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Bert y Sophie Hellinger:

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Bert Hellinger

¿Hacia dónde me tengo que dirigir? Hacia la próxima acción conveniente, instante tras instante. Entonces, lo que me guía es mi actuar, porque sólo la acción conveniente es el cumplimiento de mi vida, exigida por ella y fijada por ella, de tal manera que todo continua, y precisamente ahora.

Extracto de “Guiado”, primer libro de la Trilogía Tardía

 

Olvidar

Olvidar permite ser libre, recordar es una carga. Cuanto más olvidamos,  tanto más liviano nos resulta mirar el presente y tanto más dispuestos estamos hacia lo que viene.

Este olvido es el resultado de una disciplina de la mente. En el Tao Te King, se dice del elegido: Ni bien completa su obra, dirige la mirada hacia lo que viene luego.

Olvidar es aquí la consecuencia de un movimiento hacia delante. Nada de lo que está pasado lo retiene, ni alabanza ni reproche, ni ganancia ni pérdida, ni inocencia ni culpa. ¿Cómo se logra este movimiento hacia delante? Se logra con amor, con un amor nuevo, con el amor entero, ahora. Así es el amor del espíritu. No me lo puedo imaginar de otra forma. ¿Cómo podría guardarle rencor  a nada, ya que en cada instante lo inicia todo con creatividad, desde un comienzo eterno, en cada momento completamente nuevo?

Imaginarse la eternidad como algo estático o yacente es una idea lerda, que nos empuja hacia abajo en vez de impulsarnos.

La prueba de hasta qué punto esta forma de pensar corresponde a una verdad, sólo puede ser el efecto que tiene sobre nuestro amor, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, en la medida en que esta verdad nos es accesible.

Este olvido es un movimiento creador, un movimiento fresco, un movimiento apasionante, elevado, potente y grande.

¿Y qué del agradecimiento? ¿Acaso es un recuerdo o quizá nos permite el olvido? ¿El agradecimiento mira hacia atrás o hacia delante? Aquí también, percibimos de inmediato la diferencia en la sensación de amplitud y fuerza, cuando el gracias deja atrás lo que hubo y libera para nosotros  lo que viene.

Olvidar significa también ser olvidado. Sólo aquel que llega a ser olvidado completamente, se encuentra a disposición  entera de lo que llega, con pureza, fuerza, novedad, presente y sin pasado, cada día más presente, puro en un amor que actúa, por su presencia. Apertura perpetua, un ser y transformar perpetuos.

Las crisis

Una crisis nos avisa: ahora se vuelve peligroso. Nos obliga a la prudencia, la prudencia hacia el exterior cuando se trata de nuestra sobre vivencia.

¿Cómo  acabamos en una crisis? Cuando nos hemos propuesto demasiado, cuando hemos querido alcanzar más de lo que las circunstancias y nuestras fuerzas nos permitían. A veces nos golpea, junto con muchos otros, porque nos hemos pasado. Lo contrario acontece también, cuando otros se han propuesto más de la cuenta, y han traspasado sus límites. Entonces, nos acaecen igualmente las consecuencias de su comportamiento, tanto como otros sufren de las nuestras.

A veces, una crisis se extiende a muchos pueblos, como por ejemplo una crisis económica. Tales crisis nos obligan a modificar nuestro pensamiento. Nos intiman: ¡hasta aquí y no más lejos! Nos indican nuestras fronteras y nos obligan a la prudencia. Nos mandan efectuar otras acciones, nos imponen cambios rápidos para escapar de ser arrollados, juntos con los demás. Despiertan  fuerzas frescas, exigiendo más de nosotros y dándonos la posibilidad de hacer recortes, que sólo son posibles y aguantables gracias a ellas.

Al superar estas crisis, seguimos adelante con más sabiduría, más perspicacia, más perspectiva, más respeto. Ellas van sujetando juntas las fuerzas que antes se dispersaban, vinculando así aquellas que anteriormente partían cada cual por su propio camino. En este sentido, las crisis vienen para muchos como una bendición, a pesar de su precio alto.

¿Cómo evitar estas crisis? ¿Cómo evitar las pequeñas crisis en nuestro entorno más próximo, en nuestras relaciones?

Primero, gracias al respeto. Respetamos el bien de aquel que nuestro actuar puede tanto servir como dañar. Nos acercamos al resultado que buscamos alcanzar de manera que tanto nuestra integridad como la del otro sea respetada y cuidada. Si con todo, topamos con una crisis, el otro se hará nuestro aliado, ayudándonos a superarla, cargando voluntariamente con su parte, de camino hacia una solución de la crisis.

Generalmente, una crisis se da por la transgresión de los órdenes del amor, por ignorarlos. Por lo tanto, lo que complementa  el respetar es la capacidad de reconocer estos órdenes y seguirlos. ¿Cuáles son? Son todos los órdenes del amor. Empiezo aquí con los que mejor conocemos.

El primer orden es el equilibrio entre dar y recibir. Las empresas alcanzan el éxito cuando todos los que logran una ganancia sirven a otros con ella, en primer lugar a los que la han hecho posible con su ayuda y esfuerzo. Aquellos deben recibir su parte de la ganancia.

El segundo orden es la inclusión de aquellos que no fueron honrados o que fueron despojados de su ganancia resultando, de esta manera, excluidos. Es el orden de la totalidad, a la que todos los que la componen y la constituyen, deben pertenecer, siendo reconocidos en lugar de defraudados.

El tercer orden, y en muchos respectos el más decisivo, es la comprensión de que cada miembro de un grupo o de una empresa ocupa un sitio propio del que nadie lo puede echar. Este orden establece quién viene primero y quiénes o qué ocupan el segundo sitio. “Primero” significa literalmente “el primero en el tiempo”. Así, los padres están antes que los hijos, el fundador de una empresa está antes que todos sus colaboradores, el primer producto de una empresa está antes que los que llegan después. En una fusión de empresas, la más antigua y asentada viene antes que la más nueva, inclusive el contexto al que lleva.

Este orden de precedencia vale también dentro de la empresa, en función de la aportación que los individuos realizan. De ahí que la idea conceptual y la planificación vienen en primer lugar. Siguen los colaboradores que la concretizan. Y luego, aquellos a los que sirven. Sólo después, aquellos que ulteriormente se juntan a ella, de una manera u otra.

La infracción de este orden lleva a consecuencias de amplio alcance, pudiendo resultar en una quiebra. La pregunta es: ¿Cómo manejamos estos órdenes en nuestras relaciones? ¿Cómo, gracias a nuestra comprensión,  evitar los efectos nefastos?

Para empezar, nos quedamos abajo, sin alzarnos por encima de nada. Respetamos el rango del que está antes que nosotros, sobretodo el rango de nuestros padres.

A continuación, concedemos a cada uno el sitio que le corresponde. Por ejemplo, en una pareja, la igualdad de rango del otro con nosotros. En tercer lugar, nos mantenemos en el intercambio gracias al dar y recibir, de manera a incrementarlo, siempre un poco más. Así, logramos en nuestras relaciones la mayor plenitud posible.

Crisis del amor son crisis de los órdenes. Traemos el orden de vuelta, con respeto, incluso renunciando a algo, renunciando con amor. Permanecemos abajo y a la vez grande, sirviendo y tomando, deferente hacia los iguales, generoso y exigente a la vez. Con amor y aplicando el orden nosotros y con muchos otros,  humanamente, con toda comprensión.