La influencia de
los sucesos históricos en las almas colectivas
El silencio
Oye,
hijo mío, el silencio.
Es un silencio ondulado,
un silencio,
donde resbalan valles y ecos
y que inclina las frentes
hacia el suelo.
Federico García Lorca
Al estudiar
sucesos históricos que afectaron a colectivos enteros
—pueblos, naciones, grupos religiosos— surge
inevitablemente la pregunta: ¿Cuándo y de qué manera
dejan de marcar los grandes acontecimientos a un
colectivo? ¿Cuándo se acaba la Primera Guerra Mundial,
la Guerra Civil española?, ¿cuándo el Holocausto judío?
El verano de
2005 murió Albert Marshall, a la edad de 107 años. Fue
el último superviviente de la campaña del Somme, en la
que había participado como soldado durante la Primera
Guerra Mundial. El 23 de diciembre de 2005 murió Harold
Lawton, el último soldado inglés, a la edad de 106 años.
De los más de 70 millones de hombres movilizados durante
la Primera Guerra Mundial tal vez quede vivo un puñado.
Todavía viven personas que se acuerdan de los horrores
de esta guerra, que la vivieron en carne propia. Niños y
adolescentes que perdieron a su padre o a otro familiar,
o que sufrieron las batallas de cerca, o que casi
murieron por la hambruna. Pero los últimos soldados se
mueren, y con ellos sus recuerdos. Sólo ahora, con su
muerte, acaba la guerra en un nivel mas profundo. Una
vez que muera el último testigo directo de esta guerra,
alrededor del año 2020, ya sólo quedarán los ecos de los
sucesos en las generaciones posteriores. Ecos que han
marcado y siguen marcando a la segunda, tercera y cuarta
generaciones.
¿Por qué se
constela un sistema familiar de origen normalmente hasta
la generación de los abuelos e incluso de los
bisabuelos? ¿Qué hace que las generaciones anteriores
parezcan más retiradas, descansando más profundamente en
el reino de los muertos? Pienso que tiene que ver con
los recuerdos directos de los vivos. Aunque mis abuelos
y tal vez mis padres ya hayan muerto, ellos siguen vivos
en mis recuerdos hasta el último día de mi vida. Cuando
yo muera, “morirán” todavía más conmigo, se alejarán de
sus descendientes vivos. Y con ellos los traumas
colectivos de su generación. Así, sólo con la muerte del
último bisnieto que todavía tenga recuerdos de su
bisabuelo que luchó en la Primera Guerra Mundial, la
guerra caerá en el olvido, sumergiéndose en el
inconsciente de la humanidad, y sólo quedaran los libros
de historia.
Se podrían
distinguir varias etapas de este proceso. La primera
etapa es el fin del suceso, que en el caso de la Primera
Guerra Mundial ocurrió el 11 de noviembre de 1918.
Después del fin del suceso, empieza una segunda etapa.
El colectivo sufre las consecuencias directas y las
secuelas de lo que pasó. Muchas veces se observa que
entre los actores y testigos empieza un periodo en el
que lo fundamental es mirar hacia delante y evitar los
recuerdos dolorosos. Cuesta asumir las culpas y las
responsabilidades. Hay tendencia a incluir en el
recuento solamente las víctimas propias, ignorando a las
del otro bando. La segunda y tercera generaciones entran
en escena y tienen que manejar las ausencias, traumas y
carencias de sus padres, con todas las consecuencias que
tan a menudo vemos en las Constelaciones Familiares.
Es un
proceso de integración complejo y difícil. Sólo una vez
que la primera generación está retirada de la vida
publica y de los lugares de poder de la sociedad,
jubilada o ya muerta, parecen posibles ciertos pasos. En
España tuvieron que pasar 60 años hasta que se empezaran
a desenterrar de muchas fosas comunes los restos de los
republicanos fusilados en la Guerra Civil y así poder
darles un lugar digno y visible en el cementerio, junto
a sus familiares. En Alemania pasó más de medio siglo
hasta que se pudo hablar y reconocer a las propias
víctimas civiles de la Segunda Guerra Mundial, para
devolverles su dignidad. Finalmente, la segunda etapa
acaba con la muerte de sus últimos actores y testigos,
después de aproximadamente un siglo.
Aunque los
efectos de un suceso histórico disminuyen en cada
generación, sus ecos y resonancias continúan y pueden
perdurar más tiempo. Ello dependerá ya de la gravedad de
los sucesos concretos en cada familia, de qué forma un
miembro u otro estuvo involucrado en su momento. Sucesos
realmente graves pueden mantenerse “vivos” en un sistema
familiar durante seis, siete e incluso más generaciones.
Ésta es la experiencia de Anne Shuetzenberger en su
investigación psicogenealógica, o de Daan van Kampenhout
en su trabajo chamánico, entre otros. En términos
generales pienso que con la muerte de los familiares que
guardan recuerdos de los actores y testigos se cierra
esta tercera etapa.
Sólo después
la guerra se absorbe completamente en el inconsciente
colectivo, donde mantiene su influencia en el alma
colectiva.
Almas colectivas
Somos
individuos que viven su vida bajo la influencia del
sistema familiar, como se puede ver con claridad en las
Constelaciones Familiares. Pero no sólo participamos en
el sistema familiar, sino también en sistemas colectivos
más grandes, la nación por ejemplo. ¿De qué manera nos
pueden influir estos sistemas?
Cada
colectivo es un sistema y desarrolla unos contenidos y
dinámicas propios, así como una conciencia propia. Un
colectivo que permanece durante un tiempo suficiente
desarrolla estructuras y cualidades que son
independientes de las cualidades de los individuos que
lo componen, ya que éstos sólo participan por un tiempo
limitado y más bien breve. Los miembros individuales se
desvanecen, mientras el sistema se mantiene. Así, no
sólo posee su propia vida y sus propias motivaciones y
objetivos, sino también el poder de influir en sus
miembros individuales. Mantiene y defiende su propia
identidad y sólo se deja cambiar de una manera lenta.
El concepto
de C. G. Jung del inconsciente colectivo tiene
mucho en común con la idea del alma colectiva:
“El
inconsciente colectivo es la parte del alma que se puede
distinguir del inconsciente personal, ya que no debe su
existencia a una experiencia propia y por eso no es una
adquisición personal. Mientras que el inconsciente
personal en lo esencial consiste en contenidos que
fueron conscientes en algún momento pero salieron del
consciente porque se olvidaron o reprimieron, los
contenidos del inconsciente colectivo nunca fueron
conscientes y por eso nunca fueron adquiridos
individualmente”.
“El modelo
del mundo en el que nace un individuo ya le es innato
como imagen virtual. Y de esta manera le son innatos
padres, mujer, hijos, nacimiento y muerte como imágenes
virtuales, como disposiciones psíquicas (como
arquetipos). Estas categorías a priori son por supuesto
de naturaleza colectiva, son imágenes de padres, mujer e
hijos en general... De alguna manera son el resultado de
todas las experiencias del linaje de los ancestros”.
Ahora bien,
hay que mirar al inconsciente colectivo de manera
diferenciada. Más allá del inconsciente personal están
los inconscientes de sistemas o entidades más grandes,
como las de la familia, la tribu, las unidades
nacionales, la humanidad. El siguiente diagrama (de
Marie-Louise von Franz) es una ilustración simplificada
del inconsciente colectivo. Las letras significan: el
inconsciente personal (A), el inconsciente familiar (B),
el inconsciente de grupos mayores (C), el inconsciente
de unidades nacionales (D), y finalmente el inconsciente
que comparte toda la humanidad (E).

El conjunto
se podría llamar la gran alma en la que participa toda
la humanidad. En palabras de Bert Hellinger: “Mi imagen
del alma es que es grande, y que no tenemos un alma sino
que estamos en un alma, participamos en ella. Esta gran
alma incluye tanto el reino de los vivos como el reino
de los muertos”. Rupert Sheldrake habla del campo
mórfico humano. Un comentario aparte: En mi opinión la
geometría fractal, desarrollada por Benoit Mandelbrot,
es un modelo excelente para ilustrar de qué manera toda
la humanidad está conectada y cómo es posible que
alguien, en una Constelación Familiar, pueda representar
de manera precisa a otra persona, mas allá de las
limitaciones del espacio y del tiempo.
Un alma
colectiva se compone de sus diferentes elementos. Sería
comparable con el cuerpo humano con todos sus huesos,
órganos, músculos ... Cada alma colectiva se forma a
través de los pensamientos y experiencias de sus
diferentes elementos, de sus miembros individuales, a lo
largo del tiempo. Como ejemplo examinaremos de qué
elementos se compone el “cuerpo español”. Esta lista es
el resultado de un ritual con Daan van Kampenhout
–realizado en octubre de 2005 en un taller en Madrid–
sobre el alma de España:
•
Castellanos
• Andaluces
• Extremeños
• Aragoneses
• Vascos
• Catalanes
• Gallegos
• Isleños
• Gitanos
• Judíos
• Moros
• Católicos
•
Inquisidores
•
Homosexuales
• Íberos,
fenicios, griegos, cartagineses, romanos y visigodos
•
Descendientes de indígenas de las colonias españolas
•
Descendientes de los colonizadores en las anteriores
colonias
• Emigrantes
que viven fuera del país
•
Inmigrantes de Europa
•
Inmigrantes de África
•
Inmigrantes de Latinoamérica
•
Inmigrantes de Asia
• Etc.
Si se
examina el alma colectiva española hay que tener en
cuenta la duración del tiempo en que se ha formado, para
entender sus estructuras y cualidades específicas. A lo
largo de su historia ocurrieron sucesos importantes que
dejaron profundas huellas en su inconsciente colectivo.
Dejemos que hable Juan Goytisolo, citado desde su libro
España y los españoles (1969):
“La
casi simultánea expulsión de los judíos no conversos y
la que operara con los moriscos en 1610 en aras de la
unidad religiosa de los españoles equivalen, según el
criterio oficial, a la eliminación del corpus
del país de dos comunidades extrañas que, no obstante la
dilatada convivencia con la cristiana vencedora, no se
españolizaron jamás (a diferencia de los fenicios,
griegos, cartagineses, romanos y visigodos). (...)
Esta
interpretación de nuestro pasado histórico no se ajusta,
ni mucho menos, a la verdad. Como ha señalado con
pertinencia Américo Castro, íberos, celtas, romanos y
visigodos no fueron nunca españoles, y sí lo fueron, en
cambio, a partir del siglo X, los musulmanes y judíos
que, en estrecha convivencia con los cristianos,
configuran la peculiar civilización española, fruto de
una triple concepción del hombre, islámica, cristiana y
judaica. El esplendor de la cultura arábigo-cordobesa y
el papel desempeñado por los hebreos en su introducción
en los reinos cristianos de la Península modelan de modo
decisivo la futura identidad de los españoles,
diferenciándolos radicalmente de los restantes pueblos
del Occidente europeo. (...)
Cuando los
Reyes Católicos acaban con el último reino moro de la
Península y decretan la expulsión de los judíos
asistimos al primer acto de una tragedia que, durante
siglos, va a determinar, con rigurosidad impecable, la
conducta y actitud vital de los españoles.
Contrariamente a la versión oficial de nuestros
historiadores, el edicto de expulsión de los judíos no
cimenta en absoluto la unión de aquéllos; antes bien,
los escinde, los traumatiza, los desgarra.
En efecto:
desde finales del siglo XIV, numerosos españoles de
casta hebrea, para conjurar el espectro del pogromo que
comenzaba a cernirse sobre ellos, se habían convertido
prudentemente al cristianismo y, en 1492, comunidades
enteras ingresaron in extremis en las filas de
los “marranos” para evitar el brutal desarraigo. Y, a
partir de esta fecha, los cristianos ya no son, sin más,
cristianos: en adelante se dividirán en cristianos
“viejos” y “nuevos”, separados estos últimos del resto
de la comunidad por los denominados estatutos de
“limpieza de sangre”. El bautismo no nivelará nunca las
diferencias entre unos y otros: aun en los casos de
conversión sincera (que los hubo), e incluso tratándose
de descendientes de conversos (a veces de cuatro y cinco
generaciones), la frontera subsistirá en virtud de los
rígidos criterios de la casta triunfante. Desde 1481, la
Inquisición vigila ya estrechamente la ortodoxia de los
nuevos cristianos.
Las bases de
la discordia secular entre españoles aparecen netamente
desde entonces y la herida abierta por el edicto real de
marzo de 1492 no cicatrizará nunca”.
Si en un
sistema colectivo rigen las mismas leyes que en el
sistema familiar, los llamados órdenes del amor,
entonces la negación de la pertenencia de los judíos y
moros españoles tiene que haber perjudicado de manera
profunda a este sistema español y a su alma. Varios
siglos después, la Guerra Civil entre (1936 y 1939)
parece una prolongación de la misma dinámica, una
lucha entre Caín y Abel en el intento de excluirse
mutuamente, que dio como resultado el exilio de un
millón de españoles.
También la
colonización de Latinoamérica, a partir de su
descubrimiento por Cristóbal Colón en 1492, con la
consiguiente matanza de indígenas y el comercio con
esclavos procedentes de África para explotar las nuevas
colonias entre el siglo XVI y XVIII, tienen que haber
dejado huella en el alma española, por los lazos que se
formaron entre los perpetradores y sus víctimas. (En
este sentido se podría comprender la actual inmigración
masiva de los magrebíes, africanos y latinoamericanos
como un movimiento de compensación).
Cada país
tiene sus propias dinámicas: no se observa lo mismo ni
en la misma intensidad en distintos países. El tema de
la separación y la exclusión aparece con frecuencia en
las demandas de los participantes en los talleres de
Constelaciones Familiares en España. Claramente es un
tema dominante. Tiene que ver con el alma colectiva
española, y la exclusión histórica de colectivos que ya
forman parte del alma española hace que esto se refleje
incluso en la actualidad en los destinos de las familias
e individuos que participan en esta alma colectiva y
viven bajo su influencia.
© Peter
Bourquin, noviembre 2005
www.ecos.web.com
Publicado en
el ECOS-boletín No 5, mayo 2006
Publicado en
alemán en "Praxis der Systemaufstellung", 1/2006
También
publicado en el libro "Las Constelaciones Familiares",
2007