Instituto de Constelaciones Familiares / Brigitte Champetier de Ribes

La agresividad

Si la agresividad de los demás, dirigida a otros, me desestabiliza, me da miedo o me paraliza es que me devuelve a mi propia agresividad reprimida. Me dice que no se gestionar mi agresividad.

Si mi agresividad me desborda o bien, la disfruto y no le quiero poner límite, esta situación me muestra que estoy preso de un trauma infantil, o que vivo la agresividad que otros no se atrevieron a asumir (por ejemplo, la agresividad larvada que existió entre mis padres y no se atrevieron a enfrentar, la víctima de una agresión que no se atrevió a defenderse, etc.).

Y después de agredir a otro, necesariamente me voy a agredir a mi mismo con el sentimiento de culpa, depresión, algún fracaso, síntomas físicos, etc.

Este ejercicio me permite dar a mi agresividad el espacio que necesita en mí. Nuestra supervivencia tiene una gran deuda de gratitud hacia la agresividad de nuestros ancestros.

La agresividad es una reacción de supervivencia frente a un abuso de la vida.

Donde el amor herido no pudo llorar, surge la agresividad. Detrás de toda agresividad hay un inmenso dolor bloqueado, a la espera de ser reconocido.

La terapia no pasa por revivir el trauma ni expresar la agresividad. No haríamos más que volver a traumatizarnos y aumentar la carga emocional de la ira y de la culpa.

Empiezo amando y honrando mi agresividad, con este ejercicio. Después quizás necesite hacer ejercicios como “Integrar el trauma”, “Cuando una emoción nos desborda” o “El movimiento puro” representando la agresividad, y “Ordenar nuestra vida” para dejar la agresividad en el pasado.

Después de centrarme, imagino dos lugares, uno enfrente del otro. En uno imagino mi agresividad, en el otro estoy yo.

Primero averiguo lo que sienten ambos, me pongo alternativamente en mi agresividad, luego en mí, durante un minuto, me dejo llevar por el movimiento, no por la emoción. Para conseguirlo me centro mucho.

Vuelvo a ponerme en mi agresividad, durante más tiempo. Cuando noto el movimiento estancado, vuelvo a representarme a mí.

Le digo “veo el dolor que está detrás de ti”. Y me dejo llevar por el movimiento.

Si al cabo de diez minutos no se ha producido el abrazo, lo dejo y retomo el ejercicio dentro de una semana. Entre tanto hago uno o dos de los ejercicios sistémicos señalados.

Si he podido abrazar mi agresividad, disfruto de su fuerza y de su amor, me doy cuenta que su ira ha desaparecido y es todo amor.