La fuerza del centro vacío
La epistemología fenomenológica en
Psicoterapia
El tema
de mi ponencia es: La fuerza del centro vacío – La epistemología
fenomenológica en Psicoterapia. Hace ya años, describí en varias
historias el significado de estos términos. Para empezar, les
contaré una de ellas. Se titula:
El entendimiento
Un hombre quiere saberlo, por fin. Se monta en su bicicleta, se
va al campo abierto y, lejos de lo habitual, encuentra otro
sendero. Ahí no hay indicaciones, y así se fía de lo que con sus
ojos ve delante de sí, y de lo que su paso puede recorrer. Le
impele una cierta alegría de descubrir, y lo que antes más bien
era un presentimiento para él, ahora se torna certeza. Pero
después, el sendero termina a orillas de un río ancho, y el
hombre baja de su bicicleta. Sabe que si aún quiere seguir más
allá, tendrá que dejar en la orilla todo lo que lleva encima.
Entonces perderá su terreno firme y será llevado e impulsado por
una fuerza que puede más que él, de manera que tendrá que
confiarse a ella. Y por eso vacila y retrocede.
Al dirigirse de nuevo hacia su casa, se da cuenta de que sólo
sabe poco de las cosas que ayudan, y que le es difícil de
transmitir a otros. Demasiadas veces le ha pasado lo de un
hombre que sigue a otra bicicleta, cuyo guardabarros golpetea.
Le
grita:
-¡Eh, tú! ¡Tu guardabarros golpetea!
-¿Qué?
-¡Tu guardabarros golpetea!
-¡No te entiendo! -responde el otro- ¡Mi guardabarros golpetea!
‘Algo ha ido mal aquí', piensa. Luego pisa el freno y da la
vuelta.
Poco después, pregunta a un maestro anciano:
-¿Cómo haces tú, cuando ayudas a otros? Muchas veces vienen a
verte personas, pidiéndote consejo en asuntos de los que sólo
sabes poco. Pero después se encuentran mejor.
El maestro le dice:
-No depende del saber, si uno se para en el camino, y no quiere
seguir adelante. Porque busca seguridad, donde se pide valor, y
libertad, donde la verdad ya no le deja elección. Y así va dando
vueltas. El maestro, sin embargo, resiste al pretexto y a la
apariencia. Busca el centro, y allí recogido espera -como uno
que extiende las velas ante el viento-, si acaso le alcanza una
palabra eficaz. El otro, al acercarse a él, lo encuentra allí
donde él mismo tiene que llegar, y la respuesta es para ambos.
Ambos son oyentes.
Y aún añade:
-El centro se distingue por su levedad.
Epistemología científica y epistemología fenomenológica
Son dos los movimientos que llevan a la comprensión. El uno se
extiende, pretendiendo abarcar lo desconocido hasta poseerlo y
poder disponer de ello. De esta índole es el esfuerzo
científico, y bien sabemos lo mucho que ha contribuido a
cambiar, a asegurar y a enriquecer nuestro mundo y nuestra vida.
El segundo movimiento resulta cuando, aún durante el esfuerzo de
tender nuestro pensar, nos paramos y, de algo concreto que
podríamos captar, dirigimos la mirada a un conjunto. Es decir,
la mirada está dispuesta a asimilar simultáneamente lo mucho que
ante ella se extiende. Entregándonos a este movimiento, por
ejemplo, ante un paisaje, o una tarea, o un problema, nos damos
cuenta de cómo nuestra mirada a la vez se llena y se vacía. Ya
que únicamente podemos exponernos a la plenitud y resistir su
impacto prescindiendo de los detalles. Para ello nos detenemos
en el movimiento que se lanza, retirándonos un poco hasta llegar
a aquel vacío capaz de resistir la plenitud y la gran variedad.
Este movimiento que se detiene y después se retira, lo defino
como fenomenológico. Éste nos conduce a otras comprensiones que
el movimiento que se lanza hacia el entendimiento. Ambos, sin
embargo, se complementan. Ya que también en el movimiento que se
extiende hacia el entendimiento científico, a veces tenemos que
detenernos para dirigir nuestra mirada de lo estrecho a lo
amplio, y de lo próximo a lo lejano. Por otra parte, también la
comprensión lograda mediante el procedimiento fenomenológico
requiere la comprobación en lo individual y más próximo.
El proceso
En el camino de la epistemología fenomenológica, la persona se
expone a la gran variedad de fenómenos ante un determinado
horizonte, sin seleccionar ni valorarlos. Así, pues, este camino
del entendimiento requiere que la persona se vacíe, tanto en
relación a las ideas que hasta ese momento albergaba, como
también en relación a los movimientos interiores, sea a nivel
emocional, voluntario o de juicios. Aquí, la atención está a la
vez orientada y no orientada, centrada y vacía.
La actitud fenomenológica requiere una disposición atenta para
actuar, pero sin pasar a la realización. Gracias a esta tensión,
nuestra capacidad y nuestra disposición para la percepción se
potencian extraordinariamente. Quien logra sostener esta
tensión, al cabo de un tiempo experimenta como lo mucho que con
su horizonte abarca, se va formando alrededor de un centro, y de
repente descubre un contexto, quizás un orden, una verdad, o el
paso que le lleva más allá. Esta comprensión viene de fuera,
para así decirlo, se experimenta como un regalo y, por regla
general, es limitada.
Libre de intenciones
La primera premisa para la comprensión lograda de esta forma es
una actitud desinteresada. Quien guarda intenciones, aborda la
realidad con contenidos propios, pretendiendo, quizás, cambiarla
de acuerdo con una imagen preconcebida, o influir y convencer a
otros según esta imagen. Pero así actúa como si frente a la
realidad se hallara en una posición superior, como si ella fuera
el objeto para su sujeto, y no al revés, él el objeto de la
realidad. Aquí se evidencia la renuncia que nos exige el
desistir de nuestras intenciones, incluso de nuestras buenas
intenciones. Aparte de que también la sensatez exige esta
renuncia, ya que, como muestra la experiencia, aquello que
obramos con buenas intenciones, e incluso con la mejor de las
intenciones, frecuentemente sale mal. La intención no sustituye
a la comprensión.
Libre de temor
La segunda premisa para esta comprensión es una actitud libre de
temor. El que siente miedo de lo que la realidad saca a la luz,
se pone anteojeras. Y el que siente miedo ante lo que otras
personas pensarán y harán si él comunica lo que percibe, se está
cerrando ante cualquier comprensión ulterior. Y quien, como
terapeuta, tiene miedo de encarar la realidad de un cliente, por
ejemplo la realidad de que sólo le queda poco tiempo, acaba
infundiendo miedo al otro, porque éste ve que el terapeuta no
está a la altura de esa realidad.
La concordancia
Una actitud libre de intenciones y de temor permite la
concordancia con la realidad tal como es, también con su lado
temible, arrollador y terrible. Por tanto, el terapeuta está en
concordancia con la felicidad y la desdicha, con la inocencia y
la culpa, con la salud y la enfermedad, con la vida y la muerte.
Pero justamente de esta concordancia gana la comprensión y la
fuerza de enfrentarse también a la fatalidad, y en concordancia
con esta realidad, a veces puede darle un giro. También a este
respecto contaré una historia:
Un discípulo se dirigió a un maestro:
-¡Dime lo que es la libertad!
-¿Qué libertad? -le preguntó el maestro.
-La primera libertad es la necedad. Se asemeja al caballo que,
relinchando, derriba a su jinete.
Pero
tanto más fuerte siente su mano después.
La segunda libertad es el arrepentimiento. Se asemeja al timonel
que se queda en el barco naufragado, en vez de bajar al bote
salvavidas.
La tercera libertad es el entendimiento. Ella viene después de
la necedad y después del arrepentimiento. Se asemeja a la brizna
que se balancea con el aire y, porque cede donde es débil, se
sostiene.
El discípulo preguntó:
-¿Esto es todo?
Replicó el maestro:
-Algunos piensan que son ellos mismos los que buscan la verdad
de su
alma. Pero la Gran Alma piensa y busca a través de ellos. Al
igual que la Naturaleza, puede permitirse muchos errores, ya que
sin esfuerzo sustituye a los jugadores equivocados por otros
nuevos. A aquél, sin embargo, que deja que sea ella la que
piense, a veces le concede algún margen de movimiento, y como el
río lleva al nadador que se entrega a sus aguas, también ella lo
lleva a la orilla, uniendo sus fuerzas a las de él.
Fenomenología filosófica
Ahora quisiera decir algo acerca de la fenomenología filosófica
y de la fenomenología psicoterapéutica. En la fenomenología
filosófica se trata de percibir lo esencial de entre la gran
variedad de fenómenos, exponiéndome a ellos por completo, con mi
mayor superficie, para así decirlo. Este algo esencial surge
repentinamente de lo oculto, como un relámpago, y siempre
sobrepasa en mucho aquello que yo podría imaginarme o llegar a
entender lógicamente, partiendo de premisas o conceptos. A pesar
de todo, nunca es completo. Sigue envuelto por lo oculto, como
todo ser por el no-ser.
Ésta fue la actitud que me llevó a comprender los aspectos
esenciales de la conciencia, por ejemplo, que ésta actúa como un
órgano del equilibrio sistémico que me permite percibir
inmediatamente si me encuentro en concordancia con el sistema, o
no; si aquello que hago me conserva y asegura la pertenencia, o
si pone en peligro y menoscaba mi pertenencia. Por tanto, en
este contexto, la buena conciencia no significa más que: puedo
estar seguro de que aún formo parte del grupo. Y la mala
conciencia significa: tengo que temer que ya no formo parte del
grupo. Así, pues, la conciencia tiene poco que ver con leyes y
verdades siempre válidas, sino que es relativa y variable de
grupo en grupo.
De la misma manera también comprendí que la conciencia reacciona
de manera totalmente distinta donde no se trata del derecho a la
pertenencia tal como acabamos de describirlo, sino del
equilibrio entre dar y tomar, y que aún reacciona de otra forma
cuando vela por los órdenes de la convivencia. Cada una de estas
funciones de la conciencia se controla y se impone mediante
diferentes sentimientos de inocencia y de culpa.
Sin embargo, la diferencia más importante que se mostró fue la
distinción entre la conciencia que sentimos y la conciencia
oculta. Así, justamente por seguir a la conciencia que sentimos,
atentamos contra la conciencia oculta, y aunque por la
conciencia que sentimos nos creamos inocentes, la conciencia
oculta castiga este acto como una culpa. El contraste entre
estas dos conciencias es la base de toda tragedia, lo cual, en
el fondo, no quiere decir otra cosa que tragedia familiar. Esta
disonancia lleva a aquellas implicaciones trágicas que en el
seno de la familia producen enfermedades graves, accidentes y
suicidios. Y también es esta diferencia la culpable de muchas
tragedias relacionales, cuando una relación de pareja se rompe a
pesar de todo amor.
Fenomenología psicoterapéutica
Ahora bien, estas comprensiones no pudieron lograrse únicamente
a través de la percepción filosófica y de la aplicación
filosófica de la epistemología fenomenológica. Aún pedían otro
acceso más, acceso que yo suelo llamar saber participativo. Este
acceso se abre a través del trabajo con constelaciones
familiares siempre que éste se realice de forma fenomenológica.
Para configurar la constelación de su familia, el cliente, de
entre un grupo de participantes arbitrariamente elige a
representantes para sí mismo y para los demás miembros
significativos de su familia, por ejemplo, el padre, la madre y
los hermanos. A continuación, centrándose en su intuición, los
posiciona en un espacio abierto, relacionándolos según su imagen
interior. A través de este proceso, de repente surge algo que le
sorprende. Es decir, durante el proceso de configuración entra
en contacto con un saber que antes le era inaccesible. Así, hace
poco, un compañero me contó que a raíz de una constelación se
evidenció que la cliente tenía que representar a una amiga
anterior del padre. Ella preguntó al padre y a otros familiares,
pero todos le aseguraron que estaba equivocada. Unos meses más
tarde, su padre recibió una carta desde Bielorrusia. Una mujer
que durante la guerra había sido su gran amor, tras una larga
búsqueda había conseguido, por fin, averiguar su dirección.
Pero ésta es sólo una parte, la del cliente. La otra parte es
que los representantes, una vez se encuentran configurados,
sienten como las personas que representan. A veces también
desarrollan los síntomas físicos de éstos. Incluso he visto
casos en los que interiormente oían los nombres de aquellas
personas. Todo esto se vive sin que los representantes tengan
ninguna información previa de aquella familia, únicamente saben
a quiénes representan. Se evidencia, pues, que entre el cliente
y los miembros de su sistema actúa un campo de fuerza lúcido que
hace posible acceder a un saber sin ninguna transmisión exterior
y, lo cual resulta aún más sorprendente, también los
representantes, que por lo demás no tienen nada que ver con esa
familia ni tampoco pueden saber nada de ella, pueden conectar
con ese saber y con la realidad de esa familia.
Naturalmente y de manera muy especial, lo mismo se aplica
también al terapeuta; con la única condición de que tanto el
terapeuta como el cliente y los representantes estén dispuestos
a encarar la realidad que aquí se está abriendo paso, asintiendo
a ella tal como es, sin intenciones ni miedos, y sin remontarse
a teorías o experiencias anteriores. Ésta sería, pues, la
actitud fenomenológica aplicada a Psicoterapia. También aquí, la
comprensión se halla en la renuncia, en el desprendimiento de
toda intención, y en el asentimiento a la realidad tal como se
presenta. Sin esta actitud fenomenológica, es decir, sin el
asentimiento a aquello que se muestra, sin querer exagerar ni
mitigar o interpretarlo, el trabajo con constelaciones
familiares no se mueve más que en la superficie, cayendo en el
error con facilidad y careciendo de fuerza.
El alma
Aún más sorprendente que este saber transmitido a través de la
participación, es el hecho de que este campo consciente o, como
yo prefiero llamarlo, este alma consciente que sobrepasa y
dirige al individuo, busca y encuentra soluciones que superan en
mucho aquello que nosotros podemos imaginar, produciendo efectos
de un alcance inaccesible para nuestro actuar planificado. Esto
se muestra más claramente en aquellas constelaciones en las que
el terapeuta se retiene al máximo, por ejemplo, configurando a
personas importantes para después, sin ninguna indicación
ulterior, abandonarlas a aquello que desde fuera se apodera de
ellos como una fuerza irresistible, conduciéndolos a
comprensiones y experiencias que de otra manera parecerían
imposibles.
Les aportaré un ejemplo: cuando, en un taller reciente en Suiza,
un hombre, después de configurar su familia actual, dijo que aún
quería mencionar que era judío, elegí a siete representantes
para las víctimas del Holocausto, colocándolas en fila, los unos
al lado de los otros. Después, detrás de ellos, coloqué a siete
representantes de los asesinos, y les pedí a las víctimas que se
giraran hacia éstos. A continuación, durante un cuarto de hora y
sin que nadie pronunciara ni una palabra, se desarrolló un
proceso increíble entre todos ellos, proceso que evidenció la
existencia de algo así como una muerte no concluida y una muerte
concluida, mostrando claramente que para víctimas y
perpetradores el morir no se concluía hasta que en la muerte se
encontraban, experimentándose igualmente determinados, dirigidos
y finalmente acogidos por una fuerza superior.
Fenomenología religiosa
Aquí, los niveles de la Filosofía y de la Psicoterapia se
sustituyen por otro, más extenso, en el que nos experimentamos
como expuestos a un Todo mayor que necesariamente tenemos que
reconocer como un Último que determina a todos. También podría
llamarse el nivel religioso o espiritual. Pero también aquí me
mantengo en la actitud fenomenológica, sin intenciones, sin
temor, sin condiciones previas, simplemente con aquello que se
muestra. Lo que esto significa para la comprensión y la
realización religiosas, lo describo al final en una tercera
historia:
La vuelta
Alguien nace en su familia, en su país y su cultura, y ya de
niño oye quién, hace tiempo, fue su modelo y su maestro, y
siente el profundo anhelo de hacerse y de ser como aquél. Se une
a un grupo de iguales, se ejercita en una disciplina de largos
años, y sigue al gran modelo hasta ser idéntico a él, y pensar y
hablar y sentir como él.
Pero una cosa, piensa, aún le falta. Así emprende un largo
camino para, quizás, aún superar en la soledad más lejana, una
última frontera. Pasa por jardines antiguos, largamente
abandonados. Aún florecen rosas silvestres y altos árboles traen
su fruto cada año, pero éste cae al suelo sin cuidado por no
haber nadie que lo quiera. Después comienza el desierto.
Pronto le rodea un vacío desconocido. Le parece como si aquí
cualquier rumbo fuera indiferente, y también las imágenes, que a
veces ve delante de sí, pronto se muestran vacías. Camina
siguiendo su impulso, y cuando ya hace tiempo que no se fía de
sus sentidos, de repente ve el manantial: brota de la tierra, y
la tierra lo vuelve a recibir. Pero allí donde su agua llega, el
desierto se convierte en un paraíso.
Al mirar a su alrededor, ve a dos desconocidos que se acercan.
Ellos hicieron lo mismo que él: como él emprendieron un largo
camino para, quizás, aún superar en la soledad del desierto una
última frontera; y encontraron, como él, el manantial. Juntos se
agachan, beben de la misma agua, y ya creen la meta casi
conseguida. Después, se confían sus nombres:
-Yo soy Gautama, el Buda.
-Yo soy Jesús, el Cristo.
-Yo soy Mahoma, el Profeta.
Después, llega la noche y encima de ellos, como siempre,
destellan las estrellas, inalcanzables en su lejanía y en su
quietud. Todos enmudecen, y uno de los tres se sabe cerca de su
gran modelo como nunca. Le parece como si por un momento pudiera
intuir cómo se sentía cuando lo supo: la impotencia, la
inutilidad, la humildad, y cómo debería sentirse si también
conociera la culpa.
A la mañana siguiente, da la vuelta y sale salvo del desierto.
Una vez más su camino le lleva por los jardines abandonados,
hasta acabar en uno que es el suyo. Delante de la entrada se
encuentra un hombre mayor, como si lo hubiera estado esperando.
Le dice:
-Quien, como tú, de tan lejos encontró el camino de vuelta, ama
la tierra húmeda. Sabe que todo, si crece, también muere, y si
acaba, también nutre.
-Sí -responde el otro -estoy de acuerdo con la Ley de la Tierra.
Y empieza a trabajarla.
Traducción de
Sylvia Gómez Pedra