Bert Hellinger

¿Hacia dónde me tengo que dirigir? Hacia la próxima acción conveniente, instante tras instante. Entonces, lo que me guía es mi actuar, porque sólo la acción conveniente es el cumplimiento de mi vida, exigida por ella y fijada por ella, de tal manera que todo continua, y precisamente ahora.

Revista independiente Hellinger

Septiembre2009

 

Felicidad de vida

De actualidad

Sabiduría en el camino

Vida y muerte

Felicidad de vida

Las reglas de la felicidad

Existen ciertos obstáculos a la felicidad. Se originan en valoraciones erróneas, pues la felicidad sigue ciertas reglas. Debemos conocer esas reglas.

La primera de ellas es: más. El más es una regla de la felicidad. En cuanto me limito, se interrumpe la felicidad. Se reduce progresivamente hasta dejar de ser. Pues bien, la felicidad es la orientación interior hacia más.

Os podéis imaginar una pareja. Ambos han tomado a su madre y forman ahora una pareja. Su día empieza. Os imagináis que decís:”Un poco más, un poco más para hoy”. Decid un poco más. Cada día un poco más. Imaginad cuán rápido se vuelven felices.

Al revés, cuando alguien dice:”Hoy hay demasiado para mí”, ya se acaba la felicidad. Cuando la hay, cada día viene agregándole más, desde la actitud interior, desde la transformación, desde la serenidad, desde el servicio. La palabra clave aquí es: servir con amor.

¿Puedo decir algo más sobre las reglas de la felicidad? No os saciaréis de felicidad, lo puedo ver. Tampoco lo debéis. Saciar significa: ahora lo dejo. Pero en la felicidad siempre falta algo, es decir, no falta nada pero siempre puede acrecentarse.

Quedarse con lo suyo

La felicidad abarca, por un lado, siempre más. Por otro lado, nos pone un límite. En ese trabajo nuestro, observamos que muchas personas traspasan una divisoria por su amor ciego. Cuando nos hacemos cargo de algo que pertenece a otro, traspasamos esta divisoria. La felicidad profunda se mueve entre dos personas que permanecen con lo suyo. Esto contradice muchas ideas al respecto.

Volvamos a la madre y al padre. Lo miramos a través de un ejercicio.

Ejercicio: ser único

Cerrad los ojos. Miramos a la madre y al padre. Los vemos ambos completos. Ambos son completos, ambos son únicos. Y de esta forma, los contemplamos como pareja, la madre es única, el padre es único. Como seres únicos, se atraen mutuamente. Nuestra madre toma a nuestro padre tal y como es, con todo respeto hacia su particularidad, hacia su propio destino, hacia su propia felicidad. El padre toma a la madre de la misma manera, única. Cada uno permanece como es, pero sin embargo los une un amor en el que juntos, aunque cada uno por su cuenta, conciben una nueva vida. Somos el fruto de su amor. En nosotros, ellos se hacen uno pero no obstante somos distintos y, por lo tanto, estamos separados: aquí la madre, allá el padre, y nosotros, aunque reunimos a los dos en nuestro interior, nos vemos frente a ellos. Le decimos a la madre:”Respeto tu grandeza. Aquí eres la grande, yo aún soy pequeño”. Decimos lo mismo al padre:”Aquí, eres el grande, yo aún soy pequeño. Soy el niño. Como niño, yo tomo. Vosotros dais, yo tomo”. Y así nos enriquecemos, pero cada uno por separado, cada uno para sí.

¿Cuál es el efecto? Renunciamos a todas las preocupaciones con respecto a nuestros padres, con respecto a su destino. Están guiados de otra manera, tal como nosotros. Todos somos guiados por una fuerza eterna, cada uno con su propio servicio. Sólo entonces, percibiendo y reconociendo nuestros límites y nuestra autonomía, podemos realmente dar y tomar.

Permanecer dentro de los límites

Todos los problemas surgen cuando se infringen estas fronteras, sobre todo cuando el traspaso es de abajo hacia arriba, es decir cuando niños quieren hacerse cargo de algo por los padres. Luego, hay también el traspaso de arriba hacia abajo, de los padres a los hijos, cuando los padres esperan de los hijos ser aliviados de una carga, a pesar de que les corresponde llevarla y superarla. A todo eso, cada uno es completo sólo dentro de sus límites.

Las intrincaciones que a menudo observamos en ese trabajo se deben a una trasgresión de los límites. En la medida en que asumo algo del destino de otro, estoy transgrediendo un límite.

Los límites de la ayuda

Quiero decir algo más al respecto. No sé si me atrevo aquí. ¿Sois lo suficiente fuertes para oírlo? El querer ayudar es una trasgresión de límite. Algunos de vosotros asentís. Lo habéis entendido de inmediato.

A pesar de todo, ayudamos. He ayudado a varios de vosotros aquí. Pero he respetado los límites. ¿Cómo se respetan los límites en la ayuda? Renunciando a saber. Sin curiosidad, comenzamos con el movimiento del otro, dejándole moverse a partir de él mismo. De esta forma, le protegemos de nosotros, de nuestros objetivos, de lo que pensamos y le servimos mejor. Así, respetamos tanto sus límites como las nuestras. Y gracias a ese respeto, salta una chispa de un lado a otro.

Límites de la pareja

A veces, nos pasamos de los límites, sobre todo en la relación de pareja, donde cada uno se las salta durante un tiempo. Luego, cada cual reintegra su ámbito y es respetado con sus límites.

Meditación

Hagamos todavía un pequeño ejercicio más, un ejercicio de felicidad. Cerrad otra vez los ojos.

Miramos a nuestra pareja y vemos dónde nos hemos pasado el límite, por ejemplo con una expectativa determinada que va más allá de lo que vale en la pareja. Renunciamos a esa expectativa. Sentimos el efecto que eso tiene en nuestra alma, en aquel momento. Crecemos gracias a esa renuncia. Encontramos el suelo debajo de los pies y nos mantenemos firmes.

Entonces, colocamos un límite a las expectativas de nuestra pareja que se inmiscuyen en lo nuestro y que tal vez nos hacen perder lo que nos es propio. Sentimos cómo crecemos gracias a los límites que marcamos. Esto es un adiós a los desengaños. El otro se queda con lo suyo y nosotros con lo nuestro. De pronto, cada uno se siente más seguro, ambos firmemente asentados en su sitio. Ahora, la chispa salta, porque ambos pueden estar firmes y seguros.

Lo resumo en una frase:”Yo aquí, tú allí, los dos juntos”.

La felicidad completa

¿Por qué busca el hombre a una mujer y por qué busca la mujer a un hombre? Porque están incompletos, aunque dentro de sí formen una unidad.

¿Os podéis imaginar a un hombre sin una mujer? ¿Qué queda de él? ¿Y una mujer sin hombre, qué queda de ella? La palabra hombre sólo tiene sentido cuando se piensa en la mujer también y la palabra mujer sólo tiene sentido cuando se piensa en el hombre también.

Un hombre, un hombre completo busca una mujer completa, que realmente sea mujer. El hombre solo se siente separado como hombre y la mujer sola se siente separada como mujer. Cuando entran en una relación, ¿qué reconoce el hombre en la mujer? Se reconoce a sí mismo, a la otra parte de él que le completa. Y la mujer reconoce en el hombre lo que la hace completa. Por lo tanto, la mujer se reconoce en el hombre sólo cuando lo percibe como hombre y lo reconoce tal como es. Al revés, el hombre se percibe a sí mismo en la mujer cuando la reconoce tal como es. Entonces, ambos se vuelven uno, en un nivel superior, y se vuelven felices.

Esta es mi palabra final. Ahora, llenos de felicidad, podemos regresar a casa y disfrutar más y más de ella. A todos, lo mejor.

 

Felicidad de vida

El asombro

Cuando nos adentramos en el campo de la felicidad, nos sorprende el asombro. Cuando tocamos sus pasmosas dimensiones, a veces nos asustamos. Más que todo porque somos impotentes ante el asombro. Entonces, buscamos comprender y controlar lo que nos deja pasmados.

Esto sucede en muchos ámbitos. Por ejemplo en medicina, en psicología y, sobre todo, en tecnología. Eso tiene sentido, mientras nos quedamos en el asombro.

Pero si intentamos hacernos con lo que es tan asombroso, aunque sea por una forma de comprensión determinada, nos empobrecemos. Pues, lo muy asombroso se retira y al final nos falla.

Al asombrarnos, mantenemos una cierta distancia, sin acercarnos demasiado. Esto desencadena el proceso inverso. Lo asombroso viene hacia nosotros, se desvela y se mantiene cerca, justamente porque nos quedamos en el asombro.

Así es cuando contemplamos la plenitud de lo asombroso en nuestro cotidiano, empezando con lo que, en nuestro cuerpo y en nuestra alma, es admirable. Si nos dejamos llevar por el motivo del asombro, es como si nos dejáramos llevar por la corriente aguas arriba, hasta la fuente. Ahí, no podemos proseguir. ¿De dónde surge el arroyo, desde que profundidades? Eso permanece oculto.

El asombro comienza dentro de nosotros, en lo que se desarrolla en nosotros, continuamente. Si conseguimos permanecer con el asombro, nos sentimos guiados, muy dulcemente y amados hasta nuestras últimas profundidades.

 

De actualidad

Movimientosde conocimiento del espíritu

Lo pasado

En nuestros movimientos de conocimiento, obedecemos a muchas imágenes o ideas por las cuales nos orientamos, imágenes con respecto a una enfermedad, con respecto a nuestra vida o a la duración de nuestra vida. Tenemos también imágenes o ideas precisas con respecto a una organización o una empresa.

Así, se revelan imágenes del pasado y de cómo el pasado se manifiesta en el presente. Solemos seguir estas imágenes.

Aquí se muestra un movimiento de fondo que con frecuencia seguimos en nuestro trabajo, y es que a un problema corresponde una causa particular, un trasfondo. Además, a menudo es así.

Pero ¿cuál es el resultado de eso? Esas imágenes nos predeterminan. Por cierto, cuando interpretamos algo diciendo:”Eso tiene que ver con…”, nos encontramos encasillados por algo pasado. Permitimos que lo que ha pasado y que afecta el presente, nos determine incluso el futuro.

El futuro del espíritu

Cuando nos dejamos guiar por un movimiento del espíritu, por un movimiento creador del espíritu, no hay nada del pasado. El movimiento del espíritu está siempre orientado hacia el futuro. Por ser creador, es siempre nuevo.

En este curso, hemos vivido en muchos niveles lo que significa ser cogido por este movimiento hacia algo nuevo. A menudo, fue hermoso observar cómo algo que parecía complicado, con muchos muertos por ejemplo y que daba a ver que actuaba aun en el presente y el futuro, fue de repente llevado en un movimiento hacia el futuro, un futuro diferente.

Para ese movimiento y para el conocimiento que depende de ello, hay algo muy fundamental que se revela como revolucionario en este tipo de procedimiento. Lo explico aquí.

Sabemos que podemos reconocer lo que hay. Por ejemplo la causa de un problema. Estos movimientos, basados en el conocimiento, están girados hacia atrás, hacia algo que ya está. Por lo tanto, carecen de fuerza y lo podéis sentir en vosotros de inmediato. Lo que ya pasó no puede ser creativo, por el simple hecho de ser pasado.

Existe también el movimiento opuesto, un movimiento de conocimiento del espíritu. Al sintonizar con él, estamos llevados en ese movimiento de conocimiento.

¿En qué consiste ese movimiento? Pues, es el conocimiento de lo que está por venir, de lo que es nuevo. Nos sintonizamos con un movimiento del espíritu que es creativo pero del cual no podemos imaginar la dirección que toma. Este movimiento de conocimiento no prevé con anticipación. No tiene un objetivo que podamos alcanzar por iniciativa propia.

¿Cómo sintonizar con ese movimiento? ¿Cómo nos mueve él? Nos mueve hasta el siguiente paso, únicamente hasta el siguiente paso. Creativo significa en ese contexto: no lo sé aun pero sin embargo, de repente, tengo el conocimiento para el siguiente paso, sólo para el siguiente paso.

Andar con el espíritu significa, pues, una entrega total a un movimiento, sin saber hacia dónde. Estamos guiados de un instante hacia el próximo. Esta entrega es veneración, la entrega total es un potente movimiento de creación, en el que se derrumban nuestros límites y en el que nos esfumamos. En ese movimiento todo está bien, todo lleva más lejos. Nos encontramos abarcados por un movimiento del amor.

El amor del espíritu

Existe un amor estrecho. Se limita a poco. Ese es el amor dentro de nuestra familia, por lo general. Con eso, en casi todas las familias hay un excluido. Y por esa exclusión, surge un desarreglo en ella. El orden se restablece cuando el excluido es reintegrado en la familia.

Existe un orden de base, un orden fundamental del amor, que garantiza a todo el que pertenece a ella el mismo derecho a seguir en la pertenencia, sin excepción. Cuando se incumple este orden, surge en la familia un movimiento del amor que busca restaurar la integridad.

Ese movimiento recorre el nivel de la consciencia, pero una consciencia colectiva. Esta consciencia está dedicada a todos en la familia. Las tragedias se producen cuando alguien atenta contra ella, por ejemplo al excluir a alguien, alimentando aun su buena consciencia, por alguna lealtad.

Dejemos un rato este nivel del amor.

Es que nosotros también estamos excluidos de alguna manera. A veces buscamos directamente el vínculo con la familia o el grupo de los que estamos excluidos.

Pero podemos integrarnos en otro movimiento, que nos permite encontrar la conexión con nuestra familia sin por eso regresar a ella. Nos abandonamos a un movimiento del espíritu, un movimiento espiritual del que percibimos que está dedicado a todo y a todos de manera igual, tal como son, aún si nosotros ya no pertenecemos o si no podemos pertenecer. En ese otro nivel, estamos separados pero sin tristeza, porque gracias a él quedamos dedicados a todos, aunque sin ninguna exigencia. Al final, eso es el movimiento hacia un amor extenso y abarcador, más allá de la diferencia entre ganancia y pérdida, entre bien y mal, entre moral o inmoral, porque en aquel ámbito esas diferencias se vuelven irrelevantes.

Ahora, depende de nosotros que alcancemos en ese movimiento una ligereza que puede dejar atrás lo difícil, porque al fin y al cabo todo pasa después de un tiempo, todo se queda atrás mientras nosotros, gracias a ese movimiento, alcanzamos un nivel de consciencia, de amor y de profundidad que nos hace vivir un estado de libertad y de plenitud.

A la vez, es un camino místico. Místico aquí significa que todo está vinculado, tal como es. Nosotros también estamos vinculados con todo porque nos dirigimos a todos los lados con igual amor y respeto.

Eso se llama andar con el espíritu. Eso es también lo que experimentamos y entrenamos de muchas maneras, en sintonía con ese espíritu del que recibimos una fuerza especial para ayudarnos y ayudar a otros, más allá de los problemas y sus soluciones. En este nivel, los problemas y las soluciones no existen sino únicamente un movimiento de fuerza que está al servicio.

En el servicio, nos hallamos más allá de las diferencias. Incluso la culpa que, de un modo u otro hemos cargado, o que pensamos haber cargado, se queda atrás sin más sentido.

Este movimiento sigue su trayectoria, por sí solo. No necesitamos esfuerzos o práctica o más aprendizaje para seguirlo. De dedicación en dedicación, andamos con ligereza y todo florece alrededor nuestro.

 

Ayudar

Recogimiento ferviente

Hoy es domingo. Sintonizamos con un movimiento que, originalmente, relacionamos con el domingo.

El domingo, soltamos el trabajo y vamos a otro ámbito, con un recogimiento ferviente.

Lo que hacemos aquí nos obliga, en muchos aspectos, a la devoción y nos asombramos de las profundidades a las que el destino, la culpa, el amor, la vida y la gran felicidad nos llevan.

Sería distinto si opináramos que ejercemos algún control sobre las cosas, por ejemplo a la hora de ayudar a alguien que nos pide asistencia. ¿Se encuentra esta persona recogida ante algo mucho mayor, algo que reina sobre su destino y que la lleva, más allá de ello, a otro ámbito? Si, entonces, decimos:”Sí, lo hago yo”, abandonamos también el espacio de recogimiento, donde el secreto nos obliga a quedarnos quietos. Recogimiento significa ante todo: me detengo. No me atrevo a ir más lejos. Permanezco a una distancia respetuosa.

Ese recogimiento nos centra. Nos abandonamos a otro movimiento y a otra fuerza. Extrañamente, mientras nos detenemos en nuestro movimiento, somos llevados a otro sitio. Sin que lo queramos, sin tampoco poder resistir, nos sentimos llevados a otro sitio. En ese movimiento, todo está bien y todo encuentra un arreglo.

Lo que a veces vivimos en este trabajo, nos asombra. El asombro está vinculado con el recogimiento. Nos asombramos de algo que no entendemos, miramos con devoción al misterio de la vida, lo increíble que es contemplar a un recién nacido. Sólo podemos asombrarnos de que exista semejante maravilla. Ante la muerte somos también recogidos.

Imaginaos interviniendo para detener la muerte. Lo terrible que sería para las personas afectadas, como si la muerte fuera algo espantoso. Es un secreto que nos obliga a la devoción.

Lo mismo vale para la culpa grande. Nos obliga a mantenernos ante ella, sin inmiscuirnos, porque incluso en ella algo grande y oculto está obrando.

Cerremos los ojos.

Conectamos con nuestra alma y miramos con devoto recogimiento a todo tal como es, sea lo que sea que dentro de nosotros actúa, sigue en el movimiento o desea iniciar un impulso. Nos detenemos sin movernos, y esperamos el momento en que otras fuerzas tomen el relevo.

Miramos a la vida con reverencia, también a la muerte que se acerca. Miramos recogidos a nuestra culpa, con lo que causó y miramos sobre todo a nuestro amor.

 

Sabiduría en el camino

Lo sencillo

Lo sencillo es, por una parte, lo fácil. Es fácil de entender y es fácil de poner en práctica. Es también esclarecedor, algo que sin mayor reflexión, es transparente.

Por otra parte, lo sencillo es lo que, manando de la complejidad y de la multiplicidad, se define en realidad como lo esencial. Es el resultado de mucha labor y experiencia, como por ejemplo, un lenguaje sencillo, un ejercicio y un manejo sobrios pero con efectos extensos.

Así es también la mera verdad. Es la verdad fundamental y exige lo último. La verdad, por ejemplo, de que todos los seres humanos son en su esencia iguales, sintiendo por igual, deseando por igual.

El alma es también sencilla en su plenitud. Sus movimientos son sencillos, en la convivencia por ejemplo. Quien está en sintonía con ella, alcanza con un sencillo movimiento, una sencilla palabra, un sencillo paso las otras almas, vibrando con ellas al unísono.

Por lo tanto, las soluciones del alma son sencillas. El alma une lo que está separado. La sabiduría incluso, a diferencia de la ciencia, es sencilla.

En realidad, lo sencillo se revela como lo más humano y lo más grande. Y también, la alegría sencilla es la más bonita.

 

Vida y muerte

Imágenesde vida

Todo lo que vive, lo hace siguiendo una imagen que le es entregada. Esta imagen se encuentra marcada en sus cromosomas, igual que un plan de construcción, que tiene que ir siguiendo en su desarrollo.

Ese plan le fija la expansión que le corresponde, así como sus posibilidades y sus límites. Esta imagen precisa es la ley que una vida debe acatar, sin poder desviarse de ella. De lo contrario, está condenada a desplomarse y morir.

La memoria

Sin embargo, toda vida se desarrolla más allá, en el caso por ejemplo de tener que adaptarse a un nuevo entorno y nuevas condiciones. Donde quiera que la vida se materialice en un individuo, en la forma predeterminada para él, ése individuo aprende con el éxito y el fracaso, disponiendo de una memoria por la que las personas y todas las que les son parecidas memorizan el éxito, para poder luego transmitirlo a los descendientes. A través de esa memoria, lo recién aprendido se vuelve parte del plan de construcción así como se transforma también en una ley que esta vida debe seguir.

El espíritu

¿Quién o qué aprende aquí? Tiene que ser algo del espíritu, algo vivo del espíritu, porque la vida sólo puede ser percibida y concebida como algo del espíritu. Percibimos que en toda vida una fuerza actúa, que pondera y juzga cómo y cuándo algo ayuda a la vida de un ser vivo y si acaso sirve esa vida o la daña.

Esa fuerza espiritual es un poder creador detrás de la existencia de cada vida. Predetermina con qué otros seres vivos debe vivir, seres de los que dependerá. Predetermina también el tiempo que puede vivir y cómo transmite la vida a sus descendientes y se perpetúa en ellos.

Esa fuerza espiritual no se limita al ser vivo individual con su particularidad sino que actúa de la misma manera en todos los otros seres vivos, conjuntándolos de tal modo que cada uno puede y debe existir con todos los demás.

Un ejemplo es el de las abejas que sólo pueden existir con las flores de las que se alimentan y muchas flores sólo existen gracias a las abejas, porque sólo con ellas y su participación pueden las flores perpetuarse. Por lo tanto, con la desaparición de una de las especies, perece la otra, salvo si después de la desaparición de una, la otra encuentra un sustituto y se consigue adaptar a él.

La misma fuerza del espíritu se manifiesta en distintos seres vivos, sin ser idéntica a ellos. Permanece, con respecto a esos seres, antepuesta y por encima de ellos.

El orden

¿Se encuentra esta fuerza al servicio de los seres vivos o ellos a su servicio? ¿Puede acaso uno de estos seres desestimar la fuerza o erigirse en su contra? ¿Oponerse a que todo lo que vive dependa de ella para su desarrollo y su crecimiento?

Llevo esta reflexión aún más lejos. ¿Puede esta fuerza del espíritu llegar a ser más o menos en algún ser vivo? Por ejemplo, ¿puede ser menos en una planta que en un animal, o menos en un animal considerado inferior que en un animal supuestamente superior, como el hombre? ¿Puede un ser vivo determinado, desde el estricto punto de vista de la vida, reinar sobre otros seres vivos, cuando en realidad sólo tiene capacidad de vida porque los otros viven con él, todos animados por el mismo poder del espíritu y adaptados los unos a los otros? Esta fuerza manifiesta sus efectos en toda vida, hasta en sus más mínimos detalles y en cada uno de sus movimientos, se manifiesta como creadora en cada instante. ¿Existe algo que le sea superior? Ella es lo más abarcador y lo más potente que podamos experimentar en esta vida. ¿Puede algún pensamiento que tengamos a su respecto sobrepasar esta experiencia? ¿O tal vez son esos pensamientos, al contrario, una deriva lejos de ella, una arrogancia que se resiste a la vida en nosotros, que la reduce en vez de permitirnos responderle y aceptarla, aceptarla en todo?

Espíritu y vida

Sólo hace falta preguntarse: ¿qué nobles pensamientos, qué elevados objetivos e ideales, que a veces acariciamos, están en sintonía con esta fuerza del espíritu, tal y como se manifiesta en todas las vidas? ¿Acaso lo están al precio de nuestra vida, al precio de la vida de muchos otros?

¿Y qué tal sería si, en lugar de aferrarnos a estos pensamientos o intentar convencer a otros de ellos, nos volviéramos a los movimientos de ese espíritu creador dentro de nosotros, a los movimientos de vida en nosotros, en su diversidad y fuerza de creación? ¿Qué tal sería si viviéramos de esta forma espiritual, sólo de esta forma? ¿Acaso podemos acceder por otros caminos a comprensiones profundas que no sean el de la sintonía con estos movimientos vitales en nuestro propio cuerpo? ¿Acaso podemos encontrar el amor inmenso y abarcador así como una felicidad plena por otras vías que ésa?

Secretos

¿Por qué motivo enfermamos, la mayoría de las veces, al punto de poner en peligro nuestra vida? Pues, por nuestro espíritu, cuando éste prueba sobreponerse y escapar a su condición física. Algunas personas lo intentan con el pretexto de seguir un conocimiento secreto, oculto para otros. Acaso si los demás no lo saben, ¿les queda varado el acceso a la vida, varado el acceso al amor, varado el acceso a las comprensiones decisivas?

¿Dónde permanece lo humano, en ese caso? ¿Dónde permanece lo verdaderamente espiritual? ¿Algunos, acaso, se lo han apropiado como si quedara escondido para los otros, como si se hubiera manifestado a algunos en exclusividad, como si les hubiera dado un poder sobre otras vidas, para aventajar a algunos, desfavorecer a otros, como si hubiera privado a otros de ese poder? ¿Están estas personas en sintonía con la vida y a su servicio?

Arriba y abajo

Éstas son también imágenes por las cuales se rige la vida de muchos. Por una parte, estas personas se permiten, con esas imágenes, desconsiderar la vida de otros y juzgarla inferior. Simultáneamente, rebajan esta fuerza espiritual de vida, y rebajan conscientemente la fuerza que les mantiene en la existencia. Por otra parte, se despiden con estas imágenes de la vida dentro de ellos y de la vida compartida con otros y, al fin y al cabo, se despiden de ese espíritu que actúa detrás de todo.

Todo el conocimiento supuestamente superior se revela ser, para aquellos que lo buscan y lo establecen a modo de meta para otros, como un desprecio a la vida, incluso como un desprecio a las relaciones humanas. ¿Acaso es acompasado a la escala de la vida? ¿O es, con respecto a la vida, menos conocedor?

Es totalmente distinto de un conocimiento muy superior que sirve la vida. Ése se queda con la vida así como se deja ver, unido a ella, en la honra. Se queda con los pies en la tierra que sustenta toda vida.

Los muertos

¿Cómo es con los muertos? Verlos como muertos es también una imagen de vida. ¿Acaso el espíritu que vive en toda vida los ha abandonado? ¿Está extinguido o sigue actuando en ellos, pero a otro nivel?

Con la imagen de que estamos vivos y los muertos han dejado la vida atrás, nos elevamos por encima de ellos. Desatendemos el hecho de que los muertos siguen actuando dentro de nosotros y en todo lo que vive. Desatendemos el hecho de que el espíritu que nos hace vivir lleva la vida de los muertos más lejos y, a través de ellos, sirve nuestra vida, así como nos mantiene vivos gracias a ellos.

Iguales

Otra imagen nociva para nuestra vida es que algunos merecen más que otros seguir vivos y que otros se han jugado su existencia. ¿Quién tiene permiso para decidir esto? ¿Puede que sea alguien en sintonía con los movimientos de ese espíritu? Aquel que juzga de esta manera, juzga el espíritu de vida en él mismo y en los demás. Se eleva por encima de la fuerza creadora en él mismo y en otros. Se juega tal vez la propia vida, provocando contra sí mismo lo que hace a los demás. ¿Puede una imagen de éstas estar en sintonía con la fuerza de vida en cada uno?

¿Cómo, pues entrar junto a esas imágenes en sintonía con nuestra vida, en sintonía con todo lo que vive, en sintonía con el espíritu creador que se manifiesta en toda vida, más allá de nuestras imágenes?

Dejamos estas imágenes, todas ellas. Reconocemos en cada instante cuan impotentes son nuestros pensamientos, que nos han colocado por encima de ese espíritu. Sin imágenes, nos quedamos abajo. Con gratitud, nos quedamos abajo, viviendo nuestra vida tal y como ese espíritu la vive dentro de nosotros y vivimos junto a la vida de otros así como el espíritu en ellos la vive con nosotros. ¿Acaso existe algo más espiritual?

 

Vida y muerte

Recuerdos

Cogemos en la mano y guardamos los recuerdos para, con su ayuda, mantenernos en vida. Entre ellos, destacan los que evocan el salvamento de algún peligro. Con esos recuerdos, conmemoramos a aquellos que, en esta ocasión, murieron, como es el caso cuando celebramos el recuerdo de alguna batalla decisiva que trajo un cambio: la victoria de los que habían sido vencidos y la derrota de los vencedores. En la II Guerra Mundial, se dio esta situación en la batalla de Stalingrado y la invasión por los Aliados en Normandía.

Las ceremonias que conmemoran estas batallas nos tocan profundamente, tanto a los vencedores como a los vencidos. ¿Debió ocurrir todo eso? ¿Es posible que lo absurdo de una guerra, con la exterminación, el dolor, la destrucción del fundamento vital para millones de personas y la muerte de millones de otras personas, pudiera ser llevado a cabo de manera tan impresionante ante nuestros ojos? ¿A qué fuerzas estaban entregados, en aquel entonces, las poblaciones y los individuos, luego llevados por ellas a la consciencia y despertados hacia el final, como si fuera un inconcebible sueño?

Las grandes conmemoraciones dejan la pregunta fuera. ¿Quién se atreve a hacerla y a buscar una respuesta? Se sentirían todos demasiado impotentes ante ella, tanto los vencedores como los vencidos. Sin embargo, esta pregunta vibra bajo la superficie. Convierte estas celebraciones de manera tan patente en una fiesta de muertos ante un Dios ausente. ¿Qué autoridad religiosa, sea un obispo o hasta un papa, podría participar en ellas sin encontrarse desplazado? ¿En qué sitio podría estar? Sólo en el sitio de lo que lloran, semejante a ellos en todo.

Estas solemnidades celebran más que a nadie a los muertos. ¿En manos de quiénes se encontraban? ¿Tenían acaso alguna elección? ¿Acaso han realmente sacrificado con valentía sus vidas o, impotentes, - para decir las cosas con crudeza y no obstante apuntar a lo cierto- han servido de carne para una maquinaria arrasadora, es decir para los cañones?

Hoy en día le dicen a esto “daños colaterales”. No hay nada más cínico. Tampoco puede ser de otra forma porque ¿quién podría aguantarlo, mirando a los ojos a cada uno de los muertos, a sus madres y a sus padres, a sus seres queridos y a sus hijos? ¿Dónde quedó Dios? ¿Está él también mudo?

Los vencedores son únicamente los que sobrevivieron. Todos los muertos, de ambos lados, fueron vencidos. ¿Vencidos por quién? ¿Vencidos por seres humanos? ¿O por seres que, ellos mismos inhumanos, eran parte de una maquinaria sobrehumana, entregados a la vida y a la muerte?

¿Se alegran los vencedores por su victoria, sea sólo provisional o tal vez definitiva? ¿Son capaces de alegrarse? ¿Por dónde andan los veteranos que han sobrevivido las matanzas? Están con los muertos. ¿Acaso les afecta el homenaje, como si hubieran sido mejores o más valientes? ¿O tal vez están en el pensamiento con sus muertos, más con ellos que con los vivos? ¿Se detienen quizá también, sin clamarlo, con Dios, impotentes cerca de Dios?

¿Por dónde andan los muertos, en esas conmemoraciones? ¿Cerca de los vivos? Tal vez están para siempre con Dios, más allá de la victoria o de la derrota, todos los muertos de ambos bandos ante él iguales.

¿Por dónde andan los vivos, por los que esos recuerdos de batallas persisten en la memoria a través de los muertos? Aparentemente, están con los muertos, sobre todo con sus propios muertos, pero en el silencio íntimo, con miedo y temblor a la vez, están con esa fuerza poderosa, eterna y oculta, inaccesible a nuestras preguntas y a nuestra respuesta, ante ella todos impotentes y pequeños.

No obstante, esas celebraciones reúnen a los vivos en el duelo por los muertos y en el anhelo de que tales guerras permanezcan un recuerdo y de que puedan tomar y conservar la paz que siguió la guerra, la paz para todos.

¿De qué esperan aun la paz? De su colaboración en memoria de esos muertos. En esta medida, los muertos comparten la paz. A ellos, los vencidos, se debe el agradecimiento, más que a los victoriosos que sobrevivieron.

¿Esperan también esa paz de Dios? ¿Acaso han aprendido cuan limitadas eran sus capacidades y su buena voluntad? En los muertos, la fuerza creadora se encuentra con los vivos de la manera más impresionante y profunda. ¿Cómo? Con amor para todos, muertos y vivos, vencedores y vencidos. En éstos últimos sobre todo, esta fuerza se hace recordar y nos relega a nuestros sitios. ¿Cómo? Potentemente, con aquel amor que indica a nuestra soberbia el armario, sin ganador y sin perdedor, ante él todos abajo e iguales.

 

Vida y muerte

Yo espero

Mujer:¿Qué se hace cuando un miembro de la familia está grave y en coma, y cuando el médico pregunta si hay que terminar con su vida?

Hellinger:¿De quién se trata?

Mujer:¿En mi familia? Era una pareja mía.

Hellinger:¿Aun vive?

Mujer:No. Estaba en coma. Un día los médicos se acercaron a su madre y a mí, y nos rogaron poder acabar con su vida. Quiero saber si esto se considera un asesinato.

Hellinger:¿Qué hiciste entonces?

Mujer:Dije que sí.

Hellinger la coloca y escoge a un representante para su marido, frente a ella. Después de un rato, le pregunta al hombre cómo se siente. La respuesta es: el corazón me late muy fuerte.

La mujer mira con insistencia al suelo.

Hellinger, al cabo de un rato, a la mujer:Mírale a los ojos, simplemente. Después de otro rato:Dile “yo vengo también”.

Mujer:Yo vengo también.

Hellinger:Mírale a los ojos, quédate en contacto visual.

La mujer avanza lentamente hacia su marido y se detiene a unos pasos de él. Estira una mano hacia él pero él no la toma.

Hellinger:Quédate en contacto visual, sin imágenes.

Ella retrocede unos pasos.

Hellinger, al hombre: ¿Qué tal estás?

Hombre:No lo sé.

Hellinger:Dile “Yo espero”.

Hombre: Yo espero.

Hellinger, a la mujer:Sigue en el contacto. Dile: “Yo espero también”.

Mujer:Yo espero también.

Retrocede otros pasos más y luego a un costado.

Hellinger, al hombre:¿Qué tal estás ahora?

Hombre:Me siento mejor.

Hellinger:Bien, gracias.

A la mujer, cuando se vuelve a sentar a su lado:¿Está bien para ti?

Mujer:Sí.

 

La propia muerte

Me gustaría añadir aún algo con respecto a la pregunta de ayer, o sea si la eutanasia debería estar autorizada. He contestado: algunas veces sí, pero depende de las circunstancias.

Anoche, lo he hablado largo y tendido con Sophie. Hemos tenido comprensiones profundas al respecto. En lo que a mí concierne, no se puede ni permitir ni juzgar la eutanasia, porque es demasiado grande. Pero creo que un aspecto está cargado de sentido y es que cada cual tiene su propia muerte, que es la culminación de su vida. En ese sentido, nadie tiene derecho a intervenir en ella. Dejamos a cada cual su propia muerte.

Si alguien se suicida o pone en juego su vida de una manera frívola, llevándola a la muerte, es su propia muerte. No nos corresponde juzgarlo. Los movimientos de vida y de muerte están en otras manos. Por eso, es hablar ligeramente que decir: esta muerte es conforme y esta otra no.

Cuando estamos confrontados con la cuestión de la eutanasia, nos fijamos siempre en dónde está el coraje, la valentía. También puedo negarme a la eutanasia por miedo. A veces nos tenemos que exponer a una situación semejante con valentía, incluyendo la valentía para asumir las consecuencias. Quería aún precisar esto.

Os cuento también una historia para darle más claridad. Me la contó Sophie anoche.

Ella tenía un perro, que se estaba muriendo. El perro estaba muy enfermo y sufría horriblemente. Ella lo cuidaba y a veces le inyectaba morfina para calmar los dolores. Un día, lo testó kinesiológicamente, preguntando: ¿cuál es la necesidad del perro? ¿ Desea morir o desea vivir más? La respuesta siempre estaba a favor de la vida.

Más tarde, el estado del perro empeoró y Sophie pidió a un veterinario una inyección para acabar con él. Durante todo el proceso, el perro la miró como nunca lo había hecho. Él recibió la inyección y ella lo vivió como un crimen. La vida del perro aún no se había completado.

Esta historia me conmovió mucho. Os quería decir esto para que, al acercarnos a ese tema, guardemos una actitud mesurada, en profundo acuerdo con nuestra propia muerte y la hora de su llegada, cuando decida llegar.