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Ayuda y amor
Conflictos y reconciliación
Extracto de
una conferencia de Bert Hellinger
el 13/02/06 en Karlsruhe
El destino
Más allá del
deseo atávico pero ingenuo y característico del niño de
proporcionar una ayuda, existe la ayuda madura, la que resulta
de un crecimiento, de un desarrollo. Los niños y muchos
ayudantes ven su ayuda como imprescindible para el mundo y
piensan con sinceridad que tienen en sus manos los destinos de
otros así como la misión de cambiar este mundo.
Pero ¿quién
manda en este mundo? ¿Son los sicoterapeutas? ¿Los asistentes
sociales? ¿Los políticos?
Detrás de
todo lo que vemos y experimentamos actúa un poderoso movimiento,
un movimiento de creación del cuál todo depende. Nadie puede
escapar de él. Todo lo que acontece está abarcado y dirigido por
él.
Esto es sin
embargo una contemplación filosófica, más allá de nuestros
deseos y fantasías. Más que una adhesión mental, requiere ser
comprendida con penetración.
Llega alguien
donde un terapeuta y le dice “de niño fui abandonado, tuve una
juventud atroz y ahora se me cierran todos los caminos”. A
menudo el ayudante le tiene lástima. ¿Qué es lo que se mueve en
el alma del ayudante con lástima? Acusa a Dios, o al poder de
creación que actúa detrás de todo, y le dice: “has hecho algo
malo, ¿cómo puedes permitirlo?” Con estos pensamientos, se alza
por encima de esta poderosa energía primordial de la cual todo
depende y se esmera en hacer mejor que ella.
Aquí detrás
actúa también la idea que una persona puede tener un mal
destino. Nadie puede tener un mal destino. Cada cual tiene su
destino propio y particular, y aquel es justo para él.
Para
aquellos que opinan que esto es escandaloso, aquí va una
analogía. Nos imaginamos a un niño con buenos padres, que lo
han hecho todo por él. A su lado nos imaginamos a otro niño con
malos padres, que tal vez fueron brutales o que lo han
abandonado. Este niño sin embargo dice: “esto es mi destino, lo
acepto y haré algo con ello.” Si comparamos este niño con aquel
que fue mimado y cuidado, ¿cuál de los dos posee la mayor
fuerza? ¿Cuál de los dos es más adulto?
Cuando
nosotros mismos contemplamos nuestras vidas y dentro de ellas lo
que fue difícil, y cuando asentimos a ello y decimos: “ahora
haré lo mejor con ello porque es algo que me ha hecho crecer”,
entonces todo adquiere para nosotros su valor intrínseco.
De la misma
forma, cuando se me acerca alguien quejándose de sus padres,
pienso a veces:” ¡cuanta suerte ha tenido éste! ¡Qué pena que no
la haya aprovechado!” Le ayudo pues a aprovechar esta suerte y
de repente descubre él también su destino bajo otra luz.
El estar de acuerdo
Entretanto,
podemos hacer para nosotros un pequeño ejercicio a modo de
descanso.
Cerrad los
ojos y volcaros hacia vuestra infancia.
Ahí, ved
alguna cosa que tal vez lamentáis, sobretodo si os habéis sentido
culpables y si, a causa de vosotros, alguien ha sufrido. Mirad
atentamente y consentid a la culpa y sus consecuencias. Luego
mirad al que tal vez sufrió algún daño por vosotros y devolvedle
su destino, que es más fuerte que vuestra culpa. Cuando él
también consienta aquello como siendo su destino, podrá
desarrollarse.
Si alguien
nos ha perjudicado, asentimos a ello. Entonces nos encontramos
purificados por dentro, podemos relajar y abandonarnos, nos
ensanchamos y en la escala de la felicidad alcanzamos un peldaño
más alto.
Quisiera
enlazar con otra situación más. Cuando miráis
a vuestra madre y a
vuestro padre y a aquello que era fastidioso y que habéis
rechazado, y si ahora decid a vuestros padres:
”así como sois,
sois mis padres, exactamente así. Y por esto soy lo que soy
ahora y tengo la fuerza que tengo. Con ello hago algo por mí
mismo. Por parte mía sois libres”, esto es amor. Pero no un amor
emocional sino un amor nacido de la comprensión y portador de
una fuerza muy especial.
En conexión
con esto, para integrar esta actitud de base, esta actitud de
amor especial, aún les ofrezco algo para reflexionar.
Al mirar a
nuestros padres y al tomar de ellos la vida que con ellos nos
llega, nos damos cuenta que sólo la podemos tomar con todo lo
mucho que con estos padres nos es brindado. Por ejemplo, a
través de ellos pertenecemos a una raza particular, a un idioma
particular, a una religión particular, a una cultura particular.
Sólo podemos recibir la vida dentro de este marco particular.
A veces
algunos niños piensan:”este marco, mi familia, es el modelo para
el mundo entero. Él tendría que ser exactamente como mi familia
o mi pueblo o mi raza o mi cultura o mi religión.”
Sin embargo
este marco es para nosotros tanto una oportunidad como una
frontera, ya que cada existencia humana es limitada. Si estamos
en acuerdo con esta oportunidad y esta frontera tales y como
son, con sus consecuencias, pues esta es la entrega mayor que
exista.
Al lado está otro niño. Él mira a sus padres, toma de
ellos la vida pero con otra raza, otra cultura, otro idioma,
otra religión y asiente a ello con esta profunda entrega, con
este fervor religioso. El movimiento de base es el mismo aunque
el contenido sea distinto.
El vínculo
La realidad
es tal que estamos vinculados de modo profundo a nuestro grupo
familiar, a nuestra familia. Queremos y debemos sin duda
pertenecer a esta familia, a esta raza, a este idioma. No
podemos huir de ello. Tampoco lo queremos ya que una instancia
interior nos mantiene unidos a este grupo. Hagamos lo que
hagamos, si es a pedido de este vínculo, aunque sea algo malo
nos percibimos como inocentes. Y todo lo que pone en peligro
este vínculo, aunque sea algo bueno, lo vivimos como culpa. Esta
fuerza es la consciencia.
Esta
consciencia nos maneja utilizando los sentimientos de culpa e
inocencia con la meta
permanente de mantener nuestra pertenencia al
grupo y de reforzar el vínculo por nuestros actos. Claro está
que personas de otras culturas difieren de nosotros por lo que
para ellas es bueno o malo. Ellas tienen otra conciencia, que
las vincula a su cultura y a su grupo. Así es como surgen
conflictos entre los grupos, por su fidelidad a la consciencia
de cada grupo. Del mismo modo que nuestra consciencia nos ata a
nuestro grupo, de igual manera nos separa de los otros. Esta
consciencia es fuente de guerra y de todos los conflictos.
Una situación
sencilla a modo de ejemplo. Un hombre se ha casado con una
mujer. Son originarios de dos familias distintas, con valores
distintos cada una. Ella, la mujer, tiene otra consciencia que
el hombre. Ahora bien, quiere intentar comportarse como en su
propia familia corresponde. Si el hombre le cede, tendrá mala
consciencia. Y al revés también. Si ella le cede, tendrá ella
mala consciencia. Luego tienen hijos, el hombre queriendo
educarlos según su consciencia y la mujer según la suya. El niño
queda confundido. Entonces adapta su comportamiento en función
de con quien está. Cuando tiene buena consciencia con su madre,
le falla al padre y viceversa. Por esto a menudo los hijos
ocultan su fidelidad al otro progenitor.
Sin embargo, con
esta consciencia nos mantenemos al nivel del niño. Progreso y
desarrollo sólo son posibles si crecemos por encima de los
límites de esta consciencia. ¿Qué significa esto? Pues, que
podemos acoger dentro de nosotros lo ajeno que hemos rechazado y
darle en nosotros un lugar. Gracias a esta actitud nos
enriquecemos y servimos el bienestar de todos de manera óptima.
En relación
con la ayuda, esto sería la ayuda madura. Ayudamos al individuo
a traspasar los límites de esta consciencia con
vistas a un bien
mayor.
Las
consecuencias de la conciencia
Podríamos
seguir con el hilo de estas consideraciones. Pero quisiera una
vez más acercarme a las consecuencias de esta consciencia.
Cuando observamos las religiones, por ejemplo el cristianismo, y
cuando miramos a las personas devotas en su devoción, ¿qué edad
tienen en su alma? No son más que niños. ¿Cuál es el Dios al que
rezan? Es el padre o la madre- algo ampliados. Luego nos
imaginamos los mandamientos que este Dios nos da y a los que
obedecemos. ¿Qué mandamientos son? Por supuesto ordenan lo que
en nuestra casa ha sido válido. Dios adopta nuestro código de
conducta y lo impone al mundo entero. El que contraviene termina
en el infierno, el que se somete llega al cielo.
Otra vez
tenemos aquí la separación entre el bien y el mal. Los que están
en el cielo somos nosotros desde luego, y en el infierno los
otros. ¡Qué imagen de Dios! Todo esto como resultado de la
influencia de esta consciencia.
Al servicio
de este Dios están los moralistas, que nos van diciendo lo que
es bueno y lo que es malo. Se toman el derecho de condenar los
supuestamente malos, de desearles algo dañino, preferentemente
una ida sin retorno al infierno. En su alma se transforman en
asesinos.
El
otro nivel
No podemos
librarnos de este ámbito dogmático de la moral si no es
alcanzando aquel otro nivel que nos permite una vista de
conjunto así como una mirada hacia este poder activo detrás de
todo y para el cual no se da diferencias entre bueno y malo ya
que ambos están dirigidos por ello.
Con un
ejemplo corto quisiera demostrar cuan desubicadas son las
imaginaciones detrás de tal o cual religión
o moral. En la
religión se nos dice: “Tienes que decidirte por Dios. Dios
ajustará su comportamiento hacia ti en función de lo que
decidas”. Con esto, tú quedas libre y Dios no. Él se tiene que
comportar en acuerdo con lo que tú decidas. ¿No es algo
increíble?
Pero en el
plano superior estas diferencias entre bueno y malo acaban ya
que todos los movimientos esenciales sólo se conciben en función
de este otro poder.
Hace poco, un
amigo mío llamado Albrecht Mahr había estado en Rwanda. Organizó
posteriormente en Würzburg un gran congreso donde se encontraba
una mujer rwandésa cuyo marido e hijos
habían muerto en el
genocidio. Mi amigo quería averiguar cómo la gente se las
arreglaba con este pasado. Se daban en el congreso encuentros en
que los perpetradores tenían que reconocer lo que habían hecho.
Se tenían que declarar culpables. Pero no lo querían. Decían:”No
éramos libres. Un potente movimiento nos llevó a todos. Si hay
que demandar a alguien, tiene que ser en primer lugar a lo que
desató este movimiento.” En realidad esto significa:”si hay
objeciones, pues primero contra Dios.”
Si
reflexionamos acerca de todo aquello, nuestra actitud hacia la
ayuda y el amor, la muerte, los criminales y las víctimas
cambiará.
Reconciliación en Alemania
Si aplicamos
lo mismo a Alemania, a nuestra historia ¿qué nos exige esto?
Alejaré un poco la respuesta para que no sea tan doloroso.
Un rabino
dijo una vez en un grupo: “no habrá paz para los judíos mientras
el último de vosotros no haya rezado el rezo a los muertos para
Hitler”. Luego, el grupo se dispersó. A la mañana siguiente
llegó uno del grupo, totalmente cambiado. Su familia había
perecido en el Holocausto. Aparentemente durante la noche había
conseguido pronunciar este rezo…
Y ahora mirad
a los que se posicionan en contra de los criminales nazis y
dicen:” ¡Nunca más! ¡Esto no se puede reproducir!” ¿Qué fuerza
tienen? A veces salen a la calle y tiran piedras y se parecen a
los que están condenando.
Marcel Reich-Ranicki
describe en su libro “Mi vida” cómo en el 1968 estaba con otros
escritores en una reunión del Pen-Club. De pronto aparecieron
unos estudiantes en plena rebeldía armando
un escándalo. Él
cuenta en su libro que se parecían indiscutiblemente a los de
las Juventudes Hitlerianas, en todo iguales, ninguna diferencia.
Algo más que
nos permitirá entender esto. Del que condenamos sacamos la
energía. El que se indigna, sea respecto a Hitler y los SS u
otros, adquiere una energía de perpetrador. Una energía asesina.
Y se percibe como siendo el mejor, como ellos. También ellos se
han percibido como siendo los mejores. Todos los que se sienten
ser los mejores son fieles a esta misma energía. Sólo el
contenido cambia entre los unos y los otros. Pero la energía es
la misma.
¿Cómo
llegamos pues a la paz, en Alemania por ejemplo? Aceptándolos a
todos como a hermanos, incluso a los perpetradores, todos
iguales frente a algo mucho mayor.
Amor al próximo
Tuve una vez
un curso en Israel. El día anterior al curso fuimos con amigos
al lago de Genezareth. Haciendo una caminata por la zona
llegamos al lugar donde Jesús hizo el Sermón sobre la montaña
y a este otro lugar donde según la tradición apareció a sus
discípulos después de su resurrección. Ahí pescaron y él asó los
peces para ellos. Este lugar difundía una increíble paz. Lo
percibimos todos, incluso los amigos judíos que nos acompañaban,
una paz maravillosa. Jesús ahí le preguntó a Pedro: “¿Me
quieres?” Repitió la pregunta tres veces. Pedro se puso triste y
contestó: “Señor, lo sabes todo, y también sabes que te quiero…”
¿Qué
significa en realidad “amor” en este sentido? En el Sermón
sobre la montaña Jesús explica lo que es amor: “El amor es
cuando sois como mi Padre en el cielo. Él deja que su sol brille
sobre justos como injustos”. Esto es amor, el amor maduro.
En el camino
de regreso estas ideas me iban dando vueltas en la cabeza, con
relación también al mandamiento del amor al enemigo. Como
mandamiento parece terrible esto de “presentar la otra mejilla”.
Esto fastidia al enemigo, porque no se le hace caso. El
verdadero amor al enemigo, realmente, es otra cosa.
Uno deja brillar el sol y deja llover,
igualmente.
¿Cuál es el sentido entonces para el fondo secreto
del alma?
Pues que reconozco que todos los humanos, los buenos
tanto como los supuestamente malos me son iguales ante algo
mayor. Esto va más allá de la consciencia. Esto es humildad:
reconozco que todos me son iguales ante algo mayor.
¿Y qué
significa perdonar y olvidar?
Pues que reconozco que todos me
son iguales ante algo muchísimo mayor.
é
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