Instituto de Constelaciones Familiares / Brigitte Champetier de Ribes

La mirada sanadora

De dos en dos.

Tengo un tema que me duele o me preocupa. Lo veo, lo imagino y lo siento delante de mí. Luego me pongo en él, hasta sentir lo que provoca en mí.

Ahora salgo del problema, vuelvo a mí.

Llevo la mirada a lo lejos y me abro a algo más grande, más allá de lo que pueda entender. Me abro a lo inasequible al ser humano, me abro a la Nada. Me abro al Vacío.

Espero y me dejo llenar, con los ojos abiertos.

Dirijo la mirada a mi cuerpo.

Tomo conciencia de que estoy hecho de energía, que mis células son energía. Soy más vacío que materia. Soy Vacío, soy energía.  Soy vacío creador de nuevas posibilidades.

Me dejo sentir, sin pensamientos ni intención.

Me pongo frente a mi compañero.

Cuando estamos los dos frente a frente decimos juntos “yo soy yo,  tú eres tú”.

Mirándonos, sin intención, sin juicio, sin querer hacer nada, sólo mirarnos a los ojos si es posible. Me dejo guiar por mi cuerpo.

Puedo mirar al otro como si mis ojos estuvieran en mi corazón.

Puedo sentir agradecimiento por el otro, sentir “gracias por ser como eres”.

No hago nada.

Acepto todo lo que surja sin preguntarme nada. Pase lo que pase no tengo intención. Ni siquiera ayudar o consolar.

Puede que uno inicie un movimiento hacia el suelo. Cada uno se deja llevar por el movimiento. Sin interpretar nada.

Estamos los dos en una interacción muy profunda. Nuestras energías se están potenciando mutuamente y del campo creado por nuestra resonancia va a salir una gran sanación.

Al cabo de un tiempo más o menos  largo nos dirigiremos juntos hacia la vida.

Sin hablar cada uno vuelve a su primer lugar y recuerda su tema para observar en qué se ha transformado.

Es mejor seguir en silencio.

No introducimos la noción de ancestros ni de muertos. Aqui todo ocurre en el momento presente, entre las dos personas vivas. Aunque uno vaya al suelo o mire hacia abajo.

Querer ayudar o consolar, son maneras de QUITARLE FUERZA a la otra persona. Tocar a la otra persona, sin que lo haya sugerido ella, es una invasión que le quita fuerza.

Desear que el otro cambie es despreciarlo como es y en el fondo es desear que desaparezca tal como es.

Querer mandar energía a la otra persona es pensar YO TENGO, ÉL NO TIENE. Y nuestra pretendida superioridad atenta a su dignidad y le quita fuerza. Potencio la polaridad en la que está la persona (y en la que estoy yo también), mientras que si tomo a la otra persona tal como es la hago salir de la polaridad. Tengo la creencia de que yo sé lo que ella necesita en vez de asentir al hecho de  qué es como tiene que ser, que está en la etapa en la que tiene que estar, en el movimiento que le corresponde y que la decisión está en ella. Su decisión no me incumbe.

La decisión del otro es un asunto entre él y el Gran Campo, él y el Vacío, él y sus fidelidades.

Uno no cambia porque otro se lo pida o lo desee.  Uno cambia cuando le toca. Si siente que es respetado como es y respetado en su proceso el mismo proceso se acelera.