Bert Hellinger

¿Hacia dónde me tengo que dirigir? Hacia la próxima acción conveniente, instante tras instante. Entonces, lo que me guía es mi actuar, porque sólo la acción conveniente es el cumplimiento de mi vida, exigida por ella y fijada por ella, de tal manera que todo continua, y precisamente ahora.

Revista independiente Hellinger

Diciembre2009

 

Navidad y año nuevo

Hombre y mujer

Atisbos

Hellinger Sciencia

La luz

Respuestas a las cartas

Cada año de nuevo

Repetidamente, cada año acaba y empieza otro nuevo. Da igual lo que haya pasado durante el año viejo y da igual lo que traiga el nuevo, detrás del cambio de año reina una ley cósmica. La tierra gira en torno a un punto central, el sol, atraída por él y mantenida en una órbita que, en el plazo de un año, le permite concluir un ciclo y comenzar otro nuevo. Esto acontece independientemente de todo lo que haya ocurrido o pueda ocurrir en la tierra.

A fin de año, nos podemos integrar conscientemente a este ritmo cósmico. ¿Cómo? Con serenidad. De todas formas, todo sigue su recorrido cósmico. Todo lo que nos parece tan cercano e importante se nos aleja y deja sitio para algo eterno, que permanece para nosotros igual, siempre en el mismo movimiento. Nosotros también, como la tierra, giramos en torno a un centro, un centro humano, nuestro centro. Este movimiento es igualmente un movimiento cósmico. A la diferencia de la tierra girando en torno al sol, a la que vemos en su magnitud  extenderse por muy encima de nosotros, sobre potente y en cada aspecto independiente de nosotros, trazando sus órbitas, experimentamos  de manera directa esa circunvalación alrededor de nuestro centro, al que percibimos también como infinitamente alejado, que nos arrastra en una vía y que no nos suelta.

Con cada año que pasa, algo progresa en el cosmos y dentro de nosotros.

¿Cómo miramos hoy al año viejo y al nuevo? Con serenidad. Nos sintonizamos con un movimiento cósmico afuera y adentro. En sintonía con él, dejamos que el año viejo sea del pasado, así como fue, y dejamos llegar el año nuevo con todo lo que aporta, sin lamentar nada retrospectivamente y sin preocuparnos a priori.

Cada año que pasa, tomamos consciencia de que nosotros y el mundo continuamos, unidos a un movimiento eterno al que nos abandonamos y en el que podemos confiar.

¿Somos de alguna importancia para ese movimiento eterno? Aparentemente, sí. De lo contrario, no nos veríamos abarcados por él. ¿Podemos caer fuera de ese movimiento? Aparentemente no. Porque es un movimiento cósmico, nada puede ser separado ni excluido de él. Al contrario. Cósmico quiere decir que todo está con todo ligado, sobre todo con aquella fuerza que actúa detrás de todo, que todo lo mueve así como quiere que se mueva.

Cada año, a fin de año, nosotros también marcamos más adelante nuestras vías, en lo grande y en lo pequeño. ¿Cómo? Con optimismo.

 

Hombre y mujer

La relación de pareja

Jornada abierta sobre la vida, en Viena, febrero 2009.

 

Para empezar, quiero decir algo acerca de los hombres y de las mujeres. Sophie, mi querida esposa, se ha ocupado del tema de manera intensiva, mirándolo de cerca.

En las constelaciones,  cuando el hombre y la mujer se encuentran frente a frente, vemos con frecuencia lo siguiente: el hombre se dirige hacia la mujer con las manos abiertas, sin embargo la mujer mantiene las manos cruzadas detrás de la espalda. No se atreve a mover hacia él, a tocarle, a entregarse a él. Eso, lo podemos observar a menudo en este trabajo.

Después de una semana entera de trabajo de grupo en Sevilla, hemos colocado una vez más a un hombre en esta situación y a la mujer de la misma forma, ella habiendo ya anteriormente estado con las manos cruzadas en la espalda. Sophie pidió que esta mujer se imaginara detrás de ella innumerables generaciones de mujeres que hayan tenido que aguantar mucho, debido al desprecio de los hombres y a su rechazo.

Esta mujer se las imaginó detrás de ella, miles de ellas con un destino semejante, sintiéndose íntimamente unida a ellas. Con el recuerdo de estas mujeres, después de girarse para mirarles con amor, se dio la vuelta hacia su hombre. Sentía detrás de ella el amor de estas mujeres, que a su vez esperaban que, por fin, fuera armonioso entre hombre y mujer, con respeto y amor recíproco.

Meditación: el sufrimiento de muchas mujeres anteriores

Las mujeres aquí presentes pueden cerrar los ojos e imaginarse lo mismo. Los hombres también lo pueden hacer. Las mujeres miran a las mujeres de su familia y a muchas otras mujeres. Miran a su dolor y a todas ellas con respeto. Les dicen:” Os veo, veo vuestra grandeza. Soy una de vosotras”. Les miran a los ojos y ven cómo sus rostros se iluminan. ¡Al fin, alguien está para verles!

Luego, os giráis, os apoyáis de espalda sobre ellas, estiráis los brazos hacia atrás y os dejáis coger de las manos por ellas. Y ahora, se instala un movimiento hacia delante, lleno de fuerza y de amor, hacia vuestra pareja.

La doble transferencia

Lo que también juega un papel es algo que quiero explicar. Se trata de la doble transferencia.

Me encontraba una vez con Jirina Prekop en un seminario que ella llevaba. Nos mostró entonces la adhesión en la pareja.

Había una pareja tendida por el suelo y se tenían que abrazar. En ese momento, el rostro de la mujer se transformó por completo. Le dije a Jirina:”Mira bien esta cara”. Era el rostro de una mujer anciana. Luego le dije a la mujer que “congelara” esa expresión del rostro, para poder sentir a quién pertenecía. Ella contestó que esa expresión era la de su abuela.

Le pregunté: ¿qué pasó con la abuela?

La abuela y su marido poseían un restaurante y aconteció que a veces el abuelo la arrastraba por el pelo a través de la sala del restaurante.

¿Os podéis imaginar la rabia de esta mujer? Pero no lo mostró. Eso es un problema sin resolver.

Podríamos incluso decir que actúa como un karma, porque ya no hay solución, porque ya no hay amor entre ella y su marido. Se habría resuelto en el caso de que hubiesen vuelto a encontrar el amor.

Por el hecho de no tener solución, se desplaza algo de la abuela a la nieta, es decir que la nieta se hace cargo por la abuela de la rabia reprimida. Eso es una transferencia de sujeto, de la abuela a la nieta.

Ahora, la nieta está con la rabia. ¿Qué hace con esa rabia? Tiene que mostrarla a alguien, la tiene que fijar en alguien. Para ser exacto, tiene que dirigirla hacia el hombre. Pero ¿hacia qué hombre ahora? No al abuelo sino al marido. Esa es la transferencia de objeto. El marido inocente debe soportar algo por lo que no tiene la culpa.

La doble transferencia en las parejas hoy en día

Mientras contemplaba todo esto durante la meditación con las mujeres, de pronto me percaté de que esta doble transferencia existe en muchas parejas de hoy en día.

Muchas confrontaciones que podemos observar entre hombres y mujeres ganan en fuerza explosiva debido a que muchas mujeres, por tener ahora más poder y más oportunidades, se aprovechan con ello de los hombres. ¿En detrimento de quién? Pues de ellas también. Reproducen repetidamente el destino de las mujeres anteriores. Entonces, lo de antes, exento de amor, persiste sin resolverse ahora, igualmente sin resolverse para hombres y mujeres, incluyendo a los hijos.

Meditación: Ver a su pareja de otro modo

Cerrad otra vez los ojos. Miramos ahora a nuestra relación de pareja. Los hombres miran a su mujer y las mujeres a su hombre. Miramos lo que ocurre en la relación entre ese hombre y esa mujer. Vemos la frecuencia con la que surgen los conflictos, por los que ambos se lastiman, de dónde provienen, ya que no tienen que ver con su situación inmediata.

De repente no se atraen más. Ni la mujer siente atracción por el hombre ni el hombre por la mujer. De pronto, la mujer pierde al hombre de vista y el hombre pierde a la mujer de vista. Ambos se hacen daño, miramos por qué.

Con el conocimiento del posible trasfondo de estos conflictos, la mujer llega a liberarse del destino de muchas mujeres anteriores a ella, permitiendo que lo que las ha hecho sufrir pueda más adelante llevar a otras muchas mujeres hacia algo bueno.

Cuando el hombre ve que la mujer no le entiende, mira más allá de ella hacia las numerosas mujeres anteriores, con respeto. Les dice: Soy distinto. Os respeto y respeto a mi mujer tanto como a vosotras.

La mujer también mira al hombre y le dice: Eres distinto. Ahora veo tus ojos, tu rostro y tu amor.

Entonces, las mujeres dicen interiormente a sus hombres y los hombres a sus mujeres:

Me alegro por ti.

 

 Atisbos

La venganza

La venganza es sedienta de sangre. Quiere que alguien pague con su muerte por una injusticia.

¿Quién desea venganza?

Alguien que alguna vez sufrió una injusticia. Aspira a la venganza para que el otro sufra como él. Profundo en su alma, está el deseo de que el otro muera, de una muerte cruel.

¿Qué ocurre con él cuando la injusticia sufrida es expiada de esta forma, sea a través de él mismo o de otro que se hace cargo de la venganza, satisfaciéndola? ¿Qué pasa en su alma? ¿Es humano aún? ¿Qué pasa dentro de él, cuando se venga con triunfo y, por encima, se jacta de ello? ¿A quién puede aún amar humanamente? Tal vez, se junta con otros ávidos de venganza, realizando cosas con ellos, incluso cuando tiene poco o nada que ver con ello. ¿Incluso quizás se alíen entre sí de tal forma que sus actos vengativos despiertan la venganza de sus víctimas,   siendo ellos mismos luego víctimas de su vindicta?

Con frecuencia, la necesidad de vengarse se incrementa cuando queremos vengarnos por personas  pertenecientes a nuestro  grupo, más que todo miembros de nuestra propia familia. Entonces, el impulso de venganza aumenta hacia una venganza colectiva. Ya no se dirige a un individuo que consideramos responsable por una injusticia y del que queremos vengarnos. Ese impulso de venganza se dirige a otro grupo. Sin discriminación, se extiende a todos los seguidores de ese grupo, sin más consideración por su participación o no en la injusticia.

En este caso, el hambre de venganza toma proporciones sobrehumanas y se transforma en un incendio. ¿Puede uno solo apagar ese incendio? ¿No se verá quizá tragado por él? ¿O probablemente, se apaga el incendio una vez que todo ha sido quemado, y con ello gente inocente de ambos lados?

La venganza es ciega. Es ciega frente al futuro, incluyendo el futuro propio y de la propia familia o grupo. ¿Cómo dar visión a nuestra necesidad de venganza? Despidiendo nuestro sueño de compensar, en el sentido de ojo por ojo y diente por diente. ¿Cuántos más ojos deberán ser desgarrados y cuántos más dientes  arrancados hasta que nos percatemos de que la vida sólo puede continuar si hay más vida para todos,  más amor para todos?

Para que la vida prosiga, es preciso reconocer que los muertos han muerto y permanecen muertos, tanto nuestros muertos como los del otro grupo. ¿En qué les ayuda nuestra venganza? ¿Acaso queremos extender nuestra venganza y nuestra necesidad de aplicarla al reino de los muertos? ¿Acaso les ayuda en estar mejor muertos, reconciliados o en paz?  Quizá, nos arrogamos de esta forma un poder sobre los muertos, los nuestros y los otros, más allá de sus vidas.

No hay peor ceguera. Porque al final, sacrificamos al dios de la venganza, no sólo muchas otras vidas sino también la nuestra. Tal vez sea ese el motivo oculto de nuestra necesidad vindicatoria.  La venganza se vuelve un servicio a una divinidad, una manera de honrar a ese dios. ¿Qué dios es ese? Es el dios de la justicia. ¿Cómo lo honramos? Sacrificándole víctimas.

¿Dónde está ese dios? ¿Acaso existe? ¿Acaso puede existir un tal dios? ¿Y si lo hubiéramos fabricado, para satisfacer nuestra necesidad de compensación? Ese dios es nuestro dios, lo hemos hecho nosotros. ¿Puede ser un dios de vida? Es más bien un dios de los muertos, una divinidad de la muerte.

La pregunta es: ¿Cómo encontrar el camino hacia la vida, la vida para todos?

Nos apartamos de la embriaguez de la venganza y buscamos la vida. Nos volvemos humildes ante la verdadera muerte, la muerte final, y honramos la vida, cada vida. La tenemos por un tiempo, hasta nuestra propia muerte, hasta estar muertos como todos los otros, en paz con ellos. Acordemos la paz con los muertos ya ahora.

 

La paz

La paz llega después del conflicto. Lleva a juntar lo que estaba opuesto. La paz es el buen desenlace de un conflicto, es una solución. Con la paz, comienza la esperanza de que un factor separador haya sido superado, dando a ver un futuro posible.

La paz mira hacia delante. Heridas se sanan, muertos se entierran, daños se reparan y donde hubo destrucción, se vuelve a construir.

La paz es un bien valioso, y un bien frágil. ¿Qué la salva para un futuro estable? Pues, que cada quien de los que estaban en conflicto opten por  metas comunes, implicándoles cada vez más en una interacción y una interdependencia mutua. Evidentemente, ambas partes deben reconocer  su dependencia recíproca e igual.

A la vez, cada parte deja que la otra sea tal y como es. Se permiten ser distintas. La paz sólo sirve el avance de los que son distintos así como hombre y mujer, por ser distintos, pueden tener hijos juntos.

¿Qué se opone a la paz, en la mayoría de los casos? El sentimiento de superioridad, como si el uno, o lo uno,  fuera mejor que el otro. Esta superioridad es lo que fomenta los grandes conflictos.

¿Qué es lo que establece la paz profundamente? La humildad. Ella nos permite quedar abajo, entre todos. Sólo abajo, quedamos iguales entre todos. Con benevolencia, nos mantenemos iguales, con respeto mutuo y amor, en paz.

Hellinger Sciencia

 

El gran conflicto

Voluntad de destrucción

Cada conflicto grande quiere despejar algo en el camino y al fin y al cabo destruirlo. Detrás de estos conflictos actúa una voluntad de aniquilación.

¿De qué fuerzas o de qué miedos se alimenta? Pues, se alimenta esencialmente del deseo de supervivencia. Ahí donde nuestra vida es amenazada, reaccionamos o bien con la huida – es decir, la huida del ser destruido por otro – o bien con la agresión – es decir, que procuramos destruir al otro o por lo menos, obligarle a huir. Despejar el camino de la presencia de algo o de alguien es la forma más externa de la voluntad de destrucción.

Para ello, no se trata solamente de matar al otro sino incluso de apropiarse de él. Eso también sirve la supervivencia. Bien es verdad que nos espantamos del canibalismo, pero sólo en apariencia. Porque se dan situaciones actuales en las que las personas se aseguran su supervivencia a cuesta de otras. A menudo, la apropiación de lo que hemos destruido es inevitable para nuestra supervivencia. Por cierto, nos alimentamos de aquello que la naturaleza nos brinda, sus frutos por ejemplo, pero en el caso de los animales, debemos matar primero antes de poder ingerirlos.

¿Son esos conflictos – y más que todo los conflictos mortales – inhumanos? Cuando nos encontramos en una emergencia extrema, no los podemos evitar.

Puesto que los conflictos por una parte aseguran la supervivencia pero por otra la ponen en peligro, los hombres han buscado desde un principio resolverlos de manera pacífica, gracias a contratos,  a límites claramente demarcados, a la unión de pequeños grupos bajo un mando común, a las leyes. Los conflictos letales son así mantenidos dentro de ciertas fronteras gracias a un orden jurídico, sobre todo gracias a que unos individuos o gremios tienen la posibilidad de poner dique a la resolución violenta de conflictos por control absoluto de un dirigente.

Ese orden es exterior. Se basa por un lado en la conformidad pero por otro también  - y en gran parte – en el miedo al castigo, incluso a la pena de muerte o a la exclusión de la comunidad. Ese orden es, en realidad, impuesto por medio de intimidación y por lo tanto es a la vez conflicto y lucha. Sin embargo, está organizado de tal forma que sirve la supervivencia del grupo y de cada uno de sus miembros.

El orden jurídico impone pues, fronteras a la voluntad personal de aniquilación y protege tanto al individuo como al grupo  de su irrupción. Cuando las fronteras caen, como en la guerra por ejemplo, o cuando las fuerzas del orden colapsan, como en una revolución, irrumpe nuevamente la voluntad destructiva primaria, con horrendas consecuencias.

La transferencia de la voluntad de destrucción

Dentro de los grupos, en los que el individuo es protegido del deseo destructivo del otro y del suyo propio gracias a un orden legal, se desplaza a veces esa voluntad de destrucción hacia otros niveles, por ejemplo en las confrontaciones políticas pero también en las polémicas científicas e ideológicas.

Podemos ver la voluntad de destrucción obrando en cualquier lugar donde se abandonó el nivel de las cosas concretas. En vez de la búsqueda en común de la mejor solución, en vez de una observación y prueba en común, orientadas hacia lo específico, los representantes del partido adverso son insultados con improperio y calumnia. Las agresiones que aquí se cuelan se diferencian muy poco de la voluntad de destrucción física y apuntan como ella, en sentimientos e intención, hacia el exterminio del otro, por lo menos moralmente, declarándole como enemigo del grupo, con todos los efectos que esto implica.

¿Puede el individuo defenderse de ello? No. Está expuesto al conflicto, incluso sin intervenir en ello. Pero surge el peligro que, en respuesta a esas agresiones, perciba dentro de él el mismo deseo destructivo y que se defienda de sus efectos con dificultad.

La justicia

Estas confrontaciones sacan su energía no sólo de la voluntad de supervivencia, sino también de la necesidad común a todos los humanos de un equilibrio entre el dar y el tomar, entre la ganancia y la pérdida. Lo conocemos todavía como necesidad de justicia. Sólo cuando se ha alcanzado el equilibrio, podemos sentirnos tranquilos. Por eso, para nosotros, la justicia es un bien máximo.

Sin embargo ¿lo es en todos los casos? ¿O lo es en un marco limitado, cuando el equilibrio va para mejor? En efecto, la necesidad de equilibrio tiene efectos muy diferentes cuando se trata de equilibrar el daño y la pérdida.

Lo explico con un ejemplo. Cuando alguien nos ha hecho algún daño, meditamos una venganza. Es decir que, para equilibrarlo, queremos también dañarle de alguna forma. Por una parte nos motiva la necesidad de equilibrio – eso sería aquí la necesidad de justicia. Por otra parte, se activa en nosotros la doble voluntad de supervivencia y de destrucción. Queremos impedir que el otro, una vez más, nos dañe y nos perjudique. La venganza nos lleva entonces más allá del equilibrio y de la justicia, y acabamos causando al otro más sufrimiento y daño que él a nosotros. A continuación, el otro a su vez reflexiona en términos de justicia pero también de venganza y así el conflicto entre nosotros no encuentra fin. La justicia se transforma aquí en pretexto para la venganza. En su nombre, el deseo de aniquilación encuentra nuevamente una grieta en la que colarse.

La consciencia

Un elemento más enardece el conflicto. Es algo que llamamos “bueno” y que sin embargo provoca algo malo. Es la buena consciencia. Al igual que la justicia, la buena consciencia se utiliza como el caballo tirando del coche. Es decir que, en cuanto alguien opina que él es mejor que otros y, por lo tanto, está en su derecho para agredirles, está actuando bajo la influencia de su consciencia, con buena consciencia.

¿Se trata realmente de su consciencia? Es la consciencia de la familia y del grupo, que hacen su supervivencia posible. Es la consciencia de su grupo que, en conflictos con otros grupos, ha asegurado la supervivencia propia gracias a su voluntad de destrucción. Ya que en la imaginación de mucha gente, esa consciencia tiene aura de santidad, los ataques a personas que piensan o que actúan de forma diferente así como su destrucción, se ve santificada. Ahí se originan las guerras santas, tanto en los campos de batalla como dentro de los grupos, en cuanto los disidentes son vistos como un peligro para la cohesión del conjunto. Así como en las guerras, todos los medios son justificados y consagrados por la buena consciencia. Cualquier llamamiento a la consciencia de los agresores de esta índole y a su honradez queda sin resonancia y cae en lo vacío. No porque sean malos sino porque tienen una buena consciencia y opinan que  pelean por una causa buena.

A la inversa, el que piensa que puede apelar a la consciencia de ellos, lo hace desde otra consciencia,  su buena consciencia. Sin embargo, bajo su influencia, corre peligro de utilizar los mismos medios que aquellos. Por lo tanto, buscar soluciones a conflictos graves en el ámbito de la justicia es en vano.

La amenaza de lo nuevo

Todo lo que sacude lo establecido es  vivido por la consciencia como amenazador, sea la del individuo como la del grupo, si es que aquí podemos hacer una diferencia entre las dos. Porque al fin y al cabo, toda consciencia es la de un grupo. Lo nuevo amenaza la cohesión del grupo y por lo tanto, su supervivencia en su forma actual. Si un grupo hiciera sitio para lo nuevo, esto significaría que se tendría que disolver o volver a organizar por completo.

Por ese motivo, muchas ideologías políticas se han desmoronado después de un tiempo, incapaces de resistir a largo plazo a la prueba de la realidad experimentable, como pasó con la ideología comunista. Pero esa caída sucedió sólo después de que muchos de los que, anteriormente,  habían advertido de lo ilusorio de estas ideologías, hubieran sido ejecutados o empujados a la muerte de alguna forma, como por ejemplo por las hambrunas consecutivas a esas ideologías.

Sólo cuando los grupos, habiéndose construido en base a comprensiones nuevas, se han hecho suficiente fuertes como para proteger a los suyos contra la voluntad destructiva de los viejos grupos, están sus miembros en seguridad. El que demasiado pronto se atreve, está en peligro. Muchos herejes y demás desviacionistas traen testimonio de ello.

Pero, ¿eran malos aquellos que clavaron a los herejes en la cruz o los quemaron en la hoguera públicamente? Defendían la supervivencia de su grupo y la suya propia. Su voluntad de destrucción servía esa supervivencia y ellos seguían así su buena consciencia.

El rechazado interiorizado

Aunque una persona, bajo la influencia de su buena consciencia, rechace a otra, sea cual sea el motivo, se encuentra bajo la presión de otra instancia anímica que le pide dar al rechazado un sitio en su alma. Esto se muestra por el hecho de que, de repente, vive en su propia persona algo que ha rechazado en el otro, como su agresión por ejemplo. Sólo que ahora el blanco de la agresión se ha desplazado. Esa no se dirige más hacia las mismas personas que anteriormente, víctimas de aquel perpetrador, sino hacia  otras, que la persona relaciona con el perpetrador, sin que tengan algo que ver.

Con eso, le queda ocultado que se trata de una transferencia, el impulso siendo el mismo. Sin embargo, de un modo extraño y compensatorio, una instancia interna oculta permite que la consciencia buena y a la vez ciega se empale en su propio cuchillo y fracase.

En relación con esto, existe una transferencia más, y es que lo que rechazamos y renegamos personalmente se ve combatido en otra persona, tal como Freud lo ha descrito en su tratado sobre proyecciones.

Una transferencia suplementaria se muestra cuando los niños concretizan en su comportamiento lo que uno de los padres rechaza. Lo vemos a menudo en los extremistas de derechas. A través de su radicalismo, honran al padre rechazado y despreciado por la madre.  En muchos de los que combaten a esos mismos extremistas de derechas se puede notar un comportamiento idéntico. Lo hacen con la misma agresión y los mismos medios. Pero todos, con buena consciencia.

El campo

Podemos entender mejor este contexto si lo contemplamos dentro del marco del campo.

Rupert Sheldrake habla aquí de un campo mental o de un campo expandido. En inglés: extended mind.  Él observó la existencia de una comunicación entre los seres vivos, que sólo podemos comprender aceptando la presencia de un campo mental, dentro de cuyos límites estos seres permanecen y se mueven. ¿Cómo se podría explicar de otra manera que un animal encuentra precisamente la planta que necesita para el alivio de un mal físico, o que un perro sabe cuando su amo está de camino para la casa? Similares son los fenómenos que se dan a ver en las constelaciones familiares, sólo entendibles gracias a la aceptación de tales campos comunes, por ejemplo cuando los representantes  perciben en cuerpo y sentimiento, al estar colocados juntos en el espacio, lo que los familiares del cliente sienten, sin conocerles.

En este campo, todos están en resonancia con todos. Nada ni nadie puede caerse fuera del campo. Incluso el pasado y los muertos están presentes en él. Por eso es que cualquier intento de excluir a alguien  o de deshacerse de él, está condenado al fracaso. Al contrario, la persona excluida, despreciada o eliminada gana poder a través del intento de deshacerse de ella.  Cuanto más se busca esa exclusión, tanto más potencia tiene su efecto. El campo se intranquiliza y se desordena hasta que el desbancado sea reconocido y pueda reintegrar, dentro del campo,  el sitio que le corresponde.

Campo y consciencia

Los diferentes efectos de la consciencia  se nos hacen realmente comprensibles cuando los consideramos en relación con los campos mentales. Entonces, vemos que nos movemos en distintos campos. Por eso es que tenemos en diferentes campos una consciencia distinta. Por las reacciones de la consciencia, podemos descifrar cómo el campo actúa, a quién abarca y a quién o a qué excluye o desaloja.

Bajo la influencia de la buena consciencia, el campo se polariza. Es decir que sólo una parte del campo o – aplicado a las relaciones humanas – sólo una parte de las personas que integran ese campo, son reconocidas como pertenecientes. En el lenguaje de la consciencia, los buenos son aquellos que tienen permiso de pertenecer. Pero “buenos”, para la consciencia, son únicamente aquellos que excluyen y rechazan a los que la consciencia rechaza. Sin embargo, como ningún excluido puede ser obligado a permanecer fuera sino que adquiere potencia gracias al rechazo, acaba acorralando a los “buenos”. Esto se muestra en ellos cuando continuamente se sienten en estado de defensa contra el “mal” en su propia alma y el “mal” en su entorno. Se consumen en el combate contra la sombra de su propia luz, hasta que sus fuerzas se paralicen o que cedan sitio al “mal” dentro de ellos mismos y se vicien. Pero sin respetarlo y habitados por un sentimiento de derrota y mala consciencia.

¿Cuál es pues, el gran conflicto? Es el conflicto entre la buena y la mala consciencia. En él se originan los conflictos más implacables que haya entre grupos o en la propia alma.

La locura

Bajo la influencia de la buena consciencia y la irresistible necesidad de pertenencia surge un movimiento de celo ciego, que provoca por una parte un sentimiento exaltado, el de la inocencia, de la buena consciencia y de la pertenencia que, simultáneamente con fanatismo, se dirige en contra de otros. Lleva a una disposición asesina, ligada a una voluntad destructiva frente a otros, sin que estos otros sean vistos como seres humanos. Más bien, son lanzados como forraje a un ídolo, matados por él,  anónimas víctimas del desbordamiento de la exaltación. De esta locura, el conflicto masivo y absurdo saca su fuerza.

Obviamente, en estos conflictos existen matices pero el movimiento de fondo es el mismo. A través de él se disuelve el ser individual en el ser colectivo del grupo, inducido con la misma buena consciencia al sentimiento de superioridad sobre otros grupos, por lo demás anónimos. Es también aquel movimiento que lleva al enardecimiento,  en el que la percepción es reducida, incluso abolida, tomando rasgos de delirio.

Quien se retira de la masa de los fanáticos, buscando más consciencia, no sirve más para los grandes conflictos. No se deja más seducir por ellos. Pero corre peligro de que se vuelvan en contra de él los que están  en el fanatismo, siendo visto como un traidor y cayendo víctima del conflicto. ¿Por qué? Por no tener ya la buena consciencia de los demás.

Resumen

Los conflictos importantes empiezan en el alma, bajo la influencia de la buena consciencia. A esos conflictos, se sacrifican con frecuencia la propia vida y la de otros. En ese aspecto, los conflictos mayores se convierten en algo sagrado dentro del alma, en algo divino al que se dedica lo más alto y lo último. Pero solamente al Dios propio, haciendo de los conflictos importantes asuntos al servicio de ese Dios. Se inician por él y son recompensados por él. ¿Cómo? Después de la muerte, esencialmente. Porque la vida es, en estos casos, el alimento que se le ofrece gracias a las víctimas, que le eleva en el grupo y que le asegura el dominio sobre todos ellos.

 

La luz

No vemos la luz. Sólo vemos lo que alumbra y de donde brilla, por ejemplo un rostro resplandeciente, una luz de dentro. La iluminación o una comprensión son también  una luz de dentro.

Alguna que otra luz es chillona, tan clara que deslumbra. Nos ciega más que nos hace videntes, oculta el objeto más que lo muestra. Ante ella, cerramos los ojos.

La luz más dulce relumbra cuando el día se adentra en la noche, el crepúsculo. El sol ya se ha puesto y la noche se acerca. Día y noche se hacen casi uno.

Entonces, en nuestro interior empieza otra luz a brillar. Esa luz irradia en las tinieblas. A veces fulgurante y breve como un rayo, a veces luminosa a pesar de la noche, cuando la luna refleja la luz del sol, aunque éste ya se haya puesto. Nada al principio, luego creciente y menguante, hasta que su luz también se haga oscura, dejando sólo el parpadeo de las estrellas.

No existen para nosotros las tinieblas sin que haya en la lejanía aún una luz, una esperanza. La luz en las tinieblas, por ser tan infinitamente distante, penetra profundamente en nuestra alma. Ante ella nos volvemos pequeños y modestos.

Así nos pasa con nuestros éxitos. A veces nos deslumbran y cerramos los ojos, sobrecogidos. Después del éxito del día, cuando cae el sol, lo soltamos poco a poco y nos preparamos para la oscuridad de la noche. Sin embargo, la noche nunca es oscura del todo. En ella brilla un reflejo de la claridad  desaparecida, a veces repentina, por un instante como un relámpago cercano y su trueno resonante, a veces como una creciente de luna y al final aún,  las estrellas en la distancia infinita, inaccesibles transeúntes aparentemente fijas.

De pronto nos sentimos alzados a otra parte, recogidos y quietos, y con nosotros cada éxito. Él con nosotros se expande en su esencia, luz de la luz, sólo un reflejo y sin embargo plenamente presente.

 

Respuestas a las cartas

Amor que posee y amor que suelta

Existe un amor que quiere y necesita poseer porque con él,  se presenta la cuestión de la sobrevivencia. Ese amor es parte del desarrollo del ser humano y legítimo. También existe otro amor que, en un inicio, posee y luego suelta cuando llega el buen momento. De esta forma, los padres dejan ir a los hijos, los hijos a sus padres y la pareja a su pareja, cuando el tiempo está maduro. Y existe otro amor más que implica desde un principio la renuncia, porque sólo con ella se vuelve posible.

Alturas y profundidades

Existe una dedicación que se precipita, y otra que no quiere intervenir ya, una dedicación o amor de un más alto plano. No es una mejor que otra: ambas tienen su lugar  y su momento.

La dedicación de un más alto plano se basa en la benevolencia a partir de una cierta distancia, dejando ser el otro o lo otro. Por lo general, no existe esta forma de dedicación sin la experiencia de la otra, la que es directa y concreta. A la inversa, a menudo le falta fuerza y aguante a la dedicación directa sin aquella de más alto plano.

Tu dolor acerca de los muchos años mal vividos es legítimo. Si lo expresas – no obstante sin cargar a otros por él – experimentarás tal vez que alcanza lejos en tu interior y va sanando en lo más profundo, de modo que podrás saborear tanto más tu presente.

Un punto importante aún queda por integrar en ti. Es el tomar a la madre y tu amor profundo por ella. Aquel que está parado en la cumbre, no permanece ahí. Baja nuevamente al valle, escala algunos montes pequeños y acaba con el tiempo familiarizándose con la altura, la profundidad y lo que yace entremedio.

El amor fluye

Tanto amor lleva su gratificación y su valor en sí mismo, al igual que la fuente lleva su gratificación y su valor en sus ríos, independientemente de lo que hacen con sus aguas.

Si te expones al dolor de la separación así como estabas dispuesta a hacer con el amor, te quedan la ganancia, el valor y la fuerza.

Una sugerencia para el futuro. El amor es también un juego en la bolsa, donde el curso de las acciones fluctúa y donde uno debe arriesgarse si acaso quiere ganar algo. Algún pícaro observó – por cierto un cura que de acciones no sabía nada – que las acciones que suben, por lo general siguen subiendo y las acciones que caen, por lo general siguen cayendo.