo del
exterior hacia dentro de ella. Crece a partir de lo que
está afuera y lo va integrando dentro de ella.
Hombres y mujeres son
distintos
Pues bien, un hombre
entiende poco de mujeres. ¿Habéis visto a un hombre
que realmente entienda algo de las mujeres? ¿Habéis ya
encontrado a una mujer que diga:”Mi marido me entiende”?
Y al revés también. Las mujeres no entienden mucho de
hombres. De lo contrario, no intentarían
constantemente cambiar a los hombres.
Bueno, cuando el hombre y
la mujer se encuentran, encuentran pues algo ajeno, que
ellos mismos no tienen, algo que no entienden pero que
necesitan. El hombre necesita a la mujer. Si no, ¿para
qué es hombre? Sin mujer, no es hombre. De la misma
manera, la mujer necesita al hombre. Sin él, no es
mujer. Una mujer se hace mujer gracias a un hombre. ¿No
es cierto? Todo lo demás es provisional.
Entonces se encuentran
dos personas que son distintas. Se completan mutuamente,
sin entenderse, sin entenderse en lo más profundo. Y con
eso, se mantiene una tensión en la relación de pareja
durante toda la vida. Una y otra vez, el hombre se
asombra por su mujer y la mujer se asombra por su
hombre. Esto mantiene viva la relación.
En el momento en que un
hombre encuentra a la mujer, reconoce que él es
incompleto. Se ve obligado a poner en duda su convicción
de que, como ser humano, puede ser completo. Lo mismo
pasa con la mujer. En cuanto encuentra al hombre, se da
cuenta de que ser mujer sola, no es suficiente. Falta
algo más. Ella debe descartar la convicción de que ella
sola es la personificación correcta de lo humano, porque
de repente se encuentra con uno muy diferente frente a
ella, que también es una personificación correcta. Ambos
son correctos pero distintos. En cuanto lo reconocen,
renuncian a su convicción y se vuelven humildes. Con
ello, reconocen que se necesitan mutuamente. Y así,
pueden enriquecerse mutuamente y a consecuencia, crecer
cada uno.
Crecimiento significa:
tomo algo que me era ajeno y que me incentiva a
renunciar a mi sentimiento íntimo de superioridad.
Hombre y mujer hacen lo mismo el uno frente al otro. Así
crecen. Eso es crecimiento.
Las familias también
son distintas
A eso se añade el que el
hombre proviene de otra familia que la mujer y que la
mujer también proviene de otra familia que el hombre.
Ambas familias son diferentes. A menudo, el hombre mira
la familia de la mujer de forma altanera y ella hace lo
mismo. Talvez cada uno piensa:”Mi familia es mejor”.
Claro, eso es normal, porque nuestro vínculo con nuestra
familia nos hace verla como la mejor. Es así, de lo
contrario no podríamos sobrevivir.
Pero las dos familias son
distintas. Así como el hombre es correcto a pesar de no
ser mujer y la mujer es correcta a pesar de no ser
hombre, sus familias respectivas son correctas aunque
distintas. Sin embargo, cada uno debe aceptar que la
familia del otro es de igual valor. Al hacerlo, cada uno
renuncia a algo. Así como el hombre renuncia a su
convicción de ser el modelo humano, de la misma forma
renuncia a la convicción de tener la mejor familia. La
mujer también. Ambos toman algo ajeno en sí y con ello
crecen.
La importancia de todo
aquello se destaca cuando llegan los hijos y que los
padres deben decidir cómo educar a sus hijos. Acontece a
veces que nace una rivalidad entre los valores
familiares del uno y del otro. Aquí también, cada uno
debe renunciar a algo y de esta forma, encuentran un
terreno común en otro nivel, que resulta ser más amplio
que lo que tenían antes, cada uno por su lado. Eso
también es crecimiento.
La relación
de pareja
Extracto de un seminario
en Viena en octubre 2008
Llegamos ahora al
punto culminante de este seminario. ¿Cuál es el punto
culminante? Es la relación de pareja. No obstante, no
allí arriba sino aquí abajo, en la tierra.
La relación de pareja
representa por una parte, el gran sueño de felicidad y
por otra, es el mayor reto de la existencia humana. En
efecto, la relación de pareja sirve la vida, su
propósito es la vida.
Conforme a lo que refiere
a nuestros padres, tenemos ideas muy determinadas en
cuanto a la relación con la pareja: cómo es y cómo tiene
que ser. Cuando las comparamos con la grandeza de esa
relación y con todo aquello por lo que se nos toma al
servicio, sobre todo en el caso de que la pareja
desemboque en la paternidad y la maternidad, nos pasa lo
mismo que con las imágenes internas que tenemos de
nuestros padres. Es decir que las imágenes que tenemos
de la pareja se adecuan sólo parcialmente a la magnitud
de la relación de pareja. Por eso, esta relación está
forzosamente orientada hacia el desengaño. Después de un
tiempo, las imágenes que tenemos ya no cuadran.
Pasada la desilusión, el
verdadero amor puede empezar, así como sus desafíos. Lo
llamo: amor a segunda vista. Pero incluso ese no es el
último vistazo. Detrás de la segunda vista se esconde
aún más.
La pasión
Miro la relación de
pareja con todo respeto. También la pasión. Sobre todo,
porque es irresistible. Por ser irresistible y por
dirigirse irresistiblemente hacia su punto culminante,
da la prueba de que es un movimiento de origen divino.
Esto se sitúa en
contradicción con muchas ideas, como si la pasión, la
intimidad y el estar abarcado en la relación fueran en
contra del espíritu o de la espiritualidad.
Imagen de Dios por los
hombres
La pregunta esencial,
incluso desde la experiencia interna de una relación de
pareja, es: ¿por qué un hombre está atraído hacia la
mujer y una mujer hacia el hombre? Pues bien, porque
Dios creó el hombre a su imagen, como un todo. Pero como
individuo, lo hizo hombre y lo hizo mujer. Es decir que
la imagen entera que Dios tiene del ser humano se cumple
cuando el hombre encuentra la mujer y la mujer el
hombre. En otras palabras, la imagen de Dios respecto a
nosotros culmina en la relación de pareja.
¿Cómo miramos, pues, al
que es nuestra pareja? ¿Cómo mira el hombre a la mujer y
cómo mira la mujer al hombre? El hombre busca en la
mujer su culminación, busca en la mujer a Dios porque se
percibe y se vive como perfecto en la mujer, en acuerdo
con la imagen de Dios. Para la mujer, ocurre lo mismo.
La mujer busca en el hombre lo que le falta para ser
entera y conforme a la imagen de Dios y se percibe
perfecta en el hombre.
Hombre y mujer
Como todo lo que es
grande, esto requiere cierta preparación y también
experiencia. Hay una condición para eso: la relación de
pareja es lograda cuando la mujer permanece mujer y el
hombre permanece hombre. Cuando la mujer concede al
hombre que él es diferente. Y justamente porque es
diferente, porque es hombre, ella encuentra en él lo que
a ella le falta.
Similarmente, sólo cuando
la mujer permanece mujer y cuando el hombre reconoce que
ella, por ser mujer es así, sólo entonces puede llegar a
completarse en ella, encontrando lo que le falta.
Entonces, su amor mutuo se profundiza y se vuelve
completo.
Esto significa que cuando
el hombre reconoce que él es tan sólo una de las partes
del ser humano y reconoce que necesita a la mujer para
ser una persona completa, cuando además, respeta a la
mujer con esa perspectiva, la respeta con reverencia,
pues se experimenta en la mujer a sí mismo. Vive su
plenitud en la mujer.
Lo recíproco es válido,
claro. Sólo cuando la mujer reconoce que ella puede
personificar tan sólo una parte de lo humano, que la
otra parte sólo se encuentra en el hombre y que, en el
hombre, ella busca, encuentra y toma lo que le falta,
pues se experimenta como completa.
Verse en el otro
Pues bien, el amor entre
hombre y mujer es un proceso de re-conocimiento. El
hombre descubre en la mujer su entereza y la mujer
descubre en el hombre su plenitud. De ahí que la Biblia
menciona la unión sexual como siendo un proceso de
re-conocimiento. Es decir que, en la unión sexual, el
hombre descubre a Dios. La Biblia dice de Adán:”Y él
re-conoció a su mujer y ella le dio un hijo”. La
relación sexual y la unión es un re-conocimiento de
Dios, con todo lo que eso implica.
Esa visión nos permite
ver y a amar al otro de una manera profunda.
Meditación: el género
Ahora, lo practicamos y
completamos nuestra relación de pareja en un movimiento
interior. Cerrad los ojos.
Miramos a nuestra pareja,
tal como es, así como es. Le miramos detalladamente,
como hombre o como mujer. Asentimos a su particularidad,
tal como es, sea hombre o mujer. El hombre asiente a su
mujer como mujer, tal como es y con todo lo que
pertenece a ello, con toda la grandeza que pertenece a
ello. Porque lo más grande en el ser humano es su
género. Es lo más grande, en el que se hace visible el
aspecto creativo, el aspecto divino.
Así, asentimos a nuestra
pareja, privilegiando esta perspectiva, como mujer con
esta característica esencial, como hombre con esta
característica esencial. Tomamos a nuestra pareja con su
género antes que todo y nos dedicamos a reconocerle de
una manera que nos permita reconocer nuestra propia
plenitud. Tomamos consciencia de nuestra pareja y nos
reconocemos en ella con reverencia.
La intimidad
La relación de pareja es
algo íntimo. Es importante respetar esa intimidad.
Quiero decir que la intimidad de la relación queda, para
la pareja, un secreto. Por ser tan grande, se mantiene
en secreto.
Cuando empezamos a contar
algo de ello, ¿os dais cuenta de cómo algo sufre en el
alma, el respeto, la profundidad, el amor?
Por eso es importante, si
acaso viene una pareja a pedir ayuda por su relación,
que respetemos su intimidad. Es decir que no hacemos
preguntas, ninguna pregunta. Se respeta como un secreto.
Cuando una persona me
quiere decir algo acerca de su relación sexual, le
indico de inmediato que no escucho. No lo quiero saber.
Por respeto a esta pareja, no lo quiero saber.
La constelación
familiar
En lo cotidiano, sea en
nuestro caso o en los demás, la relación de pareja es
compleja. Mucho depende de lo que hemos vivido en
nuestra vida, sobre todo con nuestros padres. Por ser
una culminación, la relación de pareja presupone un
logro anterior. Esto se refiere en prioridad a la
relación con nuestra madre y con nuestro padre.
Existen muchas
experiencias, incluso en las constelaciones familiares,
que nos permiten sobrepasar los desequilibrios que han
ocurrido en el pasado, de modo que la relación de pareja
pueda lograrse bien. En ese sentido, la constelación
familiar está, en muchos aspectos, al servicio de la
pareja y de su felicidad.
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otra revista
Hellinger Sciencia
Órdenes
del amor entre hombre y mujer en relación
con
lo que lo sostiene todo
Me
dedicaré primero en detalle a los órdenes del amor en la
relación de hombre y mujer, y empezaré con lo básico.
Hombre y mujer
(…)
Como
primer orden del amor entre hombre y mujer, es básico
que el hombre quiera a la mujer para ser su mujer y que
la mujer quiera al hombre para ser su marido. Si en una
relación de pareja, el hombre o la mujer desean a la
pareja por otros motivos, como por ejemplo el placer, o
el alimento, su riqueza o su pobreza, su educación o su
sencillez, por ser católico o evangélico, o porque
quieren conquistarle, o protegerle, o mejorarle, o
salvarle, o porque le quieren como quien dice tan
graciosamente, para ser padre o madre de sus hijos, en
esos casos el fundamento de la relación está edificado
sobre arena y el gusano ya se encuentra en la manzana.
Padre y madre
El
segundo orden del amor entre hombre y mujer es aquel que
dispone a marido y mujer en función de un tercero, y que
completa su masculinidad y su feminidad respectivas con
un hijo. Con eso y sólo con eso, el hombre se transforma
en hombre completo gracias a la paternidad y la mujer en
mujer completa gracias a la maternidad. Y sólo en el
hijo se hacen uno el hombre y la mujer en el sentido
pleno, de manera indeleble y a la vista de todos.
Sin
embargo, rige que su amor de padres hacia el hijo sólo
prolonga y corona su amor de pareja. Porque su amor como
pareja precede el amor como padres, y al igual que las
raíces el árbol, su amor de pareja sostiene y sustenta
su amor como padres.
Cuando, a partir de eso, su amor como pareja fluye de
todo corazón, entonces fluye de todo corazón su amor de
padres hacia el hijo. Cuando, al revés, su amor de
pareja mengua, mengua también su amor como padres. Sea
lo que sea lo que el hombre y la mujer admiren y amen en
su pareja, lo admiran y lo aman en su hijo. Y lo que les
irrita y molesta en ellos o en la pareja, les irrita y
les molesta igualmente en el hijo.
Por
lo tanto, lo que los padres consiguen aplicar como
respeto, amor y ayuda hacia su pareja, lo consiguen
aplicar también con su hijo. Y lo que no les sale bien
en la pareja con relación al respeto, al amor y a la
ayuda en la pareja, no les resultará con el hijo.
Pero
si su amor como padres de un hijo prolonga y corona su
amor de pareja, entonces el hijo se siente mirado,
tomado, respetado, amado por ambos padres, y se siente
bueno y normal.
El
deseo
Una
pareja se acercó a un conocido terapeuta para pedir su
ayuda. Le dijeron: “Cada noche hacemos todo lo posible
para cumplir con nuestra responsabilidad en la
perpetuación del género humano y sin embargo, a pesar de
todos nuestros esfuerzos, no hemos podido realizar esta
noble tarea. ¿Qué habremos hecho mal y qué debemos aún
aprender y hacer?”
El
terapeuta les contestó que tenían que escucharle
atentamente y en silencio, para luego, sin hablar entre
ellos, volverse directamente a casa.
Asintieron a ello. Luego él les dijo:”Cada noche hacéis
todo lo posible para cumplir con vuestra responsabilidad
en la perpetuación del género humano y sin embargo, a
pesar de todos vuestros esfuerzos, no habéis podido
realizar esta noble tarea. ¿Por qué no dejáis
simplemente libre paso a vuestra pasión?” Les indicó la
salida.
Se
levantaron, apresurándose hacia casa, como si no podían
aguantarse más. En cuanto se encontraron a solas,
cayeron las máscaras y se amaron con pasión y placer. Al
cabo de quince días, la mujer estaba embarazada.
Otra
mujer, ya de madura edad, un día que le dio un ataque de
pánico por la cercanía de lo irremediable, colocó un
anuncio en el diario: “Enfermera busca viudo con hijos
para matrimonio”. ¿Qué perspectivas de intimidad tenía
esa relación? Ella habría podido escribir también:”Mujer
desea hombre. ¿Quién me desea a mí?”
El
cumplimiento
La
timidez en nombrar por su nombre lo que nos es más
íntimo y en quererlo como una prioridad en nuestra
relación de pareja, está relacionado con que, en nuestra
cultura, la consumación del amor entre hombre y mujer
parece a muchos como una cosa indecente y una necesidad
indigna.
Y
sin embargo, es el mayor cumplimiento posible del ser
humano. Ningún otro cumplimiento humano se encuentra tan
en sintonía con el orden y la plenitud de la vida,
ningún otro cumplimiento humano nos toma a su servicio
de tal manera abarcadora para la totalidad del mundo.
Ningún otro acto humano nos brinda tan dichoso placer ni
tan amoroso sufrimiento a continuación. Ningún otro acto
humano implica tan profundas consecuencias ni tantos
riesgos, arrancándonos lo último y otorgándonos
conocimiento, sabiduría, humanidad y grandeza, ningún
acto más que cuando un hombre toma con amor y reconoce a
una mujer y la mujer toma con amor y reconoce a un
hombre. Frente a eso, cualquier otro acto humano parece
ser sólo una preparación y ayuda, o una consecuencia,
tal vez una añadidura, o incluso, un sustituto y una
carencia.
El
cumplimiento del amor entre hombre y mujer es, a la vez,
el acto más humilde. En ninguna otra parte descubrimos
así nuestra desnudez ni nos exponemos tan indefensos,
con nuestra vulnerabilidad. Y lo que protegemos con tan
profundo pudor es el lugar en el que hombre y mujer se
encuentran con amor, mostrándose en la intimidad y la
confianza.
El
cumplimiento del amor entre hombre y mujer es el acto
más valiente. Porque, al unirse para el resto de sus
vidas y aunque estén al principio de su relación,
abarcan ya con la mirada la meta, viendo sus
limitaciones y encontrando su medida.
El
vínculo
Con
la consumación del amor, el hombre deja atrás, como
dicen las hermosas palabras de la Biblia, a padre y
madre para atarse a su mujer y de dos carnes hacer una.
Lo mismo vale para la mujer. Esta imagen se corresponde
a un proceso en el alma que experimentamos como real a
través de sus efectos, porque provoca un vínculo que,
incluso a pesar de nuestra voluntad, demuestra ser
imposible de anular y, por lo tanto imposible de
reproducir.
Uno
podría objetar que un divorcio y una nueva relación a
continuación prueban lo contrario. Sin embargo, una
segunda relación actúa diferentemente que una primera.
Un segundo hombre y una segunda mujer perciben el
vínculo que existe entre su pareja y el primer hombre o
la primera mujer. Eso se muestra en que un segundo
hombre y una segunda mujer no se atreven a tomar a su
nueva pareja plenamente como su primera pareja, y a
conservarla. Lo que pasa es que ambos viven la segunda
relación como culpable frente a la primera. Eso es
válido también cuando la primera pareja ha muerto,
porque la verdadera separación se actualiza con nuestra
propia muerte.
De
ahí que una segunda relación se logra sólo si el vínculo
con la pareja anterior es reconocido y honrado, y si la
pareja posterior guarda presente en la mente su posición
de segunda pareja, en deuda con la primera. A pesar de
todo, un vínculo con una segunda pareja nunca llega a
ser equivalente, en el sentido original, al vínculo con
una primera pareja. Es por eso que una separación de la
segunda pareja es vivida generalmente con menos culpa y
menos compromiso que cuando la ruptura de una primera
relación.
(…)
La
carne
Lo
especial, y en sentido profundo lo indisoluble de un
vínculo entre hombre y mujer, nace de la consumación de
su amor. Sólo ello hace del hombre y de la mujer una
pareja, y sólo ello los transforma en padres. Amor
espiritual o reconocimiento público de su relación no
son suficientes para ello. Por eso, si esa consumación
es perjudicada, en el caso de que el hombre o la mujer
hayan sido esterilizados antes de la relación por
ejemplo, no nace ningún vínculo aunque ambos lo quieran.
Ese tipo de relación se queda sin compromiso y las
personas, en caso de separación, no sienten ni culpa ni
obligación.
Si
la consumación del amor es perjudicada posteriormente al
comienzo de la relación, por un aborto por ejemplo,
entonces se produce una ruptura en la relación, aunque
el vínculo se mantenga. Si luego el hombre y la mujer
quieren permanecer juntos, deben decidirse una segunda
vez el uno para el otro así como para una vida en común,
como si fuera una segunda relación. Porque la primera
está, por lo general, terminada.
En
el cumplimiento del amor se ve la superioridad de la
carne sobre el espíritu, y se muestra su veracidad y su
grandeza. Sin embargo, estamos a veces tentados de
menospreciar la carne con respecto al espíritu como si
lo resultante del instinto, de la necesidad, del anhelo
y del amor fuera menos que lo que la razón y la voluntad
moral nos ofrecen. Y justamente, el instinto demuestra
su sabiduría y su fuerza ahí donde lo razonable y lo
moral alcanzan sus fronteras y fracasan. A través del
instinto actúa un espíritu más grande, un sentido más
profundo, ante el cual nuestra razón y nuestra voluntad
moral se asustan y se escapan cuando las cosas se ponen
complicadas.
Cuando un niño se cae al agua y un hombre salta detrás
de él para salvarle, no lo hace por haber reflexionado
ni ponderado, tampoco por moral. No, de ninguna manera.
Lo hace por instinto. ¿Es por eso menos correcto, menos
valiente o menos bueno?
Cuando un pájaro le canta a su hembra, uniéndose a ella,
cuando hacen su nido, empollan, crían a sus polluelos,
los calientas, los protegen y los guían, ¿acaso es menos
maravilloso por ocurrir de modo instintivo?
La
falta
Para
que una relación entre un hombre y una mujer cumpla con
lo que promete, debe el hombre ser hombre y permanecer
hombre, y debe la mujer ser mujer y permanecer mujer.
Por eso, el hombre debe renunciar a apropiarse lo
femenino como suyo y renunciar a tomarlo como si pudiera
él hacerse mujer o ser mujer. Y la mujer debe renunciar
a apropiarse lo masculino como si fuera suyo y renunciar
a tomarlo como si pudiera ella hacerse hombre o ser
hombre.
En
la relación de pareja, el hombre coge sentido para la
mujer sólo cuando es hombre y permanece hombre. Y la
mujer coge sentido para el hombre sólo cuando es mujer y
permanece mujer.
Si
el hombre pudiera desarrollar y poseer lo femenino, no
precisaría de mujer; si la mujer pudiera desarrollar y
poseer lo masculino, no precisaría de hombre. Eso es por
qué muchos hombres y mujeres, habiendo desarrollado en
sí las especificidades del otro género, viven solos. Se
bastan a sí mismo.
Hijo
del padre e hija de la madre
A
los órdenes del amor entre hombre y mujer pertenece
pues, la renuncia. Esta renuncia empieza en la infancia
ya. Para crecer como hombre, el hijo debe renunciar a la
primera mujer de su vida, es decir su madre; para crecer
como mujer, la hija debe renunciar al primer hombre de
su vida, es decir su padre. Para ello, el hijo debe
salir pronto de la zona de influencia de la madre para
adentrarse a la del padre; la hija debe salir pronto de
la zona de influencia del padre para volver a la de la
madre. El hijo en la zona de influencia de la madre se
vuelve sólo mancebo o Don Juan pero no hombre; en la
zona de influencia de su padre, la hija permanece niña o
se vuelve amante pero no mujer.
Cuando el hijo de la madre se casa con la hija del
padre, él busca un sustituto para su madre y la
encuentra en una amante; y ella busca un sustituto para
el padre y lo encuentra en un amante. En cambio, si el
hijo del padre se casa con la hija de la madre, forman
más bien una pareja segura.
(…)
Seguir y servir
Un
orden del amor entre hombre y mujer pide que la mujer
siga al hombre. Es decir que ella le siga en su familia,
en donde vive, en su círculo, en su idioma, en su
cultura, y que ella asienta a que los hijos le sigan
también. No puedo justificar ese orden, sin embargo sus
efectos confirman su autenticidad. Sólo basta con
observar familias donde la mujer sigue al hombre y sus
hijos a su padre con otras familias donde el hombre
sigue a su mujer y los hijos a su madre. Pero incluso
aquí, existen excepciones. Por ejemplo, si en la familia
del hombre hay destinos o enfermedades graves, entonces
es más seguro y conveniente que él y sus hijos se
vuelquen a la zona de influencia de la mujer y de su
clan.
Por
supuesto, aquí también rige el intercambio. Para
completar este orden del amor entre hombre y mujer,
corresponde que el hombre sirva a lo femenino.
(…)
Un
todo que sostiene
Los
órdenes del amor que nos han acompañado en previas
relaciones afectan también nuestra relación con la vida
y con el mundo visto como un todo, así como afectan
nuestra relación con el misterio que se esconde detrás
de ello.
Por
lo tanto, nos podemos relacionar con el todo misterioso
como un hijo con sus padres, con lo cual buscaremos a un
Dios padre y a una Madre grande, tendremos fe como un
niño, esperanzas como un niño, confiaremos como un niño
y amaremos como un niño. Igualmente, nos asustaremos
frente al todo misterioso como un niño y tal vez, como
un niño tendremos miedo de saber.
O,
en cambio, nos relacionamos a ello como a nuestros
ancestros y a nuestro clan, nos reconocemos de la misma
sangre en una comunidad de santos, pero también, como en
el clan, reprobados o elegidos por una ley implacable,
sin que entendamos su dicho y sin poder influenciarla.
O
entonces, nos comportamos frente al todo misterioso como
frente a un igual en el grupo, nos convertimos en su
colaborador y su representante, nos embarcamos en
negocios y tratos con ello, nos asociamos a ello, y
arreglamos con contratos las obligaciones y tareas, el
dar y el tomar, la ganancia y la pérdida.
O
también, nos comportamos con el todo misterioso como si
fuera una relación de pareja, donde existe un amante y
su querida, un novio y su prometida.
O
nos comportamos con el todo misterioso como padres con
sus hijos, decimos lo que no está bien y lo que hay que
mejorar, ponemos en duda su obra, y cuando no nos gusta
este mundo tal como es, buscamos solos o con otros,
librarnos de él.
O
finalmente, cuando nos relacionamos con el misterio de
este mundo, dejamos atrás los órdenes del amor que
conocemos y nos olvidamos de todo, como si fuéramos ya
como los ríos alcanzando el mar y como todos los caminos
llegados a su meta.
Ir a lo esencial
La aflicción:
cáncer de piel, quemaduras graves
Hellinger a Constanze:
¿Cuál es tu asunto?
Constanze:
Desde hace medio año, tengo un cáncer de piel y también
estoy quemada.
Hellinger:
¿Qué quiere decir eso?
Constanze:
He estado quemada por un fuego, hace tiempo.
Hellinger:
¿Qué edad tenías entonces?
Constanze:
26 años.
Hellinger:
¿Qué pasó?
Constanze:
Fui a una fiesta de carnaval disfrazada de algodón de
azúcar con una hermana mía de mujer-globo. Otra mujer
tocó el globo con un cigarrillo. El globo reventó y de
repente yo era una antorcha. Un hombre supo qué hacer.
Arrancó la cortina y me envolvió. Me había quemado un 70
por ciento y por poco me muero. Me quedé casi un año en
el hospital. Las numerosas cicatrices que tengo ahora me
han cambiado la vida.
Hellinger:
¿De qué manera te la han cambiado?
Constanze:
Frente a los hombres. Dejé de verme bonita, por todas
las cicatrices. Eso pasó dos semanas antes de mi viaje a
América, donde me iba a encontrar con mi novio de la
época. Él me vino a ver al hospital.
Todo
me fue difícil en la vida y ahora tengo un cáncer de
piel. Mi vida, realmente, es pesada.
Hellinger:
Hace poco, alguien dijo:”A los que están en la
aflicción, no se les puede ayudar”. ¿Qué pasó en el
incendio? Casi te mueres, dijiste. ¿Qué pasó en
realidad?
Constanze:
No me fui a América a encontrar a mi novio. Me quedé en
casa. Me quedé para siempre en casa, en la empresa de mi
familia. Eso es lo que pasó.
Hellinger:
Bueno, eso era pura aflicción. ¿Y ahora, qué pasó
realmente?
Constanze:
Todos se han ocupado de mí. Todos mis hermanos se han
ocupado de mí. Han venido a verme.
Hellinger:
¿Cómo le va a tu alma, cuando hablas de esto?
Constanze:
Tiembla.
Hellinger:
Eso es. La mía también temblaría.
Constanze:
Pero no sé por qué tiembla.
Hellinger:
Dile a tu alma:” Tú estabas conmigo”.
Constanze:
Tú estabas conmigo.
Hellinger:
Y ahora, ¿cómo le va a tu alma?
Constanze:
Ella piensa: estoy todavía contigo.
Hellinger:
Y tú, ¿estás con ella?
Constanze:
Ella se ha retraído.
Hellinger:
Exactamente. Se retrae delante de ti. Tú no has honrado
su obsequio.
Constanze:
¿Su obsequio? ¿De haber quedado a mi lado cuando me
estaba quemando?
Hellinger:
Y de que estás sana de nuevo.
Constanze:
Sí.
Hellinger:
¿Qué te pasa cuando brindas un regalo valioso a alguien
y esa persona lo descarta? ¿Cómo sientes eso?
Constanze:
Eso me hiere, me vuelvo triste.
Hellinger:
Y ¿qué pasa entonces?
Constanze:
Me retraigo.
Hellinger:
Eso es. Pierdes fuerzas.
Ahora te he indicado un camino.
Constanze:
¿Un camino? ¿Aceptar un regalo valioso?
Hellinger:
¿Has aceptado mi regalo?
Constanze:
Yo querría otro regalo.
Hellinger:
Eso es. El alma. Estás desconectada de tu alma.
¿Qué
te ayuda ahora, con tu cáncer?
Constanze:
Pues no lo sé. Sólo pienso: esto es una señal.
¿El
cáncer?
Pensé que una constelación familiar podría ayudar.
Hellinger:
Sin alma, aquí nada puede funcionar.
Al
grupo:
Quiero comentar algo respecto a la psicosomática.
Ahí,
muchas personas se imaginan que la enfermedad proviene
del alma y que la enfermedad se va cuando uno arregla el
alma. Con esto, conciben el alma como algo que se
utiliza para curarse, igual que tragarse una medicina y
sanarse. Pero no le gusta al alma que se la utilice como
remedio. Su propósito se extiende mucho más allá. Lo que
importa es que se obtenga su apoyo para que nos ayude.
Por ejemplo, honrándola y abandonándonos a su liderazgo
y a su destino, aunque ello pase por una enfermedad.
A
menudo ocurre que la psicosomática es atendida como si
se tratara no del alma y del cuerpo sino del yo y del
cuerpo. Pero eso entonces, no sería psicosomática sino
ego-somática, para decirlo así. Cuando se dice por
ejemplo: “Esto está condicionado por el alma, tienes que
sobreponerte a ella”, uno no se refiere al alma sino al
yo.
Uno
se debe adaptar al alma. Ese ajuste es algo muy humilde
y esta humildad sana.
A
Constanze:
¿Lo has entendido?
Constanze:
Trato de entender.
Hellinger:
Te dejo un poco de tiempo, ¿sí?
Al
grupo:
Lo que acabo de decir acerca del enfermo vale,
naturalmente, para el terapeuta. Se tiene que alejar de
lo que ha previsto y entrar en sintonía con el alma del
cliente. Debe sentir el movimiento del alma, seguirle el
paso y ayudarle de manera efectiva frente a las imágenes
y deseos del enfermo. Cuando entonces el alma se
entrega, se da algo que produce buenos efectos. Uno se
mantiene con los pies en el suelo y confía en las
fuerzas que vienen de dentro.
En
muchos casos, vienen clientes o pacientes diciendo:
Ayúdame, configura mi familia, para que me vaya mejor.
Esto es una llamada a un poder imaginario del terapeuta.
Si éste cae en la trampa y actúa como si tuviera ese
poder, el alma no podrá vibrar en acuerdo. El trabajo
está condenado a fallar.
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