Bert Hellinger

¿Hacia dónde me tengo que dirigir? Hacia la próxima acción conveniente, instante tras instante. Entonces, lo que me guía es mi actuar, porque sólo la acción conveniente es el cumplimiento de mi vida, exigida por ella y fijada por ella, de tal manera que todo continua, y precisamente ahora.

Revista independiente Hellinger

Septiembre 2008

 

Actualidad

Reconciliación en Rusia

Hombre y mujer

            La relación de pareja      

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La felicidad

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El futuro

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             Culpa e inocencia en las relaciones humanas

 

       

Actualidad

Reconciliación en Rusia

Seminario en Vladivostok – Mayo 2008

Durante este seminario, una mujer hizo el relato de una constelación en que tuvo que representar a su propia madre mientras una compañera la representaba a ella misma de niña. Su sentimiento era que su madre estaba como aspirada en un embudo, lo cual la dejaba sin poder alcanzar a su hija. A continuación, demostré al grupo los procedimientos multidimensionales en el marco de la nueva constelación familiar: el andar con el espíritu.

Configuré a esta mujer en el centro, como representante de su madre y, sin decir quien era quien, coloqué a su alrededor a veinte hombres y mujeres, todos miembros de su sistema familiar. Luego se encadenó todo como por sí sólo, sin intervención de fuera y sin que nadie hablara. Después de un rato se vio que todos los que, desde el pasado aún tenían una influencia sobre la madre, se retiraban, quedándose de pie al lado de ella únicamente los que para el presente eran significativos. Y de repente, para todos fue claro de qué se trataba realmente.

El campo del espíritu del sistema familiar

Hace mucho que sabemos, por verlo en constelaciones, que actúa en un sistema familiar un campo común del espíritu, alcanzando muchas generaciones atrás y colocando a todos los miembros en resonancia. En este campo, se encuentran registrados todos los eventos importantes del pasado. Siguen actuando en el presente sin que sus miembros actuales estén conscientes de ello o puedan resistirse. Por eso es que, a lo largo de muchas generaciones, se repiten los mismos destinos y comportamientos así como las mismas imágenes y sentimientos.

En los procedimientos multidimensionales, los representantes están guiados, al igual que en las constelaciones, por fuerzas distintas de las propias en la medida en que se entregan a los movimientos del espíritu. Estos movimientos los toman a todos desde fuera y llevan a juntarse a los que se encontraban separados. Por otra parte, caducan las ideas hechas acerca de lo justo y de lo errado, la diferenciación entre bien y mal y entre perpetrador y víctima dentro del campo del espíritu de la familia, liberando a sus miembros de las intrincaciones en estas imágenes así como de sus consecuencias.

Conducen a la reconciliación en sintonía con el amor del espíritu, con el mismo amor por todos.

La constelación: Stalin y Rusia

De acuerdo con estas experiencias y comprensiones, me he arriesgado, con este grupo, a utilizar los procedimientos multidimensionales en el campo del espíritu de Rusia.

Escogí a doce hombres y doce mujeres de representantes y les pedí mezclarse en una rueda grande dentro de la que estaba un hombre de pie. Al hombre le dije: tú representas a Stalin. A continuación, la constelación se desarrolló sin intervención exterior ni palabras.

El representante de Stalin se mantenía erguido, mirando a lo lejos. Otros dos cayeron al suelo, llorando y gritando. Una mujer se dio la vuelta y empezó a sollozar. Otros se encogieron o se apartaron con dificultad, más lejos. Después de un rato Stalin empezó a empujar a algunos representantes hacia el centro del círculo. Unos se tumbaron, otros se quedaron de pie. No era suficiente para Stalin. Cogió a más personas del círculo par empujarlas al centro. En un momento dado, como quería repetir esto con un hombre, éste se apartó y salió del círculo, pasando por detrás de los que aún estaban en él. Al querer pasar delante mió, lo paré con el brazo. Entonces se fue con los otros en el medio.

Luego, Stalin se retiró ligeramente. Una mujer estiró la mano hacia él pero él la evitó. Algunas mujeres lo cogieron y lo mantuvieron en el centro. Ahí, se debilitó y lentamente se dejó caer al suelo. Una mujer lo tenía cogido de la mano. Él apoyó la cabeza en su regazo y cerró los ojos, como si estuviera muerto.

Muchos de los representantes que él había empujado hacia el centro se incorporaron y miraron hacia él. Dos hombres se inclinaron profundamente ante él. Otros, sobre todo los que aún estaban sentados por el suelo, se rieron y luego se callaron.

Aquí interrumpí la constelación. Había durado más de una hora. Sonó todavía una música, dos rezos de San Juan Crisóstomo cantados por un coro en lengua rusa.

Comentarios de representantes

Hellinger, al grupo: Se me ocurre una frase de Rilke, con respecto a lo que pasó aquí.

"Que diminuto es, aquello con que luchamos.

Aquello que lucha con nosotros, que colosal es."

Ahora, escucharé vuestros comentarios.

Hombre: Quiero decir que durante esta constelación se me había ido la voz. Esta constelación me costó mucho. No sé porque pero no me podía concentrar. Me costó también a nivel físico. No podía respirar con normalidad y no conseguía encontrar mi lugar.

No podía ver ninguna imagen, sólo había algunas manchas. No me podía imaginar nada preciso. Me percaté en un momento dado, que me encontraba con el rostro en el suelo. Me daba el sentimiento de estar dentro de un cerco. A través del cerco, relativamente fino, podía distinguir tres manchas. Me vino el pensamiento que en realidad estaba muerto. Esto tuvo un impacto tan fuerte en mí que perdí otra vez la concentración. Me llevó otro rato para estar centrado y entonces me encontré sentado en mi asiento. Estaba completamente distraído y no sabía lo que había pasado conmigo.

Hellinger: Gracias por tu comentario. Pienso que es importante que oigamos más de lo que tenéis para decir.

Mujer: No he sido escogida para la constelación pero tuve el deseo de participar. Junto con el deseo pude sentir muy precisamente adonde me llevarían. Me habitaban muchos sentimientos mezclados. Mucho dolor. Al final pude sentir una fuerte sensación de paz.

Hellinger, al grupo: Acontece con frecuencia que, en constelaciones de este tipo, personas del círculo exterior se encuentran atraídas y abarcadas por el movimiento. Entonces es correcto dejarse llevar.

 

Mujer: Me pareció que yo era el destino de Stalin. Mientras él estaba ocupado con las otras personas, me fijé que él no me veía. Al final de la constelación noté, en cuanto le alcancé la mano, que estaba por segunda vez próximo a la muerte. La primera vez lo sostuvieron los niños. Cuando se giró hacia mí, sentí que él ya no podía detener su destino mucho más tiempo. Se alejó pero yo pensaba: no me escapas, tarde o temprano estarás conmigo. Sentí una tensión en mi mano y también sentí que eran sus últimos movimientos. Aquí vienes, pensé. Ya se había sentado en el suelo.

Otro sentimiento más. Después de su muerte, mis manos se levantaron por sí solas, cómo si quisieran decir a las demás personas, asesinadas por él: Incorporaos. Luego todos se levantaron y me habría gustado verlos tomarse de la mano.

Hellinger, al grupo: Veo cuan importante es que los participantes a esta constelación tengan la posibilidad de compartir lo que han vivido.

Mujer: He descubierto algo, es que en un sistema como este no puede surgir nada nuevo desde uno mismo. No depende de la voluntad propia. Uno puede tener las mejores intenciones pero el sistema te manda hacer lo que necesita. El movimiento en esta dirección era muy fuerte y era un movimiento constructivo. Los movimientos en la constelación actuaban en función de las leyes de aquel poder. Al final, me habría gustado dar la mano a todos aquellos que participaron. Pero no fue posible. Hubiéramos necesitado más tiempo.

Mujer: Sólo quiero decir dos cosas que me eran importantes. Tuve mucho miedo y mucho dolor. Especialmente fuerte fueron el dolor y el miedo por los miembros de mi familia que quedaban en vida cuando yo me moría. Disminuyeron en cuanto Stalin estuvo muerto. Entonces pude verlo desde un costado. En ese momento, el rostro de Stalin se confundió con el de Hitler.

Hombre: En esta constelación, sentí un vínculo muy fuerte con la figura de Stalin. Lo deseaba asistir de una o de otra manera. Lo quería secundar como a una persona que ejecuta algo muy grande. Me dejó turbado el modo en que rechazaba el apoyo de todos los que querían ayudarle. No confiaba en nadie. Pero la persona que yo representaba le guardaba su confianza a pesar de ser también empujado hacia el centro. Estaba enfadado pero sin fuerza para cambiar algo. Cuando Stalin se tumbó y quedó claro que estaba muerto, me vino la sensación de que había padecido una gran pérdida, no sólo yo sino todos los que nos encontrábamos en esta constelación. A pesar de todo lo que pasó aquí y a pesar de todo el daño y la injusticia que ocurrió en aquella época, sentía mucha lástima que nos dejara. Estaba enojado con las personas que, en su tiempo, cuando él se encontraba en el poder, no habían hecho nada. Sólo lloraban y a la hora de su muerte empezaron a reír. Les quería decir: ¿Por qué reír ahora, por qué actuar así, por qué no haberos opuesto a él antes, por qué tanta paciencia? ¿Por qué comportarse ahora tan diferentemente? Eso es todo.

Hellinger: Haremos una pausa ahora. Es tanto, lo que se ha dicho aquí. Cerremos los ojos y dejemos que tome efecto en nosotros.

Está bien. Seguimos.

Hombre: Fue raro para mí. Me sentía como apartado, instalado en una actitud filosófica. Mi familia contaba mucho más para mí. Mientras observaba todo desde la distancia, me sentía muy fuerte y empecé a pensar cómo lo haría para estrangular al representante de Stalin. Cuando él estuvo al lado mío, mi cuerpo estaba muy pesado y no me conseguía mover. Sentí las cosas igual que las siento en mi vida de ahora. Tengo una actitud de filósofo, observándolo todo sin acercarme. Pero cuando me encuentro en la corriente de las cosas, se ve todo muy distinto.

Mujer: En este momento, me encuentro muy agitada. Al mirar la constelación desde fuera, me dí cuenta que esto no es mi historia. Al escuchar a los representantes que hicieron comentarios, realicé de repente que en mi vida, toqué dos veces este tema. La primera vez, a los 17 años, aprobé los exámenes de ingreso a una muy famosa universidad rusa. Sin embargo, no fui matriculada en ella porque era una de las facultades vinculadas con la energía atómica. Se me propuso cambiar de facultad e ingresar sin exámenes a otra facultad de mi selección, en la misma universidad. Me negué a eso y me matriculé en otra universidad, en filología. La universidad en la que no pude estudiar era la Universidad físico-tecnológica de Moscú. Nadie que hubiera tenido familiares en los campos o que hubiera sido perseguido en los tiempos de Stalin podía matricularse en ella.

La segunda vez, quise visitar Bulgaria con una compañera de estudios. No me fue dado el permiso de viajar fuera del país, por la misma razón, porque familiares míos estuvieron en los campos. En mi familia y mi linaje hubo muchas personas mantenidas presas en los campos de trabajo.

Mirando atentamente esta constelación, no podía considerarla como la historia de mi país. Parecía algo artificial. Al principio, pude observar que las personas sentían y percibían profundamente algo. Paso a paso, dejó de verse como una tragedia. Parecía una farsa, hasta el momento en que los demás participantes empezaron a hablar aquí. Les agradezco de todo corazón, me ha permitido escuchar y vencer mi entumecimiento. Talvez mi miedo no había desaparecido, talvez este miedo me mantenía alejada de lo que pasaba aquí.

Hombre: Estaba en un principio sentado en el círculo, hasta que Stalin me desplazara al centro. En este momento, me latía fuerte el corazón. El hecho de conocer bien la historia de mi familia me permitió entender de lo que iba. Mis dos abuelos fueron encarcelados en campos, en la época de Stalin. Ignoro lo que pasó con ellos luego. Al principio, me agarré de mi silla. Al entrar en la constelación, no me pude controlar más. Rezaba que esto se terminara pronto. El impacto del pasado en el interior de uno fue exteriorizado en el presente. Agradezco profundamente el rezo al que pudimos participar después. Aún ahora resuena en mí y me ayuda.

Hombre: Era como sí me encontrara del lado del malo. Pero en realidad representaba a un grupo de personas que, desde el comienzo, se mantenía apartado cuando Stalin llegó al poder. Estaban curiosas pero no se inmiscuyeron en el proceso ni en los eventos. Ulteriormente, se adaptaron tan bien a la situación que acabaron participando en el proceso global histórico. Esto era la tarea que se les había dado. En este nivel, no existe nada que se pueda calificar de bueno o de malo. Aquí no hay culpable o inocente. Era necesario llevar a cabo este trabajo a nivel de la nación. Alguien nos atribuyó este trabajo, desde arriba y nosotros cumplimos con ello.

Hellinger: Vemos la riqueza de la experiencia en esta constelación, por todos estos comentarios, sin informaciones previas pero desde un movimiento del espíritu.

Mujer: Cuando se nos dijo que el hombre en el medio era Stalin, me sentí muy mal porque en mi familia también hubo presos en campos. Mi propia constelación anterior desarrolló efectos en ésta. Pensé que quizás no aguantaría vivirla. Quería marcharme, quería arrastrarme lejos de aquí, para evitar ver cualquier cosa. Cuando escuché el grito del primer hombre, pensé: me muero con él ya. Ahí comprendí que mi madre miraba y seguía, durante mi constelación, a uno de los hombres que era su tío, hecho preso y encerrado en un campo. Su padre ( hermano del tío) lo había renegado.

En nuestra familia, estaba prohibido llorar. Debíamos resistir hasta el final. Fue importante para mí aquí llorar a las víctimas. Cuando no tenemos lágrimas, nuestro corazón se queda de piedra. Lo he sentido cuando UD. me dejó ir en aquella dirección, durante mi constelación. Al llorar, me sentí más ligera por dentro. Tenía la sensación de que las flores se abrían. Empecé a sentirme distinta. Muchas gracias por permitirme llorar a las víctimas.

Hellinger: Haremos otra pausa para asimilar todo esto.

Bueno, sigamos.

Hombre, probablemente el representante de Trotsky: No podía imaginarme percibir, como representante, tales sentimientos frente a este personaje. Siempre pensé que me sentía muy sosegado con una figura que ya es historia. Esta figura ha causado mucho sufrimiento a mucha gente. Hoy he vivenciado emociones opuestas.

Incluso, al principio, he guiado a Stalin. Yo era algo poderoso. Cuando estábamos sentados en el círculo exterior, con los ojos cerrados, me vino la imagen de estar llevando a ese monstruo de la cuerda, como si fuese mi monstruo. Luego se soltó de la cuerda y se transformó en animal. Este animal lo destruía todo y a todos los que se encontraban en su camino. Se volvió un asesino, sin ley y sin nada virtuoso en él. Destruía a todos: amigos, familiares, el prójimo, todos.

En cuanto se acercó a los que estaban sentados fuera de la constelación y los empujó hacia el medio, surgió en mí un sentimiento que se hizo cada vez mayor, el sentimiento de tenerle rabia. Era un sentimiento de mucha agresividad. Comprendí también que no podía nada contra este poder. Quería huir, marcharme de aquí. Si UD., Señor Hellinger, no me hubiese retenido y colocado en el medio, me habría escapado.

Cuando me encontré en el medio, pude percibir todo el tiempo que duró mi estancia en la constelación, mi malevolencia. Era malo y agresivo y lleno de odio. Tenía la sensación de tener que destruirle físicamente. Mi agresividad no disminuyó con su muerte. Le quería decir: ¿cuándo te mueres al fin, tú, perro?

Su muerte me alivió. He podido ver que yo mismo así como mis amigos, todos los que han trabajado aquí, hemos sobrevivido a todo esto, algo totalmente inhumano.

Mujer: Tuve emociones muy interesantes. Estaba sentada en el círculo exterior y no participaba de los movimientos. Desde el principio, compartía los sentimientos de los otros, sufría con los que se encontraban en el medio. Pero luego, al pasar del tiempo, empecé a sentirme mala. No conseguía entender, ni lo quería, cómo una personalidad puede influenciarnos a tal punto y despertar en nosotros una angustia de esta amplitud. En mí se despertó una fuerza impresionante, como si yo fuese un líder, que alzaba a las personas que se encontraban fuera de este círculo. Quería que se tomaran de la mano y que lucharan con lo que pasaba aquí. Vi que todas ellas eran muy fuertes. El miedo que tenían las personas en el círculo interior me irritaba, no me gustaba nada. Sé que en mi familia hubo también presos en campos. Tenía la sensación de que eran personas amantes de la libertad. Siento ahora la fuerza de mi estirpe y su vínculo con las personas que, anteriormente,  pertenecían a esa misma estirpe. Me siento muy agradecida hacia ellos.

Mujer: Tuve sentimientos complejos. He nacido en un campo de prisioneros. Mi padre ha sobrevivido a dos campos de concentración, uno en Alemania y otro en Rusia. Mi madre es nativa de Crimea, de origen alemán. Mi madre es la única sobreviviente de una familia numerosa que fue exterminada durante la invasión de su pueblo. Sólo mi madre sobrevivió. Nos dio la vida.

Mi padre era polaco. Fue encarcelado en un campo (en Rusia), sospechado de ser  un espía de los británicos o de los alemanes. Ahí se encontraron mis padres y yo soy el resultado de ese encuentro. Más tarde nacieron dos hermanos y una hermana.

Cuando se dijo, durante la constelación, que este hombre es Stalin, me cogió de sorpresa. Fue un descubrimiento, porque un movimiento me llevaba fuera de la constelación. No me daba miedo pero tenía que permanecer fuera. Más tarde, me sentí atraída hacia el círculo. Mi voz interior me decía: Debes observar eso atentamente. Entonces, se volvió sin importancia quién era aquel, si era Stalin o Hitler. Era un sistema. En ese momento, los problemas personales desaparecieron. Yo era simplemente una fuerza formidable. Era el poder que se movía en el margen de esta actuación. Era aquel poder que la gente del círculo apoyaba. Siendo una niña nacida en los campos, quería sintonizar con las víctimas, pero no me resultó y no insistí. Seguí simplemente el movimiento.

Me resultaba extraño y sorprendente percibir esta fuerza.  Esta fuerza significaba: es lo que hay, pero las personas deberían librarse del sentimiento de desesperación. En el momento en que una de las mujeres fue atraída hacia el centro, quise tener un brazo muy largo para retenerla en este movimiento. Pero en cuanto ella penetró en el círculo,  mi deseo interior se esfumó. Desde allí, nos miramos a los ojos y vi que no había miedo en los suyos. Entonces me calmé.

En los últimos minutos de la vida de Stalin, mi voz interior me dijo: bueno pues ya pasó. Ahora resucitaran.

He descubierto una cosa importante para mí y es que desde la infancia tengo un miedo pánico a la muerte y a todo lo que se relaciona con el dolor. Esto desapareció en esta constelación, cuando me hallaba en el límite entre vida y muerte. Lo he tomado dentro de mí. En aquel momento, comprendí que daba igual que me quede o que me muera. Pero me dije a mi misma: tengo tanto por hacer aún, mejor me quedo. Me quedo.

Mujer: Para ser sincera, al principio no quería comentar nada. Pero a medida que las personas contaban lo suyo, tuve la sensación que conmigo también algo estaba pasando a nivel  físico. Pensé que al no decir nada, no sabía lo que pudiera ocurrir más adelante. Lo peor para mi fue lo que me pasó durante la oración. En aquel momento estaban todos mis sentimientos mezclados. Desde un principio, cuando se dijo que aquel hombre representaba a Stalin, me vino tal angustia que perdí todos mis sentimientos. Pude al principio observarlo todo con sentimientos contradictorios. Por una parte me daba miedo, por otro era cómico. Se veía como un teatro. Luego se pusieron en marcha unos procesos físicos dentro de mí. No conseguía respirar con normalidad. Pensé que se debía a mi pulóver pero luego me empezó a doler mucho el vientre. Hasta el punto que quería dejar la constelación. A continuación, se volvió todo más claro y realista. No puedo afirmar que me sentía una persona en particular. Sólo he notado los procesos que acontecían en mí y que, en el fondo, no me afectaban.  Me atravesaban sin afectarme. Al final, quería trazar un círculo grande y mirarlo todo desde un costado. Deseaba que no se perdiera nada, que todo quedara dentro del círculo. Lo demás, esos procesos, me han parecido suaves a pesar del dolor que despertaban.

He rezado por Stalin, eso era algo fuerte.

Hellinger: Para terminar, quisiera dar la palabra al representante de Stalin.

Representante de Stalin: Lo raro del comienzo es que no veía ningún rostro ni tampoco los ojos de las personas. Los percibía a todos como sin cabeza. Esto me provocó la sensación de que yo no tenía emociones humanas. Pero a cambio, tenía la sensación clara de que una fuerza me guiaba y no obstante mi personalidad estaba desconectada de ella. Faltaba la personalidad. Lo que sí sentía en mi cuerpo era un caudal constante de energía. Pero era una energía extraña. Me puedo imaginar lo que una energía luminosa o espiritual puede significar, una abertura. Pero lo que sentía era una energía extraña que me volvía ciego. No era como una corriente sino como nudos. A pesar de todo, era una energía espiritual pero por cierto, no era luminosa. Era de otra naturaleza.

Bajo la influencia de este poder, nadie estaba como individuo separado sino que todos se veían como una masa. No había gente sino células aisladas o seres vivos que no poseían la inteligencia, seres muy primitivos. En raras ocasiones se despertaba en mi alma algo humano. Más tarde, cuando pude entrar en contacto con las personas y ver sus rostros y sus ojos, me sentí de nuevo humano, me transformé en un hombre.  Cuando lloró la niña allí, algo se despertó en mi alma. Eso era talvez el único sentimiento humano que sentí.

He percibido todo lo que sucedía desde mi espalda. He percibido detalladamente lo que pasaba detrás de mí. Había muchas dimensiones. Lo pude entender sólo después. Al principio, era muy importante que me colocara en el medio. Luego, era importante que empujara a la gente hacia el centro. Pero no era una necesidad personal. Me dí cuenta que, con frecuencia, miraba al horizonte, por encima de las cabezas de las personas, como si algo me llevaba, que provenía de ahí.

Del mismo modo que no veía sus rostros, tampoco percibía sus sentimientos. Por mi parte no sentía nada por ellos.

Entonces, pasó algo en relación con esto. Quise ver de más cerca algo en el círculo. Vi que había demasiado poca gente en él. Quise atraer a más gente desde el círculo exterior. Pero no había ningún sentimiento interno que pudiera escoger a quién debía entrar en el círculo. Me pregunté entonces qué será esto, por qué estaba haciéndolo, qué sentimiento estaba en mí.

No era miedo. Tampoco era maldad, no me sentía malo. Había otra cosa que no llego a definir. Pero me era imprescindible que hubiera alguien para cumplir con esta tarea de juntar a la gente y arrojarla al círculo. Cuando el otro tentó huir, me pareció ridículo. Porque en todo momento, estaba controlando de reojo lo que pasaba fuera del círculo. Le percibía donde estuviera. Esto no era una impresión, simplemente sabía donde se encontraba. Tuve también la sensación que era Trotsky, asesinado en México. Me vino el pensamiento: ¿Bueno, qué quieres? ¿A quién esperas jugarla? ¿Con quién quieres medir fuerzas?

De repente, en el momento en que alguien se acercó por atrás, me entró una sensación de calidez. Quise espantar a esa persona, no quería que me influenciara. Miré de nuevo por encima de las cabezas, a lo lejos y me di cuenta que las fuerzas me abandonaban. Era como dormirme, primero con los ojos abiertos, luego se cerraron los ojos y me sentí hundirme muy profundamente. La forma que estaba detrás de mí despertaba en mi alma una sensación de delicadeza, de contemplación, algo muy leve, como de calidez y de amor. En esta calidez me dormí, como en una cuna. Lo que pasó después ya no tenía que ver conmigo.

Otra cosa más. Antes de empezar a empujar a las personas en el círculo interior, tenía la impresión que mi corazón estaba a punto de estallar, que estaba desgarrándose y que estaba a punto de sufrir un infarto. Esta energía había excluido todo lo demás de mí. Todo lo que sentía me venía marcado por esta energía. Así fue.

Hellinger, al grupo: Gracias. Y ahora, vámonos a casa.

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Hombre y mujer La relación de pareja

 

Quiero acercarme a un ámbito muy importante en nuestro trabajo y en nuestra vida personal. Es el ámbito de la relación de pareja entre hombre y mujer. Hacen falta unas modificaciones de las imágenes internas. Trabajaremos con este rumbo.

La carne

Aquí en Occidente, tenemos una larga tradición de considerar el amor sexual entre hombre y mujer como siendo inferior – me expreso con mucho cuidado – como no espiritual y que nos arrastra hacia los bajos fondos de la carne. ¿Quién mora en estos bajos fondos? Dios. La carne es su templo. La carne es el templo de Dios. En esta perspectiva, la creación se manifiesta de un modo totalmente generoso. Justamente, porque no podemos resistirnos a las exigencias de la carne, se ve que la carne es divina. Aquí, estamos tomados al servicio de la vida por una fuerza de origen divino, a menudo en oposición a nuestro entendimiento y juicio.

Esto es una visión del mundo completamente distinta de la que acostumbramos tener. No existe nada que tenga la capacidad de hacer el individuo tan responsable ni que le exija más que el resultado de este amor.  No hay nada que se le pueda comparar.

¿Qué monje presta más servicio, de quién se exige más que de una madre? Verdaderamente, no hay nada comparable en cuanto a grandeza, profundidad, amor y crecimiento interior.

Pues, esto es lo primero en la relación de pareja ante lo cual nos inclinamos con reverencia, esta grandeza que nos coge y coge al otro. Sólo entonces, estamos habilitados a obrar con la relación de pareja, tanto en nuestras vidas como en nuestro trabajo, con profunda deferencia.

La deferencia

¿Cómo se manifiesta  primero esta deferencia? En que no quiero saber nada sobre la relación íntima del cliente. No le pregunto nada, jamás. Algunos hacen alusiones, como por ejemplo: mi marido es impotente. Esto es una indicación que me da una pista para ayudar en una dirección precisa. Pero no entro nunca en detalles.

En realidad, no trabajo para nada con la pareja. Si se me acerca una porque tiene dificultades, casi siempre rehúso la petición. Pero les digo a veces que me llamen por teléfono, desde la distancia, cada uno por separado. Entonces, uno de ellos me llama y me cuenta de qué se trata. Le digo algo, pero con la condición de no repetírselo al otro. Luego me llama el otro. A él también le digo algo, a menudo lo contrario y también le pido que no se lo repita. Así les despido, cada uno con su dignidad.

Nadie tiene derecho a intrometerse en una relación de pareja. ¿Qué es lo que uno puede buscar en un lugar tan santo? Nadie tiene derecho. Una pareja tiene la fuerza de hacer lo que le corresponde. Como ayudante, me quedo fuera. A veces doy una mano, pero el trabajo y la solución se hacen en la pareja. ¿Cómo nos sentimos en este respeto? Pues, nos hace bien y a los demás también.

El origen

Una de las dificultades que aquí se presenta es que la relación de pareja se ve capturada en el marco de la psicoterapia, a pesar de que esa relación no corresponde ahí. La pareja no está enferma, sólo tiene dificultades por resolver. Similarmente, tanto las constelaciones familiares como lo que hacemos aquí se ve captado por el ámbito de la psicoterapia. En este ámbito, el patrón es que nos movemos en una relación de uno a uno: yo, el terapeuta, tú, el cliente. Entonces, empezamos a buscar los problemas en la vida personal del cliente o de su pareja. Nos quedamos en el plan de yo con yo, de yo con tú, ignorando por completo que la relación de pareja alcanza muchísimo más lejos que eso.

Aquellos dos participantes se han casado hace poco. Me han enseñado una foto de la boda. Había 90 miembros de sus familias presentes.

Algunos dicen: “Nos casamos”, invitan a unos pocos amigos y se olvidan de sus familias. Con las familias, se está uno integradno en el caudal de la vida. Causa mucho impacto tener a 90 personas consigo, todas alegrándose de que la vida se perpetúe. Hay fuerza en esto.

 

Meditación: A lo lejos

Si nos toca trabajar con una pareja, podemos empezar con el hombre y la mujer. Pero luego abrimos el campo. Lo haré ahora con vosotros, permaneced centrados, cada uno consigo, cerrando los ojos.

Nos vemos con nuestra pareja. Le miramos a los ojos. ¿Acaso le hemos mirado verdaderamente alguna vez, le hemos mirado a través de los ojos hacia la profundidad de su alma? ¿En la profundidad de su destino y de su grandeza?

Ahora, lo tomamos en nuestra alma, tal y como es, en su totalidad, con todo lo que le pertenece. Asentimos a él, tal y como es. Le decimos:”Sí”. Le decimos:”Sí, tal como eres, así como eres, te quiero. Tal como eres, estás bien para mí. Tal como eres yo crezco gracias a ti. Tal como eres, eres para mí el mayor regalo. Sí. Tal como eres, me alegro por ti”.

Sentimos el efecto en nuestra alma y sentimos el efecto en nuestra pareja cuando de repente él/ella percibe que vibramos en unísono con él/ella tal y como es, en armonía.

Entonces, el otro vibra con nosotros, porque nosotros vibramos con él, cada cual con su propia nota. Y sin embargo, ambos vibrando en sintonía en una melodía.

Otra cosa importante. Cada uno tiene un secreto, algo que le pertenece y que no es visible. Aceptamos este secreto, sin violarlo. Esto sería la relación de yo con yo, de yo con tú. 

Pero para nosotros hay más que yo con tú. Ahora ampliamos el asentimiento a nuestra pareja. Le decimos:” Quiero a tu madre, tal y como es, así mismo. La respeto cómo tu madre. Respeto su grandeza cómo tu madre. En ella está presente lo que encuentro en ti. Eso viene de ella. Sólo gracias a ella, veo tu plenitud. Y similarmente, quiero a tu padre, tal y como es, así como es. Haya hecho lo que haya hecho, lo bello y lo rico, lo cargado y lo pesado, le quiero tal y como es. Le respeto tal y como es. En ti, respeto también a tu padre”.

Mi pareja me dice lo mismo: “Quiero a tu madre tal y como es y a tu padre tal y como es y a toda tu familia tal y como es. Me inclino ante su grandeza y su destino”.

¿Cómo cambia entonces el amor del hombre y de la mujer? ¿Cuánto más rico se vuelve, cuánto más sólido, cuánto más seguro y más relajado? Relajado, tolerante y abierto.

Los dos

Esto era para nosotros, personal. La pregunta es: ¿Cómo nos comportamos cuando una pareja nos pide ayuda? ¿O cuándo uno de los dos, habiendo alcanzado su límite, acude solo a nosotros? Pues, lo hacemos con él de la misma manera.

Miramos al hombre y a la mujer y los aceptamos así como son. Sin ideas preconcebidas acerca de cómo tendrían que ser y todo lo que les queda por hacer aún, si quieren ser capaces de llevar una relación de pareja. Existen, a veces, todo tipo de condiciones que el otro debería cumplir previamente. Han mirado primero en libros, luego al otro y dicen:” Aún no es como consta aquí dentro”. Claro, así se pierde a la pareja.

Cada relación de pareja es única. Así como es, realiza lo que realiza. Pues, lo primero es: aceptar a cado uno.

Por estar educados en términos de bien y de mal, pensamos talvez, cuando acude alguien: …ah, este…ah, esta…y ya estamos al lado del asunto. En seguida.

Pues, reconocemos a cada uno tal y como es, porque no conocemos su secreto. Si lo supiéramos, de repente lo veríamos de otro modo. Por lo tanto, nos mantenemos en la aceptación, con cierta distancia, sin ningún prejuicio por lo que está bien o mal.

Le decimos:”Sí”. Y decimos Sí a sus padres, a su familia, a su destino.

 

La relación triangular

En nuestro trabajo acontece con frecuencia que una persona de la pareja viene sola para contarnos algo del otro y para ganarnos a su favor. Es un riesgo grande en el psicoanálisis porque el otro no tiene allí ningún acceso. Lo que el terapeuta y el cliente intercambian o abordan sobre la pareja se queda en el secreto de la consulta. El ausente está excluido. Y entre el terapeuta y el cliente se desarrolla una clase de relación de pareja de la cual está excluido el otro. Se trata luego de una relación triangular.

Por eso es tan importante, como lo he dicho antes, que me mantenga completamente al exterior. Cuando se me acerca alguien con un problema de pareja, le digo: “Lo mejor sería que vinieras con tu compañero”. A menudo, esto marca el final. Es un buen método para mantenerse al margen y protegerse de un acaparamiento de uno de los dos.

Otro método puede ser éste: alguien habla de su pareja y en seguida tomo a esa pareja en mi corazón. Con esto, me encuentro protegido contra el acaparamiento y la posibilidad de estar arrastrado en una relación triangular.

Bueno, lo que hemos practicado aquí, lo aplicamos en nuestro trabajo práctico como actitud interior de respeto, de aceptación y de amor por todos.

 

Meditación: La seguridad en la relación de pareja

¿Seguimos?... Cuando se trata de relación de pareja, ¡no necesito preguntar si seguimos! Todos están de acuerdo. Son asuntos que nos llegan al alma. Bueno pues, podéis cerrar otra vez los ojos.

Lo decisivo en una relación de pareja, es la seguridad. Nuestra necesidad de seguridad es la necesidad más profunda. La hemos vivido primero en casa, la casa de nuestros padres.

En una situación normal, los niños se sienten seguros con sus padres, completamente seguros. Los padres están, simplemente.

Cuando los padres no están o no estuvieron, otros han estado en su lugar. Gracias a eso, hemos sobrevivido.

Hoy día se da una tendencia que lleva a los padres a confiar a sus hijos a otras personas, para estar disponibles en su profesión. Más que nada, para que las mujeres puedan dedicarse a su trabajo. Entonces, los niños están entregados a otros. Y esto lleva a que los niños pierdan esta seguridad, con consecuencias dramáticas.

Recuerdo lo que ha significado para mí la seguridad. Me encontraba en un seminario, mi primer seminario sobre terapia de familias, de cuatro semanas de duración. El animador del grupo, Les Kadis se llamaba, trabajó conmigo dentro del grupo. Le estoy muy agradecido. De repente, se me hizo claro que mi madre siempre había estado ahí, siempre. Estaba siempre presente. Lo que esta presencia suya había significado me conmovió profundamente.

Yo tuve a veces reticencias en contra de mi madre, me parecía que habría tenido que ser diferente. Los adolescentes tienen estas reticencias de vez en cuando y las conservan quizá más adelante en la vida.  De repente me di cuenta de cuán irrisorio era esto comparado con el hecho de que siempre estaba ella presente.

Al realizarlo, la tomé en mi alma durante el ejercicio que Les Kadis hizo conmigo. La tomé en mi alma tal y como era, exactamente como era. Esto se transformó en una profunda experiencia para mí. Todo lo que yo había criticado de ella, o quería criticar, se quedó afuera. Ella era sólo la madre. Y así entró en mi corazón. ¡Qué experiencia más prodigiosa!

Pues, con nuestros padres vivimos la experiencia fundamental de seguridad. Pero como no la podemos conservar para siempre, buscamos más tarde, al ser adultos, una nueva seguridad. Es la seguridad con una pareja, una seguridad semejante, así cómo la hemos conocido de niños en casa de nuestros padres.

Una pareja crea un hogar propio que disuelve aquel que conocieron de niños. Es una nueva asociación de vida, en la cual cada uno le asegura al otro:” Permanecemos juntos para toda la vida”.

Lo podemos ejercer una vez más juntos. Miramos a nuestra pareja y le afirmamos:” Me quedo aquí, nos quedamos juntos”. Y nuestra pareja nos dice lo mismo:” Me quedo aquí, nos quedamos juntos”. ¡Cuánta fuerza adquiere entonces el amor!

Mirando las cosas de más cerca aún, comparemos esto con un “contrato temporal de pareja”. ¿Os fijáis en la diferencia de fuerza? Se hace palpable la seguridad mutua en nuestro compromiso de matrimonio. Ésta es la declaración pública: "Somos una pareja para la vida, nos quedamos juntos".

Obviamente, sabemos que a veces no podemos cumplir con esto. Mucho imprevisto puede meterse en el camino y a eso voy. Pero lo decisivo es esa voluntad al comienzo de la relación: nos quedamos juntos, pase lo que pase.

El orden de precedencia entre las familias

Puede que algo venga a intrometerse en la pareja, separándola. Muy frecuentemente es algo que tiene que ver con nuestro propio destino. Un ejemplo corriente es cuando uno de los dos se vuelca hacia su propia familia porque se siente, de alguna forma, responsable por algo. Como consecuencia, la familia de origen vuelve a predominar sobre la familia actual. Se ve este caso a menudo.

Sin embargo, existe un orden de precedencia entre los sistemas familiares. Y es al revés del orden que rige dentro de la familia. Aquí, el nuevo sistema tiene prioridad sobre el anterior.

Cuando alguien se casa, el marido/la mujer tiene preferencia sobre los padres y la nueva relación tiene precedencia sobre lo que se pueda esperar de ella en la familia de origen. Existen excepciones, como el hijo único de una viuda que está sola. Su madre tiene derecho a que su hijo anime a su mujer y a sus hijos para cuidar de ella. Eso es una posibilidad.

¿Cuándo se justifican separaciones?

Lo que vemos a veces es que uno de los dos, en la pareja, quiere morirse. Al configurar una pareja, nos percatamos de que uno de ellos mira al suelo. Con esto sabemos que quiere morir. El otro no puede hacer nada, esta relación se está terminando. Se plantean entonces decisiones difíciles de tomar. Se puede dar el caso que uno de los dos le impone al otro su propia muerte, con todas las consecuencias, es decir con la consecuencia de una separación. Pero existen ciertos límites en la asociación de destinos entre hombre y mujer y es importante respetarlas.

Os doy un ejemplo. Una mujer tiene tres hijos. Su marido tuvo un accidente de equitación. Quedó tan discapacitado que no disfrutaba más del pleno goce de sus capacidades mentales. La mujer era joven, entre 35 y 40 años. Le dije que sería adecuado separarse de él y buscarse otro compañero. Ella lo fue a ver a la clínica y le dijo: “Estábamos casados y ahora te encuentras en un estado en que nuestra relación no se puede sustentar. Me busco otro compañero pero te guardo en mi corazón con todo respeto”. Aunque el hombre estaba inconsciente, de repente se despertó y se encontró aliviado.

Quiere decir que apreciamos si podemos imponer nuestro destino al compañero o si existen límites, donde le decimos:”Llevaré mi destino solo y tú estás libre de mí”. ¿Me podéis seguir aún?

Otro ejemplo, frecuente. Una pareja se casa y están deseosos de tener hijos.  Pero se dan cuenta de que uno de ellos es estéril. Esto es un destino personal. Esta persona no puede exigir de su pareja que lleve este destino con él. Le dice entonces:”Esto es mi destino, así como es y lo llevo solo. Tu estás libre”. Con ello, se gana su dignidad y su grandeza y el otro queda libre.

Es frecuente que el que se encuentra en semejante situación espere del otro que se quede con él. Encuentran maneras de contornear el obstáculo, por ejemplo deciden: ”Adoptaremos un niño”, es decir “Robaremos a otros padres su hijo y lo tomaremos como nuestro”. Estoy exagerando un poco. ¿Qué pasa luego, a menudo? El que no puede tener hijos se queda con el niño y el otro se marcha igual. Esto es lo que vemos. Y está bien así. Corresponde a lo apropiado en el alma de aquél.

Una vez me vino a ver un hombre y más tarde su mujer. Después de un tiempo, ella me llama por teléfono y dice:” Mi marido ha asesinado a su madre y se ha entregado a la policía. ¿Qué debo hacer? ¿Nos puedes ayudar?” Le contesté: “Estoy dispuesto a hacerlo por respeto a la víctima”. Y agregué: “Tienes que separarte absolutamente de él. No puedes quedarte con él”. Luego me convocaron a la policía  para testimoniar que el hombre sufría de incapacidad mental. Me negué a hacerlo.

Después de un tiempo, este hombre se presentó en mi puerta. Había quedado libre por no estar en pleno disfrute de sus capacidades mentales y devuelto a su casa.  Me dijo:”Habrías tenido que ver que soy peligroso”. Le contesté:”Tu lugar está en la cárcel. Esto es lo justo”. Enfureció y se marchó.

En un caso así, es conveniente que uno asuma solo las consecuencias de su comportamiento y que el otro quede libre.

 

La fidelidad

Cada uno tiene un destino preciso que le corresponde. En una relación de pareja se puede ver, después de muchos años, que los dos han andado juntos un camino en el que concordaban. Pero a veces, después de este tiempo, uno de ellos está llevado hacia otra dirección, porque tiene otra vocación. Entonces, el otro intenta retenerle porque quiere seguir compartiendo destinos, con lo que llega a exigirle renunciar a su futuro y a su cumplimiento, por él. Le dice:” Me debes la fidelidad”.

Pero existen dos fidelidades: la fidelidad a la pareja y la fidelidad a la vocación propia. El que da preferencia a la pareja en lugar de la vocación, perjudica a los dos. Ninguno de los dos puede seguir creciendo.

Hay una frase secreta que se pueden decir mutuamente en situaciones de estas. Es una frase de amor. “Te quiero y quiero lo que nos guía, a ti y a mi”. Con ella, tomo mi vocación en consideración y confío en la capacidad del otro de aceptarla. Si el otro dice lo mismo:”te quiero y quiero lo que nos guía, a ti y a mi”, permanecen los dos en el respeto y el amor, aún si luego sigue una separación. Esto ya es otra dimensión, que hay que considerar.

Es necesario reflexionar acerca de esto en nuestro trabajo, cuando tratamos con una pareja. Tenemos a menudo la idea de que debemos hacer lo posible para mantenerlos juntos, sin tomar en cuenta que sus destinos les llevan a separarse. Conservando esto en mente, les podemos ayudar de una manera constructiva que les permite desarrollarse ambos.

Hay mucho que decir aún sobre las relaciones de pareja. Veremos en otra ocasión nuevamente las parejas, sus dificultades y cómo llegar a una solución satisfactoria para todos, sobre todo para los niños.

 

 

Comprensiones

La madre

 

Nos originamos y nos formamos dentro de nuestra madre. En ella, el semen de nuestro padre ha encontrado el óvulo y se ha fusionado con él. En ella, las células fertilizadas han nidificado y así hemos fusionado con ella. En esta fusión, hemos madurado. Nadie estuvo nunca tan cerca de nosotros como ella. Con nadie hemos estado tan íntimamente unidos que con ella. Elle era nuestra primera y más profunda felicidad.

Pues, la felicidad no es más que la unión, la fusión con otra persona o con algo que percibimos de modo similar, por ejemplo con Dios. Esa fusión es lo que hace de la felicidad una experiencia íntima.

¿Y qué hay de la infelicidad? La primera infelicidad, la primera experiencia de infelicidad es la separación de la madre, en el nacimiento. Por cierto, nuestro primer grito es un grito de dolor. De la misma manera que, en cada felicidad, es anhelada y actúa la primera experiencia de fusión con la madre, pues así actúa y nos vincula, en cada infelicidad, la primera experiencia de separación de la madre. Así es cómo asociamos igualmente con ella, en nuestra alma, la felicidad y la infelicidad. Y por tanto, no hay para nosotros vivencia de felicidad sin infelicidad ni hay vivencia de infelicidad sin felicidad. La felicidad sola, para nosotros, sólo es un sueño.

No obstante, el sueño es repetidamente soñado, por ejemplo cuando una pareja se enamora. ¿Quién se enamora más intensamente? Aquellos que han vivido la separación de la madre con más dolor, sean hombre o mujer. ¿Y quién vive la desilusión mayor en el amor? Aquel que debe aceptar que la pareja no cumple y no puede cumplir con el sueño de la primera simbiosis con la madre. Sin embargo, la fusión con la pareja amada es vivenciada como la unión más satisfactoria y más íntima que se pueda dar con un ser humano, después de la simbiosis con la madre. Se sitúa en segundo lugar y es un regreso a ella. Esto es quizá el motivo por el cual esta unión ata a la pareja, al igual que anteriormente, el niño a su madre. Y similarmente, la separación de la pareja es vivenciada con el mismo dolor que la primera separación de la madre.

Y a pesar de todo, sólo podemos crecer gracias a los dos, vínculo y separación, felicidad e infelicidad. El anhelo original por la fusión con la madre está presente también como fuerza impelente en la búsqueda de Dios, donde y cuando se trate de consuelo y de unión mística. De hecho, se lo describe a menudo en términos de enlace, Dios siendo el novio y el alma siendo su novia. En el fondo, se trata aquí también, en plano emocional, de la fusión con la madre. Por tanto, si hay que seguirlo, es necesario este camino de la separación, de la experiencia del abandono, de la noche oscura del alma y del saber y de la voluntad – este camino de la purificación. Esta última es la renuncia a cualquier consuelo, es un vacío recogido. ¿Talvez me he alejado demasiado del tema? Quizás. Pero tengo pensamientos al respecto. Pensamientos en el camino.

 

La vida

 

Estamos en manos de la vida. Ella nos emplea, tomando posesión de nosotros, produciendo algo para nuestro provecho y luego marchándose más lejos. Si los padres se dejan llevar por esta corriente, permanecen permeables. Y la vida nos atraviesa fluyendo. Pero sujetándonos también, con firmeza. De ella, sólo un fragmento es nuestro.

La vida prosigue, fluyendo hacia nuestros hijos, pero no es nuestra vida que ellos reciben. La vida alcanza a los niños a través de los padres de una manera bien particular. Por eso cada niño es distinto ya que la vida se apodera de cada uno de forma específica. Y a través del niño, la vida alcanza más lejos. Desde siempre es así. A nosotros nos ha llegado por nuestros padres, abuelos y tatarabuelos.

Estar al servicio de la vida significa que me entrego a esta corriente, que me retiro yo mismo y que abarcado por ella, produzco algo. ¿Cómo lo hago? Obviamente, los padres son productivos y creadores al tener hijos, al criarlos durante años bajo su protección para luego entregarles al caudal de la vida.

Los maestros hacen igual. Su vida fluye a través de ellos y alcanzan a los niños de un modo específico. Así veis que los niños no pertenecen ni a sus padres ni a sus maestros sino a la vida. Sea lo que transmiten, sirve la vida y los niños lo comunican a su vez. Y así es como nos encontramos todos en el mismo río de la existencia, llevados por él, remando un poco para nuestro propio provecho, pero no mucho.

Así corre la vida. En nuestro trabajo a su servicio, podemos abandonarnos a su cuidado. Y simultáneamente, podemos elevarnos a una dimensión del espíritu y conectarnos con su origen, con la fuente primordial. Desde ahí, todo se ve distinto. Realizamos que en todo lo que vemos, sea bueno o malo, así o asá, actúa una fuerza mucho mayor. Uniéndonos a ella, miramos a todo tal como es, con entrega y profunda reverencia. Sólo después de alcanzar ese nivel, nos encontramos sin preocupaciones y sin intenciones, unidos a todo y sin embargo interiormente libres.

 

Dimensiones de la felicidad

La felicidad

La felicidad viene por sorpresa. Hablamos entonces de un golpe de suerte. Por lo tanto, no la podemos buscar. Ella nos ubica por azar. Viene a nuestro encuentro.

Algunos le corren detrás, sin saber que la felicidad les persigue. Sólo tienen que detenerse y ya les alcanza ella.

Hablando así de la felicidad, parece que es una persona. Tal vez sea cierto. La felicidad nos encuentra a través de una persona que nos quiere y a la que queremos. Entonces nos tornamos felicidad para esa persona y ella para nosotros.

¿Qué nos dice eso de la felicidad? La felicidad es estar juntos, juntos como en el amor.

¿Y dónde comienza la felicidad? Pues, allí donde experimentamos amor. Aquel que tiene que buscar la felicidad, probablemente le falte el amor. De lo contrario, no necesitaría ir a por ella.

De la misma manera que la felicidad nos alcanza a través de una persona, podemos ir a su encuentro también a través de una persona. ¿Cómo?

Primeramente, con pensamientos benevolentes. Con ellos, invitamos a la felicidad. Y ella también se nos acerca con benevolencia. Segundamente, nos abrimos a esta benevolencia, tomándola tal y como viene. Aquí más que en ninguna otra parte yace la clave de nuestra felicidad. Tercero, recreamos a la persona que viene a nuestro encuentro, de un modo nuevo en nuestros pensamientos. ¿Cómo?

Concibiéndola como el espíritu la concibe, con amor, tal como ella es, gracias al  amor creador del espíritu. Y de repente nos transformamos, aquella persona y yo, como se abre una flor en el cálido sol de la mañana, una flor que estaba cerrada, a la espera de los rayos.  

La felicidad florece ahora para los dos.

 

 “Para ti también está disponible la felicidad”

Hellinger, a una mujer: Dime lo que hay.

Mujer: Aún vivo sola, no tengo a nadie. Me he alejado de mi familia de origen. Mi madre está muerta y mi padre vive tumbado en el sofá. Apenas se mueve. Deseo volver donde él. De momento vivo aquí, pero deseo volver donde él.

Hellinger: Haremos algo para una buena solución.

Al grupo: Haré con ella un ejercicio y podéis juntaros. Cerrad los ojos.

A la mujer: Ahora mira a tu madre y a tu padre, a los dos. Luego miras por encima de ellos, a sus destinos. Ambos estaban entregados a sus destinos. Ni tu madre pudo ser diferente, vivir de otra forma, morir de otra forma de lo que ha sido, ni tu padre puede ser distinto de lo que es. Ambos tienen un destino particular, del cual no pueden disponer. Y sin embargo, sus destinos los han juntado como hombre y mujer y como tus padres. Como hombre y mujer, se han amado, íntimamente y de aquel amor tú has recibido la vida.

Les dices interiormente: “Gracias. Estoy en vida porque vosotros sois mis padres. Habéis sido escogidos por una fuerza muy grande e infinita, para ser mis padres. Tomo la vida de vosotros así como la habéis recibido y me la habéis transmitido, al precio entero que os ha costado y que me cuesta. Cualquier precio me vale. Gracias”.

Ahora miras más allá de ellos a aquella fuerza divina, a esa fuerza infinita, a esa fuente de toda vida y ves detrás de tus padres a sus padres y a sus ancestros, una fila sin fin de ancestros. Todos han acogido la vida y la han transmitido, sin alteración ninguna, enteramente. Nadie pudo añadirle nada ni restarle nada. Desde el origen y atravesando todas estas generaciones, la vida te ha llegado, totalmente, en su plenitud.

Ahora, abres tu corazón grande, muy grande. Dices a tu madre y a tu padre, a tus antepasados y a la fuente de la vida: “Tomo la vida. La tomo en su plenitud. La tomo con todo lo que me brinda y con todo lo que me exige. Soy rica. Lo tengo todo: lo que me mantiene en vida y lo que me permite vivir. Lo tomo con amor.

Y de la misma forma, lo doy más lejos con amor. Cual sea la forma en que lo doy, estoy al servicio de la vida, al servicio de la felicidad en su plenitud”.

Después de un momento: ¿Cómo te sientes ahora?

Mujer: Me va mejor.

Hellinger: Para ti también está disponible la felicidad.

 

 

Cartas

 El futuro

De tu carta resalta claramente que te has decidido a separarte de tu marido. Por lo tanto, mis comentarios se basarán en esta situación.

Lo importante, en una separación, es que no debe haber culpable. Pues, es inadecuado buscar razones en el uno o en el otro. Es suficiente constatar que la relación no tiene futuro. Los motivos presentados son, por lo general, proyectados al frente sin hacer justicia a la complejidad del proceso y a las lealtades.

Por eso es mejor, desde el principio, renunciar a las acusaciones. Así, no se necesita lastimar a nadie inútilmente.

La separación es un proceso doloroso. Algunas personas la aplazan hasta que han sufrido lo suficiente como para ganarse, por así decirlo, el derecho a separarse. Pero esto sólo lo hace peor. Una separación significa también que ambos en la pareja tienen la oportunidad de un nuevo comienzo. El "inocente" deniega a veces al "culpable" este nuevo comienzo, para no descargarlo. Pero se vuelve entonces un peso para los dos. Lo mejor es cuando cada cual toma y conserva lo que  ha recibido del otro. En la separación, esto significa que cada uno desarrolla ahora en sí mismo aquel aspecto del otro que tomó un relieve especial y lo conserva como un regalo que se lleva a su nueva vida. Y cada cual se hace cargo de su parte de responsabilidad. Es decir, cada uno está dispuesto a aceptar las consecuencias de sus actos, sin cargar ni exigir al otro más de lo que es justo y necesario.

La separación, para los católicos practicantes, significa también confrontarse a nivel de su religión, lo cual pone en marcha otros procesos más. Uno debe saber si crece gracias a ello.

No deja de ser importante también un arreglo financiero "fair play", aunque la parte que pide activamente la separación debe estar dispuesta a una renuncia mayor.

 

 

 Respuestas

La nada

¿Puedes decirnos algo acerca de la nada? Me viene repetidamente a la mente la historia del mercader y del monje. Entiendo todo lo demás en ella, pero “la nada” me resulta ajena.

Hellinger: Es una pregunta difícil. Pero vale. Bueno, se trata de la “nada” y hay que diferenciarla del nada. Son dos cosas totalmente diferentes.

Existe una observación muy fácil de hacer. Todo lo que es, está envuelto por algo que no es. Por ejemplo, tu saber está envuelto en tu no-saber. El no-saber, tu no-saber comparado con tu saber, es infinito. Esto vale para todos, claro. Voy a hacer un ejercicio interior contigo y con vosotros, para que veáis lo que esto significa.

Imagínate una cosa delante de ti, cualquier cosa y sabes todo sobre esta cosa, realmente todo. ¿Cómo te va, pues? ¿Te sientes pequeño o grande?

Pequeño.

Hellinger: eso es, porque el no-saber falta. Es decir que la “nada” le da a lo que es una plenitud. Si lo considero desde un punto de vista teológico y le pregunto a alguien: “¿Crees en Dios?”, esto quiere decir: “¿Crees en algo?” Entonces, ¿crees en algo grande o en algo pequeño?

En algo pequeño.

Hellinger: claro. Todo lo que es, es pequeño. Lo esencial, que nos permanece oculto, está en la “nada”. Nuestra más profunda aspiración no se dirige al ser, o a la vida eterna. Se dirige a la “nada”. En la “nada”, nos disolvemos en algo infinito. Ahí nos encontramos con nuestro objetivo. Ahora bien, me he alejado de lo nuestro. Lo voy a simplificar. Tomemos algo más común. ¿Estás casado?

Sí.

Hellinger: entonces, será fácil contigo. Mira a tu mujer y a lo que sabes e intuyes de ella y obviamente, te alegras. Al mismo tiempo, miras a su “nada”, a aquello que no sabes y que no puedes vislumbrar. La miras también con tu “nada”, la que ella no puede intuir y que tú tampoco intuyes. Cuando más tarde la llamas, serás diferente. ¿Sí?

Sí.

 

 

Autores invitados

Dar gracias a la escuela de Günter Schricker

Somos muchos en tener dificultades con la escuela: alumnos, maestros, padres, empleados administrativos, políticos. Buscamos alcanzar una mejoría – así como se nos ha enseñado – borrando los errores, desarrollando críticas y nuevos conceptos. Los resultados son limitados, tan parecidos a lo que eran nuestros éxitos en el aprendizaje escolar. ¿Cuándo, pues, aprendemos realmente con ganas, alegría y buenos resultados?

Hace poco, durante un día pedagógico en un colegio público, la frustración general entre los  profesores alcanzó nuevamente un fondo abismal. Muchos profesores  deseaban manejar mejor de lo que habían vivido en su tiempo, la situación con sus alumnos. Habían aplicado esfuerzos considerables en el trato con los padres. Apoyaban a sus propios hijos, como padres, de la mejor manera posible. Sin embargo,  de todos los ámbitos abordados en las discusiones, surgían más problemas sin solución, sumergiendo el grupo de enseñantes presentes bajo una capa de plomo.

En este punto de la discusión, propuse reemplazar las estrategias desgastadas de resolución de problemas con un pequeño ejercicio:

“Podemos ahora, con el pensamiento, remontar hacia la época de nuestra escolaridad en que  aún éramos alumnos y alumnas. Entramos ahora, de adultos, en lo que fue el edificio de la escuela de nuestra juventud, tal vez escogida cuidadosamente entre muchas; miramos a nuestro alrededor, escuchamos los rumores detrás de las puertas de las aulas, cruzamos los pasillos, encontrándonos realmente con unos  profesores de aquel entonces. Nos presentamos a ellos y les contamos que estamos de paso por la escuela y quisiéramos reparar algo. Quisiéramos darles las gracias por todo lo que nos han enseñado: leer, escribir, calcular y muchas más cosas. Por supuesto, no siempre era fácil, pero con su ayuda y sus métodos de trabajo, sean cuales fuesen, lo habíamos logrado. Con todo eso, pudimos seguir adelante y hacer algo bueno de nuestra vida.

A veces también, teníamos que aguantar situaciones particulares, que no siempre resultaban cómodas. No se nos hacía el camino fácil. Pero en todo lo que aconteció y que a menudo no entendíamos, los maestros representaban una presencia constante y nos acompañaron en todos esos años.

Habíamos aprendido a relacionarnos con ellos y con muchas más personas, a manejar lo complicado, a superar la frustración que a veces nos hacía creer en nuestra incapacidad. Con el tiempo, logramos de alguna forma, aprobar los exámenes finales, integrar lo mucho que pasó, alegrándonos por reencuentros y recuerdos. Un par de cosas  por las que nos sentimos heridos, incomprendidos o repelidos, nos quedaron a modo de tarea para resolver personalmente. Incluso, nos permitieron crecer y justamente por eso, queremos agradecer hoy a nuestro maestro o maestra. Con ello, nos hemos hecho más fuertes.

Rogamos a los profesores que se encuentran con el rostro alegremente sorprendido frente a nosotros, transmitir a los demás maestros y al director de la institución, que siempre cuidó de todo, nuestro agradecimiento.

Después de despedirnos, echamos al salir una mirada al edificio, vemos la organización dentro de él y recordamos que nosotros también podemos ser agradecidos por ello. Pudimos beneficiarnos durante  numerosos años de un entorno coherente, a la vez que aprendimos e integramos mucho."

Después de una pequeña pausa silenciosa, dijo un maestro presente en la rueda: “¡Ahora, creo que lo podemos intentar otra vez!” Y así expresó de manera certera el ambiente en el grupo.

 

 

Lo que ayudó

Fumar: ya no me apetece

Hellinger, a un hombre: Ahora trabajaré contigo.

Coloca en el centro a un hombre, del que sabe que es un fumador inveterado. Luego coloca a una mujer frente a él y le dice: Tú representas el cigarrillo.

Todos se ríen, el hombre también.

Hellinger, al grupo: Miramos a todo esto con benevolencia, para conseguir une solución buena y creativa.

El cigarrillo ha retrocedido ligeramente. El fumador le mira con una sonrisa. Después de un rato, el cigarrillo se acerca al fumador. Éste le ofrece una mano abierta. El cigarrillo titubea y se coge la cabeza con las manos.

Hellinger escoge a otro hombre y le coloca a la derecha del fumador, a cierta distancia. Le dice: Tú representas la adicción.

El cigarrillo baja las manos de la cabeza. El fumador mira la adicción, la mano aún abierta hacia el cigarrillo y retrocede unos pasos.

Hellinger, a la adicción: Dile: me perteneces.

La adicción: Me perteneces.

Ambos se miran con intensidad. Luego el fumador retrocede otros pasos más ante la adicción.

Hellinger: No te puedes escapar.

La adicción: No te puedes escapar.

Hellinger: Aquí soy yo el grande.

La adicción: Aquí soy yo el grande.

El fumador retrocede aún más.

Hellinger: Con cada bocanada te cojo de la garganta.

La adicción: Con cada bocanada te cojo de la garganta.

Hellinger: Hasta que te asfixies.

La adicción: Hasta que te asfixies.

El fumador mira al cigarrillo.

Hellinger: Nadie me ha vencido aún.

La adicción: Nadie me ha vencido aún.

Hellinger escoge, en el grupo de participantes, a cinco fumadores voluntarios, hombres y mujeres y les pide colocarse donde les parece. La adicción y el cigarrillo dan unos pasos atrás, el cigarrillo se sienta en el suelo.

Algunos de los nuevos fumadores se acercan lentamente a la adicción y al cigarrillo. Una mujer se sienta en el suelo, otra se para detrás del fumador, dándole la espalda y luego empujándose de atrás hacia delante. Otros fumadores acaban abrazándose y se sientan en el suelo.

Hellinger escoge a otros seis hombres como representantes para los padres de los fumadores y les deja colocarse donde quieren. Luego pide a la adicción que les diga: Estoy aquí en vuestro lugar. Uno de los padres patalea el suelo. Los fumadores voluntarios están casi todos en el suelo, igual que el cigarrillo. El fumador del que se trata aquí, da unos pasos atrás. Poco a poco empiezan a moverse los fumadores voluntarios. Una de ellos se inclina ante la adicción y luego, con otros, se acerca a los padres. Incluso el fumador se dirige hacia los padres, muy despacio.

Poco a poco, cada fumador encuentra a su padre. Los padres les abrazan. El fumador del que se trata, apoya la cabeza entre dos padres, les abraza y empieza a sollozar. Ellos le envuelven estrechamente. Después de un momento, se libera y les mira feliz, con lágrimas en los ojos. Casi todos los fumadores han encontrado refugio junto a sus padres. Uno de ellos está al lado del cigarrillo.

Hellinger, a la adicción: Te puedes dar la vuelta, has acabado con tu trabajo.

Hellinger, al cigarrillo: Te puedes dar la vuelta también, no se te necesita más aquí.

Al grupo: Gracias a todos. Ahora tendría que hacerles oír la canción: ¡O mi papacito! Pero no sé como manejar el aparato.

Después de un rato, Sophie pone la música.

Haremos todavía una meditación, muy sencilla. Podéis cerrar los ojos. Miramos a nuestro padre y le decimos: “¡Lástima que tardé tanto en reconocerte!”

Dos días más tarde, me dijo el fumador: Ya no me apetece.

 

Hellinger Sciencia 

Culpa e inocencia en las relaciones humanas

Las relaciones humanas se inician dando y tomando y con ello empieza también nuestra experiencia de culpa e inocencia. Porque el que da siente derecho a exigir y el que recibe se siente endeudado. La exigencia por un lado y la deuda por el otro constituyen, en cada relación, la raíz de los sentimientos de culpa e inocencia. Estos sentimientos están al servicio del dar y del tomar, dejando sin sosiego a los protagonistas hasta que encuentren un equilibrio, o dicho de otra manera, hasta que el que exige pueda dar y el que da pueda tomar.

El equilibrio

Una vez en África, un misionero fue trasladado a otra región. En el día de su partida, recibió la visita de un hombre que había caminado muchas horas para llegar hasta él y ofrecerle, a modo de adiós, un pequeño obsequio, del valor de treinta centavos. El misionero se dio cuenta que el hombre le quería agradecer – le había visitado varias veces en su aldea cuando estaba enfermo – pero también sabía que este dinero representaba una suma grande para él.

Estuvo a punto de devolvérselo y sobretodo de hacerle otro favor. Pero de pronto se percató de lo que ocurría, aceptó el dinero y le dio las gracias.

Cuando recibimos algo de alguien – por muy bonito que sea - perdemos nuestra independencia y nuestra inocencia. Al tomar, nos sentimos obligados y en deuda con el que nos da. Experimentamos esta deuda como una incomodidad y una presión y buscamos deshacernos de ella, dando nosotros también. El tomar existe a este precio.

En cambio, vivimos la inocencia con placer. Después de haber dado sin tomar nada a cambio, o cuando damos más de lo que tomamos, lo percibimos como un derecho a pedir. Y experimentamos esta inocencia como levedad y libertad, libres de deuda, cuando no necesitamos nada o cuando hemos devuelto después de recibir.

Para alcanzar o mantener ese estado, conocemos tres maneras de comportarnos. La primera es:

La inocencia

Algunos quieren conservar su inocencia, renunciando a involucrarse. Prefieren abstenerse antes  que tomar. De esta forma, no se comprometen. Esta es la inocencia del « caballero solitario», del que no quiere participar. Pero sólo vive a medias y se siente proporcionalmente vacío e insatisfecho.

Encontramos esta actitud en muchos depresivos. Su negación a tomar está ligada en primer lugar a uno o a ambos padres. Más tarde, transfieren esta negación a otras relaciones y a las cosas buenas de la vida.

Algunos motivan su rechazo con el reproche siguiente: lo que se les ha ofrecido o dado era muy poco o no era lo bueno. Otros justifican su abstención de tomar con los fallos del que les da. El resultado sin embargo es idéntico. Ellos se quedan en la inactividad y el vacío.

La plenitud

Observamos el efecto contrario en los que han conseguido tomar a sus padres tal y como son, tomando todo lo que reciben de ellos. Ese tomar a los padres es vivido como una continua corriente de energía y de felicidad, haciéndoles capaces de tener otras relaciones en las cuales pueden dar y tomar mucho.

El ideal del ayudante

Una segunda manera de sentir la inocencia es la pretensión con respecto a otros por haberles dado más de lo que ellos me han dado. Esa inocencia es, la mayoría de las veces, fugaz ya que en cuanto tomo de otro, termina mi pretensión.

Sin embargo, ciertos individuos prefieren mantener sus pretensiones antes que aceptar verse ofrecer algo. Por así decirlo, viven según el lema: « Mejor te sientes tú en deuda que yo ». Encontramos esta actitud en numerosas personas bien intencionadas y la reconocemos como la del ayudante ideal.

Sin embargo, sentirse tan libre de deudas se opone a las relaciones. El que sólo quiere dar se coloca en una superioridad que debería ser breve para no quitarle al otro la posibilidad de ser igual. Y de aquel que no quiere tomar de nadie, los demás pronto se cansan, alejándose o enojándose con él. Tales ayudantes se quedan solos y a menudo se vuelven amargos.

El intercambio

La tercera manera de vivir la inocencia y por cierto la más bonita, es gracias al alivio resultante del equilibrio, cuando no sólo hemos recibido (o tomado) sino que hemos dado también. Este intercambio entre dar y recibir (o tomar) ocurre entre los participantes, es decir que el que toma de otro le da a cambio lo equivalente.

Pero no sólo se trata del intercambio sino también del importe. Un dar y tomar de poca cantidad trae pocas ganancias. En cambio, un dar y tomar caro nos enriquece. Va acompañado de sentimientos de felicidad y de plenitud. Esta felicidad no nos cae del cielo, es construida. El dar y recibir mucho nos despierta un sentimiento de levedad y de libertad, de justicia y de paz. De las muchas posibilidades de experimentar inocencia, esta es la más liberadora. Es una inocencia contenta.

Dar hacia delante

En cierto tipo de relaciones es imposible ignorar la necesidad de devolver cuando entre el que da y el que toma existe una jerarquía, como por ejemplo entre padres e hijos o entre maestros y alumnos. Porque padres y maestros son los que dan, e hijos y alumnos son los que toman. Por cierto, los padres también reciben de sus hijos y los maestros de sus alumnos, pero la desigualdad entre ellos no se puede borrar sino que sólo se puede reducir.

Pues, los padres también fueron hijos alguna vez y los maestros alumnos. Alcanzan el equilibrio en cuanto dan a la generación siguiente lo que recibieron de la anterior. Y sus hijos o alumnos, tienen la posibilidad de hacerlo también, en su momento.

Lo que vale entre padres e hijos, entre maestros y alumnos vale también en todas las situaciones en las que no es posible la compensación a través del devolver y del intercambio.

Es decir que podemos, a pesar de todo, liberarnos de la deuda dando más adelante lo que hemos recibido.

Agradecer

Una última posibilidad de restaurar el equilibrio entre el dar y el tomar es el agradecimiento. Con ello, me libero de la necesidad de devolver. Es a veces la única repuesta adecuada después de tomar, cuando se trata por ejemplo de un discapacitado, de un enfermo, de un agonizante o, incluso, de un ser amado.

Aquí entra en juego, al lado de la necesidad de compensación, aquel amor de fondo que atrae y mantiene en cohesión los miembros de un sistema social, así como la gravidez las partes del universo. Este amor precede y acompaña el dar y el tomar. Y se manifiesta como agradecimiento al tomar.

El que da las gracias reconoce: "Tú me das, independientemente de si te lo puedo devolver o no y lo acepto de ti como un regalo". Aquel que recibe las gracias dice: "Tu amor y tu reconocimiento de que te doy me valen más que todo lo que aún me deseas ofrecer".

Con el agradecimiento no sólo atestamos lo que nos damos mutuamente sino también lo que somos el uno para el otro. En relación a esto os contaré una historia.

El tomar

Alguien se sentía en profunda deuda frente a Dios, por haberse salvado de un gran peligro. Le preguntó a un amigo qué debía hacer para que su agradecimiento estuviera a la altura de su Señor. El amigo le contó lo siguiente: Un hombre estaba enamorado de una mujer y le pidió casarse con él. Pero ella tenía otras cosas en mente. Un día en que estaban cruzando la calle juntos, la mujer estuvo a punto de ser atropellada por un coche y la salvó la sangre fría de su compañero, que le dio un tirón hacia atrás. Entonces, la mujer se giró hacia él y le dijo: "Ahora sí, me caso contigo".

"¿Qué piensas de cómo se sintió el hombre con eso?" preguntó el amigo. El otro no respondió pero hizo una mueca escéptica. "Ves, talvez Dios siente lo mismo en tu caso" dijo el amigo.

Os cuento otra historia.

El retorno

Un grupo de amigos se fue a la guerra, todos vivieron indescriptibles peligros y, mientras muchos eran matados o heridos, dos de ellos regresaron ilesos.

Uno de los dos se había vuelto muy tranquilo. Sabía que no tenía ningún mérito en estar vivo y aceptó la vida como un regalo, como una gracia.

El otro en cambio se pavoneó contando sus actos heroicos y los peligros de los que había escapado. Era como si todo lo vivido hubiera sido en vano.

La felicidad

Una felicidad no merecida se vive con frecuencia como algo amenazador y asustador. Esto tiene que ver con que, en nuestro interior, pensamos que nuestra felicidad puede despertar la envidia del destino o de otra gente. Por lo tanto, vivimos la aceptación de la felicidad como la trasgresión de un tabú, como la responsabilización por una deuda, como el asentimiento a un peligro. El agradecimiento permite reducir la angustia. Aún así, para vivir la felicidad hace falta además humildad y valentía.

La equidad

La interrelación entre culpa e inocencia se pone en marcha a partir del dar y del tomar y se regula por la necesidad común a todos de buscar la medida justa. En cuanto se alcanza el equilibrio existe la posibilidad que se termine la relación o que, gracias a un nuevo dar y tomar, la relación se vea impulsada y reavivada.

Sin embargo, no hay intercambio durable si no se llega de manera repetida a un equilibrio. Es como con el andar. Al conservar el equilibrio, nos quedamos parados y cuando lo perdemos, nos caemos. Y avanzamos cuando lo perdemos y lo recuperamos alternamente.

El sentimiento de culpa en calidad de obligación y el sentimiento de inocencia en calidad de exigencia y descargo, están ambos al servicio del intercambio. Gracias a ellos, nos incentivamos mutuamente y nos vinculamos en lo bueno. Esta culpa y esta inocencia son una buena culpa y una buena inocencia. Lo experimentamos como algo bueno, que trae orden y control.

Pérdida y perjuicio

Pero existe también en el dar y el tomar un aspecto negativo, una culpa mala y una inocencia mala cuando, por ejemplo, el que toma es un perpetrador y el que da es su víctima, cuando alguien daña a otro sin que éste pueda defenderse, o cuando el uno tiene reivindicaciones que perjudican al otro, causándole sufrimiento. Aquí también están ambos sujetos a la necesidad de compensación. La víctima se siente el derecho a pedir y el perpetrador se sabe en deuda. Pero esta vez, el equilibrio está al precio del daño recíproco. Pues, después del daño perpetrado, hasta el inocente estudia la posibilidad de dañar. Desea devolver el perjuicio al otro y causarle un mal equivalente. Al culpable se le exige aún más que una reparación por el daño, se le pide eventualmente expiar.

Sólo cuando ambos, tanto el culpable como su víctima, han estado enfadados en igual medida, han perdido lo mismo y han sufrido, se sienten de nuevo iguales. Sólo entonces es posible la paz y la reconciliación entre ellos y puede la relación retomar un impulso hacia lo bueno. Si el dolor y el daño fueron grandes, esto permitirá al menos separarse en paz.

Una vía de salida

Un hombre contó a un amigo que su mujer le guardaba rencor desde hacía veinte años por haberla dejado sola durante seis semanas, a los pocos días de haberse casado. El motivo de su ausencia había sido el tener que hacer de chofer para sus padres en sus vacaciones. Todas las discusiones y todo el arrepentimiento y todas las disculpas habían sido inútiles hasta la hora.

El amigo le sugirió: "Lo mejor es que le ofrezcas la posibilidad de pedirte un favor o algo que te cueste tanto como le costóa ella en aquella época".

El hombre entendió y su rostro se iluminó. Ahora tenía una clave para la solución.

Algunos pretenden que no hay reconciliación posible si, en estos casos, el inocente no se pone malo y no exige una expiación. No obstante, según el viejo dicho que afirma que reconocemos el árbol por sus frutos, sólo necesitamos mirar lo que pasa en uno y otro caso para saber lo que realmente es bueno o lo que realmente es malo.

La impotencia

En el ámbito del perjuicio y de la pérdida, es posible experimentar la inocencia de maneras variadas. La primera sería a través de la impotencia. Pues el perpetrador actúa y la víctima sufre. Solemos considerar el culpable tanto más culpable y sus actos tanto más malos cuanto que la víctima es más indefensa e impotente. Y sin embargo, si viene al caso, la víctima raras veces queda sin resguardo. Podría entonces actuar y pedir justicia y expiación, poniendo fin a la culpa y permitiendo un nuevo comienzo.

Pero cuando la víctima no actúa, otros lo hacen en su lugar. A la diferencia que tanto el daño como la injusticia que otros perpetran por ella son mucho peores que si la víctima se hubiera hecho cargo de sus propios derechos y rabia.

Aquí tengo un ejemplo:

La doble transferencia

Una pareja de muchos años participó en un curso de desarrollo personal y ya en la primera noche, la mujer desapareció. Reapareció al día siguiente, plantándose frente a su marido y dijo: "He estado con mi amante".

La mujer se comportaba frente a los demás con esmero y dedicación. Pero en presencia de su marido parecía estar fuera de sus casillas. No era comprensible para las personas presentes la razón por que era tan mala con su marido, especialmente porque él no se defendía sino que permanecía neutro.

Resulta que esta mujer de niña pasaba las vacaciones de verano con su madre y demás hermanos en el campo, mientras el padre permanecía en la ciudad con su amante. A veces venía él a visitar a su familia, acompañado por esta mujer. Y la madre les servía a ambos, sin queja y sin reproches. Reprimía su cólera y su dolor, pero los hijos lo notaban.

Existe la tentación de nombrar eso una virtud heroica, pero sus efectos son malignos. En el sistema humano, la saña reprimida vuelve siempre a surgir y por cierto en aquellos que menos se pueden defender de ella, generalmente en los niños o los nietos y ni siquiera se dan cuenta. Así llega a producirse una doble transferencia.

En primer lugar, una transferencia a otro sujeto, en nuestro ejemplo, de la madre a la hija. En segundo lugar, la transferencia a otro objeto, en nuestro ejemplo hacia el marido inocente en lugar del padre culpable. En este caso concreto, el que se transforma en víctima es el que menos se puede defender, porque ama a la culpable. Cuando los inocentes prefieren sufrir en vez de actuar, pronto notamos que aumentan las víctimas inocentes y los perpetradores culpables con el transcurso del tiempo.

La solución, en nuestro ejemplo, habría sido que la madre de la mujer se rebelara abiertamente frente a su esposo. Como consecuencia, él habría tenido que situarse y se habría podido dar o un nuevo comienzo o una clara separación.

Es importante notar aún que aquí la hija que venga a su madre no sólo la ama sino que también ama a su padre. En el comportamiento hacia su marido, ella reproduce el de su padre hacia su madre. Se puede ver aplicado aquí un patrón más de culpa-inocencia, por el cual el amor nos hace ciegos para el orden. Dicho de otra manera, la inocencia nos impide ver los actos culpables y sus consecuencias.

La venganza

Un hombre de cuarenta años tuvo, durante una psicoterapia, el sentimiento angustiante de ser capaz de ejercer violencia sobre alguien. Su personalidad y su comportamiento no daban motivos para temer un acto de esta índole.  Por eso, el terapeuta le preguntó si en su familia había habido actos de violencia.

Se descubrió que su tío, hermano de su madre, era un asesino. Tenía en su empresa una empleada, que a la vez era su amante. Un día, le enseñó la foto de otra mujer y le pidió que fuera al peluquero para hacerse un corte idéntico al de la mujer en la foto. Después de un tiempo prolongado, en que todos la vieron con este nuevo corte de pelo, el tío se la llevó de viaje al extranjero y allí, la mató. Luego regresó a su país con la mujer de la foto, la guardó como su empleada y su amante. Pero su crimen fue descubierto y él estuvo condenado a cadena perpetua.

El terapeuta, buscando de dónde venía el impulso para el acto criminal, quiso conocer más detalles acerca de los familiares, sobre todo de los abuelos del cliente, padres del criminal. Pero el cliente no pudo dar mucha información. Del abuelo ignoraba todo y la abuela había sido una mujer devota y apreciada. Investigando más, descubrió que durante la época del nazismo, la abuela había depositado una queja judicial contra su marido por homosexualidad, llevando a su arresto y su envío a un campo de concentración donde fue ejecutado.

El perpetrador real en el sistema, del cual surgió la energía asesina, era la abuela piadosa. El hijo en cambio, deslumbrado por una doble transferencia y como un segundo Hamlet, se transformó en el vengador de su padre: es decir, se hizo cargo de la venganza en lugar de su padre. Eso fue la transferencia del sujeto. Luego, respetando la vida de su madre, mató en su lugar a la otra mujer amada. Eso fue la transferencia del objeto.

A continuación, aceptó las consecuencias no sólo por sus actos sino también por los de la madre. Así se identificó a sus dos padres, a la madre por los actos, al padre por el encarcelamiento.

De esto se puede comprender que es una ilusión creer que podemos permanecer libres del mal, conservando las apariencias de la impotencia y de la inocencia en vez de confrontar la culpa del perpetrador, aún si también provocamos un daño. Si no, la culpa no encuentra su desenlace. Desde luego, quien se conforma pasivamente con la culpa de otro, no sólo no consigue preservar su propia inocencia sino que siembra desgracia.

El perdón

Existe, como substituto a la confrontación inaplazable con los hechos, el perdón que evita y oculta el conflicto en lugar de resolverlo.

Sus efectos son particularmente nocivos cuando la víctima absuelve al culpable de su culpa, como si tuviera derecho a hacerlo. Pero si se da una verdadera reconciliación, entonces el inocente no sólo tiene derecho a una reparación sino que también le incumbe reclamarla. Y el culpable no sólo tiene la obligación de cargar con las consecuencias de sus actos sino que eso es su derecho. Os doy un ejemplo.    La segunda vez

Un hombre y una mujer, ambos ya casados, se enamoraron. Cuando la mujer se encontró embarazada, cada uno se separó de su pareja anterior y juntos iniciaron un nuevo matrimonio. La mujer no tenía hijos aún. Pero el hombre sí, una hija pequeña a la que dejó con la madre. Ambos se sentían culpables frente a la primera esposa y su hija. Deseaban que la ex - esposa les perdonara, pero ésta les tenía enfado por tener que pagar con su desgracia y la de su hija la suerte que les tocaba. Los dos hablaron con un amigo y éste les sugirió imaginar cómo se sentirían si la mujer les perdonara. Asimismo, reconocieron que hasta entonces, habían eludido las consecuencias de su culpa y que su esperanza de perdón les quitaba a todos su dignidad y sus derechos. Reconocieron que su nueva felicidad se construía sobre la desgracia de la primera mujer y su hija. Decidieron entonces dar respuesta a sus exigencias legítimas, quedando sin embargo firmes con respecto a su nueva elección de vida.

La reconciliación

Pero existe también un perdón positivo, que conserva su dignidad al culpable y permite no alterar la de la víctima. Este perdón requiere que la víctima mantenga sus exigencias de reparación dentro de un marco razonable y que acepte la compensación y la penitencia ofrecidas por el perpetrador. Sin ese perdón positivo no hay reconciliación posible.

Os doy otro ejemplo.

Una revelación

Una mujer había dejado a su marido por un amante, pidiendo el divorcio. Muchos años más tarde, se dio cuenta de lo mucho que le quería aún a su esposo y le pidió aceptarla otra vez como su mujer. Pero él no estaba bien decidido. En todo caso, decidieron consultar juntos a un psicoterapeuta para aclarar el asunto.

El terapeuta le preguntó al hombre lo que esperaba de la consulta. Éste le respondió:” Pues, ¡una revelación!” El terapeuta contestó que iba a ser difícil pero que haría lo posible por ello. Luego preguntó a la mujer lo que ella tenía para ofrecer a su marido y convencerle. Pero ella se lo había imaginado sin mucho esmero y su propuesta no tuvo efecto. Nadie se asombra que el hombre no quedara convencido. El terapeuta le hizo ver entonces que lo más importante era reconocer el daño que había hecho. El hombre tenía que sentir su buena disposición para reparar la injusticia causada. La mujer quedó pensando un rato, luego le miró al hombre a los ojos y le dijo:” Siento lo que te he hecho. Te ruego que me tomes como tu mujer. Te amaré y te cuidaré. Y en el futuro, podrás confiar en mí”.

El hombre quedó impasible. El terapeuta le observó y luego dijo:” Lo que tu mujer te ha hecho en el pasado debió ser muy doloroso y no quieres arriesgarte una segunda vez.” Los ojos del hombre se humedecieron. El terapeuta siguió:” Aquel que sufrió tanto daño se siente moralmente superior al culpable. Justifica así el derecho de rechazar al otro, como si no lo necesitara más. Frente a esta inocencia, el culpable no tiene ninguna perspectiva de éxito”.

El hombre esbozó una sonrisa, como cogido en fragante. Entonces se giró hacia la mujer y la miró amablemente a los ojos.

El terapeuta le dijo:” Aquí tienes tu revelación. Te cuesta cincuenta marcos. Y ahora, haceros humo, no quiero saber nada de cómo les fue”.

 El dolor

Cuando, en las relaciones humanas, la culpa del causante le lleva a una separación, en aquel momento le consideramos una persona independiente y libre. Si no realizase el acto perjudicial, es posible que se quede sin prosperar, guardando rencor y alimentando reivindicaciones y exigencias.

En muchos casos, el culpable busca “comprar” la separación, sufriendo tanto antes de tomar la decisión que le parece compensar así el dolor de la víctima. Talvez la separación le permite abrirse a una dimensión mayor o nueva y sufre, porque lo logra únicamente causando daño y estrago al otro. Pero hay que ver que en una separación, no sólo el culpable sino también la víctima se ganan las posibilidades inesperadas de un nuevo comienzo.

En cambio, si la víctima se niega a ello y persiste en el dolor, lo hace difícil para el culpable encontrar un nuevo camino y ambos quedan trabados el uno al otro a pesar de su separación. Pues bien, si la víctima realiza la oportunidad de un nuevo arranque en la vida, le brinda al culpable libertad y alivio. De todos los ejemplos de perdón, es posiblemente el más bonito, porque permite la reconciliación aunque no borre la separación.

En situaciones donde la culpa y los daños adquieren proporciones fatales, la reconciliación se da únicamente renunciando por completo a la expiación. Eso constituye un perdón modesto y una aceptación humilde de la propia impotencia. Ambos, víctima y culpable, se someten a un destino impredecible y ponen fin a la culpa y a la expiación.

Bien y mal

Nuestra tendencia es dividir el mundo en dos, una parte teniendo el derecho de existir y la otra que en verdad no debería estar, aunque está y actúa. Calificamos a la primera parte como buena o sana,  sacra o apacible. Y la segunda, como mala o enferma,  pecadora o belicosa. Las calificamos de mil maneras. Eso tiene que ver con nuestra tendencia a considerar como bueno y alentador lo que nos resulta fácil y lo que nos cuesta y nos resulta difícil, lo consideramos malo. Pero si nos paramos para observar con atención, nos fijamos que la fuerza que saca adelante el mundo consiste justamente en lo que nosotros vemos como malo, difícil o terrible. Y el incentivo para ir hacia lo transformador surge de aquello que quisiéramos apartar o rechazar. Por lo tanto, si buscamos sustraernos ante la dificultad, ante lo que se considera pecaminoso o belicoso, perdemos justamente lo que quisiéramos conservar: es decir, nuestra vida, nuestra dignidad, nuestra libertad y grandeza. Sólo el que se enfrenta a las fuerzas oscuras y asiente a ellas, está conectado con sus raíces y con la fuente de su energía. Aquellas personas son más que buenas o malas, se encuentran en sintonía con algo mayor, con su profundidad y su fuerza.

El destino personal

Pues bien, pueden darse en nuestro destino personal elementos terribles o difíciles. Por ejemplo, una enfermedad congénita, o circunstancias trágicas de nuestra infancia, o una culpa personal. Al acoger y aceptar eso en nuestra vida, se convierte para nosotros en una fuente de fuerza. Pero aquel que se rebela contra el destino, imaginemos por ejemplo una herida de guerra, entonces le resta fuerza a su destino. Y eso vale también para la culpa personal y sus consecuencias.

El destino ajeno

En los sistemas familiares, otro individuo se hará entonces cargo del destino que rechazamos o de la culpa sin asumir. Los efectos de eso se revelan doblemente difíciles. Un destino ajeno o una culpa ajena no dan fuerzas, porque la fuerza nos viene sólo de nuestro propio destino y de nuestra propia culpa. Y al cargarnos con el destino o la culpa de otro, aquel también se debilita ya que su destino o su culpa dejan de fortalecerle.

Los destinos intrincados

Nos sentimos culpables cuando el destino nos favorece - sin que podamos influir en ello- a costa de otro. Un ejemplo sería el niño que nace y cuya madre no sobrevive al parto. Por cierto, él es inocente. A nadie se le ocurriría considerarle responsable. Pero él no puede dejar de pensar lo contrario porque su vida va fatalmente entrelazada con la muerte de su madre. Y no podrá soltar la presión que esto crea en él.

Otro ejemplo sería el del automovilista que, al circular, se le revienta una llanta y después de un derrape, se estrella contra otro coche. El otro conductor muere en el accidente y él mismo se salva. Obviamente, no tiene la culpa pero desde ahora su vida está ligada con el dolor y la muerte de otros y a pesar de una inocencia probada, él se siente en deuda.

Un tercer ejemplo sería lo que contó alguien: al final de la guerra su madre, embarazada de él, se fue en busca de su esposo en algún hospital de campo, para traerlo a casa. Pero en el camino de vuelta fueron amenazados por un soldado ruso. Defendiéndose, le mataron. Y aunque esto fuera una defensa legítima, se sienten aún ahora y el niño también, culpables de lo hecho porque ellos viven mientras alguien que cumplía con su deber, está muerto.

En los casos donde la culpa y la inocencia son el juego del destino, nos sentimos completamente impotentes. Y por eso, nos cuesta tanto soportarlo. Si fuéramos realmente culpables o inocentes, tendríamos fuerza e influencia para actuar. Pero aquí vemos que tanto en lo bueno como en lo malo, estamos en las manos de un destino imprevisible que actúa independientemente de nuestro “ser bueno” o “ser malo” y que decide entre muerte y vida, salvación y perdición, suerte y desgracia. Esta impotencia frente a la fatalidad es tan abrumadora para algunos, que prefieren descartar la felicidad o la vida que les toca en vez de aceptarlas como una gracia.

A veces intentan a posteriori encontrarse alguna culpa o mérito para evitar sentirse entregados a un destino que salva sin mérito y culpabiliza al inocente.

Una reacción clásica en casos de culpa relacionada con un hecho del destino es que aquel que se encuentra aventajado a costa de otro, minimiza su ventaja o incluso la rehúsa y la rechaza. Esto le puede llevar al suicidio, a la enfermedad o a actos culpables que implican sanciones.

Estas soluciones tienen que ver con el pensamiento mágico del niño y son una forma infantil de manejar una felicidad gratuita. Observandolo bien, vemos que esto no reduce el peso de la dificultad sino que lo aumenta. El niño cuya madre murió en el parto y que se limita en su vida o decide suicidarse, anula el sacrificio de su madre además de hacerla responsable de su desgracia. Pero si el niño dice: “Querida madre ya que has perdido la vida dándome a luz, haré que no sea en vano. Recordándote, haré algo bueno con la mía”. Entonces se transforma la presión del destino en el motor para una vida en que los actos requieren una gran fuerza, no otorgada a cualquiera. Y el sacrificio de la madre impulsa efectos beneficiosos por encima de su muerte, generando paz y reconciliación.

Como en otros casos, todas las personas implicadas están en la búsqueda de un equilibrio. El que ha sido beneficiado por el destino se siente incentivado a dar más lejos. Y cuando no lo puede hacer, busca por lo menos renunciar a lo equivalente. Pero esos caminos habituales suelen llevar al vacío porque el destino no se turba por nuestras reivindicaciones o exigencias, tampoco por nuestras compensaciones o expiación.

La humildad

En realidad, es la propia inocencia que hace la culpa tan difícil de aguantar. Si me encuentro culpable y recibo un castigo o si me encuentro inocente y me veo salvado, entonces entiendo que el destino está sometido a un orden moral y a ciertas reglas que, con mis actos inocentes o culpables, consigo aplicar. Pero cuando me salvo, independientemente de mi culpa o inocencia y otros perecen independientemente de su inocencia o culpa, se puede decir que estamos totalmente en manos de ese poder que nos confronta, culpables o inocentes, insoslayablemente a nuestra impotencia.

La única salida que me queda es la sumisión a ese orden todo poderoso, aceptando e integrándome a sus leyes, sea por mi bien o no. Llamo esta actitud de renuncia a la  negociación, humildad. Me permite tomar mi vida y mi felicidad el tiempo que duran, independientemente de lo que les cuesta a otros. Me permiten también asentir a mi destino y a mi propia muerte cuando me toque, sean cuales fuesen mi culpa y mi inocencia.

Esta humildad me ayuda a comprender que no soy maestro de mi destino sino que él me determina, me lleva, me alza y me deja caer según leyes cuyo misterio no puedo ni debo destapar. Esta humildad es la respuesta apropiada a la culpa y la inocencia que nos brinda el destino. Gracias a ella, no soy más ni menos que las víctimas. Las puedo honrar, no por estar en deuda con ellas o por limitarme o por rechazar lo que tengo sino porque lo tomo todo con gratitud y sin miras hacia el precio elevado y lo transmito más lejos.

Acabo de exponer principalmente las nociones de culpa e inocencia en el dar y el tomar. Pero culpa e inocencia tienen muchas facetas y muchos efectos. Las relaciones entre humanos se tejen desde un conjunto complejo de necesidades y de órdenes que buscan imponerse a través de distintas vivencias de culpa e inocencia. Hablaré más adelante de ello cuando abordemos las fronteras de la consciencia y los órdenes del amor.